Child-friendly

Que lejos ha quedado aquel “dejad que los niños se acerquen a mí” que demandaba un joven Jesucristo en el Nuevo Testamento. Parece, o al menos desde que soy madre así lo percibo, que cada vez los pequeños molestan más. Así, en general. En cualquier contexto y escenario. Generando un movimiento de ‘niñofobia’ que se extiende por todo el planeta. Cada vez son más los restaurantes, hoteles y espectáculos que cuelgan el cartel de prohibido menores en su puerta. En los que aún permiten su entrada, te miran con cierto recelo al llegar con la tribu. E incluso en aquellos que son pensados y diseñados para ellos hay cierta angustia y disgusto si tu hijo está un poco más inquieto.

Nos hemos vuelto absolutamente intolerantes con los niños.  Pretendemos que se comporten como adultos olvidándonos y renegando de lo fascinante de esa ‘molestosa’ desazón y excitación propia de su edad. Aún recuerdo cuando correteaba entre las mesas de los restaurantes a los que acudía con mis padres con la complicidad, incluso, de muchos de los camareros del local. Algo que resulta impensable en nuestros días.

Yo, que suelo acudir casi a cualquier evento con mi retoño desde que nació, por lo que está bastante acostumbrado y habituado a los protocolos sociales de cada situación, también procuró que resulte lo menos incómodo para el resto de asistentes pero, indudablemente, no deja de ser un niño por lo que debe haber cierta predisposición y permisividad a compartir esa experiencia con ellos.

Precisamente, la semana pasada, visitábamos a unos amigos que se hacen llamar la ‘Asociación Muro del Arte’ en la Feria de Artesanía de Alfonso X que desarrollaban una especie de performance de música y pintura en vivo. Por supuesto, concurrimos la familia al completo. Yo, como madre previsora, advertí a mi pequeño de que no se podía tocar la pintura mural bajo ningún concepto, circunstancia o premisa.

Sin embargo, la libertad y frescura de mente de Felipe López, uno de los artistas participantes, le llevó a invitar a mi hijo a remangarse y coger uno de los pinceles para participar de dicha intervención. Jaque mate para mí. El niño, que venía aleccionado, me miró y al contar con mi beneplácito se subió las mangas hasta el codo y se obró el milagro.

Como el mismísimo Jesús, Felipe, que no tiene hijos, una actitud más ‘child-friendly’ que yo y bastantes menos prejuicios, consiguió un momento mágico y la fascinación de todos los viandantes al ver a un renacuajo de tan solo tres años sombreando una curiosa interpretación de la ‘Adoración de los Pastores’ de Murillo.

“El instinto más grande de los niños es precisamente liberarse del adulto”, que diría María Montessori.

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