¿Y quién me enseña a educar?

IMG_7373La permanencia en el constante aprendizaje es algo que ha marcado mi vida personal y profesional. Siempre me he preocupado por seguir adquiriendo nuevos conocimientos y capacidades. Casi como una especie de adicción. Incluso aunque estos hayan resultado de escasa o nula practicidad para mi realidad, como aquel curso de prevención en riesgos laborales en el entorno de la construcción que completé mientras estudiaba Periodismo en Madrid y me ganaba un dinero extra realizando trabajos puntuales, casi siempre de encuestadora, para una ETT. ¡Nunca se sabe! El caso es que me gusta aprender y, aunque suene extraño, también me ha gustado estudiar. Lo que no quita que haya habido épocas en las que, por el volumen de materias o por éstas en sí mismas, me haya resultado tedioso.

Semanas antes de dar a luz me encontraba trabajando, preparando un doctorado, estudiando un Grado en Historia del Arte por la UNED, certificando mi inglés en la Escuela Oficial de Idiomas, asistiendo a clases de gimnasia para embarazadas y a un curso de primeros auxilios para bebés. Como podrán imaginar es casi imposible abordarlo pero, no sé cómo me las apaño, consigo salir bastante airosa de casi todo. Ahora tengo pendientes un par de talleres muy interesantes sobre el método de alimentación Baby Led Weaning y otro para enseñar lenguaje de signos a bebés.

Todo esto porque el otro día pensaba que con toda la formación que tenemos a nuestra alcance hoy día y lo difícil que sigue resultando aprender a educar. Para eso no hay reglas matemáticas ni ortográficas que seguir o memorizar. Y además es un trabajo que ha de hacerse en equipo. Tengo la suerte de estar casi 99% de acuerdo con ‘El hombre del Renacimiento’ en las grandes decisiones que tenemos y tendremos que tomar y aún así a veces hay que entrar en la negociación. No quiero imaginar cuando el porcentaje es sensiblemente menor. Supongo que la clave está en empezar por lo más abstracto para ir concretando en medidas más especificas.

Nosotros coincidimos en el tipo de hogar que ya hemos empezado a crear, en los valores que le (les) vamos a inculcar, en la alimentación que trataremos de llevar, en las actividades y capacidades que en nuestros hijos queremos incentivar… pero también en cuestiones más arbitrarias como el estilo de ropa que nuestro pequeño lleva y llevará, su corte de pelo y que tipo de muñecos y chismes tiene para jugar. Eso lo hace todo más fácil en la pareja, en el núcleo familiar. Aunque no evita las dudas y las incertidumbres ante cada nuevo reto que, imagino, son mucho mayores con el primero.

Sin embargo, como decía hace unas semanas hablando de la tribu, en la educación del pequeño, intervienen más personas y ahí sí que se inicia un camino, a veces, bastante arduo de transitar. La necesidad de conciliar hace que en la vida de nuestros pequeños aparezcan, desde antes de lo que a mí al menos me gustaría, las guarderías, nanas o ‘madres de día’. Personas en cualquier caso que, siendo ajenas a la familia y al bebé, acabarán compartiendo con ellos un montón de horas a la semana. Lo que implica que éstos, para bien o para mal, reproducirán algunos de sus comportamientos y conductas. De ahí que me parezca fundamental la elección de la persona que les va a atender. Por ejemplo, si en casa nos cuidamos muy bien de no gritar, no me gustaría que mi pequeño copiase esto de terceros.

Por no hablar del entorno familiar –aunque esto bien merece un artículo a parte – porque mucho se puede hablar del papel de los abuelos de ‘malcriar’ (que no mimar). Sinceramente defiendo que es importante que la persona que esté con ellos, aunque sea a ratitos, sea consciente de las dificultades y se implique en el proceso de educar. En primer lugar porque yo, al menos, necesito tener la confianza de que la persona que se queda a su cuidado actuará como yo podría actuar y la seguridad de que defenderá nuestra forma de educar –la comparta o no-. Además, considero que de no hacerlo así sería un golpe a la autoridad paternal, lo que para mí tiene aún mayor gravedad. A mí madre, por ejemplo, le costó un poquito entenderlo con mis sobrinos, pero ahora siempre que les va a dar algún chocolate, además de hacerlo en ‘weekend’ que es cuando ellos tienen la excepcionalidad, pregunta siempre a su mamá.

Sea como fuere, nosotros acabamos de empezar, y espero que en esta maravillosa tarea sean muchas las influencias sanas y de refuerzo que, siempre desde el respeto, nos puedan acompañar. Pero a Dios pongo por testigo que tendré la firmeza para defender nuestra decisión y forma de educar.

 

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