A pasar la primavera

Granada. Quién no ha soñado alguna vez, como en su día hiciera el mismísimo emperador Carlos V, fijar en ella su residencia o morada. Y es que tras una luna de miel, que supuso uno de los momentos más felices de la pareja formada por el descendiente de Juana y Felipe de Castilla e Isabel de Portugal, el emperador mandó construir el Palacio que lleva su nombre al arquitecto toledano Pedro Machuca, un enamorado del Renacimiento italiano que plasmaría en esta imponente obra, que se suma al legado musulmán, lo mejor de esta corriente artística en España. Convirtiendo así este complejo monumental, declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en 1984, en uno de los más visitados del mundo y erigiendo a la ciudad Nazarí como icono del turismo internacional, también impulsado por su famosa estación de esquí en Sierra Nevada.

Pero si hay algo que hace única a esta urbe andaluza es su capacidad de asombrar y seducir con infinitos, y algunos poco conocidos, lugares y recodos. En cada visita, en cada escapada, descubro fascinada un nuevo rincón favorito. Desde los significativos cármenes, típicas viviendas granadinas, que salpican barrios como el del Realejo, Albaicín o Sacromonte convirtiéndolos en huertos y jardines infinitos, solo flanqueados por sus austeras tapias blancas; a los casi relicarios en los que se convierten algunas capillas, iglesias o conventos con una virguería y exquisitez en su ornamentación y arquitectura propia de la mejor orfebrería.

En mis últimas estancias, el Carmen de los Mártires, ese vergel urbano ubicado en el entorno de la Alhambra, es  -junto al paseo de la Fuente del Avellano, al que concurro en mis ratos de descanso disfrutando la brisa, el sombraje de su arbolea y la lectura de los poemas que delimitan el camino – una visita inevitable.

Hace tan solo unos días, y después de varios intentos, conocía la Biblioteca del Hospital Real, construido bajo el reinado de los Reyes Católicos y actual sede del Rectorado de la Universidad de Granada. Un espacio único, con elementos góticos, renacentistas y mudéjares, para la imprimación de saberes bajo su artesonado y cúpula y con espacios de esparcimiento como los cuatro claustros que componen el edificio.

Así, versionando a Juan Ramón Jiménez cuando visitando los cementerios de Nueva York decía que daban “ganas de alquilar una tumba sin criados para pasar la primavera”, aludiendo al caos de la ciudad, el Hombre del Renacimiento afirmaba, bajo el violáceo firmamento de glicinias en el Paseo de los Tristes: “Dan ganas de quedarse aquí a pasar la primavera”.

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