Tengo ganas de llorar

Nada más lejos de mi intención que adoptar un perfil de víctima o despertar la lástima y/o compasión entre quien me lea. Sin embargo, esta ha sido mi realidad a lo largo de una complicada semana en la que al trabajo diario, las labores domésticas, los mil quehaceres y tantas cosas más que tengo que anotar escrupulosamente en mi agenda para no olvidar, se ha sumado un difícil desempeño de la maternidad.

Si ya de por si dicho cometido resulta complejo de forma rutinaria al sumar alguna alteración de los factores que lo componen el resultado puede ser casi catastrófico. Y a esto, además, hay que añadirle un consolidado embarazo con sus necesarias consecuencias físicas y, también, anímicas.

A diario entro a mi puesto de trabajo extenuada tras la maratoniana tarea de llegar al cole a tiempo. Da igual a la hora que me levante, siempre acontece algún contratiempo que acelera mi ritmo cardiaco. Cuando no es una ‘caca’ de última hora, es una vomitera cuando ya está preparado y perfectamente acomodado en la silla del coche o, simplemente, una rabieta o ‘cabezonería’ de última hora. Y este es el día a día de miles de hogares que, por otro lado, ya tenemos normalizado y superado.

Sin embargo, estos últimos días mi pequeño, que nunca ha comido bien -y quien tiene un hijo de estas características sabe lo agotador que puede resultar-, ha estado prácticamente sin probar bocado, por lo que sentarse a la mesa ha resultado una absoluta pesadilla para ambos. Aunque en primer lugar era él quien acaba llorando, el agotamiento y la preocupación acabaron por superarme y también yo me sumaba a su llanto.

Tras descartar problemas físicos que justificasen su comportamiento, finalmente me decidí a pedir ayuda para resolver una dificultad que viene de largo. Sentía que, de algún modo, al nombrarlo lo estaba reconociendo y, quizás y/o seguramente, amplificando y dramatizando. Prefería mantenerlo como algo estrictamente privado y así banalizarlo. Más no podía estar más desacertada, ha sido una liberación compartirlo y, al fin, verbalizarlo.

El caso es que durante los momentos que mi hijo me sentía sollozar, entristeciendo más aún su gesto, me pedía y me suplicaba que parase de llorar que yo era una mamá valiente. No sé de dónde habrá sacado esa idea que, por cierto, yo también he creído siempre cierta. Sin embargo, en esto también erraba y simplemente, quizás, aún no me había enfrentado a molinos que me intimidaran.

La maternidad ha revelado mis debilidades y flaquezas pero, sin duda, también me ha convertido en más superviviente, fiera y leona, porque podrán amedrentar pero jamás paralizar, aunque no me avergüence confesar que muchos días tengo ganas de llorar.

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