El día más feliz del año

Con estos sofocos estivales es difícil creer que aún no haya llegado el verano. Menudo infortunio comprobar que cada vez se adelantan más las altas temperaturas en nuestra tierra. Si julio viene siendo el mes más caluroso en la Región, esta última quincena de junio no se queda a la zaga. A ver cómo justifican este hecho los escépticos con el cambio climático. Hoy, cuando tan sólo quedan un unos días para celebrar el solsticio de verano –próximo martes 21 de junio – comparto con vosotros uno de mis últimos hallazgos y descubrimientos.

Unas horas antes de esta llegada ‘oficial’ de la temporada estival, se celebra el ‘Yellow Day’, o lo que es lo mismo: el día más feliz del año. Si esto no les suena demasiado, quizás sí hayan oído hablar de ‘Blue Monday’, lo que vendría a ser su antagónico, ya que se hizo más popular a través de una campaña publicitaria para una compañía de vuelo. Bien, pues ambas efemérides son obra del mismo psicólogo y experto en motivación, el británico Cliff Arnall, y se vienen conmemorando desde 2005.

En los dos casos, estas citas surgen de una fórmula matemática que relaciona diversas variables que pueden tener sus efectos en el carácter y el estado de ánimo. El ‘Blue Monday’ se fecha el tercer lunes de enero y es consecuencia del mal clima, la cuesta de enero, la vuelta a la rutina tras la Navidad, haber fallado ya a los propósitos de año nuevo, la falta de motivación y la necesidad de actuar ante esto.

Por el contrario, el ‘Yellow Day’ se sustenta en la defensa del clima y la luz solar como principios de la felicidad. Así, el 20 de junio es  una de las jornadas con más horas de sol de todo el año, más de 15 horas en cualquier punto de España. Los días más largos también facilita más vida social y en la calle, lo que suele ponernos contentos. La proximidad de las vacaciones y los planes que ya vamos organizando, la jornada intensiva –en algunos casos –y la proximidad de la paga extraordinaria serían el resto de factores.

Estas ‘fórmulas’, que cuentan con el rechazo absoluto de la comunidad científica y académica, sí que sirven para ponen de manifiesto la búsqueda y necesidad biológica y emocional de bienestar y placidez que, en ningún caso, determina una fecha o algoritmo.

En mi caso, y más aún desde que soy madre, es un efecto de sentirse en paz, viendo a los tuyos sanos y seguros y dejándose llevar por lo extraordinario de las pequeñas cosas. Si atesoras esto, cualquiera puede ser el día más feliz del año.

La belleza de la palabra

Decía Vargas Llosa que aprender a leer era lo más importante que le había pasado en la vida. Yo no sería tan categórica, pero sí creo que mi admiración por la literatura determinó, en gran medida, mi profesión. Y es que, aunque no la tuve especialmente clara desde el principio, mi vocación siempre zigzagueó en torno al mimo y al cuidado de la palabra; desde Filología Hispánica o Inglesa a Periodismo. Y eso que de niña fui, con éstas, algo caótica y despistada. Recuerdo a ‘la seño’ reprobarme con cierta frecuencia por copiar las palabras de la pizarra con faltas de ortografía. Quizás por aquel entonces aún no había descubierto la belleza de las palabras.

Sin duda, sería la lectura lo que despertó mi asombro por los vocablos. Mi fascinación por la elección y la combinación exquisita de los mismos en el ilustre ejercicio de tratar de contar algo. Según la RAE la belleza es la “proporción noble y perfecta de las partes con el todo; conjunto de cualidades que hacen a una cosa excelente en su línea”; y en el caso de las palabras ésta se completa en tres: la belleza formal, la belleza conceptual y la belleza ética o espiritual.

A lo largo de los años, he disfrutado y contemplado composiciones hermosísimas. Una de las últimas este trocito de “Mi resumen” del fallecido Premio Miguel de Cervantes, Francisco Brines:

«Como si nada hubiera sucedido». 

Es ese mi resumen 

y está en él mi epitafio.

Habla mi nada al vivo 

y él se asoma a un espejo 

que no refleja a nadie.

