Y si fueses otro…

 

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Si juzgas mi camino, te presto mis zapatos

 

Esta semana me hacía reflexionar –ya sabéis que yo soy muy tendente a darle trascendencia a todo; muy dramática, teatrera y a veces exagerada en las formas –una frase del escritor, guionista y director de cine Ray Loriga que hace referencia a la capacidad de empatizar que tenemos las personas. “Cuando camino por la calle y veo a alguien, este también puedo ser yo”, comentaba hace unos días tras conocerse que su última novela ‘Rendición’ es el premio Alfaguara 2017. Galardón que, por cierto y para quien no lo sepa, también ha recibido nuestro paisano, caravaqueño y brillante, Luis Leante por su historia “Mira si yo te querré”. Pero apuntes culturales a un lado, lo que yo venía a contaros es que ante tal afirmación mi cabeza comenzaba a funcionar e intentar explicar y entender lo que el literato trataba de transmitir en su revelación. ¿Por qué nos vemos en el otro? ¿Qué hace que las personas nos identifiquemos con unas y con otras no? ¿Hay personas que no tienen reflejo?

Esta claro que la mayoría de los mortales, aunque hay excepciones, somos muy capaces de ponernos en el lugar del otro cuanto éste nos importa, hay sentimientos o algo nos une. Evidentemente si un amigo está sufriendo es casi instintivo que nosotros suframos al mismo tiempo. Lo contrario sería inhumano. También tenemos cierta inclinación a sentirnos próximos a aquellas personas con las que nos identificamos, ya sea por sexo, grupo de edad, nacionalidad, estilos de vida… Una madre podrá fácilmente ponerse en la piel de otra y un adolescente entenderá el momento que vive su coetáneo. Sin embargo, en este segundo supuesto surgen ya ciertas variables que pueden hacer que nos sintamos más o menos distantes. Tanto es así que, aunque lo normal es que todos sintamos esta empatía –concepto que define esta capacidad de identificarse con alguien y compartir sus sentimientos y que viene del griego empatheia que significa la unión física o emotiva con el que sufre –por nuestros iguales, hay personas completamente desprovistas de esta cualidad incluso ya en este segundo estadio. Son personas sin reflejo, o mejor dicho que sólo reconocen en el suyo. Narcisistas.

Hay otras muchas personas cuya empatía trascienden el ámbito de lo conocido, lo cercando y lo similar para ampliarla y mostrarla con el resto del mundo, bien sea por ética, solidaridad o altruismo. No necesitan de ningún vínculo para sufrir el dolor de los demás. Sin duda aquellos a los que llamamos buenas personas.

Sin embargo, creo que lo que el autor expresaba con su afirmación va mucho allá. Los tres estadios descritos anteriormente no hacen justicia a la profundidad de sentirse el otro que reflejaba la frase original de Loriga y con la que cada vez me siento más cómoda e identificada. Su concepción y convicción absoluta de que no sólo hoy es quien es por caprichos del azar o del destino, sino que mañana puede ser otro. Otro con otros sufrimientos. ¿Y si mañana fueses otro?

Porque qué has hecho tú para ser quien eres.

Situaciones embarazosas

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Contando mis vergüenzas 😉

 

Todos hemos vivido alguna situación en la que hemos deseado que la tierra nos trague sin dejar rastro alguno, ni recuerdo. Momentos tan ridículos que hasta rememorarlos en tu cabeza te causa vergüenza. Este tipo de aprietos no hacen distinción de personas, aunque es verdad que los torpes y despistados tenemos más posibilidades de sufrirlos. Es más, en estos casos, la preocupación y el nerviosísimo por no protagonizarlos es directamente proporcional a las probabilidades de hacerlo. Y por supuesto, la Ley de Murphy es el principio fundamental que rige estos supuestos: “Si algo puede ocurrir, ocurrirá”; o en su versión más pesimista “si algo puede salir mal, probablemente saldrá”.

