Segundas oportunidades

487333_10151237893148914_375491090_nQue la vida pone a cada uno en su lugar, es algo de lo que no tengo duda a estas alturas de la película. Pero tanto en lo bueno como en lo malo, como en el matrimonio. Nunca he sido mujer de revanchas ni venganzas, ya que siempre he considerado que es malgastar esfuerzos y tiempo, y de esto último voy un tanto escasa últimamente –me imagino que como el resto del mundo, ya que es el mal del siglo XXI –. Además poco a poco he aprendido que hay un equilibro sobrenatural en las cosas que las ordena y compensa sin necesidad de la intervención humana.

Mi amiga Ana Lacasa definiría esto como el Karma, una energía trascendente que evalúa los actos de las personas a través de una especie de ecuación matemática cósmica de causa y efecto. Recuerdo cuando hace unos años ésta decidió dejar de participar en las tertulias femeninas de ‘chismorreo’ de la redacción de un extinto periódico regional en el que trabajábamos, o al menos sólo lo hacía de oyente, ya que aseguraba que todo lo que dijese sobre alguien se le volvería en su contra y estaba dispuesta a comenzar una nueva vida en paz. La verdad que resultaba realmente entrañable, pero ella nunca necesitó hacer eso porque es una de las mujeres más humanas que he conocido nunca y sería incapaz de hacer daño a nadie incluso aunque lo pretendiese. Sin embargo, así nos daba una importante lección de vida a las demás aquella tarde.

De este modo, aunque creo que los acto nocivos tienen repercusiones negativas en el devenir de las personas, no soy catastrofista y también entiendo que la vida otorga la oportunidad de resarcir los errores, en primer lugar, y sobre todo de compensar las injusticias sufridas porque, como rezaba el eslogan de aquel negocio de compra-venta de artículos de segunda mano, yo ‘creo en las segundas oportunidades’.

Son muchos los que aseguran que las segundas oportunidades nunca fueron buenas, sin embargo es causa justa dar la opción de enmendar los errores a aquellos que los cometieron, sin que, por supuesto, esto se convierta en costumbre. No creo en el castigo a los que nos equivocamos; sí en la penitencia, ya que todo error conlleva unas consecuencias. Además, considero que también hay quienes soportan situaciones de las que no son responsables y que la vida les ‘debe’ una nueva oportunidad. ¿O acaso no tiene derecho a vivir un nuevo amor aquellos que sufren un desengaño? Estoy segura que hay segundas oportunidades mejores que las primeras. ¿No le damos segundas oportunidades a las prendas de otras temporadas almacenándolas en nuestros armarios a la espera de que se vuelvan a poner de moda? Pues mucho más a las personas, que además no ocupan espacio en los cajones.

Pero somos tan testarudos que en ocasiones necesitamos acontecimientos o situaciones contundentes que nos prevengan de nuestro desatino y nos hagan enmendar el rumbo, cuando sería mucho más sencillo y también meritorio reconocerlo sin tales hechos, ya que no suelen resultar agradables, aunque sí rotundos.

Así, esta semana era otra ex compañera y gran amiga, Sara Rubira, la que nos daba (a su grupo de ‘colegas’) una lección y nos enseñaba como la vida puede dar oportunidades para escribir segundas partes de una novela ¿verdad? Con tu fortaleza, tu valentía y tu optimismo esta vez nos has enseñado que a veces es bueno parar y pensar qué hace uno con su vida, porque si vives demasiado deprisa se te escapa el tiempo.

¿Tomamos un café?

No recuerdo la primera vez, pero sí la mejor. Es curioso, uno siempre recuerda su primera vez. Quizás no fue demasiado especial. La mía –me refiero a la mejor –fue en Viena, hacía frío –aunque creo que no era invierno –, estaba empapada por la lluvia y cansada de tanto caminar cuando decidí pararme a descansar y buscar un lugar caliente donde reponerme y templar un poco el cuerpo. Era apenas una adolescente. Me acompañaba una amiga que posteriormente me ‘escoltaría’ el resto de mi vida. Juntas cruzamos la puerta de aquella cafetería nada especial, pequeña y desprovista de cualquier encanto en el corazón de una de las ciudades más maravillosas del mundo. Con la cantidad de bohemios y clásicos cafés que pueblan esta urbe sólo a nosotras se nos ocurre resguardarnos en aquel rincón.