Pero no solo son hermosas las composiciones. También acostumbro a rebuscar entre los textos nuevas palabras que anoto por su hermosa sonoridad o por su precioso simbolismo. Entre ellas, guardo algunas con especial apego.

Por su sonido, destacaría cairel, esas pequeñas piezas de cristal que cuelgan de candelabros o lámparas de araña; y petricor, que es el nombre del olor que produce la lluvia al caer en los suelos secos, lo que conocemos como ‘olor a lluvia’ o ‘a tierra mojada’ sin embargo, aún no estaría tipificada en la RAE; y enagua, que es aquella antigua prenda interior femenina que se llevaba bajo la falda.

Por ser bellas más allá de su sonoridad, desde en punto de vista más conceptual, me quedaría con inmarcesible, dícese de aquello que no se puede marchitar, y sempiterno, que dura para siempre, habiendo tenido principio, no tendrá fin. Será, esta elección, por la inmortalidad que para mí tienen las palabras. Palabras que se hacen eternas en la memoria de la belleza.

Bésame mucho

Este sería el título del bolero más conocido de la pianista y compositora mexicana Consuelito Vázquez, escrito en 1932 cuando la autora apenas contaba los 16 años, y que han interpretado artistas de la talla de Antonio Machín, Luis Miguel, Nat King Cole o los mismísimos The Beatles. Sin embargo, nadie olvidará la apasionada versión de una maravillosa e imponente Sarita Montiel en la película ‘Noches de Casablanca’ seduciendo a un encantador Maurice Ronet. Y es que esta joven jalisciense (de Jalisco) bien sabía, pese a su corta edad, de la importancia de los besos.

Aunque los mismos pueden tener diferentes significados y connotaciones; desde el símbolo de una traición, como la de Judas, al gesto más propio del saludo, aunque aún están prohibidos o mal vistos en algunos países; son expresión máxima del amor, como inmortalizarán en sus versos los poetas románticos del siglo XIX.

Pese a ser un acto tan cotidiano, poco se sabe aún de su origen. Hay quien lo situaría en la India por unos escritos del año 1.500 a. C. en los que se habla de “lamer la humedad de los labios”. No olvidemos que este es el país del Kamasutra. También se discute si es una herencia biológica-antropológica, pudiendo haber sido protagonizado el primer beso por una madre de pájaro y su cría al proporcionarle la comida, o es de origen cultural. Sea como fuere el beso es uno de los arrumacos más populares a lo largo y ancho del planeta tierra, aunque hay quienes prefieren besar la nariz o las manos a hacerlo en los propios labios.

Hay besos históricos como el que la revista Life eligió para celebrar el fin de la Segunda Guerra Mundial entre un soldado y una enfermera que ni se conocían. O uno de los más fotografiados en la capital alemana estampado en uno de los grafiti de los restos del muro de Berlín que recoge un beso de tornillo entre los ex líderes políticos de la Unión Soviética, Leonid Brezhnev, y de la República Democrática de Alemania, Erich Honecker.

También los hay icónicos y muy cinematográficos como el que comparten en el agua y entre las olas Deborah Kerr y Burt Lancaster en ‘De aquí a la eternidad’. Y por supuesto, polémicos, como el que intercambiaron Britney Spears y Madonna en 2003 en los premios MTV.

Sea como fuere, y ahora que se puede, no dudemos en besar, cada cual como guste. Yo, tardos y pausados, que  como decía Ramón Gómez de la Serna: “Como daba besos lentos le duraban más lo amores”.  

¿Señora o señorita?

Hace algún tiempo, no más de tres o cuatro años, me hubiera sentido agraviada e, incluso, ofendida si alguien se hubiese dirigido a mí como señora, ya que siempre he asociado este término, erróneamente, a una mujer entrada en edad. Sin embargo, hoy más que nunca me reivindico y refuerzo en mi concepción de señora, pues esta expresión, aunque no pueda parecerlo, nos iguala y nos dignifica más que muchas otras medidas o recomendaciones contra el lenguaje sexista. 

La distinción entre señora o señorita proviene del imperativo sociocultural de calificar a las mujeres según y en función de su relación con los hombres. En este caso concreto, diferenciando entre mujeres casadas y solteras, o así lo hacía en su origen, reservando un vocablo concreto para aquellas damas que no habían contraído matrimonio; mientras que en la coyuntura masculina nunca se dio tal especificación.  