Hay situaciones que suelen ser fruto de la propia fortuna, y en estas ocasiones no se puede luchar contra el devenir de los acontecimientos; sin embargo otras lo son del despiste, de la inexperiencia, del nerviosismo o de la más absoluta despreocupación, y éstas afortunadamente sin son evitables. Yo confieso que he tenido de todas pero en su mayoría, en mi caso, han venido provocadas por descuidos tontos y absurdas distracciones. Errores que, algunas veces, marcan las carreras de muchos profesionales. ¿Quién no se acuerda del intencionado o no despiste de Sabrina con su delantera en un programa de televisión en la Nochevieja del 87? O del “¡Viva Honduras!” de Federico Trillo con las Tropas de El Salvador. ¿Y qué hay de los varios ‘gazapos’ de Rajoy? “España es una gran nación y los españoles muy españoles y mucho españoles” o “es el vecino el que elige al alcalde y es el alcalde el que quiere que sean los vecinos el alcalde”. En su defensa diré que ni mucho menos es el único que se equivoca, que lo hacen de todos los partidos y todos los colores, pero por su cargo se ve más. Además, apuntaré que estos lapsus son consecuencia única y exclusivamente del nerviosismo y de como este puede jugarte una mala pasada. Que se lo digan a Faye Dunaway en la pasada cita con los premios del cine, sin embargo en este caso fue Warren Beatty quien se la jugó.

Yo he tenido muchas de éstas, quizás no tan trascendentales dada la irrelevancia de mis movimientos así en general, pero tremendamente ridículas. Recuerdo una ocasión cuando en las fiestas de mi pueblo, con miles de personas congregadas en un mismo lugar –en este caso era el Castillo de la Vera Cruz de Caravaca donde el 2 de Mayo finaliza la carrera de Los Caballos del Vino -, el palo de un cohete vino a impactar directamente en mi cabeza y el golpe me sentó de culo ante la extrañeza de los que se encontraban a mi alrededor. La situación, independientemente del daño y la consecuente cicatriz, fue muy cómica. ¿Qué posibilidades hay de que esto te ocurra? Bien, pues desde entonces vivo obsesionada con que el incidente se pueda repetir. Por supuesto también he tenido las situaciones más típicas: tropezones, golpes de tos durante una locución pública, papeles higiénicos que se adhieren a tu zapato en el momento más señalado, botones o cremalleras que se abren y/o rompen dejando ver las vergüenzas, tacones que se pierden en el camino, mensajes que envías a otra persona por error…

La más reciente me ocurrió cuando acudía a la oficina de Correos de Murcia, en la Plaza Circular, a recoger un paquete. Tras hacerme con el mismo y aprovechando los estupendos cristales espejo que han puesto como paredes, iba mirándome disimuladamente de reojo para no llamar la atención en los mismos y así contemplar lo estupenda que me había vestido para la ocasión. Si ya da vergüenza que te sorprendan repasándote en los espejos, imaginen cuando por no mirar donde uno debe te llevas por delante, con tremendo estruendo, una de las barreras detectoras para evitar robos que habían instalado en las remodeladas instalaciones. Unos se asustaron, otros se rieron y hubo quien incluso se preocupó de venir a ver si me encontraba bien.

Salí de allí lo más rápido que puede y fue tal la vergüenza que de momento no he vuelto a pedir nada.

Se acaba el amor… ¿de tanto usarlo?

IMG_2392Con motivo de San Valentín –hace ya unas semanas –discutía con unas compañeras si el amor cambia o no con el paso del tiempo. Es una realidad que el nerviosismo y la ansiedad de los primeros días no se viven tras varios años. Pensándolo bien, tampoco sería saludable. Sin embargo, me negaba a aceptar que la rutina, el día a día y la convivencia devastasen determinados comportamientos en una relación. Y me vengo preguntando, desde entonces, si será verdad aquello de ‘se nos acabó el amor de tanto usarlo’ que cantaba ‘La Jurado’.

El hecho que desataba el debate resultó ser un comentario sobre los regalos que habíamos recibido por Navidad de parte de nuestros respectivos. En mi caso, con sólo unos pocos años de relación –tengo que decir además que es una persona tremendamente generosa –me sorprendía con una batería de regalos que yo catalogaría en el epígrafe de caprichos; artículos que por su precio o por no ser de necesidad no sueles comprarte tú pero que te mueres por tener. En el caso de la compañera que suma ya más de diez años de matrimonio y dos hijos relataba que ella recibió el regalo que quería pero que acompañó a su marido a comprarlo. Por último, la más experta, confesaba que ella no había tenido regalo de Navidad. Es evidente que hay una clara diferencia, pero podría ser anecdótica.

