La Belleza

Siempre pienso en lo mucho que me hubiese gustado tener algún talento. Y, cuando digo esto, me refiero a algún talento artístico. Reconozco que soy capaz de realizar con cierta soltura y destreza unas cuantas ocupaciones y labores; pero, lamentablemente, no he conseguido dominar el arte en ninguna de sus facetas. Si hay algo que debería evitar en público, por vergüenza propia y ajena, es cantar o, incluso, tratar de entonar cualquier pieza. Aunque, desde que soy madre, parezco haberlo olvidado por momentos, para desgracia de los que me rodean. Y eso que mi madre se esforzó apuntándome a solfeo cuando aún iba al colegio. Pero después de varias semanas intentándolo le pedí que me ‘sacara’ porque no fui capaz de diferenciar entre una corchea y una negra. Es simplemente una anécdota que ella dice que ya ni recuerda, pero marcaría para siempre mi incapacidad y mi complejo con la música. Si hablamos de pintura, tengo que reconocer que fue con aquel truco del 6 y el 4, que me enseñó mi abuelo, con el que dibujé mis mejores retratos. También intenté escribir poemas, pero esta vez fue mi profesor de Literatura quien sutilmente me animó a dedicarme a los comentarios y críticas, pues no se me daban mal, y dejara a otros las rimas y la métrica. Con los años estudié periodismo, quizás –o no –fruto de aquel encargo.  

Mi carrera profesional, por suerte, me ha acercado a tantos artistas que he disfrutado del arte y de las obras de otras muchas formas y maneras. Sin ser ni artista ni experta. También por mi trabajo, he coqueteado con la fotografía asumiendo que no soy más que una aficionada que, objetivo en mano, a veces incluso acierta. Pero, poco o a poco, asumí, con cierta pena, que las bellas artes no estaban al alcance de mis habilidades y destrezas.

Sin embargo, no he dejado que mi manifiesta insolvencia artística influyese en mi preparación para acercarme y apreciar la belleza. Mi ‘complejo’ artístico jamás ha impedido que leyese, escuchase música, acudiese a museos e, incluso, ahora esté estudiando ‘Historia del arte’ como segunda carrera. Porque, aunque considero que la sensibilidad artística es un don con el que algunos cuentan, no tengo duda de que hay que cultivarla desde la formación y la aproximación a sus diversas expresiones y estéticas. Y, con el tiempo, he descubierto que mi insatisfacción se calma y se serena contemplando y disfrutando la belleza que otros crean; porque la belleza siempre genera belleza. Será por eso, quizás, que puse un artista en mi lecho, en mi alma y en mi cabeza; porque, como cantaba Aute, yo también emprendo ese viaje de contar con la certeza de encontrar en su mirada ‘La Belleza’.

El dolor de los demás

Es cierto que las redes sociales han traído a mi vida una importante cantidad de escenas esperpénticas, rocambolescas y de mal gusto que se cuelan en mi día a día a través de los muros y perfiles de algún conocido o allegado. Recibiendo así, aunque no veo la televisión, los ecos de una trasnochada y vulgar programación que no me aporta nada. Reconozco que ante la ramplonería reiterada de la que algunos usuarios hacen gala he decidido eliminarlos. No tengo edad, tiempo, ni ganas para tolerar o aguantar determinados comportamientos o conductas que me avergüenzan o me dañan.

Sin embargo, no todo es negativo. Gracias las redes sociales, y en mi nueva faceta de madre, he descubierto tanto perfiles de profesionales, con información útil que me ayuda a orientarme, como cuentas personales de madres y padres de familia que enfrentan situaciones parecidas y con los que, pese a no conocerles, consigues empatizar y acercarte. Mamás primerizas que están igual, o más asustadas, de lo tú entonces lo estabas. Madres de familias numerosas que cuentan calcetines sucios, cada día, por pares. Pero sin dudas, en el ranking de heroínas en mis redes sociales están las mamás de niños enfermos que han visto convertida su existencia en un deambular por la cuerda floja sin red ni arnés que las apuntale.

Si duro y agotador debe ser ‘llevarlo’, imagino que tampoco será sencillo hacerlo público y contar detalles de una agónica supervivencia entre ingresos, UCIS y noches en vela. Y aunque a alguien pueda parecerle frívolo -está en su derecho-, creo que esta decisión es un gesto de amor y generosidad con el resto. Yo, que me asomo a esos dramas solo a veces y desde fuera, hay ocasiones en las que no soporto el dolor de esos pequeños y esas familias que viven en la incertidumbre y en la esperanza imperecedera. No sé si será la maternidad o ya la madurada conciencia pero cada vez me lastima más el dolor impropio y con más facilidad hago propias las penas ajenas.