Creo que si cierro los ojos aún puedo notar su sabor en mis labios y su tacto caliente entre mis manos. Sí, fue precisamente en la ciudad imperial donde comencé mi idilio con el café. ¿Qué habíais pensado? ¿Acaso se me ocurriría desnudar mi alma así en publico a las primeras de cambio? No amigos, aún quedan unos cuantos artículos más antes de que pierda del todo el pudor.

Jamás olvidaré aquel delicioso cappuccino servido en bol para cereales. Con los años, he llegado a pensar que quizás no era el sabor de aquel café -lo que resultaría lo más probable, -sino las condiciones y las circunstancias que rodearon el momento. Sin embargo, sea como fuere, el recuerdo nítido de aquel viaje y aquel instante me ha acompañado desde entonces convirtiéndome en una incondicional de esta infusión.

Me gusta el café. No lo tomo por costumbre, ni por despertarme o socializar; ni siquiera por intentar escaquearme del trabajo unos minutos –costumbre muy española –. Todos estos serían efectos secundarios, en todo caso. Mi principal razón para tomarlo es porque disfruto de su sabor y su aroma como con pocos alimentos o bebidas me ocurre. Así, hace apenas unos días, cuando compartía con unos amigos uno de esos supuestos momentos para tomar café, en el que te tomas cualquier cosa menos esto, y mientras Jorge nos contaba como en uno de sus viajes a Colombia se ‘colgó’ de esta bebida e Inma reparaba en que quizás este sería un buen tema para uno de mis artículos, yo caí en la cuenta de que, pese al nombre de la columna, jamás le había dedicado unas palabras.

¿Por qué había elegido ‘Café Con Moka’? Pues quizás porque en torno a un café suceden y han sucedido cosas maravillosas en mi vida. El café es la excusa perfecta para quedar con una persona, para conocerla, para sincerarse con un amigo, para crear momentos de intimidad y compartir confidencias, para cerrar negocios o para desconectar durante unos minutos de los mismos.

El café de la mañana es un momento de intimidad con uno mismo, o quizás con aquella persona que tienes más cerca. En el trabajo supone un instante de camaradería y acercamiento que hace que los compañeros se conviertan en mucho más que esto, hasta llegar a ser imprescindibles. ¿Verdad, Carmen? El primero de la tarde puede incluir, en el mejor de los casos, sofá y manta o confesiones entre amigos. ¿Cuántos de estos contaremos ya Rebeca? Y el de la noche (siempre descafeinado) es el momento de reposo tras la tormenta. Tal es la trascendencia de alguno de estos instantes que, esta misma semana, quien ha custodiado mis años en la distancia desde aquel café vienés (Mari Carmen) confesaba: “Lo que daría yo por tomarme ahora un café con Moka”.

Así que este artículo va por todos los cafés deseados y que no nos hemos tomado.

Como las lentejas

Como las lentejas, que si quieres las tomas y si no las dejas, son las relaciones de pareja: lo que hay es lo que ves. No quiere decir esto, en ningún caso, que lo que hay no merezca la pena, pero son unas lentejas no un solomillo al foie. Aunque éstas estén riquísimas, que lo están, el problema surge cuando queremos que sean solomillo. Y esto, amigos míos, es imposible. Las lentejas pueden llevar sus patatas, su chorizo, su verdura… pero jamás serán solomillo, por mucho que uno se empeñe. Una puede obstinarse pretendiendo hacer de unas lentejas un solomillo, y acabará comiendo lentejas. Pues con las relaciones de pareja pasa igual, una puede empeñarse en hacer de su compañero un hombre, por ejemplo, cariñoso, pero acabará acostándose con el mismo hombre ‘rancio’ de siempre.

