Sin descanso ni tiempos muertos

Ser madre te cambia la vida. Eso lo hemos repetido todas hasta rozar el hartazgo de los que nos rodean. Y lo hace para bien, en general; aunque haya cosas que eches de menos, noches y escapadas de chicas que perderse y, además, jamás vuelvas  a dormir del tirón como lo hacías antaño. Yo lo he notado especialmente en dos características fundamentales que se repiten, desde entonces, en mi día a día: no consigo acabar la jornada sin alguna mancha en mi ropa y me he vuelto increíblemente productiva y eficiente. 

El otro día lo comentaba con una amiga y también madre: conseguimos hacer más incluso en menos tiempo. Desde que he vuelto al trabajo- hace tan solo una semana pero me ha bastado como muestra para demostrarlo empíricamente -cuando dan las diez de la mañana he hecho tantas cosas que me canso solo pensarlas. Además de levantarme, desayunar, ducharme, vestirme y maquillarme, que solía ser mi rutina, salgo de casa con un lavavajillas sacado y otro puesto, los biberones de la noches anterior fregados, un pañal cambiado y la primera toma de mi pequeño. A eso le sumo que conduzco unos 20 minutos hasta llegar a mi puesto de trabajo más todo lo que en este después desempeño. Los números no fallan, llevo a cabo muchas más tareas en el mismo periodo de tiempo. 

Es por eso que no entiendo -además de que no lo comparto -la política de muchas empresas de no contratar madres o despedirlas por el hecho de serlo cuando están dejando fuera de su staff quizás uno de los puntos fuertes para su productividad y buen funcionamiento. Que no nos hablen a nosotras de aprovechar el tiempo, de optimizar recursos y de evitar el ‘procastinamiento’. Para nosotras no existen los tiempos muertos. Yo incluso he aprendido a mecer el carrito con el pie para aprovechar sus siestas y así poder seguir escribiendo.

Pero esta eficiencia tiene un precio y es que queremos que todos estén a nuestro nivel y quizás, a veces, en casa exigimos más de lo que debemos. Hace un par de años viajé con esta misma compañera, por motivos de trabajo, fuera del pueblo y entonces las demás alucinamos con el destierro al que sometió a sus dos hijos a la cama del padre porque las suyas estaban ocupadas con los looks que debían vestir cada día mientras durase su ausencia. Con cartelito incluido para que no hubiera lugar a imprecisión o equívoco en su atuendo. Sin embargo, estando allí las fotografías que nos llegaban de los pequeños no seguían el riguroso protocolo que la madre había dispuesto. Así que llamó enfadada al responsable de semejante atropello. El padre, tranquilo, se limitó a contestar que no estaba haciendo las cosas mal, simplemente diferentes y a su modo las estaba haciendo. Y es que a veces las mamas tenemos que relajarnos un poco y darnos cuenta que en equipo se disfruta mucho más del juego. 

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