Otoño bello

Hace tan sólo unos días que daba comienzo mi estación favorita del año, el otoño. Espacio que va desde septiembre, mi mes por excelencia –en el que incluso cumplo los años-, hasta dejarnos a las puertas de mi festividad predilecta, la Navidad.

El otoño ha podido vincularse en determinados momentos a estados de ánimo tristes y melancólicos, tanto en literatura, como en arte e incluso música. Supone el fin del verano y el anuncio del frío invierno. Las horas de luz se reducen y el verde del paisaje desaparece dando lugar a una variada gama de castaños y marrones.

Así, en las artes plásticas las representaciones suelen ser casi monocromáticas, con los amarillos y ocres como tonos protagonistas.  Buen ejemplo de esto serían las pinturas de ‘Bosque de hayas’, de Klimt, ‘Efecto de otoño en Argenteuil’, de Monet, o ‘Jardín de Giverny’, de Mary Fairchild Low, entre otras. En cuanto al verso, suele ser también una alegoría del paso hacia la senectud,  símbolo de la quietud y la calma o reflejo del paso inexorable del tiempo, como en los textos de Juan Ramón Jiménez, Octavio Paz o Antonio Machado. Incluso en su forma más sonora, podemos sentir esa caída pausada pero constante de las hojas en la composición de Vivaldi.

Sin embargo, para mí el otoño siempre ha sido todo lo contrario: movimiento, puesta en marcha y comienzo. Desde mi niñez, con la deseada vuelta al cole y el inicio de todo; hasta estos días en los que supone el regreso a la necesaria rutina después de un más que merecido verano de encuentros, escapadas, acontecimientos y  algún que otro exceso.

Me gusta el otoño. Con su normalidad, sus rutinas, sus tardes de lluvia en casa, los paisajes amarillentos, las primeras mangas largas, los zapatos cerrados, las medias y leotardos, las botas de agua, los estrenos, las noches más largas, los días más cortos, las lecturas delante del flexo, las actividades extraescolares, Halloween y el Día de los Muertos, el olor al café calentito, el fresco de los amaneceres, la granada en las ensaladas, los juegos de mesa, el crujir de las pisadas, el gustito del sol en la cara, el silencio de las madrugadas, las sábanas de pelo y las colchas aguatadas sobre la cama.

Quizás el otoño no sea una estación de bullicio, algarabía ni desenfreno; una estación sin pinceladas en fucsia, aguamarina o turquesa. Sin embargo, es el amor por lo más real y frecuente. Es la belleza y la calma de lo normal; un lienzo en armonía cromática; es el sentirse feliz en lo más cotidiano, en lo más sincero.  

Amamantar en la fábrica

Los que acostumbran a leerme saben que la maternidad me ha cambiado totalmente. No sólo por cuestiones de agenda y de organización- eso es obvio-, sino de forma más profunda: mi forma de estar en el mundo, de sentir y amar.

Este mes de septiembre está siendo difícil por la imperiosa incorporación al trabajo y la vuelta a la rutina escolar-laboral.  Principalmente, es mi pequeña Julia la que no lleva bien su regreso a la guardería. Hemos comenzado de nuevo; como si nunca hubiera estado allí y lo hiciese todo por primera vez. Imaginen, después de todo el ajetreo matinal, entre despertares, desayunos y demás,  llegar a la guardería y acongojarte al dejar a tu hija en un desconsuelo total y saber que, posiblemente, no va mejorar mucho después. El otro día la recogimos con los ojos rojos del llanto. Sé que es algo transitorio y no muy distinto de lo que le sucede a muchas familias en estos días. Trato de no darle mucha importancia, aunque es inevitable que nos duela.