Pero lo que de verdad me maravilla de esto es ver como esas mamás no se ahogan en el victimismo y la tristeza. Como dan lecciones de valentía y de entereza. A mí, que me saltan las lágrimas con el ‘culete’ irritado de mi pequeño y que he llevado ‘importantes retrasos’ en el calendario de vacunación por no querer ver como pinchaban sus muslitos. No sé si ellas serán de otra pasta, o es la situación la que te endurece, pero agradezco cada día que me hagan visible como se puede ganar la batalla a la angustia y al desconsuelo pese a vivir el más hondo sufrimiento.

Ser madre

Cuando hace un tiempo me preguntó un amiga cómo era ser madre, le contesté con absoluta franqueza y rotundidad que era sensiblemente más duro de lo que jamás hubiese imaginado. Nada te prepara para ser madre por primera vez, solo haberlo sido antes te otorga cierto grado de control y dominio de las circunstancias; o, al menos, eso espero –por si decido repetir-. Para una primeriza cualquier escenario es sobrevenido.

Su cara mostró, entonces, cierta extrañeza por mi respuesta. Por lo que añadí, también, que era extraordinariamente fascinador. Y, precisamente, de idéntico modo recuerdo que describí mi parto, hace ya más de un año, en este mismo espacio. Esas horas de intensidad suma sintiendo no son más que el preludio de lo que está por llegar, esta vez, de forma más dilatada, pero no por ello menos extrema. Pero, por si aún no le había quedado bien claro, insistí: “repetiría una y mil veces más” –lo que obviamente era solo una forma de hablar porque no hay cuerpo ni equilibrio mental que lo resista-.

Ser madre es mal dormir entre desvelo y desvelo. Es normalizar las manchas que luces en tus camisetas, faldas y vaqueros. Es asumir que para volver a entrar sola al baño aún va a pasar algún tiempo. Ser madre es sorprenderte sola en el coche cantando algún temazo de ‘Nene León’ o del ´Cantajuegos´. Es desayunar de pié un café rápido en la cocina para conseguir salir de casa a tiempo. Es creerte en un spa el día que puedes entretenerte usando acondicionador en el pelo. Es acostumbrarte al caos y al desorden. Ser madre es repetir aquellos ‘mantras’ maternos aunque te juraste nunca hacerlo: “No me he sentado todavía”, “voy todo el día detrás de ti” o “no se te ocurre nada bueno”. Es rezar esperando que no lo pille durmiendo el timbrazo del mensajero. Pero, para mí, lo más duro de ser madre ha sido enfrentarme a los peores miedos. Desde conseguir garantizar su supervivencia, aquellos primeros días del pasado invierno, a desafiar, a diario, nuevas luchas y retos sin manual ni tutorial que te ayude a resolverlos. Sabiendo, además, que jamás nada te dolerá tanto como aquello que haga sufrir, lo más mínimo, a tu pequeño.

Sin embargo, y aunque no soy talibana de la maternidad, reconozco que es ahora cuando mi ciclo vital está completo. Es ahora cuando soy capaz de proyectarme en alguien que, confío, será infinitamente mejor, y entender a mi madre quien en su día en mí se mejoró y proyectó y poder, ahora, agradecérselo. ¡Feliz Día de la Madre!

¡Cuánto odio gratuito!

Quizás no sea propio de mí el desánimo que impregna los artículos de las dos últimas semanas, pero me enfrento a situaciones que me provocan esa languidez anímica que trato de equilibrar con los milagros cotidianos que, por suerte y en mi entorno, también contemplo a diario. Si el sábado pasado me lamentaba por la falta de empatía de aquellas personas que resultan rudas o groseras de forma rutinaria; hoy elevo aún más este sentimiento hasta alcanzar la antipatía, el odio y, e incluso, el desprecio. Y es que, aunque lamento enormemente reconocerlo, hay en la condición humana, y en el carácter mediterráneo, ciertas hebras de codicia, envidia y rivalidad que afean y envilecen nuestro temperamento. Aún recuerdo cuando, al comienzo de esta dilatada pandemia, la humanidad parecía haber hecho un frente común y los encierros rotos por los compartidos aplausos al caer la tarde pronosticaban una ciudadanía mejor; más humana, más social y más empática. Sin embargo, un año después, seguimos cómo estábamos. Tristemente, ni los muertos han conseguido cambiarnos; como profetizaba Abraham al joven rico que pedía que enviase a Lázaro a su casa para salvar a su familia en el Evangelio según San Lucas.

