Desayuno con diamantes

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Dicen que vivir en paz alarga la vida y teniendo en cuenta de que, en mi caso por lo menos, pasamos dos tercios de nuestro día trabajando, tan importante como estar bien en casa es disfrutar de un ambiente favorable en el entorno laboral. Cosa que, desgraciadamente, no siempre es factible, ya que las preocupaciones, obligaciones e intereses personales de unos y otros pueden provocar que estemos más irascibles de lo estrictamente necesario y al acabar la jornada nos vayamos a casa agotados y más cabreados que una mona. Algo completamente contraproducente.

Tengo una nueva compañera, Carmen, que se toma esto muy en serio, y desde que ha llegado a la ‘oficina’ la ha convertido en un hábitat libre de ‘malos rollos’ con sus piedras rosas, sus souvenirs y su contante ‘amenaza’ de invadir nuestros despachos con tarros de sal, que por lo visto neutralizan las vibraciones negativas. Yo que nunca me he tomado esto muy en serio me dejo querer y estoy empezando a sentirme cómoda sabiendo que alguien vela por nosotras. De sus trucos y remedios ya os hablaré otro día…

También dicen que a los amigos los elige uno, sin embargo tengo el convencimiento de que la vida, el destino o lo que quiera que sea pone gente en tu camino que aparece de forma inesperada y que entrando como reservas comienzan a jugar un papel importante en el ‘partido’. Fichajes que probablemente uno no hubiera hecho de forma consciente pero que se convierten en auténticas ‘figuras’ de tu equipo.

Así me encontré yo con ellas: ‘Las chicas del café’, como a mí me gusta decir. Cada una completamente distinta a la otra, aparentemente con poco en común, pero cuya presencia en el día a día se ha vuelto imprescindible. Son sólo unos minutos en torno a cuatro cafés, pero sirven de terapia para olvidar los disgustos vividos y coger fuerzas para los que están por venir.  Cuatro mujeres con cuatro vidas y cuatro historias distintas que se sirven las unas de las otras para darse cuenta que al final las penas y alegrías de la vida no son muy distintas.

Con Carmen B solía compartir en los cafés mis inquietudes más personales, las más íntimas. Dado que entre semana tengo a la familia lejos se ha convertido en lo más parecido, incluso a la hora de ayudar y prestar auxilio. Laura llegó después, sumándose a nuestros cafés y aportando calma y cordura a muchas de nuestras turbaciones con una visión más trascendente de la vida que aligera el peso de ciertos acontecimientos y alivia. Y la última en aparecer fue Carmen que con sus historias y anécdotas convierte el café en fuente de inspiración para mis artículos. Su alegría de vivir se hace contagiosa y te obliga a ponerte las pilas.

Estoy segura de que muchos os habéis encontrado gente así en vuestro trabajo. Personas que por diferencia de edades, gustos o intereses no entran en vuestro ‘circuito habitual’ pero que llegan a ser importantes o incluso imprescindibles para hacerte sentir bien. Mi teoría es que el fenómeno se da al coincidir personas que no se conocen, que no traen prejuicios ni concepciones previas de los demás;  que ya han madurado y sufrido y que sin lazos ni vínculos pueden mostrarse y sentirse tal como son.

Así que este es mi particular… ¡Desayuno con diamantes!

¡Y yo con estos pelos!

Me repito una y otra vez que la belleza no es lo más importante, que hay que huir de estereotipos y que la superficialidad no es nada sexy. Sin embargo, por más que una intenta ser racional y madura, aún hoy, un mal peinado o un grano inoportuno puede destrozar mi autoestima y reducir mi seguridad a cenizas en cuestión de segundos. ¡Qué vulnerabilidad la nuestra! Es paradójico, somos capaces de soportar presiones y ataques sin titubear, pero el mal reflejo de una ojeada furtiva a un escaparate caminando por la calle nos gana por KO. Y qué os voy a contar de la báscula… ¡Hay penitencias mucho más livianas!

Bien es verdad que lo mío no es obsesión por la belleza, ni siquiera una excesiva influencia por los cánones fijados, pero que duda cabe que el no sentirme bien afecta a mi ánimo. Os lo digo con toda confianza y pleno conocimiento de causa, ya que esta semana he tenido un compañero de viaje afincado en mi frente, de esos que en cualquier reunión te dejan en segundo plano. Invitados molestos que además no anuncian su llegada y tampoco avisan de cuándo se van, y claro no es cuestión de hacer mucha vida social con tan incomodo huésped.