Pero lo que quería contarles no es eso. La guardería ha sido trasladada -de forma provisional- a unos estupendos módulos prefabricados pues se están acometiendo profundas reformas en el edificio original.  La ubicación para estos módulos ha sido una zona de nueva construcción en los que hace décadas  existía una histórica fábrica conservera, testigo de ello es una alta chimenea en ladrillo -tan características de estas zonas. El otro día al salir de dejar a la pequeña sentí cierta tristeza. No fue porque aún oía el llanto de mi hija a través de la ventana, sino porque recordé de golpe las historias que mi madre y mi abuela alguna vez me contaron.  Todos sabemos, en mayor o menor medida, lo que supuso la revolución industrial para el desarrollo de los siglos XIX y XX.  Esos pueblos que vieron como el crecimiento económico y muchas veces demográfico tenía forma de chimenea y gran nave industrial.  Esas fábricas conserveras salpicaron toda nuestra geografía y, especialmente, el levante español.  Esas empresas supusieron en muchas ocasiones la definitiva incorporación laboral de la mujer en pequeños pueblos de Murcia. Incorporación que siempre iba pareja con tratar de mantener las numerosas labores domésticas.  Muchas veces oí contar como los bebés eran llevados a estos lugares para ser amamantados por las madres que allí trabajaban. Pude sentir, por unos instantes, el dolor de aquellas madres -anónimas  ya en el tiempo- que tendrían que despegarse de unos bebés de pocos meses, incluso semanas, para el duro trabajo.

Afortunadamente los tiempos han evolucionado a mejor en muchos aspectos, pero la conciliación sigue siendo un tema ambiguo y no real en la mayoría de casos.  Dejo a mi pequeña a la sombra de esa vieja chimenea conservera y sé que está maravillosamente bien cuidada, a pesar de sus lágrimas. Y mientras me voy camino de mi trabajo pienso: por vosotras, madres, abuelas, bisabuelas …por vuestro coraje y memoria.  Porque criasteis varias generaciones de hombres y mujeres en una vida amarga a pesar de la dulzura de vuestra leche. 

Improductivas

Supongo que es una sensación generalizada, entre muchos padres y madres, la de estar todo el día sin parar y al final de la jornada tener la sensación de no haber hecho nada. Ese sentimiento de improductividad, si no se gestiona bien, puede ser demoledor para ciertas mentes y caracteres perfeccionistas y exigentes.

En una sociedad de lo inmediato, lo tangible y lo cuantificable aquello de naturaleza más etérea, volátil o que no produce beneficio carece de cualquier tipo de mérito o estima. Es por eso que muchos nos castigamos a diario con la necesidad de ser más eficientes y alcanzar más objetivos.

Y es que si lo pensamos bien, esa impresión está más que justificada –irónicamente hablando -.  En muchas ocasiones, somos los primeros en levantarnos para ducharnos, arreglarnos y tomar un café rápido mientras el resto de los miembros de la familia aún duerme  y así, cuando éstos despierten, estar preparados y a disposición para hacer frente al caos mañanero. Eso, en el mejor de los casos, porque mi media hora de acicalamiento suele estar interrumpida, al menos en una ocasión, por el llanto de mi hija pequeña pidiendo pecho. Por lo que tengo que disponerme en varias fases.

Lo que ocurre a partir de ese momento es un auténtica contrarreloj de ropas, peines, desayunos, mochilas, anti-mosquitos, colonia anti-piojos, botellas de agua, almuerzos, camas, sube niños al coche, baja niños del coche, deja al primer niño en el cole, sube al segundo, de nuevo, en el coche, pon rumbo a la guardería, vuelve a bajarlo del coche y déjalo en su destino.

Así, cuando llegamos al trabajo, como dice mi compañera y también madre, ya llevamos una vida vivida. Tras cumplir con las obligaciones laborales, volvemos a la carrera para recoger niños, darles de comer, llevar y traer de las actividades extraescolares; aprovechando mientras para hacer la compra y contestar a los mil grupos de whatsapp de padres invitando al último cumpleaños, preguntando por el libro de religión o recordando la recogida de uniformes.

Las noches no son muchos más tranquilas, intentando llegar a la cama a una hora decente después de las cenas, recoger la cocina, lavado de dientes, pijamas y una lectura en familia para relajarnos todos.

Y es que básicamente, como leí el otro día en un perfil de Instagram (Mujeresmadres) vivimos “intentando pasar tiempo de calidad con nuestros hijos a la vez que tratamos de tener una carrera exitosa, perdemos la barriga posparto, criamos de forma respetuosa, mantenemos la casa limpia, salimos decentes a la calle, educamos a nuestros hijos con inteligencia emocional y no perdemos la cabeza” en el intento.

Así que algo debemos estar haciendo mal cuando pese a todo eso, a veces, nos sentimos poco productivas.

Todo empieza en septiembre

Comienzo el mes de septiembre ‘teletrabajando’ y con dos niños en casa a la espera del inicio del curso escolar que siempre se demora unos días más allá tras el fin de las vacaciones, que ya parecen incluso lejanas. Periodo éste en el que las familias hacemos malabares para poder armonizar nuestras responsabilidades laborales con las necesidades y obligaciones parentales.