Así, contemplo a diario injustificadas y gratuitas faltas de respeto al ser humano que no pueden hablar más que de un oscuro y profundo vacío. Comportamientos que, como ha ocurrido con tantos otros, las redes sociales han popularizado y generalizado al dar un altavoz y un medio a todo el mundo. Que conste que no estoy en contra de este tipo de plataformas que, en parte, han contribuido a la democratización de la información; pero sí del mal uso que algunos individuos hacen de éstas. Creo que se están perdiendo las formas y que ciertos discursos del odio están calando en la población, provocando que la manifestación de una opinión contraria incluya y acuda, directamente, al insulto, a la ofensa y la injuria. No por discrepar o disentir se debe despreciar. Sin embargo, se ha confundido la libertad de expresión con la absoluta ausencia de prudencia y discreción. Y si a esto se le suma la privación de cultura y educación y ese carácter cainita, del que a veces hacemos gala en este país, se cometen auténticos atentados contra el honor de algunas personas. No es necesario tanto odio gratuito. Y es que algunos, o algunas, no saben que no hay mayor muestra de honor y grandeza que la de quien manifiesta respeto y consideración por su rival.

Amabilidad cotidiana

Son las 23.00 horas del jueves 15 de abril, escribiendo como siempre a última hora, la luz tenue, la soledad de la casa, la lluvia cayendo fuera y el sonido de la respiración de mi pequeño que duerme a mi lado me dan la paz que hoy necesitaba. Ha sido un día frenético levantada desde las seis y media de la mañana para conseguir llegar no mucho más tarde de las nueve a la guardería con la casa recogida, el niño desayunado y yo, más o menos, aseada y arreglada. Seguro que más de una se siente identificada. Trabajo toda la mañana para volver a recoger al niño e intentar comer algo rápido mientras consigo que él también lo haga e, inmediatamente después, salgo disparada porque tenemos cita para hacer el DNI –que he perdido junto al resto de tarjetas y documentación esta semana –y, aprovechando la excursión, hacérselo también al peque. No elegí el mejor día para tales recados familiares, no me gusta que llueva cuando voy a estar casi todo el día fuera de casa. Cuando llegamos a la comisaría había más de una hora de retraso y por las medidas anti-COVID nos tocaba esperar fuera con el paraguas. Nos hemos tenido que armar de paciencia para aguantar a un pequeño de un año y medio en tales condiciones. 

Cuando por fin pensaba que el drama había acabado, el rostro hastiado de la persona que iba a atenderme desvelaba que quizás estaba equivocada. Mi hijo gritando y corriendo por las dependencias mientras ‘El hombre del Renacimiento’ intentaba reducir el impacto de su presencia en la sala no contribuían a que consiguiese estar relajada. Pese a todas estas circunstancias, que pueden ser objetivamente molestas, había conseguido mantener la calma. Sin embargo, como creo que ya he comentado alguna vez, hay pocas cosas que me irriten más que la gente mal educada. Mi interlocutor, que quizás también tenía un mal día, me ha faltado al respeto de forma reiterada, con un tono chulesco y burlón que, sinceramente, creo que con un hombre no hubiera utilizado, y una falta de empatía que, afortunadamente, hacía muchísimo tiempo que no me encontraba. No pretendo que sea simpático solo correcto en el trato y eficaz en su trabajo. Sin responder a sus provocaciones y con la mayoría de mis gestiones frustradas, reconozco que, por momentos, la impotencia me ahogaba la garganta y en ese mismo instante he reparado en lo trascendental y poco valorada que puede ser la amabilidad cotidiana.

