
Escribo mucho sobre ciudades que me han cautivado. Lugares a los que volvería una y mil veces y en los que, durante unos meses o quizá unos años, no me importaría vivir. Hay ciudades que parecen hechas para quedarse un tiempo, para saborearlas despacio, para integrarse en sus ritmos y convertirlas en hogar transitorio. Pero si soy sincera, cuando pienso en dónde quiero construir una vida, la respuesta no está en una gran avenida ni en una línea de metro abarrotada. Me gusta la vida en el pueblo.
Existen ciudades que rompen los prejuicios. Burdeos, por ejemplo, es una de esas urbes monumentales en las que sí podría imaginar una etapa de mi vida. Tiene belleza, historia y elegancia, pero también algo cada vez más difícil de encontrar: un ritmo humano. Grandes pulmones verdes entre edificios señoriales, espacios donde la ciudad parece respirar, una forma de vivir más amable, más paseable, menos agresiva. Lo mismo me ocurre cuando pienso en algunas ciudades nórdicas o centroeuropeas. Son lugares de considerables dimensiones, sí, pero construidos desde una filosofía centrada en las personas. Ciudades pensadas para caminar, para los niños, para el tiempo compartido y no únicamente para producir y correr.
Y luego están esas ciudades que me fascinan profundamente, como Madrid. Ya viví allí y por eso sé que no volvería a hacerlo. La disfruto enormemente perdiéndome en sus barrios, en sus museos, en su energía imposible de replicar. Algunas ciudades son maravillosas para escaparse; otras, para quedarse.
Quizá esta convicción llega después de muchos años de grandes ciudades. De mucho tiempo perdido en transporte público. De medir la vida en trayectos. De hacer cálculos imposibles para intentar encajar varias actividades en un mismo día. De vivir entre aglomeraciones, ruido constante y tráfico que acaba robándote algo más valioso que el tiempo: la tranquilidad mental. Hay una normalización extraña del cansancio urbano.
En un pueblo ocurre algo diferente.
No es una vida perfecta, porque ningún lugar lo es. Hay pequeños inconvenientes. Menos oferta cultural. Menos anonimato para quien lo busca. Hay que desplazarse para determinadas actividades o servicios. A veces falta aquello que las ciudades dan por hecho. Pero lo que se gana pesa mucho más.
Se gana tiempo. Se gana calidad de vida. Se gana la posibilidad de ir caminando a casi cualquier sitio. Se gana la sensación de que la vida no transcurre siempre con prisa. Y, sobre todo, cuando hay niños, se gana algo difícil de medir. Educar en un pueblo tiene un valor inmenso. Crecer con espacios abiertos. Con autonomía progresiva. Con calles donde todavía es posible ver pandillas jugando. Con la posibilidad de construir una infancia menos condicionada por pantallas y más conectada con lo cotidiano. Aprender los ritmos de las estaciones, conocer a los vecinos, entender que formar parte de una comunidad implica cuidar y ser cuidado.
Los niños en los pueblos suelen crecer con una libertad que en muchas ciudades se ha ido perdiendo. Ganan independencia antes. Aprenden a moverse en entornos más seguros. Construyen relaciones intergeneracionales de una forma más natural, conociendo a los
mayores por sus nombres y apodos. Descubren que la vida no siempre necesita grandes estímulos para ser extraordinaria.
Y también los adultos recuperamos algo.
Recuperamos conversaciones pausadas. Recuperamos la posibilidad de improvisar. Recuperamos la sensación de llegar menos agotados al final del día. De tener espacio mental para estar presentes.
Sigo disfrutando enormemente las grandes ciudades. Sigo admirando las urbes bellas, verdes y humanas. Sigo soñando con temporadas en lugares que inspiran. Pero cuando pienso en hogar, en vida cotidiana, en infancia, en futuro, siempre regreso al mismo lugar. Al pueblo.
Porque a veces la verdadera calidad de vida no está donde más cosas pasan, sino donde ocurren al ritmo que te hace bien.