En los últimos años, son muchas instituciones las que han advertido de este tipo de ‘micromachismos’ que están incluidos y aceptados en la forma de hablar y actuar de la sociedad y que usamos de forma diaria sin ser conscientes de que son, como otros, una forma de discriminación contra la mujer. Tanto es así que, incluso, desde Naciones Unidas se pidió prescindir del termino para no incurrir en estereotipos de género. Y la propia RAE, que no es sospechosa de ser demasiado transgresora en estos asuntos, en su Nueva Gramática del año 2009 recogía que la oposición entre señora y señorita era considerada “totalmente discriminatoria”, cuando se aplicaba en referencia al estado civil de la mujer. Sin embargo, aún acepta esta acepción cuando hace referencia a la edad. Cosa que, paradójicamente, viene a ser nuevamente discriminatorio.

Me niego, rotundamente, a que nadie me califique en función de mi estado civil o mis relaciones personales. Mi vida privada es mía y ni me nombra ni me define, y mucho menos en un ambiente laboral o profesional.

Como anécdota recordaré que al mismísimo Bobby Deglané, locutor y periodista chileno, su famosa expresión “¿señora o señorita?” al comenzar una entrevista le costó, hace ya más de medio siglo, una sanción por indiscreto.

Bien, pues cuando la comparación se realiza con la total intencionalidad de poner en entredicho la moral, la integridad o la honra de una mujer me resulta aún más frívolo todavía. Y si encima la ofensa viene de otra mujer, sería un agravante. No reparando, además, ésta última en lo ridícula y obsoleta que resulta. Pues incluso para hablar mal de otra mujer hay que ser muy señora.

Siempre fui muy de París

Decía Hemingway en su novela póstuma, publicada en diciembre de 1964, sobre sus aventuras y desventuras en la Ciudad de la Luz, que “si tienes la suerte de haber vivido en París cuando joven, luego París te acompañará donde vayas, todo el resto de tu vida”. Yo no he nacido en París. Tampoco viví allí de joven, y para eso ya llego tarde. Pero tras visitarla, y sólo en una ocasión, no creo que jamás me abandone.

Esta semana una amiga volaba a París. Aunque no soy una persona envidiosa y me alegro del bien ajeno, he de reconocer que no pude evitar cierta dentera al recibir el mensaje informándonos de su aterrizaje en tierras francesas. Y es que, tal y como le contesté de forma instintiva, yo siempre fui muy de París.

Creo que he comentado alguna vez que con algunas ciudades me sucede que me siento, literalmente, como en casa; no me son extrañas. Esto me ocurre con Madrid, Roma o Granada, por ejemplo. Sin embargo, aunque con la capital de Francia no tengo esta familiaridad, me creo de allí –o eso me gustaría -más que de ninguna otra parte. 

Y es que, en ocasiones, me siento tan parisina como la gárgolas de Notre Dame, los croissants de mantequilla, las cuestas de Montmartre, las boinas ladeadas o los atardeceres a orillas del Sena. No es solo por la abrumadora belleza de cada rincón y cada lugar en el bastión del art nouveau, sino también por la forma de ser y de vivir de su gente. Ese savoir faire; gracieja propia y exquisita para disfrutar de la vida y las cosas.   

Seguramente este ‘saber-hacer’ se remonta a épocas de esplendor, exuberancia y deleite como La Belle Époque, con sus cafés, cabarets y galerías de arte, y los felices o locos años veinte, alejados de cualquier tipo de límite creativo o moral; y en las que la moda fue uno de los catalizadores de todos esos cambios sociales y económicos. Ambiente bohemio, libertino y despreocupado que bien refleja la galardonada, incluso con un Oscar a Mejor guión original, ‘Midnight in Paris’ de Woody Allen.

Sea como fuere, no soy francesa, ni tampoco parisina. C’est la vie! Y por ello tengo que conformarme con poder escapar (o soñar), de vez en cuando –y espero que sea mas a menudo- , a esta ciudad y… Oh lá lá! Sorprenderme con cada una de sus maravillas. Porque ‘París es siempre una buena idea’.