Además, estos últimos días de verano suponen un verdadero estrés y caos en muchos hogares con el intento de recuperar las rutinas y la organización para la vuelta al cole. Tras varias semanas de ‘slow life’: jornadas en bañador y chanclas y noches largas, comienza el acopio de libros y material escolar, la reposición de uniformes, el tetris con la extraescolares y el acondicionamiento de los nuevos espacios de trabajo en casa, tanto para ellos como para los padres que nos toca conciliar así.

Y, aunque afortunadamente cada vez las tareas están más repartidas, el Project Manager de la ‘vuelta al cole’ en la mayoría de hogares suele ser la mamá. Esto nos carga con una cantidad de tareas pendientes que puede llegar a ser asfixiante, más por el peso mental que por el hecho de desempeñarlas.

Recogida de los libros de texto, nuevo calzado para el curso, pago de las matrículas y extraescolares, abono de las tasas del AMPA, etiquetas con el nombre del alumno para marcarlo todo: ropa, libros y enseres, fotos de carné nuevas para las maestras, pruebas de uniforme, mochilas, botellas de agua y complementos varios… seguro que todo esto resulta familiar en muchas casas.

Tantas ocupaciones en tan poco tiempo hacen que olvidemos la calma y la placidez de los días de descanso y que el estrés y la ansiedad se apodere de nuestro estado de ánimo, intentando cumplir con todo mientras trabajamos y con un horario escolar reducido.

Mientras escribo esto, observo desde mi mesa como una vecina, a las siete y media de la mañana, monta ella sola a sus dos hijos, aún en pijama y durmiendo (primero porta a una y luego al segundo más pequeño) para dejarlos con su madre y poder acudir a su puesto de trabajo. Es evidente que en muchas ocasiones no lo tenemos fácil. Sin embargo, lo seguimos consiguiendo.

Septiembre ha sido siempre uno de mis meses favoritos. Esa sensación de comienzo me gusta. Ese sentimiento de estar a tiempo y en el momento de poder cambiar las cosas; también la igualdad en los roles de pareja y familia. Quizás tiene que ver que nací un septiembre de hace ya 41 años y, para mí ,no sólo simbólicamente, todo empieza en septiembre.

Una cura para el alma

En muchas ocasiones, uno no necesita que ocurra nada demasiado grave para romperse por dentro. Basta un pequeño contratiempo que colme nuestra capacidad de autorregulación y equilibrio. Especialmente si eres madre y tienes que tratar de templarte varias veces en una misma jornada.   

Esta semana, sufría uno de esos episodios de ‘fractura’ anímica, pero, como es habitual, no me permitía mostrarme agotada y vulnerable tratando de no preocupar y alarmar a quienes están a mi lado, sobre todo a mis hijos.

Puedo considerarme afortunada por tener una familia sana –en todos los sentidos -, pero esto no quita que la abrumadora carga mental y física que llevamos muchas mujeres consiga en ocasiones colapsarme y pase factura a mi salud mental. Normalmente, no se trata de grandes tragedias, ni se requieren soluciones drásticas.

Sé que puede resultar nimio, insignificante e, incluso, caprichoso si tenemos en cuenta los sufrimientos y verdaderos dramas que afrontan a diario otras personas, pero, como decía, también las pequeñas contrariedades, repetidas en el tiempo, pueden dañar nuestro espíritu.

Lo mejor de todo es que estos pequeños males, por ende, suelen tener pequeños, o fáciles, remedios.

Se trata, simplemente, de la necesidad de que alguien agradezca, valore y reconozca explícitamente ese esfuerzo diario por llegar a todo. Se trata de que de vez en cuando alguien pregunte si estás bien, si necesitas ayuda o si puede colaborar con algo. Se trata de que por una vez seas tú la persona mimada y atendida. Se trata de que alguien pregunte qué es lo que te apetece y priorice esos deseos o antojos.

A las personas exigentes e independientes nos cuesta mucho pedir ayuda, pero eso no quiere decir que no la necesitemos, aunque no suele ser sencillo que los demás adviertan esa llamada de socorro. Es por eso que me produce admiración la sinceridad y el valor de quienes han sufrido una ‘mala racha’ y han sido capaces de verbalizarla y visualizarla; incluso a nivel mediático, y pedir auxilio. La humildad de quienes se dejan ayudar.

