La cita perfecta

loui-jover02“Corta. Que sea corta. Si se alarga, acaba en relación… Porque si es perfecta me la quedo para siempre, ¿no?”.

Como suele ocurrirme con la mayoría de las cosas, me resulta mucho más fácil definir algo por lo que no es que por aquello que realmente lo representa. Así que, a la hora de precisar qué sería una cita perfecta, vienen a mi recuerdo miles de situaciones concretas que están lejos de convertirse en, siquiera, una cita. Sin embargo, me cuesta un poco más encontrar un referente top que sirva de medida para el resto. Si, como pretendo en este artículo, generalizamos sobre este asunto, la cosa se complica bastante más porque cada ‘enamorado’ es un mundo. Hay quienes prefieren algo romántico, otros un plan cultural, quienes quieren ‘pegarse’ la fiesta y los que optan por alternativas más íntimas.

“El 50% de las mujeres consideran que una tarde en el cine puede ser la primera cita perfecta”, según una encuesta de un conocido portal de citas en Internet. Y yo, que adoro el cine, no saco una lectura nada positiva de esta conclusión. Una primera cita no es ni más ni menos que una oportunidad para conocerse, con lo que si uno opta por el séptimo arte pocas posibilidades o, lo que es peor todavía, pocas expectativas o interés tiene en descubrir a su acompañante, lo que te sitúa directamente en una segunda cita al efecto de suplir la primera, alargando un proceso que desconoces si te resulta rentable, o en una versión más abreviada: toque de corneta y retirada. Si uno tiene ciertas dudas, lo mejor en estos casos es optar por una alternativa que no ‘comprometa’ pero que permita cierto acercamiento. ¿Un café? Si la cosa va bien, siempre se puede alargar con cualquier excusa; pero si por el contrario no interesa, será poco más de una hora de penitencia. La versión trasnochada del café tampoco está mal, ya que en caso de catástrofe un par de copas de más y al día siguiente si te he visto ni me acuerdo.

Otro debate polémico es el de ‘beso en la primera cita sí, beso en la primera cita no’. Esto, amigos, no es para pensárselo porque no hay reglas escritas, aunque literatura al respecto mucha, sobre la conveniencia y la efectividad de besar en el primer encuentro. Si hay beso es que ha sido buena, al menos hasta le momento… porque un mal beso puede arruinar una cita perfecta, aunque amigos no me voy a detener en esto porque da para un artículo entero.

En la puesta en escena de una cita perfecta el atrezo suele estar repleto de topicazos: vino, copas, música, velas, el mar… Al menos en lo que sería una cita ideal. Pero siendo más realistas nos podemos encontrar con opciones mucho más terrenales: “Una muy buena. Yo me voy a casa a dormir mientras mi consorte se calza el delantal y prepara comida para un par de días o tres, me quita la plancha y pasa la mopa. ¿No me digas que no mola?”, reconocía mi hermana de forma privada vía WhatsApp mientras que en Facebook decía algo así como que “la cita perfecta la construyen los citados” dando igual en contexto y el escenario de la misma. En su defensa diré que es madre-trabajadora y le faltan muchas horas de sueño a la pobre.

Sin embargo, los tópicos no siempre son malos, ya que “la cita perfecta siempre acaba en desayuno” –FJ Alfonso –y esto es incontestable.

Así, tras debatir con amigos, conocidos y espontáneos sigo sin poder hacer una descripción clara de lo que sería mi cita perfecta, por lo que voy a robar una frase a mi amiga Carmen que pedía: “Corta. Que sea corta. Si se alarga acaba en relación… Es que si es perfecta me la quedo para siempre, ¿no?”.

Fotos de Loui Jover.

Treintañeras

(Imagen de Paula Bonet)

7846172504_c2857b2e26_o“La vida es larga” decía T. S. Eliot en su poema ‘Los hombres huecos’. Frase que recordaba el pasado miércoles mientras volvía a ver ‘Agosto’, una película muy coral con complicados personajes atormentados por su pasado y su presente y enormes interpretaciones femeninas que demuestran lo difícil que, a veces, resulta ser mujer.