“Soy una mujer del siglo XXI, independiente, madura, profesional y competente”, suena como un mantra en mi cabeza mientras me siento estúpida por dar tal importancia a semejantes tonterías. Pienso que debo resultar ridícula y que nadie entendería un drama tal. Sin embargo, para mi sorpresa descubro que no soy la única, y no hablo sólo de mi pandilla del café de media mañana y sus dilemas con los calcetines mal combinados, el peinado frizz, las bragas faja o las cejas mal depiladas. Hasta la mismísima Hillary Clinton, una de las mujeres más poderosas del mundo, con el premiso de la señora Merkel, capaz de sobreponerse con asombrosa dignidad a unos cuernos en ‘streaming’, hasta el punto de perdonar al infractor y fagocitarlo con su ascendente carrera política, confesó en una charla a universitarios que su confianza comenzaba cada día por su pelo.

Y así te das cuenta de como tus temores más idiotas y tus inseguridades más absurdas son compartidas por la mayoría de tus semejantes. Y no hablo de la influencia externa que los demás ejercen sobre ti, sino de la auto evaluación que nosotros mismos nos imponemos, que habitualmente suele ser la más estricta, y si somos mujeres más aún. Perdónenme los caballeros, pero nosotras somos más exigentes y extremas, también a la hora de complicarnos la existencia.

Lo bueno de todas estas problemáticas es que nos ‘joden’ la mañana, pero no nos quitan el sueño, al menos no más de dos noches seguidas.

Lo que me gusta de Murcia

Nunca me he sentido especialmente de ningún sitio. Será porque desde bien joven he andado dando algunos tumbos de acá para allá. Aunque he de reconocer que mi lugar de regreso siempre estuvo y, mientras esté allí la casa de mi madre, estará en Caravaca. Es donde me siento segura, me relajo y consigo desconectar, porque además de un pueblo bonito y coqueto es tranquilo, lleva un ritmo diferente al de la gran ciudad, y eso consigue dar un cierto respiro a mi atareada rutina cuando acudo los fines de semana a descansar. Creo que, de una forma un poco particular, se podría decir que es al lugar al que pertenezco. Sin embargo, yo no nací allí.

Según mi DNI soy nacida en Bullas, concretamente en La Copa, lugar de origen de mi familia paterna y donde viví durante mi primer año de vida. Aunque de pequeña lo que me gustaba decir a la gente es que había nacido en Las Vegas. Y no era del todo falsa mi afirmación, ya que yo siempre oí decir a mi madre que había nacido en ‘La Vega’, pero claro a esa edad era totalmente desconocedora de que había un hospital en la Región que tenía dicha designación; sin embargo sí que había oído hablar ya de la ciudad del neón, con lo que imaginaba que mi madre se refería a dicho emplazamiento. Éste si hubiese sido un alumbramiento digno de una vida de novela, pero el mío fue bastante más modesto.

Como ya he comentado, cuando tan sólo tenía un año mi familia se mudó a Caravaca, donde viví, con mis más y mis menos, toda mi infancia, adolescencia y parte de juventud. Para mí, una paleta de pueblo (lo digo sin acritud ni ánimo de ofensa), Murcia era sinónimo de sábados de compras en ‘El Corte Inglés’ y poco más. Cuando llegó el momento de ir a la universidad, y decidí que Periodismo era la carrera que quería estudiar; al contrario que mis amigas que alquilaban piso juntas y venían a Murcia, y animada por padre, que vivió su juventud en Madrid; marché a la capital durante cinco años para formarme en la Complutense, donde –al menos en mi clase –lo de ser de Murcia tenía su punto exótico. Recuerdo mis primeros días allí y las reacciones de los que serían mis compañeros. “Murcia que bonica eres ¡Pijo!”, que espetaba cada mañana a mi llegada Iñaki Cano –hijo del periodista deportivo de radio y televisión del mismo nombre – haciendo suyo el eslogan de alguna campaña turística, o las veces que me hacía repetir una palabra Elena porque decía que sonaba muy graciosa con el ico o ica detrás. El caso es que no disfruté la vida universitaria y de tascas murciana. Tampoco cuando empecé a trabajar, ya que mis primeros destinos fueron Jaén y Cartagena. Con lo que, cuando definitivamente atraqué aquí, no tenía ningún arraigo con la ciudad.

Ahora, en plena semana grande, me ponía a reflexionar sobre estos años en Murcia, una ciudad a la que no me une nada en especial pero con la que, en ciertos aspectos, he conseguido complicidad. No pretendo hacer apología (en en el buen sentido de la palabra) de la murcianía, eso lo dejo para otros colaboradores que entienden más y se le da mejor que a mí ;-). Yo nunca he vestido de huertana, de huertano tampoco; el año pasado fue mi primera vez en el Entierro de la Sardina; no he subido o bajado jamás a la Fuensanta; ni he visto completa la procesión de los Salzillo… Sin embargo, me gusta el cielo claro de Murcia. Me gusta su larga y calurosa primavera. Me gusta que es una ciudad para andar, para pasear. Me gustan los cafés de la Plaza de Belluga. Me gusta el río al atardecer. Me gustan los edificios modernistas y el verde de Santo Domingo. Me gustan las estrechuras de Platería y Trapería. Me gustan las vistas al monte. Me gustan sus bares castizos, y también sus alternativas modernas. Me gusta su cerveza. Me gusta el talento artístico y musical de su gente. Me gustan los curiosos nombres de sus tapas: zarangollo, pipirrana… o de sus postres: paparajote. Me gusta, entre otras cosas, que cualquier momento y excusa es buena para una caña con amigos.

