La estela de tus tacones

Solía contar mi abuela, que nos dejó hace unos años a la edad de 94 y sin tomar más medicinas que un trankimazin de vez en cuando para dormir serena –ojalá en la salud y longevidad salgamos a ella -, que los vecinos de la Calle Larga de Caravaca salían a sus puertas al paso de mi tía Valentina. “Pocas lucían los tacones como ella en el pueblo”, decía; y, claro, nadie quería perdérselo. Mi abuela, como mi madre, no son de prodigarse en halagos. Si así lo aseguraba, no cabe duda que así era. Incluso hoy, a sus 70 años, sigue llevándolos –ahora sensiblemente más bajos –con su inconfundible garbo.  Y aunque de eso presumía su madre, de su brío y elegancia, he de confesar que con la ropa tenían sus más y sus menos. Mi abuela, que era modista, disentía del estilo un poco más sugerente de su hija. Así, en vez de ser ella quien, por aquel entonces, cosía sus modelitos, mi tía se dejaba ver por la casa de una prima que se los hacía manifiestamente más escotados y cortos.

Pero si característico es tu porte, no lo ha sido menos tu risa. Es uno de esos recuerdos que arrastro desde la niñez. Esos que, pese al paso de los años que desdibuja y tergiversa algunos hechos y certezas, han permanecido imperturbables en mi cabeza. Casi sin esfuerzo aún consigo verte reír a carcajadas en comidas familiares y nocheviejas. Pocas veces has dejado que un disgusto empañe tu gesto dulce y tu cara serena. Eres optimista por naturaleza. Y bien sabes tú cuánta falta nos hace esa serenidad y entereza a ‘las Abellán’ que te tenemos cerca. Sincera, espontánea y sin pelos en la lengua, jamás rozaste la ordinariez ni la impertinencia. No resulta sencillo describirte para que alguien se haga una idea. Yo, siempre cuento a mis amistades, que eres tan peculiar que solo puedo compararte con algún personaje de un film de Almodóvar.

Mucho me parezco a mi padre, pero siempre me han comparado contigo. Y si el tiempo me enseñó a sentirme orgullosa de mi herencia paterna, también lo ha hecho de la que me corresponde como sobrina –con el permiso de tu hija -. Y hoy, en el cumpleaños de nuestra ‘Wild Manuela’, puedo confirmar que ella también ha cogido el testigo de la rama (de esta familia) de mujeres vitalistas y coquetas. Me has puesto el listón muy alto como ‘chacha’ y no puedo evitar pensar que ojalá algún día pueda yo legar este mismo sentimiento de orgullo y admiración en ella; pero si yo fracaso en mi tarea siempre tendrá en la seguridad de tus tacones y la sonoridad de tu risa un modelo para enfrentar la caprichosa ventura de esta vida.

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