La ‘divina’ visita

“Para pintar ese azul, hay que haber andado por el Cielo”, apuntaba Mújica Láinez en su relato ‘La visita’ sobre la relación que establecen La Virgen de la Anunciación y el arcángel Gabriel en el lienzo de ‘Fra Angelico’; recogido en el libro ‘Un novelista en el Museo del Prado’; refiriéndose al lapislázuli del manto de la Madonna y de la bóveda. Y es que, sin duda alguna, contemplar esta pintura en directo, tras su restauración, puede ser una experiencia ‘excelsa’. Conocía la obra, la había visto en reproducciones en multitud de ocasiones, incluso in situ, sin embargo, jamás sentí la conexión de mi última visita a la pinacoteca este verano. Tan solo esos diez minutos de absorta admiración compensaron, con creces, la entrada.

Sin embargo, mi deambular por los pasillos del Prado me depararía aún más dádivas que no esperaba. Saliendo de la sala dedicada a Rosales, en la que se encuentra el lienzo de enormes dimensiones que recoge el momento en el que Isabel la Católica dicta su testamento, concretamente entrando en la estancia 63B –tras la última reestructuración del museo –pude intuir, a lo lejos, la delicadeza de un cuadro pequeño cuyo estilo y autoría no reconocí. El óleo recoge una escena doméstica, concretamente los hijos del artista, en una actitud reposada en el salón japonés. Una obra maestra entre la sutileza del grabado japonés y el detalle del dibujo occidental. Ese fondo casi aterciopelado entre verdes, azules y aguamarinas con las mariposas doradas me cautivó. Fortuny fue para mí todo un descubrimiento. No lo conocía, pese a que es uno de los pintores españoles más reconocidos del siglo XIX. Pero, por suerte, tengo la costumbre de llevar siempre conmigo de viaje a ‘El Hombre del Renacimiento’ que, como si de una audio-guía se tratase, me puso al corriente de todos los detalles técnicos, artísticos y personales del artista.

Por último, y ya antes de marcharnos, pude pasar un buen rato casi a solas, con el ‘Pequeño ratón’ durmiendo en la silleta, en una de las salas de Goya, la más oscura. Y aunque estas pinturas sí las reconocía todas, revisionarlas, con los años, te da otra perspectiva y te produce otras sensaciones. Será así porque el arte, desde mi punto de vista, nunca es caduco ni definitivo. Aunque una obra tenga siglos de historia su contemplación siempre será nueva y original. No duden en volver al arte que les hizo felices.

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