Será que me gusta Murcia.

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La vida que no fue

IMG_4019Andaba yo reflexionando estos días sobre qué es ser mujer, intentando la difícil tarea de alejarme de tópicos y estereotipos. Pero es prácticamente imposible. Del ‘me gusta ser mujer’ de Ausonia, simbólicamente coincidiendo con la entrada en el siglo XXI, a la recurrente queja de ¿por qué es tan difícil ser mujer?, fruto de una sociedad tristemente machista, van una serie de afirmaciones que la mayoría hemos repetido en una u otra circunstancia, siendo reflejo de nuestro caótico estado de ánimo por las contradicciones, paradojas y dicotomías que se dan en nuestro género.

Esta antítesis femenina que planteaba racionalmente se reflejaba en ciertas circunstancias que me tocaba vivir, o sufrir. Si hace unas semanas pretendía que éste fuera un artículo que sirviera para anunciar una buena noticia; el mismo, se ha tornado en lo contrario. Incluso debo confesar que he tenido mis dudas sobre si escribir o no de este acontecimiento. Sin embargo, después de pensarlo mucho he creído oportuno compartir también con vosotros el lado menos bonito de las cosas, alejándome así del mundo blogger de color de rosa que obvia el sufrimiento que supone vivir o esconde las dificultades de una vida real detrás de problemas como qué tono de blanco elijo para mi salón. Yo, que suelo aprovechar esta contra para compartir algunas situaciones y reflexiones cómicas y divertidas, como todo el mundo, resisto los sinsabores que el destino nos depara.

No importa que te pille por sorpresa o que lleves tiempo intentándolo, cuando el test de embarazo da positivo una ya se siente madre de la aceituna, la nuez o la lentejita que lleva dentro, según los términos propios de los libros sobre maternidad que en las últimas semanas ocupaban mi mesita de noche. El 4 de Febrero, coincidiendo con el nacimiento de mi segunda sobrina, Manuela, nosotros recibíamos la noticia de que nos convertiríamos en padres en el mes de octubre. El asombro no fue pequeño, y la ansiedad y la incertidumbre que se apoderaron de mí tampoco. Desde ese mismo instante comencé a sentir miedo de todo, de que le pasara algo a él, de que me pasara algo a mí, de que no supiera o no pudiera hacer bien las cosas, de comer algo que no debía, de hacer esfuerzos perjudiciales, de que el estrés afectase al embrión, de sufrir los síntomas, de que estos no se presentasen… Así que empiezas una interminable ruta de consulta en consulta preocupada de que todo salga bien. Eres consciente de que hay riesgos y complicaciones, pero como con tantas otras en la vida, piensas que no te va a tocar a ti. Por lo que decides, dejarte llevar y ser feliz; preocupada pero feliz. Intentas mantener la calma, te contienes y evitas no comprar nada, te dices a ti misma: “al menos hasta los tres meses”. Sin embargo, en algo siempre pecas.

Y de repente, un día en una ecografía descubres que su corazón no late, que ya no eres mamá de lentejita. Tus miedos, se hacen realidad. Te dices una y otra vez a ti misma que eso podía pasar, pero nada te consuela. Te culpas incluso; aunque todo el mundo te diga que ha sido algo natural. Repasas en tu cabeza qué has podido hacer mal y en qué te has equivocado. Intentas consolar al papá de lentejita, que naturalmente pasa por lo mismo que tú, pero te sientes sin fuerzas ni siquiera para hablar. Todo te parece un mal sueño, incluso empiezas a pensar que nunca ocurrió, y vuelve el miedo a que se pudiera repetir. Descubres además en este proceso que no has sido la única, que son muchas las mujeres que han vivido la experiencia, pero pocas lo comparten. Yo, creo que lo hago por terapia, para exteriorizar el vacío que queda y que he sido incapaz de articular en palabras.

Está claro que ser mujer es mucho más que ser madre, pero éste puede ser un buen ejemplo de lo que supone –o así lo sentí y lo siento yo –la contrariedad de ser feliz por algo que por otro lado entraña cierto riesgo y/o dificultad.

Pero no os preocupéis, esto también pasará.