Otro de los aspectos en los que dicen que se nota este paso del tiempo es en la conversación. Al principio te lo cuentas y te lo preguntas todo, lo que has hecho en el trabajo, con quién has hablado, cómo te has sentido, cómo te ha ido el día… Incluso hay veces que no puedes esperar a llegar a casa para compartirlo y lo haces vía whatsapp, manteniendo un contacto casi constante con tu pareja. Con los años y los hijos, en el caso de tenerlos, los diálogos se restringen a las necesidades y anécdotas con los pequeños o a los requerimientos de la casa. Después de toda una vida juntos, tal y como la propietaria de la cafetería donde habitualmente desayunamos nos contaba, con su gracia particular, las conversaciones se limitan a:

  • ¿Qué hay de comer?
  • ¿Qué hay de cenar?
  • ¡Vámonos a la cama!

El móvil también es un chivato. Me preguntaba una amiga si yo a él le mandaba besos y corazoncitos. ¡Evidentemente! Le contestaba. Además, a diario le escribo para darle los buenos días y avisar cuando he llegado al trabajo, ahorrándole así la preocupación y desasosiego por saber si ha ocurrido algo. Con el tiempo, según cuentan, empiezas a pensar que si ocurre algo al final se enterará. El fondo de pantalla también está directamente relacionado con los años, dependiendo si lo llevas o no lo llevas a él. Y un rasgo inequívoco son los hábitos televisivos. Al principio te da igual lo que ver siempre que sea a su lado. Después, te mantienes en el mismo espacio pero haciendo uso de otros aparatos: Tablet o, en su defecto, móvil. Y el último paso es instalar una pantalla en la cocina o habitación y ampliar la distancia entre ambos.

Está claro que la rutina normaliza ciertas conductas y comportamientos y que el tiempo diluye y apacigua el ímpetu. Pero es importante hacer un pequeño esfuerzo y sorprender, no de forma constante, pero si en su debido momento. Porque se reduce el romanticismo, y quizás el sexo, pero no se acaba el amor ni el entendimiento.

Confidencias entre extraños

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Vosotros siempre seréis mis mejores confidentes. Mi familia. 

Todos necesitamos confesores. Habitualmente estos suelen ser personas de nuestro entorno más cercano: familiares, amigos, compañeros… que soportan estoicamente nuestras quejas, refunfuños y lamentos. Y es que aquí somos especialmente propensos al lloriqueo; aunque también, muy de vez en cuando, son testigos de algún regodeo o alegría. Sin embargo, pese a tener gente de confianza con la que poder compartir nuestros más profundos sentimientos, la tendencia más humana es buscar una fuente, presuntamente, más objetiva. Una fuente desprovista de intereses y que nos pueda dar una visión más limpia y despejada. No es algo que hagamos conscientemente, en la mayoría de los casos es el propio instinto.

La elección de estos ‘confidentes’ va en función de nuestro perfil social. Así, en muchos casos se acude precisamente a la figura del confesor (sacerdote) que escucha los pesares y los más profundos secretos para aportar una perspectiva diferente de los problemas. Aunque en este caso el consuelo viene con penitencia, por lo que hay que ver si compensa. Rivalizando con la iglesia se encuentran los bares, y es que los camareros son auténticos especialistas en el arte de soportar sermones, discursos y argumentaciones en contra de todo y de todos. Estos, por pura supervivencia, han evolucionado en una especie capaz de defender una cosa y la contraria al mismo tiempo con el único objetivo de conseguir dar la razón a todos como a los tontos. En tercer lugar, estarían los peluqueros, una profesión que rivaliza fuertemente con la prensa ya que se enteran de todo sobre todos. Muchos valen más por lo que calla o cuentan, según sean de ‘bocachanclas’, que por lo que cortan y tintan. Tanto es así que hay clientes que acuden semanalmente a por su ración de cotilleo y ya de paso se hacen las mechas.

Sin embargo, yo hace bastante que no me confieso, cuando voy a los bares lo hago con gente y no suelo darle la chapa al camarero, y las peluquerías nunca me han gustado, desconozco de dónde me viene esta animadversión, pero es desde ‘chica’. Por lo tanto, he tenido que buscar mis ‘confesores’ en sectores menos propios para esta actividad. En primer lugar, tendría a mi ‘asesor’ literario. Siempre he sido muy aficionada a la lectura y me encanta pasar horas y horas hojeando libros. Durante un tiempo estuve trabajando en el centro de Murcia, en la Gran Vía, frente a unos grandes almacenes y a mediodía, cuando parábamos para comer, tomaba algo rápido por allí y me iba directa a mi refugio. Tanto iba el cántaro a la fuente que entable cierta amistad con uno de los responsables de la sección de libros, con el que me ponía al día de las novedades literarias y compartía mis críticas e impresiones sobre los ejemplares que leíamos. Nuestras tertulias desembocaron en una relación de cierta confianza que, pese a que ahora ya no trabajo tan cerca ni voy con tanta frecuencia, se mantiene en el tiempo y ahora también por las redes, él sigue mi peripecias y yo veo las fotos de sus gatos.