Sin embargo, hay a quien la vida se nos pasa en un suspiro. Casi sin darnos cuenta cumplimos año tras año tan rápido que el viaje se nos hace excesivamente corto. Será que lo estamos disfrutando. Tanto es así, que incluso nos resistimos, o al menos a mí así me ocurre, a que acabe el día de nuestra celebración y casi ‘obligamos’ a los que están a nuestro lado a que nos sigan felicitando el día de nuestro ‘no cumpleaños’ durante algunas jornadas más para llevar mejor la depresión post-cumpleañera. Aunque sinceramente esto no sirva de mucho.

Conozco poca gente a la que le de ‘gusto’ cumplir años, aunque hay quien lo lleva bastante bien. Otros, por el contrario viven un auténtico drama anual. A mí personalmente no es algo que me duela especialmente, pero siempre que uno se adentra en una nueva decena sufre una especie de catarsis tras la que intenta dejar atrás muchas cosas pasadas y empezar un proceso purificador u optimizador de la propia persona. Es el momento perfecto para hacer balance, desprenderse de parte del equipaje, y continuar el viaje más liviano y sereno.

Lo peor de las decenas no son las expectativas que uno se pone, sino las que le imponen los demás. Este miércoles, el día que cumplía 31, una de las expresiones que más oí fue aquello de: “yo a tu edad ya…”. Y sí, en la mayoría de los casos la frase acababa con el tópico “ya tenía a los tres”, o sus múltiples variantes: “ya tenía a Pepito”, “ya esperaba el tercero”, “ya tenía uno y estaba embarazada del segundo”. Está claro que los 30 son los años de los hijos, así me lo han hecho saber todas mis coetáneas que ya ejercen de madres. Lo de casarse, ya ni te lo dicen, porque “se te ha pasado el arroz”, en todo caso sería la decena del “divorcio” como bien dice mi amiga Carmen.

Los 20 son los años de descubrirlo todo, de experimentar, de ser primero una cosa y luego otra. ¿Quién no ha sido primero hippie para luego descubrir que le va más la cultura underground, o viceversa? De tintarse el pelo de colores, llevar ropa de segunda mano, dormir en tiendas de campaña, ir al clase o al trabajo del tirón después de una juerga, combinar cuadros con rayas y otras muchas barbaridades más. Años en los que, bajo la excusa de encontrase a uno mismo, nos está permitido casi todo y encima no hay ni rastro de celulitis, piel de naranja o patas de gallo.

Cuando una llega a los treinta, se presupone que ya sabe quién es y lo que quiere… nada más lejos de la realidad. Es la etapa en la que una comienza a tomar determinadas decisiones y en la que, para la sociedad y sobre todo para los que tienes a tu lado, ningún error está permitido, al contrario que en la decena anterior. Avanzas en la vida como si caminases por un campo de minas. Toda precaución es poca con tal de no oír el dichoso “ya te lo decía yo”, o en su defecto el “ya no tienes 20 años”. Dejarás de saberlo tú.

Son los años de la independencia absoluta; aunque uno se fuese de casa en la etapa anterior, este es el momento en el que la madre se cansa de lavar y planchar el petate los fines de semana; así que te toca convertirte en el ama de casa que nunca fuiste. De la independencia económica y los mil malabares para llegar a fin de mes. Si tienes una buena posición laboral y económica serás el orgullo familiar, pero como no hayas alcanzado el éxito pocos mantendrán sus esperanzas en ti, porque “ya deberías haber despuntado”.

Con respecto a los hombres, ya llevas unas cuantas experiencias acumuladas, lo que te procura mayor serenidad y, sobre todo, menos prisas y desesperación. Son los años de sentirse a gusto con una misma, no necesitas una pareja al lado para reafirmarte. Se acabaron las noches de ‘caza’, no necesitas trofeos. Si por el contrario tienes pareja, consigues complementar tu amor propio con el que sientes por la otra persona. Y en el sexo, también empiezas a quererte más y a conocerte, queriendo agradar, como siempre, pero también que te agraden.

Y por si todo esto fuera poco, dicen que los 40 son aún mejor…

Hasta San Antón Pascuas son o ¿y ahora quién quita el arbolito?

fotoinauguraciónárbolnavidad¿Y ahora quién quita mi árbol de Navidad? ¿Quién? Estoy segura de que muchos de vosotros os estáis haciendo la misma pregunta ¿O me equivoco? Y es que cuando llega el 1 de Diciembre a todos nos invade un repentino espíritu navideño que nos arrastra a comprar de forma compulsiva adornos, lucecitas y arbolitos de Navidad que ‘ocupan’ nuestros hogares durante el último mes del año y los primeros días del que comienza. O al menos esa es la teoría, porque, sed sinceros, ¿cuántos de vosotros habéis ‘desmontado’ ya El Belén? Reconozcámoslo, que pereza da… y que lejos queda el buen rollo que sentías al mirar ese arbolito, el mismo p… arbolito que ahora deseas que desaparezca de tu vista sin dejar rastro.

