Estoicismo caduco

Mi abuela fue una mujer de las de antes, muy de las de antes. Su sentido de la honra, la familia y el esfuerzo fue férreo e inamovible hasta el fin de sus días. Pequeñita en las hechuras pero sólida y densa en el carácter. Vivió siempre de negro, o al menos yo así la recuerdo. Enlutó con el fallecimiento de su madre, allá por el año 82 y pocos días antes de la boda de su hija (mi madre), por lo que declinó su asistencia a los festejos posteriores al casamiento; y desde entonces encadenó una perdida tras otra vistiendo de un riguroso azabache que contrastaba con su cano pelo.  

Aún guardo en mi memoria cuando murió mi abuelo y su casa se cerró a cal y canto a la luz del sol en señal de duelo. Las persianas no sobrepasaban el metro del suelo, la tele jamás volvió a encenderse en aquel apartamento y nosotras, sus tres hijas y algunas nietas, pasábamos las tardes de marzo en torno a las enaguas de una mesa de camilla y su brasero.

No tuvo afición alguna, ni hobbies o pasatiempos. Cosía como forma de vida y, sumado al cuidado de su familia, vivía para ello. Si con algo la vi disfrutar, ya en su ancianidad, fue con las visitas al Mercadona que hacía de forma diaria adquiriendo en cada viaje no más de uno o dos efectos, con lo que se aseguraba una excusa perfecta para regresar, a por lo que faltaba, en cualquier otro momento. Supongo que para ella, que vivió una guerra y su desabastecimiento, la contemplación de aquel surtido y disponibilidad le suponía cierto gusto y regodeo.

A nosotras nos quiso más que a su vida, pero a los hombres (yernos y nietos políticos) siempre les guardó recelo. Con cierta gracieta mi padre la comparaba, en familia, con Bernarda Alba por su forma de acatar la tradición y la moral, desde un matriarcado que imponía respeto y sometimiento.

Pocas veces la vi disfrutar en público, quizás algo con los nietos y bisnietos pues, en su doctrina del sacrificio, el gozo y el deleite eran poco menos que un error o un tropiezo.  Y creo que de ahí nos viene a las ‘Abellán’ esa tediosa propensión a un caduco estoicismo, que en mayor o menor medida hemos heredado, con una inclinación a la culpabilidad frente al placer o divertimento.

Y es que aquel sentimiento, tan propio de una época, se ha convertido para las mujeres de este tiempo en un lastre del que aún tratamos de desprendernos.

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