 

Planes de fin de semana

Me encantan los fines de semana. ¿Y a quién no? Y eso que también disfruto de los días laborables, o lo intento, ya que por lo general me gusta mi trabajo; salvo cuando el estrés y el agobio superan a mi amor por el periodismo. Y es que si la semana ha sido dura, los últimos días llegas agonizando al sábado esperando encontrar algunas horas libres, entre adelanto de tareas y quehaceres domésticos, para disfrutar de hacer lo que a uno le gusta o, simplemente, de no hacer nada. El plan de sofá y manta se está convirtiendo en uno de mis favoritos para el weekend. Si por el contrario alcanzas el viernes con un nivel aceptable de trabajo, soy fan total de regocijarse y relamerse en ese relajo y adelantar el fin de semana unas horas saliendo a comer después de la jornada laboral con un improvisado tapeo y dejando que la tarde derive en lo que se presente: cine, compras o paseo por la ciudad. Eso sí, la vuelta a casa pronto porque por light que haya sido la semana el cuerpo necesita descanso, bien con una cena rápida antes de la recogida o, si no apetece, algo ligero ya en la propia cocina.IMG_8012

Si para casi todo, como creo que ya he comentado en alguna ocasión, suelo ser bastante metódica; en mis planes de fin de semana me gusta que la improvisación reine, muchas veces porque la falta de tiempo me impide preparar y organizar algo o, sencillamente, porque me gustan las sorpresas. Que al levantarnos el mismo viernes a las siete de la mañana, con la legaña aún en el ojo, te propongan… ¿Cogemos las maletas después de comer y nos ‘piramos’ a Madrid? Eso sí que no tiene precio. Consigue que el día tenga un sabor especial. Escapadas que no tienen un destino exótico, pero el simple hecho de salir de la rutina, visitar sitios nuevos, salir de casa, ir a un hotel y que “te lo hagan todo” –como suelen decir –, desayunos a las once de la mañana, tapas y cañas al sol y largos paseos por el lugar, sin preocupación de horarios… ¡Eso es vida! Uno de nuestros viajes más recurrentes suele ser a Madrid, es una ciudad de la que nunca me canso, pese a haber vivido cinco años allí mientras estudiaba la carrera, siempre hay algo interesante que hacer en la capital.

Al salir después de mediodía no solemos llegar antes de las ocho de la tarde, con lo que ponemos rumbo directo al hotel, siempre elegido por el centro para poder disfrutar de la ciudad a pie; eso sí tras ubicar el vehículo en el aparcamiento, donde permanecerá todo el fin de semana. Una vez en el mismo, y después de colocar mínimamente las maletas, ducha rápida y acondicionamiento básico para disfrutar de la noche madrileña. ¡Me encanta! En nuestro caso, somos más aficionados a las rutas por diferentes establecimientos probando tapa y vino por restaurante, que a las copiosas y largas cenas de mesa y mantel, no sólo por mantener la línea, sino porque es más divertido y te deja curiosear en diferentes sitios. En nuestra última visita descubrimos un bonito local en la zona de Sol que se llamaba ‘Serafina’ en el que disfrutamos de buen ambiente, comida, bebida y conversación. ¡Lo recomiendo! Además, así ‘a lo tonto, tonto’ llegas medio borracho al hotel después de conocer media docena de bares, y coges la cama con un gusto 😉

El sábado por la mañana, tras levantarse, sin prisa, y desayunar convenientemente al sol de alguna plaza madrileña, si el tiempo lo permite, dedicamos un ratito a las compras. Comida en alguno de sus barrios más castizos, solemos decantarnos por el de las letras, donde también aprovechamos para un buen café y visita, casi siempre obligada, al Prado. Por la noche, intentamos reservar entradas en algún espectáculo que tenga buena pinta y cena rápida en El Espacio Gourmet de El Corte Inglés de Callao. Me gustan las vistas nocturnas desde allí. Ya en el hotel de vuelta, me reservo los planes…

El domingo dedicamos la mañana a largos paseos por el Retiro y a una hora prudente toca retirada, con comida haciendo parada de vuelta y así estamos en Murcia a tiempo de disfrutar un ratito del hogar.

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¿Os hace este fin de semana? ¡Que la fuerza os acompañe!

Temporada Champions

“¿Por qué, por qué, los domingos por el fútbol me abandonas?”, que cantaba Rita Pavone allá por los sesenta en ‘El Partido de Fútbol’. No sabía ella aún que la práctica televisada de este deporte, con lo años, no se limitaría sólo a los fines de semana. Canción ésta que, por cierto, fue la primera y la única que he escuchado cantar a mi abuela en sus 93 años de vida. Y eso que a mi abuelo, además de ser un santo varón, jamás le gustó el fútbol; y ésta (mi abuela) nunca fue de muchas fiestas. Pero el mensaje caló en la sociedad de aquella época, que vivía el fútbol como un cisma entre hombres y mujeres, y aún hoy día protagoniza muchas de las riñas de pareja más típicas.