Creo que esto, consideraciones gastronómicas aparte, puede sonar muy radical y, por supuesto, poco romántico, pero es que estoy cansada de ver hombres y mujeres que se ponen una venda en los ojos y pintan su mundo de color de rosa, rosa cursi además, cuando realmente es de color amarillo. ¿Y qué tiene de malo el color amarillo? ¿O el azul? ¿Y el rojo? Todos los demás somos capaces de ver la verdadera tonalidad, pero ellos se empeñan en adulterar los colores, lo que no conlleva más que constantes desaciertos que degeneran en una falta de ilusión crónica, dejando de vivir su vida y, sobre todo, de disfrutar su vida en pos de aquella que les gustaría llevar, y esto funde del rosa al negro, sin tonalidades intermedias. No se trata de conformarse con cualquier cosa, ya sabes: sino las dejas; pero sí de ser realista y aplicar la cordura y el sentido común para esmerarte en el aliño de dichas lentejas y degustarlas en su mejor versión.

Es más, cuando uno deja de pretender que su pareja sea la media naranja que había idealizado empieza a descubrir actitudes y aptitudes que le sorprenden, mucho mejores que aquellas que había apuntado en su lista de ‘compañero ideal’. Es decir, cuando dejas de intentar que tus lentejas sean solomillo empiezas a descubrir sabores y aromas en el guiso completamente seductores, y propios de dicho plato, que hacen las delicias de tus sentidos. Es muy probable que la terquedad por convertir a tu chico –o chica, cada uno que lo aplique al caso –en un hombre romántico te impida ver su versión más graciosa o responsable, por ejemplo, y te convierta en una insatisfecha, cuando además, quizás, la solución esté en tus manos.

Muchas veces, ambicionamos y demandamos en nuestra pareja comportamientos concretos olvidando lo que nosotros estamos ofreciendo. Es más, cuanto mayores son nuestras demandas, menores suelen ser nuestros ofrecimientos. Sin embargo, si uno comienza a dar lo mejor de si mismo, es muy probable que como si de un acto reflejo se tratase, ocurra lo mismo con la persona que tenemos enfrente.

Una vez que uno reconoce y conoce a su pareja es mucho más fácil encontrar la receta perfecta, con las especias, los condimentos y el tiempo de cocción oportuno para saborear el mejor de los menús.

 

¡Buen provecho!

Tú concilias, él concilia, vosotros conciliáis, ellos concilian… ¿Y nosotras?

fabianciraolo7Reconozco que una no siempre se levanta de la cama con la sonrisa en la cara, fabulosa y llena de amor para repartir, pero es que la sensación de no llegar a nada de lo que te propones, de frustración e insatisfacción que a veces nos recorre es difícil de disimular. Levantarse un día tras otro con el montón de plancha en constante crecimiento –que te entran ganas de cerrar la puerta de la habitación y olvidarte de lo que hay detrás de la misma porque a efectos entrar a ésta es como hacerlo al mismísimo Mordor –, con lavadoras y secadoras por poner, con listas interminables de mails por contestar y con los requerimientos laborales acumulándose en la agenda no resulta especialmente motivador o inspirador.

En este sentido, si hay algo que me produce profundo mal estar es el traslado de tareas de un día a otro –por la imposibilidad de acometerlas cuando te habías propuesto –arrastrándolas con desanimo a lo largo de toda la semana con el resultado de sábados y domingos auto-laborales. He intentado miles de técnicas para evitar esto, pero también para ponerlas en marcha hacer falta tiempo, y precisamente esto, señores y señoras, es de lo que carecemos las mujeres del siglo XXI.