Creo que ya os he hablado también alguna vez del responsable de la gasolinera donde habitualmente hago el repostaje. Otro de mis lugares de referencia en la ciudad, porque es rara la semana que no paso por allí. En este caso los encuentros son más cortos, pero la peculiaridad del horario, a veces, y la espontaneidad de mi ‘gasolinero’ han propiciado una bonita amistad. Además, como él me lee (cada sábado) luego me cuenta sus impresiones y la opinión que este ‘Café con Moka’ le merece. La semana pasada, incluso, que probé un coche para cambiar el ‘Rayo McQueen’, vehículo me acompaña desde que me sacara el carné y que había pasado por mi madre y mi hermana antes, pasé por allí a que le diera el visto bueno. Yo soy muy agradecida, y si alguien está para las duras… también para las maduras.

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¡Siempre juntas! 

¡Y qué suerte tenerte!

dsc_0472Aún recuerdo cuando cerrábamos bares los fines de semana y llegábamos a casa prácticamente al alba, muertas de hambre y directas a hacernos con las sobras de la cena que quedasen en el frigorífico. Noches en vela que recuperábamos quedándonos en la cama hasta mediodía, cuando tu madre (y la mía) nos despertaba para el arroz, como cada domingo.

¡Y cómo hemos cambiado! Aunque tú sigues sumando noches de centinela atendiendo los llantos y reclamos de tus pequeños. Sólo que éstas ya no se recuperan. Horas que acumulas semana a semana y que, pese a que pasan factura al ánimo y al cuerpo, intentas llevar de la mejor forma con café, ducha y maquillaje. Pero tú nunca has necesitado pintura. Siempre has sido guapa y lo serás siempre. Primero, porque genéticamente tienes a quién parecerte, sólo te faltaron sus ojos azules que sí ha ‘sacado’ tu hija; y porque además tu cara refleja lo que llevas por dentro. Siendo la pequeña supiste ser la mayor en algunos momentos, aunque también tuviste tus cosas de ‘rebelde’. Responsable y exigente, tanto que incluso nos tocó sufrir por eso. Un nueve nunca fue para ti suficiente. Tan mal acostumbraste a nuestros padres que a mí me supuso un constante esfuerzo, y nunca estuve a la altura. Tampoco lo pretendí. Brillante en lo que te propusieses y con la enorme capacidad de atraer y enamorar a la gente. Yo, siempre celosa de tus amigas por no tenerte conmigo lo suficiente. Aunque también tuvimos nuestros momentos. Peleas constantes que acababan cuando yo volvía a buscarte, porque ya sabes que nunca fui rencorosa. A ti te costaba un poquito más desenfadarte. Por no hablar de tu carácter… Vehemente defendiendo tus causas y tus argumentos pero siempre dispuesta a ceder si al final lo veías conveniente.

IMG_2092 (2).jpg¡Y cuánto hemos pasado! Compartiendo miedos constantes que cumplieron sus amenazas. Noches y horas de hospital que tambaleaban nuestro mundo siendo aún muy inocentes, pero que sin duda alguna nos hicieron más fuertes.

 ¡Y cuántos nos reímos! No fuimos niñas de mundo (la primera vez que fuimos a Murcia creo que éramos prácticamente adolescentes) pero en nuestra juventud y sin experiencia salimos a llevárnoslo todo por delante, aún siendo ‘paletas’ de pueblo (en el mejor sentido de la palabra). Aún recuerdo tus primeras anécdotas en la Facultad de Derecho queriendo abonar los préstamos en la biblioteca o asistiendo a clase, entre pijos, con aquel chándal que tus amigas no se pondrían ni para pasear al perro.

¡Y cómo presumió nuestro padre! Siempre soñó con poder darnos una carrera. Que orgulloso y satisfecho se sentía de vernos licenciadas y de saber que valió la pena todo su esfuerzo. Sin embargo, su mayor legado fue aquella forma tan especial de vivir, de pasar por el mundo disfrutando.