Y es que las diversas competiciones deportivas se acumulan en la parrilla televisiva durante toda la semana. A la Liga se suman la Copa del Rey, la Champions, la UEFA Europa League, la Súper Copa de Europa, el Mundialito de Clubes, y para los amantes de la Selección, también, la Eurocopa y el Mundial. No crean que yo soy una experta en la materia, pero siendo una mujer práctica, una ha aprendido a hacer sus planes semanales en función de los partidos que tocan, por lo que es importante tenerlos controlados. Así, en primer lugar, evito los cabreos y, además, aprovecho esas horas muertas. Lejos quedaron los disgustos con mi padre por el mando. Bien es verdad, que con los años también he perdido afición por la tele y que sólo en contadas ocasiones y si ‘echan’ alguna peli buena o porque me he enganchado a otra serie americana disfruto de su contemplación, lo que me da ventaja. Sin embargo, reconozco que ésta es una problemática que se da muy a menudo en las familias, bien porque sólo hay una televisión en casa (como es mi caso) y, aunque hay excepciones, las mujeres no somos muy de fútbol; o bien, porque nosotras teníamos otra intención para la velada. Pero yo hace tiempo que me di cuenta que ésta era una batalla perdida viviendo con un ‘devoto’ del Real Madrid, por lo que en mi planning semanal incluyo estos acontecimientos como tiempo para ‘mis cosas’, que pueden ser desde escribir estos artículos, leer, o planchar, a tomar algo con una amiga, salir de compras o poner mi manicura a punto. 

Atrás quedan ya aquellas tardes en las que el romance comenzaba y acompañaba gustosa a ‘mi madridista’ en los partidos por verlo disfrutar… Seguro que a muchas os suena. Si bien, las cosas han cambiado, puedo decir que ninguno hemos sufrido demasiado en el proceso, pues él tiene libertad plena para disfrutar de su afición y yo, gano tiempo ‘de descuento’ para mis quehaceres, con lo que sobrellevamos bastante bien la ‘Temporada Champions’. Sin injerencias, sin disgustos. Puedo decir que para mí, el único fastidio se limita a algún que otro ‘jaleo’ inesperado durante los 90 minutos. Y creanme señoras que ganar una hora y media para sí misma una o dos veces por semana, compensa pagar el ‘Plus’.

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Tanto es así, que tras superar esta primera etapa he aprendido a rentabilidad sus salidas a ver al equipo, sumándome a la expedición y preparando escapadas rápidas allí donde fuese el partido. Si no puedes con tu enemigo, únete a él. Incluso aunque esto implique viajar a Portugal en coche para la final de la Champions 2014, en la que se enfrentaban el Real MadridAtlético de Madrid, con una caravana de hinchas del equipo blanco desde la capital hasta Lisboa, con parada estratégica en Salamanca para comer en una peña madridista… ¡Imagínense! Pero el amor, todo lo puede. Bueno, el amor y los dos fantásticos días que me ‘pegué’ visitando Lisboa. Tal fue la experiencia, que ya estamos cruzando ambos los dedos para que el Madrid llegué a la final y conocer Milán en Mayo. Aunque por si no hubiera suerte, estaremos atentos a los destinos y fechas para cuartos y ‘semis’.

Como navajas suizas

MujeresObservo a las mujeres de mi generación, y me observo a mí misma, y me doy cuenta que la evolución nos ha convertido en algo bien parecido a las multiusos o navajas suizas. La adaptación femenina al entorno social ha culminado en un ejemplar camaleónico, multidisciplinar, altamente preparado, siempre ocupado y, por consiguiente, profundamente estresado. Históricamente no sólo hemos tenido que igualar al hombre, sino superarlo para merecer el mismo reconocimiento en determinados contextos. Y este nivel de auto exigencia mantenido en los años ha provocado serios trastornos en nuestro género. No digo que esto sea del todo negativo, pues el nivel de competencia en cada vez más áreas nos hace un rival fuerte en el mundo profesional. Pero también me doy cuenta que mal llevado o comprendido puede degenerar en frustración y ansiedad. Ésta última es la dolencia femenina por excelencia del siglo XXI.

Y es que, poniendo por ejemplo, mi rutina diaria; que imagino que será muy parecida a la del resto de mi género; me levanto a las siete de la mañana y sin prácticamente dar los buenos días, me meto en la ducha con el único anhelo de conseguir abrir los ojos del todo. Después, y si hacemos caso a todas las recomendaciones de revistas y blogueras para además de competentes mantenernos guapas y tersas, comienza la rutina de cuidados empezando por la crema corporal, limpieza facial y maquillaje, y el posterior secado y planchado de pelo. Una vez abandonamos el cuartel general que es nuestro baño, corriendo a la habitación para hacer la cama, vestirse y colocar la ropa. Incluso hoy, por ejemplo, y antes ni siquiera de desayunar, ya había puesto dos lavadoras, tendido las sábanas que iban en una de ellas y puesto otra secadora. Llega el momento de preparar el desayuno, con tostadas y zumo natural todos los días, vamos como en los hoteles. Cinco minutos para degustarlo, y a fregar los platos antes de marchar.

Todo esto en el mejor de los casos, y que no tengas que equipar también a los pequeños de la casa.