Estoicismo caduco

Mi abuela fue una mujer de las de antes, muy de las de antes. Su sentido de la honra, la familia y el esfuerzo fue férreo e inamovible hasta el fin de sus días. Pequeñita en las hechuras pero sólida y densa en el carácter. Vivió siempre de negro, o al menos yo así la recuerdo. Enlutó con el fallecimiento de su madre, allá por el año 82 y pocos días antes de la boda de su hija (mi madre), por lo que declinó su asistencia a los festejos posteriores al casamiento; y desde entonces encadenó una perdida tras otra vistiendo de un riguroso azabache que contrastaba con su cano pelo.  

Aún guardo en mi memoria cuando murió mi abuelo y su casa se cerró a cal y canto a la luz del sol en señal de duelo. Las persianas no sobrepasaban el metro del suelo, la tele jamás volvió a encenderse en aquel apartamento y nosotras, sus tres hijas y algunas nietas, pasábamos las tardes de marzo en torno a las enaguas de una mesa de camilla y su brasero.

No tuvo afición alguna, ni hobbies o pasatiempos. Cosía como forma de vida y, sumado al cuidado de su familia, vivía para ello. Si con algo la vi disfrutar, ya en su ancianidad, fue con las visitas al Mercadona que hacía de forma diaria adquiriendo en cada viaje no más de uno o dos efectos, con lo que se aseguraba una excusa perfecta para regresar, a por lo que faltaba, en cualquier otro momento. Supongo que para ella, que vivió una guerra y su desabastecimiento, la contemplación de aquel surtido y disponibilidad le suponía cierto gusto y regodeo.

A nosotras nos quiso más que a su vida, pero a los hombres (yernos y nietos políticos) siempre les guardó recelo. Con cierta gracieta mi padre la comparaba, en familia, con Bernarda Alba por su forma de acatar la tradición y la moral, desde un matriarcado que imponía respeto y sometimiento.

Pocas veces la vi disfrutar en público, quizás algo con los nietos y bisnietos pues, en su doctrina del sacrificio, el gozo y el deleite eran poco menos que un error o un tropiezo.  Y creo que de ahí nos viene a las ‘Abellán’ esa tediosa propensión a un caduco estoicismo, que en mayor o menor medida hemos heredado, con una inclinación a la culpabilidad frente al placer o divertimento.

Y es que aquel sentimiento, tan propio de una época, se ha convertido para las mujeres de este tiempo en un lastre del que aún tratamos de desprendernos.

Pequeños gigantes

En la iconografía cristina hay una representación que me cautiva por encima de las demás. Quizás, y entre otras cosas, porque es una de las menos cruentas y feroces; o más bien todo lo contrario, despierta y provoca cierto afecto y ternura. La imagen de San Cristóbal portando al pequeño Jesús a sus hombros es una de las más delicadas del santoral católico.

Mientras que, por ejemplo, a San Bartolomé se le reconoce por los jirones de piel ensangrentados relativos a su agónico martirio, y a Santa Águeda por sus pechos amputados; al patrón de los viajeros se le suele encarnar; fruto de la hagiografía (historia de la vida de un santo) que de éste se recoge en la célebre ‘Leyenda Dorada’, obra del arzobispo genovés Santiago de la Vorágine en el siglo XIII; como a un coloso con la ropa mojada y un cayado que transporta, quizás con cierta abrumación en sus rostro, a un Cristo niño que lleva el orbe entre sus manos en su espalda.

Representaciones de este Santo hay muchas, desde la pintura mural de la catedral de Toledo, del pintor Gabriel de Rueda, o la de Murcia, a las diversas imágenes que atesora el museo de El Prado, como los lienzos de Borgianni o de Ribera, siendo esta última una de mis favoritas. Imagen que, durante los meses de encierro, recreamos en casa a través de la propuesta #Confinarte lanzada en redes sociales por alumnos y profesores del IES Arzobispo Lozano de Jumilla.

Lo que realmente me fascina de esta estampa es la humildad del grande, al menos físicamente, dejándose guiar por el pequeño. El rendimiento y la reverencia al Niño, al que se hace pequeño, como recogerá San Mateo en las escrituras: “Os aseguro que, si no volvéis a ser como niños, no entraréis en el reino de los cielos”.