Yo finalizaba mi crisis intentando ahogar mi llanto en la cama mientras dormía a mis pequeños, pero mi hijo mayor observó mi estado de ánimo y empezó a llorar conmigo. Cuando le pregunté por qué lloraba me dijo que tenía miedo a dormirse y dejarme sola mientras estaba mal y triste. En aquel momento, dejé de sentirme así porque con sólo cuatro años había sido él, con su amor y sus palabras, quien había conseguido, esa noche, abrazar y curar mi alma.

Cartago Nova

En artículos anteriores he aludido, en más de una ocasión, a la mítica ciudad de Cartagena. Un lugar en el que viví y trabajé y al que siempre, sin duda, me hace feliz volver. Un escenario en el que crecí como persona y profesional, en el que hice grandes amigos y al que reservaré siempre un espacio entre mis mejores recuerdos.

Cartagena, me atrevo a decir, es una de las ciudades europeas que mejor ha sabido reinterpretarse, quererse y volver a maravillar con su historia y patrimonio. Su mítica fundación por Asdrúbal y su posterior conquista romana son argumentos casi infinitos no sólo para los historiadores, sino para novelistas y cineastas.

Hace unos días regresé a la ciudad, como suelo hacer periódicamente aunque menos de lo que me gustaría, y, también, a  uno de los lugares más fascinantes y puede que menos conocidos de su rico patrimonio: El centro de interpretación de la muralla púnica. Este lugar, eclipsado por el monumental Teatro Romano y por el maravilloso edificio modernista del Ayuntamiento, bien merece de nuestro tiempo y visita. Se trata, en gran medida, del origen arqueológico de la ciudad. Esas murallas que hicieron temblar a Roma son testigos silenciosos del inexorable y mordaz tiempo. Pero también de las sorpresas y azares que la vida depara más allá de nuestra propia existencia.

El espacio arquitectónico que se creó, a finales del siglo XX, para albergar el conjunto es magnífico, uno de esos ejemplos donde modernidad y conservación dialogan con elegancia. Algo no siempre habitual  en las intervenciones patrimoniales y que tiene por costumbre analizar mi ‘Hombre del Renacimiento’ allá dónde vamos. Comparto su opinión de que en muchas ocasiones son agresivas y poco respetuosas, visualmente hablando, diferentes intervenciones en lugares centenarios o milenarios. Afortunadamente, en este espacio, la arquitectura contemporánea es interesantísima y no molesta sino que refuerza el enclave monumental.

El broche lo pone la cripta barroca que se levantó junto a la muralla. Una capilla elíptica subterránea alberga unas tumbas donde “La Muerte” danzaba sobre el revoco de las paredes a modo de ilusión óptica. Y digo danzaba porque en la última década el alto índice de humedad ha hecho que casi estén desaparecidas. Un ejemplo singular el que alberga este enclave de esas «danzas macabras» poco frecuentes por nuestras latitudes, siendo más propias de países centroeuropeos.

Recorrer este yacimiento, en soledad o en familia, es algo que les recomiendo  encarecidamente para después, asomados a ese mar que custodia la ciudad- más azul si cabe en este mes de Julio – respirar todos los aromas que nos ofrece está ciudad, esta Cartagena siempre nueva que enamora.

Enajenación -no- transitoria o la locura madre

Tras varias recomendaciones, por fin, me decidí a hacerme con un ejemplar de La historia de los vertebrados. Un libro de la filóloga, editora y escritora –y desde hace algún tiempo, también política en el Congreso –Mar García Puig. Hasta el momento, había ojeado algún artículo suyo y siempre me pareció que tenía una bonita forma de narrar, de contar historias. Con un estilo fresco y rápido, pero no por ello falto de profundidad y contenido.

«El 20 de diciembre de 2015 me convertí en madre y enloquecí». Así comienza esta especie de ensayo autobiográfico que narra la conversión simultánea de la autora en madre de dos bebés prematuros y diputada. Y, claro, después de haber pasado por este proceso en dos ocasiones –el de alumbrar- y sentir algo muy similar, no pude más que tenerlo, desde aquel momento, como libro de cabecera en mi mesita.

Confieso que aún no lo he terminado, pues voy leyendo sus cortas entradas cuando las circunstancias, que son adversas, me lo permiten. Sin embargo, me parece un relato honesto y crudo de lo que muchas experimentamos con esta transformación. Lejos de romanticismos e idealizaciones.