El por qué de tu nombre

Cuando se espera un bebé, la gran mayoría de los futuros padres elaboran largas listas con los posibles nombres que darán al recién nacido; incluso antes de saber el sexo, lo que obliga a redactar dos a la espera de que el misterio sea desvelado. En algunos casos, la pareja comparte las opciones con la familia, provocando que se viertan distintas opiniones y hasta se someta a votación. Sin embargo, en otras circunstancias los nombres están ya elegidos antes incluso de la concepción del pequeño. Hay quienes continúan con la saga familiar y se convierten en herederos del título de padres y/o abuelos. En la genealogía de mi padre ocurre precisamente esto; hasta el punto de que tengo a mis primos por duplicado: Toñi ‘chica’  y Toñi ‘grande’, Manolo ‘chico’ y Manolo ‘grande’, Ginés ‘chico’ y Ginés ‘grande’, Adela ‘chica’ y Adela ‘grande’. No es broma. Y porque mi padre acabó con la costumbre, sino en el caso femenino contaríamos con hasta tres del mismo nombre: mi hermana sería Toñi y yo Adela, o viceversa.  

En la elección del nombre, como en todo, suelen influir las modas. De ahí que haya generaciones en las que abunden determinadas denominaciones. Recuerdo como hace unos años estaban de moda nombres como Álvaro, David o Alejandro, en el caso masculino, y Natalia, Leticia o Yolanda, en el femenino. Después vinieron los Hugos, Martinas o Robertos. Últimamente, se llevan nombres como Martín, Izan, Leo; o Cayetana, Vega o Abril. Sin olvidar, por supuesto, la tendencia de los nombres extranjeros. Aunque siempre quedarán los clásicos e impertérritos: Mari Carmen, Antonio, José, Ana o María, por ejemplo. También hay quien basa su decisión en el significado del mismo, pues en algunos casos nombres que no resultan demasiado atractivos pueden tener un sentido mucho más bello. Hay quien trata de dar personalidad con el nombre y, así mismo, quienes quieren ser modernos.

En tu caso, ‘Pequeño ratón’, naciste ya con el nombre puesto. Aunque el tuyo es nombre bonito, jamás estuvo en mis listas o pensamientos. Sin embargo, tu padre tenía una bonita historia que contar ligada a sus orígenes y a su pueblo. Te llamas Alejandro, que significa el defensor, como el gran Alejandro Magno; pero también lo haces por un remoto antepasado que en siglo XVIII legó a Lorquí parte de su principal patrimonio artístico y cultural: tres piezas exquisitas del escultor Salzillo. Con él compartes apellido: Marco. Por eso, en recuerdo a la devoción y la admiración de tu padre llevas ese nombre. Pero añadió un ‘de la Cruz’ que, aunque en su día me costó asimilar, puede que dé personalidad y temple a tu carácter. Aunque, como decía Saramago, “dentro de nosotros existe algo que no tiene nombre y eso es lo que realmente somos”.

Reyes sin corona

«Todas las familias felices se parecen unas a otras, pero cada familia infeliz lo es a su manera». Así comenzaba Tolstói su novela ‘Ana Karenina’, máximo exponente de la corriente de realismo ruso, augurando que es más fácil y probable ser desdichado que gozar de la buena ventura en el seno de largas estirpes. Ejemplos hoy no faltan. No hay más que echar un vistazo a la actualidad rosa para comprobar como se desmoronan importantes linajes ante los ojos de miles de espectadores. Pero escándalos, desvergüenzas e impudicias han existido siempre. Lo peculiar es que, en mi opinión, las vidas de estos libertinos que han ‘ofendido’ la honra de ciertos apellidos han sido y serán mucho más interesantes y novelescas que las de sus rectos parientes.

Las casas reales han acumulado históricamente muchos de estos jaraneros miembros. No es oro todo lo que reluce, ni siquiera en la corona. Y en la mayoría de los casos está responsabilidad ha recaído en la figura de los ‘segundones’, porque pocas cosas deben marcar tanto como ser hijo de rey y jamás reinar. Que se lo digan al príncipe ‘Charles’ que verá regir a su madre y, seguramente, a su primogénito a la sombra de una infidelidad, un divorcio y una muerte en extrañas condiciones. Y es que la familia real británica acumula un largo elenco de estos personajes. El propio tío abuelo de éste, el duque de Windsor, causó una crisis constitucional cuando, tras heredar el trono, propuso matrimonio a una ‘celebrity’ estadounidense dos veces divorciada. Lo que le llevó a abdicar en favor de su hermano Jorge VI y padre de la actual reina Isabel II. Y aunque el nieto de la misma, el príncipe Harry o duque de Sussex, ha acumulado méritos suficientes siguiendo los pasos de su antecesor, mi favorita es sin duda la hermana de la actual regente: la princesa Margarita o condesa de Snowdon. Sus romances con hombres casados, un coronel de la guardia de su padre, un primer ministro canadiense y con el fotógrafo y cineasta Antony Armstrong-Jones, quien fuera su marido y del que años después se divorció, y sus idas y venidas con el alcohol, las drogas y el tabaco hacen de su existencia una biografía más propia de una estrella de rock que de un miembro de una casa tan honorable.

