Lo que sé de la guerra

Lo que sé de la guerra me lo han contado. Afortunadamente, no tengo experiencia en primera persona. Sin embargo, no hace falta haberla vivido para saber que, irremediablemente, no deja a nadie indemne.

De la guerra mi habló mi abuela materna. Aunque fue su esposo, mi abuelo, el que marchó al frente, él refería poco de aquellos tiempos. Además, dadas las circunstancias, tuvo cierta fortuna. Debido a sus conocimientos en escritura y matemáticas sirvió más como administrativo que como combatiente. Lo que le ahorró, sin lugar a dudas, escenas trágicas imposibles de borrar de su mente. Sí guardó, a modo de recuerdo, un montón de tablillas de papel escrupulosamente escritas con nombres, fechas y detalles de esos días que se amontonaban en cajas de zapatos en el trastero. Ella, mi abuela, sí contaba que gracias a tener tierra y huerta no pasaron hambre y que, con sus frutos, auxiliaron a muchos que vivían en la ciudad y no tenían ni con que alimentarse. También nos narraba el miedo cuando de madrugada se oían los aviones y corrían a esconderse al monte.   

También me habló mi padre, no porque lo viviera pero sí de lo que supo gracias a su madre. Mi abuelo paterno sí pisó las trincheras y posteriormente, también, la cárcel. Y él, acongojado, siempre nos revelaba como su madre le confesó que nunca fue el mismo. Su carácter cambió y se convirtió en un extraño en aquel hogar, más hosco, esquivo y solitario.

Hoy veo los rostros de los niños y niñas que incrédulos y desorientados suben a los autobuses y trenes de la huida. A las madres que soportan, solas, la tremenda labor de proteger y amparar a sus pequeños en una injusta, feroz, helada e incierta escapada. Y a los padres que en un intento de estoicidad tratan de no derrumbarse frente a los cristales empañados a través de los que consagran besos, te quieros y un incierto adiós. Y no puedo evitar pensar en qué pasará después. En que cuando todo esto acabe para el mundo, para ellos jamás acabará. Que no se puede vivir igual después de algo así. Que, como le ocurrió a mi abuelo, nunca volverán de esta guerra. Él algo perdió en aquellas trincheras que hoy, en Ucrania, están perdiendo, también, en estaciones de trenes. Porque de una guerra no se sale indemne. Porque en una guerra hay muchas formas de morir.

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