Yo creo que aquello de ‘hasta San Antón Pascuas son’ lo inventó alguno para retrasar o, al menos, justificar el retraso en el proceso de desmontaje del kit navideño. Confieso que yo, mientras escribo estas líneas, miro mi arbolito en el rincón, ya apagado e indefenso, y no puedo más que adherirme a esta firme corriente en favor de alargar la vida a los adornos navideños. Sí, lo reconozco, por gandulería, pero ¿es que acaso no es esta una razón más que suficiente? Y es que para montarlos no ponemos tantos ‘peros’, sin embargo ocurre como con todo en la vida, una vez que lo hemos disfrutado pasa a ser una carga.

Sinceramente pensé que este año no iba a sucumbir a los encantos del espíritu navideño ya que con tanta mudanza había dejado en el camino o perdido todos los enseres de camuflaje roji-verdes, por lo que quien evita la tentación evita el peligro. Y así, pasaba el puente de La Constitución, que parece haber sido instaurado premeditadamente en los calendarios laborales para tal efecto, sin una sola guirnalda o lucecita en casa. Sin embargo, aún no podía cantar victoria. El 21 de Diciembre, a sólo un día de otra fecha clave en adviento: el día de ‘El Gordo’ de Navidad’, flaqueaban mis fuerzas y después de varias horas de compras volvía a casa con mi arbolito y mis fantásticos adornos estilo nórdico. Y tan contenta, claro. Aunque debo reconocer que lo mejor de todo fue la inauguración, con una botella de Champagne y buena música sonando de fondo en una fiesta bastante privada… ¡Y no digo más!

Pero, ¿y ahora qué? ¿Quién quita el arbolito, las luces, el belén y el resto de cachivaches? Tengo el arbolito en mi salón, la casa llena de velas y a los Reyes Magos en una balda de mi cocina. Sí, en la cocina. Es que hemos vuelto a la rutina y en el ‘living room’ molestan… Cinco son multitud.

¿Y los kilos? ¿Quién los quita? ¿Y las resacas? ¿Y los números rojos en la cuenta? ¿Y las caras de buen rollo y la amabilidad dónde se han quedado ya? ¡Que podo dura el espíritu navideño! Y es que el resumen de la post-fiesta puede ser: más kilos, la casa llena de chismes, las resacas y la banca rota. Y encima todos como locos intentando comenzar el 2015 de forma ejemplar apuntándonos al gimnasio o saliendo a correr, comenzando cualquier dieta depurativa para limpiar los excesos, ¿cuántos de vosotros habéis cenado ensalada?, iniciando la lectura de un libro, o al menos acomodándolo en la mesita de noche para tener buena perspectiva de éste mientras cogemos el sueño… Incluso yo, que soy anti-propósitos, me he propuesto hacer todas las mañanas la cama antes de irme a trabajar porque leí en algún ridículo artículo que era una gran forma de comenzar el día porque iniciabas la jornada con un proyecto cumplido… ¡Vaya tontería! Pero ahí estoy yo… Y todo por culpa de la ‘maldita’ Navidad, aunque ya estoy contando los días que quedan para la siguiente… ¡Como somos los humanos!

Propósitos que molan

No me gustan las listas de propósitos de año nuevo, y es que a las personas que somos un poco anárquicas no nos resulta grato que nos den órdenes, ni siquiera nosotros mismos. Hacer algo porque alguien me lo impone, aunque ese alguien sea yo misma ‘secuestrada’ por el espíritu navideño, me pone de muy mal humor. Más aún, cuando esas listas están normalmente llenas de acciones y planes que a uno le cuesta realizar y que se los pone por escrito para obligarse, de algún modo, a contar con ellos para el próximo año. Por no hablar del sentimiento de fracaso e insatisfacción que éstas producen, porque uno nunca cumple sus intenciones. ¿Cuántos buenos propósitos se han quedado en el camino y ni si quiera han superado la temida cuesta de enero?