Y tras esta yincana a la que nos enfrentamos cada mañana durante hora y media, hay que irse a trabajar. ¡Como si ya no hubiéramos sudado bastante! Aunque realmente para muchas, y pese al estrés y las complicaciones del trabajo, estas horas en la oficina a veces resultan un remanso de paz comparadas con las trincheras de los hogares con mucha familia. A la vuelta, parada en el súper, en doble fila y con los cuatro intermitentes, rezando para que no te multen, para comprar. Cocinar, comer y fregar en un espacio de hora y media (como mucho) y vuelta al curro, porque hoy con un sueldo de media jornada no da para vivir. Y es que antes al menos, cuando una trabajaba por encima de sus posibilidades al menos el sueldo le daba para tener ayuda en casa; pero ahora dos horas a la semana y porque es la única forma de sobrevivir.

Pero no crean que todo termina al cierre de la jornada laboral. Cuando estamos de vuelta, no sólo hay que finalizar las tareas domésticas y preparar la cena, sino que hay que sacar tiempo para ir a pilates o yoga, pues es lo que está de moda, consultar las páginas sobre tendencias para estar a la última, tuitear, cambiar el estado en Facebook, compartir una foto en Instagram y postear en tu blog personal. Una vez hemos cumplido con nuestra actividad social virtual, es el momento del ponerse el pijama, desmaquillarse y tumbarse en el sofá esperando no contar con ninguna tarea más en la lista de pendientes, cosa poco realista, ya que, al menos en mi caso, resulta imposible llegar a todo. Todo esto sin añadir que ahora ejercemos de manitas en casa, montamos muebles de Ikea y hasta cambiamos las ruedas del coche.

No es de extrañar que últimamente mi estado a partir de las diez de la noche sea KO en el sofá.

Con calcetines y a lo loco

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Decía Marlene Dietrich que “nos reímos de la moda de ayer, pero nos emocionamos con la de antes de ayer cuando está en vía de convertirse en la de mañana”. Y es que la moda además de ser, como dicen, cíclica, en ocasiones resulta ciertamente enigmática, porque hay tendencias imposibles de entender. Si intentando definirla, uno aplica únicamente el criterio estético, se dará cuenta de que hay determinados estilos que no encajan. Si apela al social, tampoco justifica ciertos modismos. Y si consideramos el de utilidad, no tengo que recordarles lo incómodos que resultan algunos looks de última moda. Entonces, ¿cómo surgen las tendencias, pues?

Teniendo en cuenta que en mis años universitarios en ‘La Complutense’ cursé una asignatura de libre configuración que llamaban ‘Semiótica y Sociología de la Moda’ impartida, curiosamente, por Jorge Lozano, hermano de la periodista del corazón Lidia Lozano, estaba predestinada a encontrar, tarde o temprano, la respuesta. Lo que nunca imaginé es cómo se me revelaría tal conocimiento.

¿Sabéis ese momento después del verano en el que abres tu cajón de la ropa interior y en un arrebato casi demoniaco decides tirar a la basura, sin contemplaciones, todas las medias que se te ponen delante porque consideras que están viejas y usadas? Seguro que no os suena extraño… Por ese mismo motivo, también sabréis a lo que me refiero cuando uno justifica ese momento de furor irracional mintiéndose a si mismo con un “en cuanto pueda, compro nuevas y las repongo”. Pero ese ‘en cuanto pueda’ nunca llega, no por falta de ganas, sino de tiempo. Y una mañana te levantas, compones el conjunto de la jornada, y cuando vuelves al cajón de la lencería… ¡Horror! Tus medias yacen en la basura desde hace meses y jamás repusiste la mercancía. ¿Qué ocurre? Improvisas y te marcas un look con zapatos de salón y calcetines pensando “voy a ser súper moderna”. Eso sí intentando que estos sean lo más discretos posibles y evitando animalitos y dibujos infantiles.

Pero claro, esta circunstancia no pasa desapercibida en tu entorno que desvía miradas furtivas a tus pies, en los casos más discretos, y te espeta “pero qué te has puesto”, en los menos prudentes. Y es que ni tú misma atisbas ese punto de moderna. Sin embargo, según van pasando las horas, te das cuenta de que no queda tan mal, y que además la ocurrencia te ha salvado de una emergencia. Y te vas consolando pensando en que “si se lo ponen las blogueras y van tan estupendas, por qué no puedes hacerlo tú”. Te has convencido a ti misma , y una vez que has conseguido la máxima, empiezan a llegar el resto de comentarios de aprobación y, sobre todo, mensajes con mucho humor que convierten la anécdota en algo simpático. Tal fueron las reacciones que decidí que el mundo entero debía conocer el hallazgo y compartí la foto en mis redes sociales, lo que sumó más comentarios ingeniosos a mi mañana: “Aún me río, has estado sublime”, María Jesús Quiñonero; “Marcando tendencia”, Lola García; “Te comprendo Mónica”, Toñi Abenza o “No pasa nada. Al fin y al cabo, siempre se ha dicho que los locutores presentan el telediario en calzoncillos”, Alfonso Alcolea; y risas, muchas risas, porque no hay nada más sano que reírse de uno mismo.

