El dolor de los demás

Es cierto que las redes sociales han traído a mi vida una importante cantidad de escenas esperpénticas, rocambolescas y de mal gusto que se cuelan en mi día a día a través de los muros y perfiles de algún conocido o allegado. Recibiendo así, aunque no veo la televisión, los ecos de una trasnochada y vulgar programación que no me aporta nada. Reconozco que ante la ramplonería reiterada de la que algunos usuarios hacen gala he decidido eliminarlos. No tengo edad, tiempo, ni ganas para tolerar o aguantar determinados comportamientos o conductas que me avergüenzan o me dañan.

Sin embargo, no todo es negativo. Gracias las redes sociales, y en mi nueva faceta de madre, he descubierto tanto perfiles de profesionales, con información útil que me ayuda a orientarme, como cuentas personales de madres y padres de familia que enfrentan situaciones parecidas y con los que, pese a no conocerles, consigues empatizar y acercarte. Mamás primerizas que están igual, o más asustadas, de lo tú entonces lo estabas. Madres de familias numerosas que cuentan calcetines sucios, cada día, por pares. Pero sin dudas, en el ranking de heroínas en mis redes sociales están las mamás de niños enfermos que han visto convertida su existencia en un deambular por la cuerda floja sin red ni arnés que las apuntale.

Si duro y agotador debe ser ‘llevarlo’, imagino que tampoco será sencillo hacerlo público y contar detalles de una agónica supervivencia entre ingresos, UCIS y noches en vela. Y aunque a alguien pueda parecerle frívolo -está en su derecho-, creo que esta decisión es un gesto de amor y generosidad con el resto. Yo, que me asomo a esos dramas solo a veces y desde fuera, hay ocasiones en las que no soporto el dolor de esos pequeños y esas familias que viven en la incertidumbre y en la esperanza imperecedera. No sé si será la maternidad o ya la madurada conciencia pero cada vez me lastima más el dolor impropio y con más facilidad hago propias las penas ajenas.

Pero lo que de verdad me maravilla de esto es ver como esas mamás no se ahogan en el victimismo y la tristeza. Como dan lecciones de valentía y de entereza. A mí, que me saltan las lágrimas con el ‘culete’ irritado de mi pequeño y que he llevado ‘importantes retrasos’ en el calendario de vacunación por no querer ver como pinchaban sus muslitos. No sé si ellas serán de otra pasta, o es la situación la que te endurece, pero agradezco cada día que me hagan visible como se puede ganar la batalla a la angustia y al desconsuelo pese a vivir el más hondo sufrimiento.

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