¡Y qué suerte tenerte! De pequeñas nos sentábamos en el pasillo a llorar las dos por el castigo de una, la unión siempre nos hizo fuertes.

¡Feliz cumpleaños, hermana!

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Entusiasmo friki

img_9519El entusiasmo es, según la RAE en sus dos primeras acepciones, la “exaltación y fogosidad del ánimo, excitado por algo que lo admire o cautive. Adhesión fervorosa que mueve a favorecer una causa o empeño”. Y friki, en su tercera acepción, “la persona que practica desmesurada y obsesivamente una afición”.

Desde hace algún tiempo vengo pensando mucho en este concepto, en la idea de estar encandilado, obsesionado y entregado a una causa, sea esta la que fuere. En esa sensación de que algo te apasione por encima de todo. Yo nunca me he sentido especialmente fanática de nada y quizás por eso, en algunos momentos, me ha costado entender la rendición de algunas personas a una causa. Incluso he tachado este comportamiento de frikismo, de extrañas e infantiles conductas poco apropiadas en personas de determinada edad. Sin embargo, la vida y los años te van enseñando cosas; y como rectificar es de sabios, he aprendido a aceptar mis errores y entender que esa pasión por algo marca la diferencia entre las personas felices y aquellas que no lo son. La vida es lo suficientemente dura, ingrata, insulsa, frágil y/o vacilante para convertirnos en individuos inestables, débiles y/o afligidos y ese entusiasmo es lo único que nos salva y nos aleja de ser personas grises, mortecinas y absolutamente faltas de gracia. Perfil éste último que dista mucho, muchísimo, de lo que yo quiero ser y en lo que quiero convertirme.

Por eso ahora me encanta ver, conocer y descubrir gente apasionada por algo, incluso aunque me cueste entender el motivo o el objeto de su pasión. Gente loca con la Semana Santa, sus hermandades y sus cristos; gente que disfruta con la comida; gente fanática del manga japonés; gente obsesionada con las rancheras; gente aficionada a un equipo; gente rendida al veganismo… el entusiasmo en cualquiera de sus expresiones. Con la mayoría de ellos probablemente no comparta gustos, aunque si manifiesto todo mi respeto, pero me transmiten muchísima vitalidad, buen rollo y ganas de vivir.

Me gusta la gente desmesurada con desmesuradas pasiones. Me gustan los que cometen locuras por amor, los que cruzan océanos por sus grupos de música favoritos, aquellos que invierten todos sus ahorros en un viaje a la meca del cine… me gustan los que hacen de esta vida algo interesante, algo divertido. Por el contrario, cada vez me asustan mas las personas faltas de aficiones.

Decía el Premio Nobel de la Paz, Albert Schweitzer, que “los años arrugan la piel, pero renunciar al entusiasmo arruga el alma” y yo, incluso el día que las arrugas envejezcan mi rostro, no quiero tener un alma arrugada . El entusiasmo es el empeño por vivir, por eso me molan los frikis.

Un odio tan natural

DSC_0716Todos odiamos cosas. El odio, como el amor, es algo intrínseco al ser humano, no podemos vivir sin una cosa y tampoco sin la otra. Yo intento odiar lo menos posible y a los menos posibles pero siempre se escapa algo o alguien. La verdad es que afortunadamente puedo decir que, de forma concreta y específica, no he odiado a nadie en toda mi vida. Y mira que seguro que habrá quien me haya dado motivos. Sin embargo, soy de las que piensa que el odio contra otros no perjudica más que a uno mismo. Es mucho más sano pasar, fluir. El odio te coge por dentro y te amarga y yo en esta vida podré ser cualquier cosa menos una amargada.

Bien es cierto, también, que aunque no es mi estilo odiar sí hay cosas que aborrezco profundamente, pero quién no detesta algo. Una cosa sí os digo, no me fio y me generan muchas dudas y recelos las personas para las que todo es maravilloso. Y no quiero hacer apología del odio con este artículo ni muchos menos, más bien todo lo contrario: naturalizar un sentimiento tan humano.

Intentando hacer memoria sobre qué fue lo primero que recuerdo haber odiado me vienen a la cabeza, nunca mejor dicho, las horribles y enormes diademas, tan de moda en los ochenta, de miles de colores y estampados que nos colocaba mi madre a mi hermana y a mí y que incluso provocaron que nuestras orejas guarden una curiosa distancia con nuestras cabezas. Podríamos decir, aludiendo a términos ópticos, que están montadas al aire. A veces ese odio incluso se transforma, porque entre las cosas que aborrecía de aquella época las hombreras estaban en el top cinco, y sin embargo ahora les he pillado el punto para determinadas prendas.