El caso es que entre broma y broma al final unos cuantos quedaron cautivados con la tendencia. Y es que todo es, cogerle el puntico al look. Vamos que si Karl Lagerfeld se cruza conmigo, en la París Fashion Week del año que viene desfilan todos como en los ochenta se marcaban algunos sus outfit discotequeros: zapato negro y calcetín. Y es que la moda nace de situaciones de urgencia, emergencia, necesidad e improvisación. ¿Cuántas atareadas madres (como locas) marcan tendencia con sus calcetines de diferente color? Sin embargo, moderemos nuestra transgresión que “no hay nada tan peligroso como ser demasiado moderno”, decía Óscar Wilde.

Una vida de cine

butacas cineDecía un novelista estadounidense que “lo bueno del cine es que durante dos horas los problemas son de otros”. Más o menos esto debe ser lo que me produce a mí el séptimo arte, pues confieso que es mi mejor terapia contra el aburrimiento, la tristeza e incluso el enfado. Más efectivo incluso que una jornada de shopping. Después de una sesión cualquier disgusto, por grande que fuere, parece menor. Tal es mi fascinación por el mundo de la cinematografía que incluso ha inspirado algunas de mis recientes lecturas, desde las tradicionales biografías a otros ejemplares que recogen aspectos más sórdidos y truculentos del cine. Para quienes disfruten del morbo de estas historias, recomiendo ‘Hollywood Babilonia I’ y ‘Hollywood Babilonia II’ ambos volúmenes repasan los escándalos de la meca del cine vinculados a rostros del celuloide devastados y marcados por problemas con el alcohol, drogas, orgias, asesinatos, odios y pequeños vicios inconfesables. Si uno busca algo menos siniestro, ‘Moteros Tranquilos, Toros Salvajes’ narra los inicios de una generación de cineastas, con Scorsese, Coppola y Spielberg, entre otros, y actores, Robert De Niro, Al Pacino y Jack Nicholson, que marcaron para siempre la historia del cine.

Y es que, además de la sensación que produce sentarse delante de la gran pantalla, hay películas que, más allá de hacerte pasar un buen rato, te marcan para siempre. Aún recuerdo, como si fuese ayer, mi primera vez en el cine. Fue en ‘El Thuillier’ de Caravaca, un teatro reconvertido en cine -que afortunadamente se ha vuelto a recuperar para este fin con el nuevo Equipo de Gobierno en el Ayuntamiento, ya que la ciudad carece de cualquier otra sala de exhibición-. El film, ‘Rain Man’, era una recomendación que nos hacían en el ‘cole’ y, como nosotras (mi hermana y yo) siempre hemos sido muy bien mandadas, como dicen las madres, o muy pavas, como señala mi hermana, convencimos a nuestro padre pese a nuestra corta edad, ya que corría el año 89 y contábamos apenas con 5 y 6 años, para ir al primer pase. De esa tarde recuerdo, sobre todo, la abrumadora y extraña sensación de ver a un hombre hecho y derecho para una niña de mi edad (mi padre) llorar con aquella historia. Este hecho provocaría que esa película esté, incluso a día de hoy, en mi top 10 de favoritas. De mi infancia, también incorporaría ‘E.T. El Extraterrestre’, quién no.

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Programa Especial Navidad ‘Murcia Más Cerca’ vía streaming.

Con el tiempo descubrí que había heredado de mi progenitor, entre otras muchas cosas, esa querencia a derramar alguna que otra lágrima frente a la gran pantalla. Entre las películas que más me han hecho llorar: ‘En el nombre del padre’, de Jim Sheridan y protagonizada por Daniel Day-Lewis, de quien también incluiría entre mis favoritas ‘Mi pie izquierdo’; y ‘Salvador’, una película con Daniel Brühl de 2006 que cuenta la historia de la ejecución a través de garrote vil del anarquista Salvador Puig Antich y que quizás pasó sin pena ni gloria pero que consiguió despertar en mí sentimientos de rabia e impotencia que acabaron en llanto. Lamentos y sollozos que me provocan fundamentalmente las injusticias plasmadas en el celuloide. En esta línea, de grandes dramas, incluiría también la oscarizada ‘Lista de Shindler’.

En un ámbito de tragedias más domésticas y en el que los grandes papeles y personajes son los protagonistas destacaría ‘Un Dios Salvaje’, de Polanski, con las increíbles interpretaciones de Kate Winslet y Christoph Waltz, un poco más reciente, ‘Agosto’, una película también muy coral con Meryl Streep, Julia Roberts, Benedict Cumberbatch, Chris Cooper y Sam Shepard, entre otros.

