Retomando el vuelo

El lunes volvía a montar en avión desde hacía bastante tiempo. La última vez fue en un viaje exprés, de fin de semana, en pareja a Roma para celebrar un cumpleaños. No tengo, especialmente, miedo a volar. Quizás si me trastorna un poco todo el proceso previo de facturación y colocación de maletas, entre otras cosas porque las mías siempre pesan más de lo que deberían, y la posterior recogida, con el miedo a que las hayan podido extraviar, y llegada al lugar de destino. Aunque tengo que reconocer que esta vez sí lo viví con cierta inquietud. Era la primera vez que volaba con mi pequeño y desconocía cuáles iban a ser sus sensaciones y reacciones a esta nueva experiencia. Yo había leído todas las recomendaciones y trucos que encontré por Internet para viajar con un bebé. Pero ya sabemos que la teoría y la práctica no son siempre coincidentes cuando de niños se trata. 

La aventura no comenzó del todo bien, pues apenas nos habíamos ‘acomodado’ -esto es muy relativo cuando vuelas en Ryanair -en nuestros asientos – por los que me cobraron suplemento al querer elegir ir juntos – ‘El pequeño ratón’ comenzó a gritar pidiendo calle… y aún quedaban tres horas de vuelo; que, por cierto, yo pensaba eran dos pues no había tenido en cuenta el cambio horario al consultar la hora de llegada. Esto lo descubriría cuando el piloto se dirigió a nosotros para anunciar que aún quedaban 55 minutos de vuelo; y yo pensando que debíamos estar llegando. Por suerte, el pequeño se relajó y se durmió en mis brazos, pues aunque pagan billete reducido no cuentan con asiento reservado. Su descanso hizo posible que experimentase cierto relajo y comenzase a ser consciente del resto de circunstancias que me rodeaban. 

Por primera vez en un avión no pasé frío, pero desgraciadamente repetía presencia relativamente incómoda a mi lado. Imaginé que sería militar, por su indumentaria, y aunque el aspecto no era descuidado, el fuerte olor que desprendía resultaba tremendamente molesto. No parecía mal tipo, quizás algo rudo, serio y callado. Para olvidar el  hedor traté de concentrarme en algo y acabé intentando descifrar el significado de los tatuajes que otro de los pasajeros llevaba en piernas y brazos. Pero, de repente, mi mirada se fijó en el libro 

que ‘El hombre del Renacimiento’ hojeaba: ‘Lírica de lo cotidiano’, de Miguel Ángel Herranz, y un poema  salió a mi encuentro: 

“Detente en todo 

y que nada 

te detenga”. 

Y sonreí al pensar que precisamente eso estaba haciendo.

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