Bailar en la cueva

IMG_5305Las casas cuentan tanto de nosotros. O quizás somos nosotros los que intentamos contar algo a través de ellas. Esos mensajes, esos códigos encriptados en objetos, suponen la diferencia entre una vivienda cualquiera y un hogar propio. Hay casas llenas de recuerdos hasta el exceso; otras, en su defecto, son prácticas, asépticas y parcas en elementos. Éstas son capaces de desvelar, de un solo vistazo, el tipo de vida de sus moradores. Muchas se han convertido en extensiones de sus propios dueños. Hay casas célebres, que trascienden a sus habitantes, casas malditas o encantadas, casas que se han convertido en escenario de importantes acontecimientos y casas que formarán parte del imaginario colectivo de todos los tiempos gracias al cine y la literatura.

Yo he habitado muchas casas. Calculo que unas veinte, con sus correspondientes mudanzas. He compartido un extraordinario piso antiguo de techos altos y molduras decorativas en el centro de Madrid, pero también he anidado en una auto caravana instalada en el jardín de un chalet (que se alquilaba por habitaciones) a las afueras de Granada. En todas ellas traté de ser feliz. Más ‘La Casa’ siempre fue para mí el hogar que mis padres construyeron. Mi lugar de referencia, mi punto de retorno. Actualmente andamos de paso (ahora somos una familia) en un coqueto apartamento en el que, pese a la falta de espacio, hemos conseguido reconocernos. No necesito demasiado pero para mí sí es importante sentirlo nuestro. Y algún día, el fin de esta estancia transitoria será para nosotros, esperemos que en poco tiempo, nuestro nuevo comienzo.

Entre el inventario de cosas que ‘El hombre del Renacimiento’ atesoraba se encontraba su original casa. Una antigua vivienda familiar de dos plantas que tras sus puertas y fachada escondía un patio henchido de vegetación y una cueva bajo la montaña excavada. Tras heredarla de sus abuelos, con solo 20 años comenzaba a rehabilitarla y casi otros tantos después aún sigue acondicionándola. Aquel lugar, condenado al olvido, ha sido (es y será) su obra de arte más destacada. El proyecto de una vida al arte y la belleza dedicada. Una tarea pausada seleccionando, durante años, piezas de diferentes épocas entre anticuarios y casas de subastas para ennoblecer y completar un espacio que ha sido escenario de obras de teatro, con Doña Inés a la ventana asomada, conciertos y muchas muchísimas fiestas improvisadas. Donde obras propias y de varias decenas de artistas hacen de éste, también, una galería más contemporánea.

Como los primeros moradores, ‘La Cueva Azul’ tiene bajo la roca algunas de sus principales habitaciones y estancias, una cocina rústica y un patio que se ha convertido en el verdadero salón de la casa, con una bóveda empedrada de estrellas a nuestros pies y un estanque con peces de colores y ranas. Para alcanzarlo, una desigual y ceñida escalera con un letrero: ‘Nada te turbe’ te aguarda. Un espacio privado, familiar, pero abierto a la cultura que ahora transformaremos también en nuestra peculiar casa.

A la caverna se suma lo que era la antigua morada. Un espacio de techos altos, vigas de madera, cancelas y cerámicas que crean sensaciones a caballo entre la belle époque y una vivienda contemporánea. Con líneas curvas en las rejas y barandas y rectas en los muebles, y salpicando con color en las telas y objetos unas estancias predominantemente blancas. Con la luz, entrando por balcones y ventanas, que sea testigo de las horas y la vida que acoja nuestra casa con comidas en familia, cenas con amigos y mucha música en nuestras veladas. Porque tal y como canta Drexler ‘bailando en la cueva’, celebrando la vida, amaneceremos más de una madrugada.

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