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Radio televisada en romMurcia Radio

También por las increíbles interpretaciones, pero en una línea más cercana a la comedia, recomendaría ‘Una cuestión de tiempo’, un película de las que te deja con una estupenda sensación en el cuerpo y que además cuenta con una destacable banda sonora; ‘La teoría del todo’, con Eddie Redmayne; y, la más reciente de todas, ‘Joy’ con una estupenda Jennifer Lawrence y un ‘exquisito’ Bradley Cooper, fenomenal también en ‘El Francotirador’ y ‘El lado bueno de las cosas’.

Otros títulos de diversos estilos y épocas podrían ser: ‘Jules et Jim’, de Truffaut, ‘El Padrino II’, ‘Matar a un ruiseñor’, ‘La vida es bella’, ‘Cinema Paradiso’, ‘American Beauty’ ‘El Club de la Lucha’, ‘Dos hombres y un destino’, ‘Todos los hombres del presidente’, ‘Gran Torino’, ‘Olvídate de mí’, ‘Alguien voló sobre el nido del cuco’, ‘Los Miserables’, en el género musical, ‘Taxi Driver, ‘Resplandor’ y en cuanto a españolas: ‘Los lunes al sol’, ‘Mi vida sin mí’, ‘Tesis’, ‘Mar adentro’, ‘La lengua de las mariposas’, ‘Los amantes del círculo polar’, ‘La vida secreta de las palabras’, y de los últimos tiempos, creo que ‘La isla mínima’ será, con el tiempo, un hito, No están todas las que son, pero son todas las que están.

Propósitos locos para una vida cuerda

soltarselamelena.jpgCansada de acumular año tras año listas de propósitos de año nuevo incumplidas, he decidido ser realista, en primer lugar, y dejar de acudir una y otra vez a tópicos que no me hacen feliz pero que parecen venir auto impuestos, para tener una vida en serie, normal, como tantas otras. El 2015 no ha sido mi año, y todos esos acontecimientos me han servido para darme cuenta de que lo que quiero para éste y los próximos ejercicios en mi vida es pasión. Pasión o intensidad –como a mí me gusta decir –. La intensidad suficiente como para “que bailen desnudos los pies” y “que te vuelvas tan loca, que no tengas remedio”, como canta Fabián en ‘Sálvalo’ –acertadísima, como siempre, recomendación de mi amigo Fernando Navarro, mi gurú musical personal –.

Y es que la última frase parece sacada de mi cabeza. Seguro que a todos os ha pasado más alguna vez, que escucháis algo en una canción que describe perfectamente lo que sentís y no habéis sido capaces de traducir en palabras. La rutina, las obligaciones y las responsabilidades hacen que, a veces, en el remolino del día a día nos olvidemos de lo más importante, de vivir. Por eso, este año me he propuesto, como meta principal, vivir un poco más, entusiasmarme con cosas que me arrebaten por momentos la cordura. Y por eso, y aunque suene un poco a chiste, como primer propósito quiero volver a los ‘karaokes’, disfrutar de la música sin complejos. Seguro que hago muchas cosas mal pero os aseguro que nada puede superar a mi absoluta falta de oído, lo que en un momento determinado me retiró de los escenarios. Aún recuerdo mi última gran noche a ritmo de Bon Jovi intentando seguir la letra de “Someday I´ll be saturday night” en Pérez Casas con mi hermana y su amiga Ariadna; y algunas copas en el cuerpo también. Sin vergüenza, sin temores, sin complejos y sin ningún sentido del ritmo, pero qué bien lo pasamos. Por eso, para 2016, en mi apuesta decidida por soltarme un poco la melena, planeo mi regreso a las pistas.

También me he propuesto beber un poco más. No crean que voy a hacer apología del alcohol en este artículo pero, sin excesos, creo que no viene mal ponerle un poco de chispa a la vida. Durante el primer embarazo de mi hermana me acostumbré a beber con ella la cerveza 0,0 y como además dicen que no engorda permanecí en esta variante. Sin embargo, creo que ha llegado el momento de recuperar las cañas intensas, los vinos y alguna que otra buena copa en la madrugada. Y por una regla de tres, ¿qué faltaría? Pues siempre un poco más de sexo, y no es que yo me queje de mi frecuencia –que estoy encantada –pero estas cosas nunca están de más. Y quien diga que el sexo está sobrevalorado es que nunca ha tenido del bueno.

Por supuesto, en esta corriente también entrarían: más música, más rock and roll, más conciertos, más literatura, más cine del bueno, más viajes, más escapada improvisadas, más paseos, más ‘salir de cañas y liarse hasta la madrugada’, más largas conversaciones con botella de vino de por medio, más cafés con confidencias, más risas entre amigos,… y muchas muchas cosas más.

Y por supuesto, y como sé que esto lo leerá mi mentor (Ángel Montiel), más artículos escritos en tiempo y no enviados a última hora por culpa de mis “días de locos”. Te prometo que lo intentaré.

Con todo esto, estoy segura que este año la lista de propósitos se me hará mucho más llevadera y mi vida, mucho más intensa. Para que complicarse…