Así, este mes se convierte para muchos en un auténtico calvario ya que a las restricciones por los ‘extras’ en gastos de Navidad se suman el aumento de peso propio de estas fechas –que hay que tratar de quemar lo antes posible -, las broncas familiares en cenas y comidas varias que todavía pasan factura, las subidas de precios y, además, a los autónomos nos llega el IVA… entre algunas de las cosas que me vienen en este momento a la cabeza. Pues bien, imagina añadir a todo esto la frustración y la decepción al ser consciente de que ya has abandonado todas tus buenas intenciones para el nuevo año cuando tan sólo han pasado unos días o, en el mejor de los casos, unas semanas.

Ir al gimnasio, adelgazar, dejar de fumar, aprender inglés… estos están seguro en el top 3 de la mayoría. Y es que así quién se va a motivar para empezar el año con alegría e ilusión… si lo orientamos todo en negativo. Por ejemplo, en el caso de ir al gimnasio, a quién le puede apetecer empezar el año pagando una pasta mensualmente para que un tipo con un cuerpazo de escándalo –exactamente el que a ti te gustaría tener –te torture durante una hora mientras sudas en un recinto cerrado que exhala ese ambiente húmedo provocado por la transpiración de otros tantos como tú. Sin embargo, hace unos días leí que, después de los bares, los gimnasios son los mejores lugares para ligar y encontrar pareja. Ves, esto es otra cosa, así incluso seguro que apetece ponerse mono hasta para ir a quemar los kilos de más en la cinta o la bicicleta. Igual ocurre con el tabaco, a quién le apetece engordar y estar de mal humor constantemente… pero y si en vez de verlo así, uno se plantea el dinero que se puede ahorrar no sólo en cajetillas de tabaco sino también en dentista y blanqueamiento dental.

En muchos casos, como ocurre en las riñas de pareja, no es lo que se dice, sino cómo se dice. Así, en vez de orientar las listas de propósitos como un castigo que uno se autoimpone para el año que venidero, mucho mejor hacerlo en positivo pensando aquellas cosas que uno quiere durante los próximos 365 días –aunque es recomendable hacer balances mensual o bimensualmente por si hubieran cambiado las preferencias, que las personas somos así de caprichosas-.

Yo para este año, soy consciente que, dado el volumen de trabajo que acumulo últimamente, necesito madrugar más, pero en vez de pensar que tengo que dormir menos… he decidido incorporar más música a mis mañanas y despertarme con una buena selección que ponga banda sonora a mi puesta en marcha y que así no me importe perder sueño. Con música todo se vive distinto, incluso los madrugones. Si tengo que perder un par de kilos que, en este caso concreto, es lo que yo calculo que estaría bien, en vez de pensar en los esfuerzos que esto me supondrá pienso en el montón de ropa que anda abandonada en mi armario y que podré volver a incorporar a mi vestuario habitual, sin gastar ni un euro en las rebajas.

Alguno podrá pensar que esta filosofía no funciona, sin embargo a mí ya me ha resultado. Hace unos meses decidí reducir el alcohol que ingería, y no es que fuera excesivo, ni mucho menos, una cañita de vez en cuando; pero el alcohol engorda, y si podía evitar que ésta me engordase, pues mucho mejor, así que decidí empezar a tomar cerveza sin. Y a día de hoy sigo disfrutando del sabor de ésta –de vez en cuando también me permito una con alcohol –y puedo hacer ese ‘exceso’ sin temer a la bascula al día siguiente.

Otro buen remedio para cumplir la lista de propósitos para el nuevo año es proponerse cosas que molan: viajar más, ir al cine, dedicarse más tiempo a uno mismo, rodearse de personas que merezcan la pena… y no siempre cosas aburridas y costosas de hacer. Esta claro que realizar esto no tiene tanto mérito, pero es mucho más asequible. Yo para este año me he propuesto soltarme la melena un poco más… ¿a que mola?

Feliz Navidad a todos y un 2015 repleto de buenos propósitos.

