Ser madre

Cuando hace un tiempo me preguntó un amiga cómo era ser madre, le contesté con absoluta franqueza y rotundidad que era sensiblemente más duro de lo que jamás hubiese imaginado. Nada te prepara para ser madre por primera vez, solo haberlo sido antes te otorga cierto grado de control y dominio de las circunstancias; o, al menos, eso espero –por si decido repetir-. Para una primeriza cualquier escenario es sobrevenido.

Su cara mostró, entonces, cierta extrañeza por mi respuesta. Por lo que añadí, también, que era extraordinariamente fascinador. Y, precisamente, de idéntico modo recuerdo que describí mi parto, hace ya más de un año, en este mismo espacio. Esas horas de intensidad suma sintiendo no son más que el preludio de lo que está por llegar, esta vez, de forma más dilatada, pero no por ello menos extrema. Pero, por si aún no le había quedado bien claro, insistí: “repetiría una y mil veces más” –lo que obviamente era solo una forma de hablar porque no hay cuerpo ni equilibrio mental que lo resista-.

Ser madre es mal dormir entre desvelo y desvelo. Es normalizar las manchas que luces en tus camisetas, faldas y vaqueros. Es asumir que para volver a entrar sola al baño aún va a pasar algún tiempo. Ser madre es sorprenderte sola en el coche cantando algún temazo de ‘Nene León’ o del ´Cantajuegos´. Es desayunar de pié un café rápido en la cocina para conseguir salir de casa a tiempo. Es creerte en un spa el día que puedes entretenerte usando acondicionador en el pelo. Es acostumbrarte al caos y al desorden. Ser madre es repetir aquellos ‘mantras’ maternos aunque te juraste nunca hacerlo: “No me he sentado todavía”, “voy todo el día detrás de ti” o “no se te ocurre nada bueno”. Es rezar esperando que no lo pille durmiendo el timbrazo del mensajero. Pero, para mí, lo más duro de ser madre ha sido enfrentarme a los peores miedos. Desde conseguir garantizar su supervivencia, aquellos primeros días del pasado invierno, a desafiar, a diario, nuevas luchas y retos sin manual ni tutorial que te ayude a resolverlos. Sabiendo, además, que jamás nada te dolerá tanto como aquello que haga sufrir, lo más mínimo, a tu pequeño.

Sin embargo, y aunque no soy talibana de la maternidad, reconozco que es ahora cuando mi ciclo vital está completo. Es ahora cuando soy capaz de proyectarme en alguien que, confío, será infinitamente mejor, y entender a mi madre quien en su día en mí se mejoró y proyectó y poder, ahora, agradecérselo. ¡Feliz Día de la Madre!

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