Pero si hoy tuviera que hacer un ranking del odio, en primer lugar estarían, y no se ofendan por favor, los repartidores. Y es que no hay forma humana de hacer que vengan cuando anuncian. Si dicen que pasarán de tres a cuatro, que no te quepa duda de que acudirán en cualquier momento del día menos a esa hora. Por no hablar de las conversaciones previas con ellos por teléfono, pueden ser completamente surrealistas. Yo no sé si a vosotros también os ocurre, pero a mí consiguen amedrentarme hasta tal punto de que siempre acabo con ganas de pedirles disculpas por obligarles a hacer su trabajo.

Muy de cerca les siguen las losetas levantadas de las aceras, pocas cosas me sacan tanto de quicio como pisar una de éstas en un día de lluvia y ponerme perdida de agua y barro; las tirillas para colgar las camisas, jerséis y chaquetas de Zara que acaban asomando siempre por el escote y arruinando el estilismo; y el ruido que hace un tacón al pisar cuando se le ha caído la tapa. ¡Que sonido tan desagradable!

Tampoco me gusta que te corten la película o la serie en el momento más emocionante para ‘meter’ seis minutos de publicidad, ni la gente que aguarda atenta a que termines una conversación por teléfono para preguntar: ¿quién era?, y si ha conseguido identificar al interlocutor: ¿qué quería? Odio el olor a frito. Detesto que no pidan permiso para entrar, odio que decidan por mí, odio que no me dejen pensar y odio tener que explicar cosas que no necesitan explicación.

Y es que el odio más cotidiano es algo natural.

Manual de una compradora aficionada para sobrevivir a las rebajas

Tras las vacaciones de Navidad y en pleno mes de agosto, los periodos de rebajas se han convertido en un auténtico fenómeno social en nuestro país. Bien es verdad que, importando costumbres de otros territorios, a lo largo del año, cada vez más, contamos con campañas especiales de ofertas, tales como los famosos ‘black friday’ en los que uno puede hacerse con alguna pieza especial por un buen precio. Sin embargo, aquí somos muy de costumbres y nuestras tradicionales rebajas siguen acumulando el grueso de las ventas con descuento. Su éxito es tal que hay auténticos profesionales de las rebajas, hombres y mujeres que se han ido formando con los años y las campañas y se han convertido en expertos en chollos y en cómo encontrarlos y aprovecharlos. Mi nivel de preparación no es tan alto, pero reconozco que cuando a una le gusta comprar poco a poco desarrolla ciertas técnicas, rituales o protocolos que le ayudan a sobrevivir en las trincheras de las oportunidades.

En primer lugar, es importante distinguir entre varios tipos de compradores. Están aquellos que durante toda la temporada han estudiado sus tiendas y comercios habituales identificando aquellos elementos que son objeto de sus más profundos deseos y que se lanzan a su caza y captura durante la primera jornada de rebajas, incluso pidiendo libre en el trabajo si fuese necesario con el objetivo de que nadie se les pueda adelantar. En esta tipología, incluso los hay que el día anterior se dan una vuelta por los establecimientos, cuando ya todo está dispuesto y ordenado para el gran día, intentando ‘esconder’ aquellas piezas que les interesan. Parece un poco ridículo, pero acaso ninguno de ustedes ha escondido una camiseta detrás de una pila de jerséis o abrigos… ¡Quién esté libre de pecado que tire la primera piedra! Desde mi punto de vista, estos serían los más profesionalizados, por el sesudo método que siguen y porque el mismo es el que más tiempo y esfuerzo requiere. El segundo caso, sería el del comprador más exquisito o ‘high level’ que no adquiere un gran volumen de prendas o enseres durante estos días pero sí que aguarda su llegada para hacerse con un objeto de lujo o fuera de su alcance habitual aprovechando los importantes descuentos. Éste sería el más inteligente. Y por último, nos encontramos con el comprador gangas o ‘low cost’ que adquiere de forma compulsiva todo aquello que es barato sin pensar si realmente lo necesita, lo va a usar o se lo pondrá algún día. Compra por el placer de comprar barato. Creo que este sería el más extendido. Acaso no han visto señoras y caballeros en las colas de caja con auténticas montañas de ropa y han advertido que aunque vivieran cien años no podrían estrenarla toda.