Una mala cita

Yo habré sido, sin duda, una mala cita para alguien. Al igual que todos y cada uno de vosotros. Y es que las matemáticas no fallan. Si cada hombre y mujer acumula, por lo menos, una mal cita en su haber –cuando no hayan sido unas cuanta más –todos debemos haberlo sido de alguien. Esto no debe acomplejarnos porque nadie esta libre de meter la pata, sobre todo en estas ocasiones, en las que uno se pone nervioso y a veces habla y actúa con cierta imprecisión. Éstas pueden resultan anécdotas divertidas y simpáticas, sin embargo he de reconocer que no todo es excusable. Por contra, estoy segura de que también habré sido la mejor cita de algún otro. Citas de esas que nunca se olvidan. Así que, como todo en esta vida, las citas son relativas, lo que para uno ha sido la peor cita de su vida, para otro se convierte en aquella de la que siempre guardará un recuerdo especial.

¿Y qué es una mala cita? Pues, como dice una amiga mía, aquella en la que no puedes dejar de pensar: “¡Señor! ¿Cómo he llegado yo a esto?”. Una mala cita puede empezar de forma favorable: con un acompañante físicamente aparente, en un entorno relativamente apropiado y con un plan considerablemente apetecible… Sin embargo, es cuestión de segundos que la cita vire y cambie su rumbo. Seguro que os suena ¿no? Pero ¿qué puede arruinar una ocasión que se presenta con tan buenas expectativas? Pues por ejemplo una risa horrorosa y especialmente estridente y fuerte, de esas que provocan que el restaurante al completo esté más pendiente de las carcajadas de tu acompañante que de su propia conversación. Y tú, concentrada en evitar comentarios divertidos y en mantener un discurso serio que evite que él vuelva a reír. Por nadie pase, la tensión que una experimenta intentando terminar la comida lo más rápido posible y sufriendo por cada esbozo de sonrisa en su rostro… Por muchos esfuerzos que he hecho, no he podido recordar el nombre, pero esa sensación es difícil de olvidar.

Tengo que reconoce que tampoco aguanto a los ‘cenizas’ en una primera cita –para ser sincera en ninguna, pero en la primera menos aún -. Yo, afortunadamente no me he encontrado muchos de estos, pero sí tengo amigas a quienes la última ruptura o la ex de su compañero le ha dado la noche, y no por culpa de ellas, que las pobres ya habrán tenido bastante aguantando a semejante ‘brasas’, sino porque alguno se empeña en rehacer su vida a toda costa incluso antes de estar preparado. Nota mental: No nos gusta que en una primera cita otra ocupe más protagonismo que nosotras, y mucho menos si es para pasarse todo el encuentro hablando de lo mal, lo triste o lo jodido que te ha dejado. A llorar, a casa y solo. Si evitas esta situación, ya habrá tiempo de ponerse al corriente de relaciones pasadas.

Por supuesto, si no nos gusta que otra sea la protagonista de nuestra cita, tampoco que lo sea sólo y exclusivamente nuestro acompañante. Es importante escuchar y dejar hablar, algo que aunque aparentemente parece evidente, son muchos y muchas los que no terminan de interiorizarlo. Es fantástico que tu cita tenga un cuerpo de escándalo y que se preocupe por cuidarse, e incluso que se ‘machaque’ en el gimnasio. Pero cuando la conversación gira en torno a los diferentes tipos de proteínas y suplementos nutritivos que ingiere a lo largo del día para estar ‘cachas’ se convierte en un auténtico castigo. Y lo peor de todo es que, después de todo, te mueres de ganas de decirle que está fofo.

También está aquella en la que el otro bebe más de la cuenta y acabas acompañándolo a casa en un estado bastante lamentable o metiéndolo en el primer taxi para quitártelo de encima lo antes posible. Otros pequeños detalles también pueden arruinar la cita de una persona exigente, como que acabe la copa jugueteando con los cubitos en la boca, que haga demasiado ruido al sorber o que, por contra del que habla demasiado, sea incapaz de juntar tres palabras seguidas.

Y de todas las ‘malas citas’ mis favoritas son aquellas que protagonizan el diverso espectro de roñosos, con sus numerosos trucos y artimañas para no acabar pagando la cuenta. Los hay que urden una trama un tanto elaborada para disfrazar sus reales intenciones pero también hay quien es algo menos sutil: “Paga tú y así no cambio”.

En fin, que experiencias de este tipo hemos tenido todos, pero como bien dice una amiga, estas son citas puente, de las que luego no te acuerdas ni de su nombre, pero que sirve para saber lo que uno no quiere… que ya es algo.