Aterrizando en nuestro país y atendiendo a algunos antecedentes  -por parte de sus tías carnales- auguro una vida mucho más novelesca a la pequeña Sofía que a la pulcra Leonor que, por lo que parece, cumplirá sin tachadura su papel de heredera como bien hace hoy día su padre. Con una vida más o menos díscola serán, nuevamente, quienes escriban la historia dos mujeres.

Principio de igualdad

Casi a las diez de la noche me siento a escribir el jueves este artículo que saldrá publicado el sábado. Siempre al límite. Así es mi vida desde que soy madre. Lo hago pensando en las fechas que hemos estado celebrando y, no sé si será por las horas o por el cansancio acumulado, he de confesar que últimamente siento cierto hartazgo. Comulgo, sin reparos, con la conmemoración del 8 de Marzo porque, como venimos escuchando, es importante la visibilización de un problema para superarlo. Sin embargo, estoy cansada de discursos y reivindicaciones; estoy cansada de justificaciones y defensas. Quizás esto no sea del todo políticamente correcto pero creo que en este supuesto es muy fácil incurrir en intervenciones estereotipadas cargadas de palabras huecas y obviedades que consiguen resultarme molestas y, hasta, groseras. Sinceramente pienso que continuar insistiendo en afirmaciones evidentes sobre nuestras capacidades hace que las mismas suenen casi a excusa o justificación.

Ha hecho más la ampliación de la baja por paternidad en la igualdad real en mi vida que los discursos y proclamas que machacan con la equidad entre sexos. Como he dicho, creo que no es el momento de las palabras (que fueron eficaces y necesarias cuando poco más podía hacerse) sino de los hechos. La discriminación por género a nivel social, laboral y familiar es una evidencia que tiene en la violencia de género su cara más siniestra pero que lastra sigilosamente las carreras y aspiraciones de muchas mujeres. El techo de cristal, la diferencia salarial, las dificultades para conciliar… estos son los verdaderos problemas. No se trata de reiterar nuestra igualdad o capacidad, que hoy día no se cuestiona, sino de facilitar las herramientas y condiciones para que las podamos desempeñar. Además, creo que en todo esto hay dos grandes perjudicadas por encima de las demás: las madres, a las que injustamente se les cuestiona su solvencia para trabajar, y las jubiladas sin cotizar, con un sistema de pensiones que las castiga como si no hubiesen hecho nada por esta sociedad.

Es por eso que tras este año atípico, falto de pancartas y proclamas, la lucha debe centrarse en hechos y actuaciones –desde las administraciones públicas hasta el ámbito más personal -a favor no de la igualdad, pues esto es un principio, un derecho y un valor axiomático, sino por exigir y ofrecer las condiciones para que ésta se pueda ejercitar y practicar. Yo tengo la suerte de trabajar en un entorno rodeada de mujeres, madres y ‘jefas’ que, junto a hombres cómplices, permiten y facilitan que ejerza a la vez y de forma eficiente de periodista y mamá.

¡Guárdate de los idus!

La expresión latina: ‘Alea iacta est’ que habría exclamado y ‘popularizado’ un rebelde Julio César justo antes de cruzar con sus tropas el río Rubicón, sublevándose contra el Senado y comenzando así la larga guerra civil contra Pompeyo, pone de manifiesto la inutilidad de desafiar un sino que obra por encima de la voluntad de los hombres. No en vano los idus de marzo verían el final del político romano corroborando los vaticinios y oráculos. Sin embargo, serían los griegos, en sus fábulas y, sobre todo, en sus tragedias quienes plasmaron como nadie este hado que rige nuestras vidas avocándonos a la fatalidad de los augurios y presagios. Poco podría hacer así el héroe heleno en su lucha por alcanzar la gloria eterna contra la voluntad de Ananké, personificación de la inevitabilidad y madre de las Moiras encargadas de hilar la hebra de la vida para los hombres ya en su nacimiento –la mitología romana también tendrá su homóloga: Necessitas-. He ahí, por ejemplo, la funesta fortuna de Edipo, que huyendo de su destino no fue sino a encontrarlo.