Y es que, si algo he aprendido como madre, es que nuestros hijos tienen mucho que enseñarnos. No hay corrupción alguna en sus sentimientos y sus actos son nobles, instintivos y sencillos, alejados de la pompa y la doblez propia de la madurez. Son nuestras miradas, condicionadas, las que, en ocasiones, ven vileza o pillería en sus acciones. De ahí que me sea grato y también necesario, de vez en cuando, recordar la verdadera grandeza de este gigante y practicar la sencillez de lo pequeño.

Como decía Víctor Hugo: “Cuando un niño rompe un juguete, parece que anda buscándole el alma”.

A pasar la primavera

Granada. Quién no ha soñado alguna vez, como en su día hiciera el mismísimo emperador Carlos V, fijar en ella su residencia o morada. Y es que tras una luna de miel, que supuso uno de los momentos más felices de la pareja formada por el descendiente de Juana y Felipe de Castilla e Isabel de Portugal, el emperador mandó construir el Palacio que lleva su nombre al arquitecto toledano Pedro Machuca, un enamorado del Renacimiento italiano que plasmaría en esta imponente obra, que se suma al legado musulmán, lo mejor de esta corriente artística en España. Convirtiendo así este complejo monumental, declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en 1984, en uno de los más visitados del mundo y erigiendo a la ciudad Nazarí como icono del turismo internacional, también impulsado por su famosa estación de esquí en Sierra Nevada.

Pero si hay algo que hace única a esta urbe andaluza es su capacidad de asombrar y seducir con infinitos, y algunos poco conocidos, lugares y recodos. En cada visita, en cada escapada, descubro fascinada un nuevo rincón favorito. Desde los significativos cármenes, típicas viviendas granadinas, que salpican barrios como el del Realejo, Albaicín o Sacromonte convirtiéndolos en huertos y jardines infinitos, solo flanqueados por sus austeras tapias blancas; a los casi relicarios en los que se convierten algunas capillas, iglesias o conventos con una virguería y exquisitez en su ornamentación y arquitectura propia de la mejor orfebrería.

En mis últimas estancias, el Carmen de los Mártires, ese vergel urbano ubicado en el entorno de la Alhambra, es  -junto al paseo de la Fuente del Avellano, al que concurro en mis ratos de descanso disfrutando la brisa, el sombraje de su arbolea y la lectura de los poemas que delimitan el camino – una visita inevitable.

Hace tan solo unos días, y después de varios intentos, conocía la Biblioteca del Hospital Real, construido bajo el reinado de los Reyes Católicos y actual sede del Rectorado de la Universidad de Granada. Un espacio único, con elementos góticos, renacentistas y mudéjares, para la imprimación de saberes bajo su artesonado y cúpula y con espacios de esparcimiento como los cuatro claustros que componen el edificio.

Así, versionando a Juan Ramón Jiménez cuando visitando los cementerios de Nueva York decía que daban “ganas de alquilar una tumba sin criados para pasar la primavera”, aludiendo al caos de la ciudad, el Hombre del Renacimiento afirmaba, bajo el violáceo firmamento de glicinias en el Paseo de los Tristes: “Dan ganas de quedarse aquí a pasar la primavera”.

Cuando tiemblan los cimientos

La pasada madrugada del jueves, en casa, como en otros hogares de la Región, nos despertábamos sobresaltados, en torno a las tres de la mañana, con el estrepitoso sonido y sobrecogedor movimiento de un terremoto que no por breve resultó sutil. Con una magnitud de 3,3 su epicentro se ubicaba a pocos kilómetros de nuestra vivienda; información que obtuve casi en tiempo real al entrar en la página web de Instituto Geográfico Nacional. Ésta es, sin duda, una de las prácticas que aún mantengo de mis años en prensa escrita como redactora y jefa de redacción: cuando el hecho ocurre no puedo descansar hasta obtener los datos y la información. Imagino que, más allá de una deformación profesional, también habrá cierta inclinación en mi carácter.