Confieso que yo he pasado por algunas de estas etapas y que he acumulado ropa en el armario que al final he acabado regalando sin estrenar. Sin embargo, ahora me reconozco más del segundo tipo, busco algo único o exclusivo que gracias a las ofertas entre dentro de mi presupuesto y hacerme así con un buen fondo de armario, por ejemplo.

Sea cual fuere tu caso, ahí van algunas recomendaciones para ir a las rebajas y no morir en el intento:

  1. Aprovechar las horas de la comida para ir a comprar. De dos a cuatro, por ejemplo, para evitar aglomeraciones y luchas encarnizadas con otras consumidoras.
  2. Fijarse un presupuesto máximo si uno no quiere acabar arruinado durante lo que queda de mes.
  3. Hacer una lista con las cosas que necesitas e intentar localizarlas entre los chollos.
  4. Jamás comprar una talla menos atendiendo al famoso ‘por si acaso’. ¡Seamos realistas!
  5. Comprar fondos de armario o cosas que siempre se necesitan: ropa interior, pijamas, calcetines… y dejar en la reserva.

Pero si consideras que realmente no necesitas nada, pasa de las rebajas olímpicamente y da una vuelta durante los últimos dos o tres días. Puede que no encuentres nada, pero si lo encuentras costará cuatro perras. Este es el mejor consejo que te puedo dar. ¡Ah! Y no olvides llevar ropa cómoda y de batalla, nunca sabes contra qué o quién te va a tocar enfrentarte.

Y en Murcia nevó

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Imagen de una nevada en Caravaca

Ni tres meses de vida sumaba yo la última vez que dicen que se vio nevar en Murcia capital, en diciembre de 1983. Sin embargo, soy una mujer del Noroeste y, como tal, mi relación con la nieve ha sido un poco más estrecha. Bien es verdad, que jamás habíamos vivido, al menos en Caravaca –de donde yo soy –una situación similar a esta en intensidad, que yo recuerde; pero prácticamente año sí y año también, caen algunos copos en las zonas y pedanías más altas del termino municipal. Recuerdo, como si fuera ayer, aquellas excursiones a la nieve en el coche de mi padre, un Nissan Primera, a las que se apuntaban vecinos, primos y amigos la mañana siguiente de una intensa nevada. Cada invierno, mi hermana pequeña y yo aguardábamos impacientes que llegara nuestra cita con este fenómeno meteorológico que lógicamente disfrutábamos ajenas al frío. De eso bien se encargaba mi madre, que nos equipaba como si de una expedición a la Antártida se tratase, intentando evitar así que pudiésemos caer enfermas. Lo que ella desconocía es que una vez pisábamos el manto blanco nos sobraba todo. Lo primero que desaparecía eran los guantes, porque con ellos no se pueden hacer bien las bolas y mucho menos dar forma a un buen muñeco de nieve. Les seguían el gorro y la bufanda que, después de estar corriendo unos minutos evitando las bolas lanzadas en plena batalla, eran un estorbo. Incluso, en algunas ocasiones hasta el abrigo se quedaba en el coche. Algunos inviernos, los menos, la nieve caía en pleno centro de la ciudad y nos asombrábamos viéndola sobre los coches. Incluso si nevaba cuando estábamos en el colegio los profesores nos sacaban un ratito al patio para que pudiésemos verlo ya que, apenas asomaban los primeros copos, la clase entera se disputaba los mejores puestos en las ventanas para no perderse el espectáculo.

img_8691-1Sin embargo, hacía años que por unas u otras circunstancias no vivía este acontecimiento. El invierno pasado la nieve hacía acto de presencia en algunos pueblos del Noroeste como El Sabinar, El Campo de San Juan o Nerpio y planeamos, como antaño, una pequeña escapada de fin de semana con mi hermana para que su hijo (por entonces Manuela aún no había nacido) disfrutase de la misma como nosotras lo hacíamos de pequeñas. Pero la nieve no nos esperó, y la subida de temperaturas provocó que la misma no aguantase hasta el ‘weekend’.