El conflicto entre el espontáneo azar y el impávido destino es recurrente en todas las civilizaciones y culturas, pues es propio de la vacilación e inseguridad más íntima del alma. Cientos de años después, numerosos filósofos ,como Santo Tomás, Kant, Nietzche o Spinosa, y escritores, como Shakespeare, Whitman, Zola, Blasco Ibáñez, García Lorca o Machado, prolongarán esta doble interpretación del devenir humano. Nosotros, simples mortales, también nos cuestionamos a diario cuál es la correcta deducción del tiempo -Kronos en la mitología griega o Saturno en la romana –intentando así no errar en nuestros pasos por recelo a las consecuencias o, por el contrario, abandonándonos en los brazos de lo inevitable de nuestra fortuna.

En mi caso, que no suelo ser extrema en ninguna posición, hay una mezcla de ambas; es más según el instante la balanza se inclina más hacia un lado o el otro. No tengo duda que nuestros actos y decisiones nos definen, pero la vida y la experiencia me han demostrado, de algún modo, que a veces ese devenir de los acontecimientos, esas elecciones que creemos adoptamos libremente, no hacen más que precipitarnos a un porvenir ya escrito. Decía Papini, escritor italiano que revisó a los clásicos de la filosofía y que paradójicamente se caracterizó precisamente por los extremos –ateo y republicano que se convirtió en fervoroso católico –que “el destino no reina sin la complicidad secreta del instinto y la voluntad”. Sea como fuere, con un futuro incierto o determinado, cuando el forzoso final nos alcanza será ese itinerario que dibujamos lo único que con nosotros no fenece o acaba. Yo no sé si llegué a Lorquí por azar o providencia, pero muchas piezas en el tablero se movieron para que el empleo no fuese lo único que encontré en este pueblo.  

‘Ídolas’

Nunca he sido muy fan de nada. Ni he idolatrado a nadie sobre todas las cosas. Me he caracterizado por ser bastante mesurada a la hora de venerar algo o a alguien y de seguir cualquier moda o corriente. Por supuesto que he admirado y admiro a ciertas personalidades, pero siempre ha sido desde la moderación y la coherencia, sin permitir que queden cautivas mi razón o mi entendimiento. Además, reconozco que he sido selectiva a la hora de elegir mis iconos. Por eso me sorprende como hoy día hacemos de cualquier persona una ‘influencer’ con millones de seguidores que convierten en ‘ley’ sus consejos sobre tendencias, familia, hogar y cuidados personales. Y que conste que esto no es una crítica a éstas (o éstos), ni tampoco a sus seguidoras, entre las que me cuento, pues a mí también me distrae hablar y oír hablar, de vez en cuando, de asuntos más triviales y ligeros. Es, más bien, una reflexión en voz alta sobre el modelo de sociedad que estamos apuntalando para nuestros pequeños.

No repruebo estos perfiles que se mueven fundamentalmente en el campo del espectáculo y el entretenimiento, pero sí me preocupa que sean estos los principales referentes de mi generación y de las que me suceden. Sinceramente, creo que sería más equilibrado y sano que Paula Echevarría tuviera sus más de tres millones de ‘followers’ en Instagram, pero que también los tuvieran María Blasco, por ejemplo, bióloga molecular y actual directora del Centro Nacional de Investigaciones Oncológicas; una de las mujeres más importantes actualmente en nuestro país en el ámbito de la ciencia. O que fuera el caso de Remedios Zafra, escritora y ensayista española, con poco más de 4.500 seguidores en Twitter, o Viviana Waisman, abogada y líder en derechos humanos de las mujeres, que apenas roza los 2.000 en esta misma red social. Para mí, todas estas señoras, son verdaderos referentes cuyos nombres o perfiles pasan, lamentablemente, desapercibidos para mucha gente.

Sin embargo, desde hace algún tiempo, y rompiendo con mi costumbre, he empezado a idolatrar a determinadas mujeres; mujeres que pelean a diario contra la enfermedad de un hijo y que han enfrentado su dolor y lo han hecho público en redes. Mujeres que han superado el desgarro de ver a sus pequeños padeciendo y que, con el corazón roto seguramente, son capaces de vivir e incluso, a veces, estar alegres. Me admira, me abruma, de dónde sacan la fuerza y el ímpetu. Estas mujeres, será por mi actual condición, se han convertido en mis verdaderas ‘influencers’.