«Yo había dado a luz a un nuevo mundo, porque aquel en el que mis hijos no existían había desaparecido». Esta afirmación no pudo parecerme más real y, a la par, despiadada. Pues con la maternidad surge, también, un nuevo escenario, a veces, desfavorable y hostil para el que, sin duda, la mayoría no estamos preparadas.

Más allá de lo fascinante y maravilloso de ser madre, aparecen otros efectos y secuelas que, en muchos casos, nos acompañarán siempre.

En mi caso, como le ocurrió a la autora, fue el miedo. El pánico fue protagonista en mis dos partos. En ambos casos no por mi integridad física, sino por el estado de los bebés. Sucumbí a una situación muy similar a una enajenación transitoria en la que ni siquiera mis más allegados me reconocerían.

Desde entonces, padezco, de algún modo, las secuelas de aquella demencia irracional que, con el tiempo, se ha ido mitigando. Pudiendo exclamar ahora, después de sanar muchas cosas: ¡Bendita locura! 

Unos pendientes sicilianos

Creo que ya he expresado en más de una ocasión mi inclinación y apego a las cosas, a los objetos. A las cosas como narradoras de historias. A las cosas como recuerdos de otros tiempos, otros viajes y otras gentes. Especialmente si son memorias felices.


Que la historia, también, se cuenta a través de los objetos debe ser uno de los principios básicos de la museología. Y, sin duda, en literatura es un fantástico recurso convertirlos en el hilo conductor de la trama. Los objetos como espectadores del tiempo. Una práctica que se convierte, incluso, en seña de identidad de ciertos escritores y novelistas. Sea el caso del argentino Manuel Múgica Láinez con epílogos enteros dedicados a la vida de una pieza. Como el libro ‘El Escarabajo’ en el que el narrador es este insecto de lapislázuli, propiedad de la reina egipcia Nefertari, con cuyas peripecias recorremos más de tres mil años de historia, desde el Egipto de Ramsés II hasta nuestros días. En muchas otras de sus novelas también encontramos este tipo de protagonismo de los objetos.


Yo, desde hace algún tiempo, vengo adquiriendo, guardando y coleccionando algunos objetos que tienen un significado especial para mí. Hábito que comparto también con ‘El Hombre del Renacimiento’. Tanto es así que nuestra casa, de algún modo, resulta ser una especie de ‘Cuarto de Maravillas’, bastante más modesto que los de antaño, en el que se pueden encontrar desde tallas africanas o barro bereber a antiguas conchas y fósiles, encajes y puntillas del siglo pasado o lámparas art déco rescatadas de antiguos caserones.


‘Gabinetes de curiosidades’ privados que lo son especialmente para nuestros pequeños que, afortunadamente, muestran interés por todo aquello que les rodea preguntándonos por la procedencia y el origen de muchos de estos objetos.


Todo esto venía hoy a mi cabeza al ponerme un par de pendientes de cerámica siciliana que compré en mi viaje a la isla hace ya unos cuantos años con un grupo de periodistas y fotógrafos cartageneros. Pendientes que algún día serán de mis hijos y que más allá del valor material que tienen, que no es mucho, sí lo tendrán como recuerdo, pues a través de este y otros objetos personales podrán saber más de quién fue y qué hizo su madre.


De este modo, con los años podrán seguir, de alguna forma, jugando: tratando de juntar objetos como piezas de un rompecabezas que compone y descifra, ni más ni menos, que nuestra historia, la historia de nuestra familia.

Una cocina por cuartel

Pese a no gustarle guisar, mi madre siempre pasaba la mayor parte de su tiempo en la cocina preparando el menú familiar. Y lo hacía meritoriamente. Con recetas y fórmulas únicas que quedarán siempre en nuestra memoria. Sabores que incluso puedo paladear sólo con su evocación. En casa siempre se olía a comida, siempre se olía bien.


Es por esto, que la mayoría de las cosas que ocurrían a lo largo del día, ocurrían allí. Allí comíamos, pese a su reducido espacio; allí manteníamos las conversaciones más trascendentales y las de menor importancia; allí jugábamos y hasta hacíamos los deberes en un improvisado escritorio cada una (mi hermana y yo) en un taburete. Eso sí, allí nunca entró una televisión. La cocina, como en muchos otros hogares, fue siempre el centro neurálgico de nuestra casa en mi infancia. El espacio que ocupaba, habitaba y llenaba la ‘gerente’ de la familia. 


