Una mala cita

Yo habré sido, sin duda, una mala cita para alguien. Al igual que todos y cada uno de vosotros. Y es que las matemáticas no fallan. Si cada hombre y mujer acumula, por lo menos, una mal cita en su haber –cuando no hayan sido unas cuanta más –todos debemos haberlo sido de alguien. Esto no debe acomplejarnos porque nadie esta libre de meter la pata, sobre todo en estas ocasiones, en las que uno se pone nervioso y a veces habla y actúa con cierta imprecisión. Éstas pueden resultan anécdotas divertidas y simpáticas, sin embargo he de reconocer que no todo es excusable. Por contra, estoy segura de que también habré sido la mejor cita de algún otro. Citas de esas que nunca se olvidan. Así que, como todo en esta vida, las citas son relativas, lo que para uno ha sido la peor cita de su vida, para otro se convierte en aquella de la que siempre guardará un recuerdo especial.

¿Y qué es una mala cita? Pues, como dice una amiga mía, aquella en la que no puedes dejar de pensar: “¡Señor! ¿Cómo he llegado yo a esto?”. Una mala cita puede empezar de forma favorable: con un acompañante físicamente aparente, en un entorno relativamente apropiado y con un plan considerablemente apetecible… Sin embargo, es cuestión de segundos que la cita vire y cambie su rumbo. Seguro que os suena ¿no? Pero ¿qué puede arruinar una ocasión que se presenta con tan buenas expectativas? Pues por ejemplo una risa horrorosa y especialmente estridente y fuerte, de esas que provocan que el restaurante al completo esté más pendiente de las carcajadas de tu acompañante que de su propia conversación. Y tú, concentrada en evitar comentarios divertidos y en mantener un discurso serio que evite que él vuelva a reír. Por nadie pase, la tensión que una experimenta intentando terminar la comida lo más rápido posible y sufriendo por cada esbozo de sonrisa en su rostro… Por muchos esfuerzos que he hecho, no he podido recordar el nombre, pero esa sensación es difícil de olvidar.

Tengo que reconoce que tampoco aguanto a los ‘cenizas’ en una primera cita –para ser sincera en ninguna, pero en la primera menos aún -. Yo, afortunadamente no me he encontrado muchos de estos, pero sí tengo amigas a quienes la última ruptura o la ex de su compañero le ha dado la noche, y no por culpa de ellas, que las pobres ya habrán tenido bastante aguantando a semejante ‘brasas’, sino porque alguno se empeña en rehacer su vida a toda costa incluso antes de estar preparado. Nota mental: No nos gusta que en una primera cita otra ocupe más protagonismo que nosotras, y mucho menos si es para pasarse todo el encuentro hablando de lo mal, lo triste o lo jodido que te ha dejado. A llorar, a casa y solo. Si evitas esta situación, ya habrá tiempo de ponerse al corriente de relaciones pasadas.

Por supuesto, si no nos gusta que otra sea la protagonista de nuestra cita, tampoco que lo sea sólo y exclusivamente nuestro acompañante. Es importante escuchar y dejar hablar, algo que aunque aparentemente parece evidente, son muchos y muchas los que no terminan de interiorizarlo. Es fantástico que tu cita tenga un cuerpo de escándalo y que se preocupe por cuidarse, e incluso que se ‘machaque’ en el gimnasio. Pero cuando la conversación gira en torno a los diferentes tipos de proteínas y suplementos nutritivos que ingiere a lo largo del día para estar ‘cachas’ se convierte en un auténtico castigo. Y lo peor de todo es que, después de todo, te mueres de ganas de decirle que está fofo.

También está aquella en la que el otro bebe más de la cuenta y acabas acompañándolo a casa en un estado bastante lamentable o metiéndolo en el primer taxi para quitártelo de encima lo antes posible. Otros pequeños detalles también pueden arruinar la cita de una persona exigente, como que acabe la copa jugueteando con los cubitos en la boca, que haga demasiado ruido al sorber o que, por contra del que habla demasiado, sea incapaz de juntar tres palabras seguidas.

Y de todas las ‘malas citas’ mis favoritas son aquellas que protagonizan el diverso espectro de roñosos, con sus numerosos trucos y artimañas para no acabar pagando la cuenta. Los hay que urden una trama un tanto elaborada para disfrazar sus reales intenciones pero también hay quien es algo menos sutil: “Paga tú y así no cambio”.

En fin, que experiencias de este tipo hemos tenido todos, pero como bien dice una amiga, estas son citas puente, de las que luego no te acuerdas ni de su nombre, pero que sirve para saber lo que uno no quiere… que ya es algo.

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