Très chic

Alguna vez oí, no recuerdo dónde ni a quién y tampoco si era exactamente así la afirmación (aunque su sentido era el mismo), que quien posee la verdadera elegancia ha olvidado que la tiene. Y es que ésta es, sin duda, una gracia natural porque no hay nada que resulte menos elegante que la galantería y la galanura impostada, por lo tosca y ridícula que puede llegar a ser y porque es imposible mantener la pose sine die, evitando todo descuido, cuando no es ‘il tuo modo di essere o fare’, que dirían los italianos, o el clásico ‘savoir faire’ francés.

Hasta la mismísima Marlene Dietrich, icono de la distinción allá por los años 20, revelaría, como hipérbole de lo laborioso de esta virtud, que no solía desmayarse porque no estaba segura de caer con elegancia. El garbo va mucho más allá de la vestimenta y los atuendos, tiene más que ver con la forma de hablar, de mirar, de moverse, de actuar y  sentirse que con aquello que se lleva puesto. De ahí la dificultad de aparentarlo o simularlo con relativo éxito.

Así, por ejemplo, más allá de sus casi 90 años, mi admirada Sophia Loren jamás ha sido pillada en un renuncio a lo largo de su dilatada carrera y su intensa exposición en los medios. Además, a su edad, aún sigue afirmando que se gusta al mirarse al espejo porque aunque el cuerpo cambia, no así la mente. Y ahí reside su salvaje y bárbaro magnetismo.

Al igual ocurriría, también, con la actriz y cantante Ana Belén a quien el paso de los años no ha restado elegancia, más bien todo lo contrario, ganando en madurez, templanza, matices y maneras que la hacen aún más interesante, destacando la belleza de su conversación y de su característica expresión o mueca.

La elegancia no es, en ningún modo, escandalosa ni excesiva sino sutil y natural, de ahí su dificultad para interpretarla. Es un ligero y voluptuoso movimiento que emana y se escapa de algunos seres sin la necesidad de pensarla, buscarla o forzarla. El très chic francés es actitud, carácter, ademán y conducta; que se percibe por el resto con cierta admiración, deleite y, también, anhelo o codicia.

Y es que según el dramaturgo y novelista francés Honoré de Balzac, representante del realismo del siglo XIX, “elegancia es la ciencia de no hacer nada igual que los demás, pareciendo que se hace todo de la misma manera que ellos”.

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