También mi abuela, que jamás disfrutó demasiado con las tareas culinarias, hizo de esta estancia su bastión. En ella zurcía, remendaba y hasta cortaba los patrones de las ropas y piezas que cosía para vecinas y conocidas hasta bien entrada en años, mientras se hacía cargo de nosotras cuando mi madre trabajaba. 


Será por eso que siempre soñé con un espacio que hiciera las veces de ‘ese cuartel general’ para mi propia familia y casa. Añoraba esa actividad, esas reuniones, ese todos juntos y revueltos; pero deseaba un contexto más grande, abierto y luminoso del que mis propios hijos algún día tuviesen el mismo recuerdo.


Hoy, repasado antiguos vídeos y fotografías, me encuentro con maravillosas escenas en un diminuto apartamento que ocupábamos cuando nació mi hijo pequeño. Baños improvisados en el fregador, desayunos de cumpleaños, espacio de juego, bailes y canciones y hasta forzado y espontáneo gimnasio durante el confinamiento. Con los biberones secando en la encimera y el tendedero de ropa secándose siempre en medio.


Con el tiempo tuvimos esa estancia diáfana y con luz que anhelábamos en la que mis hijos -ahora son dos – también pasan la mayor parte de su tiempo jugando al escondite, haciendo procesiones con muñecos e incluso compitiendo en bicicleta, mientras hay quien les prepara el desayuno, la comida o la cena y que, a veces, incluso utilizamos de despacho u oficina. Ese espacio en el que están cuidados y atendidos. Ese espacio seguro en el que todo discurre y transcurre.


Haciendo memoria me descubro, así, que lo importante nunca fueron los metros, sino la felicidad de lo vivido ungida por familiares sabores y olores.

Cambiar una vida

Cada vez están más extendidos y son más demandados algunos métodos alternativos en la educación de nuestros hijos. Pedagogías, en su mayoría, que ponen el foco en el sujeto, en el niño, renovando y superando la idea del desarrollo colectivo, vinculado a la enseñanza más tradicional, por el impulso o crecimiento individual.

Todos, seguro, hemos oído hablar de alguno de estos métodos y pedagogías. Desde el ideado por María Montessori a principios del siglo XX, tras su experiencia enseñando a niños que tenían ciertas dificultades, y que insiste en el aprendizaje espontáneo y natural de los pequeños; y otros similares como el promovido por el psicólogo suizo Rudolf Steiner, el método Waldorf, que centra una parte importante de la educación en el trabajo en equipo y la cooperación, o la corriente ‘Reggio Emilia’ en la que el estudiante es el protagonista y el profesor actúa únicamente como guía. Pasando por otras metodologías más concretas o específicas como Doman, para mejorar e inculcar el hábito de la lectura; Kumon, basada en las habilidades lectoras y matemáticas; o Pikler, que relaciona la enseñanza al vínculo afectivo de los niños con su entorno.

Hoy son muchos los centros educativos privados que apuestan ya por este tipo de sistemas pedagógicos. Incluso la mayoría de
instituciones educativas públicas ponen, a diario, en práctica técnicas de aprendizaje propias de estas metodologías, estando integradas en muchos de los procesos de cualquier centro.

Y, aunque no tengo duda de que los sistemas y pedagogías son muy importantes en la educación de nuestros pequeños, trato de que esto no me quite el sueño más de lo necesario porque de lo que estoy totalmente convencida es de que lo es más aún (importante) la vocación, la habilidad y el talento de los maestros y profesores.

Con mis hijos puedo alegrarme de haber tenido, hasta el momento, muchísimas suerte porque, aunque su trayectoria educativa es aún muy breve, han coincidido con maestras y educadoras que han sabido darles siempre aquello que realmente necesitaban. Entendiendo sus tiempos, inspirándolos y animándolos, ofreciéndoles la seguridad que demandaban y, por supuesto, el cariño que precisaban.

Y es que más allá de técnicas, sistemas y métodos está la dedicación, el entusiasmo, le empatía y el empeño de los docentes. Decía el escritor y filósofo italiano, que fue premio Princesa de Asturias de la Comunicación y Humanidades, Nunccio Ordine que “sólo los buenos profesores pueden cambiar la vida de un estudiante”.