Tras el incidente; momento en el que instintivamente me proyecté sobre mi hijo con el firme propósito de que nada le hiriese, en el caso de que hubiese desprendimientos; no conseguí conciliar el sueño. Durante los primeros minutos, tracé un plan y protocolo en mi cabeza de cómo actuar en caso de que el temblor repitiese, pues en este tipo de fenómenos son bastante habituales las réplicas. Todos hemos oído o leído, teniendo en cuenta que vivimos en una Región con bastante actividad sísmica, cuáles son los lugares a evitar y cuáles los refugios recomendados para sortear daños personales.

Una vez que tuve claro nuestro refugio me asaltó el miedo. Curiosamente, ya no el miedo a lo que podría ocurrir, me había ocupado en diseñar nuestra guía de salvamento, sino a lo que podía haber ocurrido. Fue como si la sacudida me hubiese recordado la fragilidad de nuestros días y nuestra vida. La incerteza de lo que está por acontecer y la inestabilidad de lo que pensamos nuestra seguridad.

Siempre, cuando ocurre alguna calamidad, y últimamente nos estamos malacostumbrando, solemos re visionar nuestra existencia y pese a las preocupaciones y disgustos, pues todos los tenemos, tendemos a agradecer ese contexto cotidiano al que restamos importancia por frecuente y familiar. Y es que pensar que un solo segundo basta para devastarnos desde los cimientos es espeluznante.

Precisamente ese es el terror al que se enfrentan miles de familias desterradas de sus raíces, sus principios y sus orígenes por la guerra. Familias que dejan atrás hogar y estirpe para comenzar a construir pilares en un nuevo lugar en el que no tienen arraigo ni sentimiento de pertenencia.

Ayudemos a cimentar esas ‘lastimadas’ vidas de nuevo desde la base de la fraternidad y el entendimiento.

La dura maternidad

Ser madre es, sin vacilación alguna, el trabajo más sufrido y arduo  que he realizado jamás. Pese a mi pronto ingreso en el mundo laboral y variadas experiencias profesionales, en ocasiones con jornadas de hasta doce horas de trabajo a lo largo de once días ininterrumpidos, creo que nunca había sentido, como en este contexto, la extenuación.

Sin duda, hoy alcanzo a apreciar con justicia el trabajo que hicieron nuestras madres y siento que, con las limitaciones de cada una y las dificultades de otros tiempos, no pudieron hacerlo mejor.

Y es que en la maternidad no hay jornadas reducidas, ni intensivas, ni, tan siquiera, partidas. Es una guardia de 24 horas perpetua. Y, aunque gozamos de más información y más recursos que nuestras predecesoras, también nos exigimos más y nos juzgamos más duramente. Ser madre supone, en algunos círculos, un derroche de cualidades, atributos y procederes que te capacitan, o no, para el puesto. Y vivimos angustiadas por alcanzar, en dicha materia, la excelencia. Ni que decir tiene que la teoría es bastante más sencilla que la práctica.

Esta rigidez en las formas, con un entorno severo e implacable, está pasando factura a nuestras emociones y nuestra mente, convirtiéndonos en un objetivo frágil y evidente. Haciendo de la culpa un sentimiento constante. Se nos exige, entre otras cosas, que trabajemos como si no fuésemos madres y que criemos como si no trabajásemos. Mientras que con los años se le ha otorgado a la educación de nuestros hijos una magnitud y trascendencia incomparable y extraordinaria, que celebro; se ha descuidado el bienestar, la confianza y la seguridad de la madre.

Y es que no atender a tus necesidades, por priorizar la crianza, no te hace mejor madre. Solo una madre más frustrada. No ceder o conceder con el móvil, tampoco te hace mejor madre si te convierte en alguien atormentado, irritable o colérico. Como apuntan en #lavidamadre –realista cuenta de Instagram sobre este ejercicio – “la leche materna es increíble pero nada sustituye a tu salud mental”.

Es el momento de olvidar aquella madre que querías ser, porque ésta no era madre, y saber que, paradójicamente, “detrás de cada niño feliz hay una madre que piensa que está fallando”.  “Si estás dando lo mejor de ti, estás dando lo mejor a tus hijos. No dejes que ‘lo mejor’ de otra persona te haga creer que no eres suficiente”.

La maternidad se te hace dura porque lo es, no porque estés fallando.