Esta semana, mis sobrinos (ahora sí los dos) han podido conocer la nieve y sorprenderse y asombrarse como un montón de pequeños en toda la Región que veían y asistían atónitos a este fenómeno por primera vez. A mí que ya lo conocía me llamó especialmente la atención cómo se vivió en la capital ya que, aunque no fue tan intensa como en el Noroeste donde aún en estos momentos disfrutan de ella y sufren también algunas de sus peores consecuencias, fue una auténtica fiesta. Los padres sacaban a sus hijos del colegio para llevarlos a La Fuensanta a ver caer los copos, la gente salía de sus trabajos para inmortalizar el momento, las redes sociales se llenaban de fotos y vídeos de estampas nevadas… a nadie le importó mojarse ni perder unos minutos de su ocupada. La ciudad entera dio una lección de vivir el instante.

Yo, como todos los demás, también quise guardar ese momento para siempre en mi memoria.

P.D. Tengo que incluir en este artículo la cariñosa corrección que me hacía a través de correo electrónico un compañero de profesión, Diego Gómez, quien por su experiencia me apuntaba: «Lamento decirte que todavía no habías nacido, ya que fue el sábado 12 de febrero de 1983. Ese día visitaba Murcia el General Gutiérrez Mellado para descubrir la placa que lleva su nombre en la avenida murciana. También era el último día del querido diario ‘Línea'». 

Muchísimas gracias Diego Gómez por tu puntualización y por tu rigurosa información.

No sólo de propósitos vive el hombre

IMG_7306.jpg¡Último día del año! Tan sólo un día más, o un día menos, según se mire, un día cualquiera en nuestras vidas llenas de días, horas, minutos y segundos que dejamos pasar, en ocasiones, sin pena ni gloria. Tiempos perdidos, en muchos casos, en lo insignificante. Sin embargo, estos momentos de cambios suelen ser propicios para pensar en balances, para comenzar proyectos e incluso para hacer borrones y cuentas nuevas en nuestras vidas, como si todo se arreglase en unas pocas horas, sin pensar en que lo duro y lo difícil de este trabajo –vivir –se lleva a cabo el resto del tiempo. A veces no es fácil saber lo que uno quiere, frecuentemente más sencillo es determinar lo que no quiere, pero una vez que lo conoce sólo ha decidido el camino, queda emprender la marcha y mantener el rumbo, lo que resulta más complicado de todo. Por eso es importante que fijemos bien éste.

En estas fechas solemos banalizar con lo que le pedimos al nuevo año y con aquello a lo que nos comprometemos: a ir al gimnasio, a adelgazar, a dejar de fumar… que no digo yo que todo esto no sea beneficioso para la salud de uno mismo, y ni aún así no lo cumplimos. Pero ¿alguna vez pensamos en el resto? No es habitual que entre nuestros propósitos de año nuevo se cuelen decisiones buenas para los demás. No señalo a nadie, mi caso es el primero. Y no se trata de imponernos grandes gestas que cambien la historia del universo porque ninguno de nosotros somos tan eminentes y, probablemente, aunque lo intentásemos no tendríamos la capacidad de hacerlo; pero sí podemos ser protagonistas de pequeños gestos que perturben positivamente la vida de alguien, y por ello también las nuestras. Se trata de hacer lo que está en nuestra mano, a nuestro alcance, incluso sin grandes esfuerzos, simplemente proyectando nuestros mejores sentimientos.

En cuanto a los balances… pues no suelen ser ni blancos ni negros, siempre hay matices; aunque unos tendemos a empañar todo de negro dando importancia absoluta a los peores momentos y olvidando que siempre hay y hubo algo bueno. Por otro lado, los más optimistas tratamos de ver el vaso medio lleno, esperando y aguardando mejor ventura para el año nuevo, lo que es del todo injusto pues, por un lado, de los periodos más oscuros también se aprende y, por otro… de qué podemos lamentarnos. Para nosotros (mi familia) no ha sido un año fácil en cuanto a sentimientos, las ausencias han marcado muchos de nuestros momentos. Sin embargo, mi hermana Raquel nos dio una bonita lección con su brindis de Navidad. Brindó porque este año ninguna bomba ha derrumbado nuestras casas; brindó porque este año ninguno hemos muerto aplastado por las mismas; brindó porque no hemos tenido que abandonar nuestras casas y nuestra tierra; brindó porque sus hijos no tienen una enfermedad grave o sin cura; brindó porque ni un solo día ha faltado el pan en nuestra mesa… por todo esto, y muchas cosas más, brindó. Brindamos.

Y después de esto, ¿cómo crees que ha sido tu año?

Qué injustos son a veces nuestros juicios.