Pequeña gran revolución

ba651160-f0a9-4933-adbb-31049099ff8d.JPGNo andaba muy desacertado Mikel Izal cuando hablaba de ‘pequeña gran revolución’ en una de sus composiciones para la banda de música indie madrileña que lidera. Una revolución emocional, hormonal, sentimental, de pareja, familiar, profesional, física, psíquica y personal. Eso es el postparto. Una revolución estructural que comienza en los pilares de tu vida para afectarla toda.

Reconozco que en mi caso, tras los primeros días sufriendo las ‘cicatrices’ del parto: el dolor de los puntos, el cansancio, la subida de la leche y la readaptación de horarios –yo que siempre he sido muy organizada-, me encontraba bastante bien. Después de meses con una barriga que no reconocía –aunque ahora veo las fotos y me maravilla- había perdido siete u ocho kilos en apenas dos días de ingreso hospitalario. Me miraba al espejo y me decía: “¡Mónica, estás estupenda!”. Y pensando en la progresión auguraba que en un par de meses vestiría sin problema mis vaqueros (ahora son seis y por fin los llevo). A ese optimista estado de ánimo igualmente influyó que, durante las tres primeras semanas, tuve la imponderable ayuda de mi ‘santa madre’ que, antes de irse a trabajar, rescataba al pequeño ratón de mis brazos para acunarlo en los suyos durante treinta minutos que en la cama me sabían a gloria. También colaboraba en los baños del peque y permitía que me duchase, incluso me maquillaba, sin un espectador constante. Seguramente sería también la felicidad del momento.

Pero, una vez más, las expectativas poco tendrían que ver con la realidad. Superada la euforia de los primeros días vino lo que tanto me avisó quien me precedió. Te pruebas los vaqueros una y otra vez, esperando que sea más fácil abrocharlos, sin embargo el progreso es mínimo o nulo. Has perdido centímetros, obvio, pero te has estancado. Sigues recurriendo a los pantalones premamá porque son en los únicos en los que te sientes segura, no encuentras la forma de deshacerte de ellos y sabes que mientras no lo hagas no te exigirás ‘entrar’ en los otros, los de siempre. Recuerdo ahora una conversación con mi hermana cuando mi abdomen dejo de ser mío en la que se compadecía y me profetizaba un tiempo en el que sentiría el abandono de cualquier atisbo de belleza o sensualidad. Y es que nunca fue menos sexy andar por casa todo el día sin sujetador, pasando de la turgencia a la flacidez en función de la demanda del ‘pequeño ratón’. Y el confinamiento añade el agravante de estar todo el día en pijama. Te encantaría hacer deporte, pero siendo objetiva te conformas con poder ponerte crema tras la ducha. Sin tiempo que dedicarte es más difícil aún sentirte bien en tu cuerpo.

Y no sentirse bien hace más complicada la armonía en el ánimo. Si te dicen que estás estupenda piensas que es caridad, si no lo hacen es peor. Somos pura vacilación y desequilibrio, también para quien tenemos cerca. Un nuevo ser asombroso en cambio y sorpresa constante. Llanto espontáneo y alegría excesiva. Motor explosivo y ralentí inquietante.

“Desmayarse, atreverse, estar furioso,

áspero, tierno, liberal, esquivo,

alentado, mortal, difunto, vivo,

leal, traidor, cobarde y animoso;

no hallar fuera del bien centro y reposo,

mostrarse alegre, triste, humilde, altivo,

enojado, valiente, fugitivo,

satisfecho, ofendido, receloso”

Esto es el posparto y, como decía Lope de Vega en su soneto al amor, quién lo probó lo sabe.