Por muy temprano que te levantes, no es posible llegar… ¿Cuántas veces han exclamado aquello de ‘a mi día le faltan horas’? Y es que aunque nuestros maridos, padres, hermanos, amigos o compañeros lleguen a casa a las tantas de la noche, después de jornadas agotadoras de trabajo en las que, seguro, se han tenido que enfrentar a miles de indeseable situaciones y trascendentales decisiones –no les quito yo mérito –por desgracia, aún, en la mayoría de los casos su ‘martirio’ acaba ahí. Sé que con este artículo me puedo ganar el desfavor de algunos hombres, igual que también sé que hay excepciones… pero seamos sinceros, y sobre todo vosotros sed sinceros con vosotros mismos: ¿Cuántos lleváis el peso de las tareas domésticas y familiares en vuestro hogar? o, al menos, ¿Cuántos lo compartís al 50%? Es verdad que cada vez hay más caballeros que ‘ayudan’ o ‘colaboran’ en casa, pero es que eso no es suficiente…

Si a todo esto le sumamos que desde las administraciones no lo ponen nada fácil para conciliar, la mayoría de las empresas tampoco y de las autónomas, caso que me ocupa, ni os hablo… la situación a veces puede ser de trapecista de circo haciendo piruetas para salvar la situación. Además, esta semana leía una noticia que aseguraba que las mujeres cobrábamos de media unos 6.000 euros menos que los hombres por desempeñar el mismo trabajo, o lo que es lo mismo, tendríamos que trabajar 79 días más al año que los hombres para cobrar lo mismo… ven como sale la cuenta: nos faltan horas, concretamente casi 1.900 horas.

Y todo esto sin contar con el factor hijos, del que afortunadamente de momento no tengo que preocuparme. Sinceramente chicas no sé como lo hacéis para conseguirlo, mi admiración más absoluta. ¿Entienden ahora el síndrome femenino de estar siempre agotada?

Te levantas por la mañana, te duchas, te vistes, te maquillas –porque además hay que estar mona –te tomas el café, haces la cama, friegas los platos, recoges la cocina y los baños… en el caso de las madres, a todo esto hay que sumar el equipamiento de la prole y su traslado a los centros escolares. Después de la aventura doméstica, llegas al trabajo, miles de cosas por hacer, todas para ayer y sin saber cómo priorizar ¿os suena? ¡Salvada por la campana! Dan las 15.00 horas y vamos de vuelta a casa para entrar a la cocina y preparar el sustento que permita a la familia continuar la jornada –las que además somos malas en la cocina lo tenemos más difícil aún, y eso que yo pongo todo mi empeño… incluso me he comprado un libro de recetas, pero aún no he tenido tiempo casi ni de abrirlo –. Y toca el turno de tarde, más o menos hasta las 20.00 horas en presencia física, porque después ¿quién no se lleva trabajo para casa?

Y cuando llegas al ‘hogar, dulce hogar’, a la frustración por las tareas sin hacer se suman, como ya he dicho los quehaceres domésticos… ¿y quién es la gran perjudicada de todo esto? Pues una misma, que no consigue tener tiempo para ‘sus cosas’, para aquello que le apetece hacer: gimnasio, mejorar el inglés, un blog personal… Las aspiraciones se pierden entre las obligaciones.

Y todo esto porque no consigo sacar ni 15 minutos para dedicarme en la peluquería.

La ‘pornostar’ que llevamos dentro

pin-up-500-20“Vivimos observando sombras que se mueven y creemos que eso es la realidad”, decía José Saramago, haciendo clara alusión al relato platónico de la ‘Alegoría de la Caverna’ narrada al comienzo del libro de La República; pero como en éste, en la vida, las sombras, sombra son, aunque no nos alcance la vista a ver lo que hay más allá.

Esta semana, coincidiendo con el estreno de la adaptación al cine de la novela, ‘Cincuenta Sombras de Grey’ recibía en mi bandeja de correo electrónico un mensaje con el siguiente asunto: “El Señor Grey la recibirá ahora”. Esta claro que no era más que parte de la sobredimensionada campaña de publicidad de la misma, pero me llamó la atención ya que jamás había llegado a mi correo algo similar de ningún otro film. Está claro que ha supuesto un fenómeno de masas, del que una vez más me quedo fuera.

Si Platón levantase la cabeza quizás se ofendería al ver el uso que en este artículo hago de su magnánima obra para hablar del fenómeno literario y, también ahora, cinematográfico, pero ese disgusto, al igual que Saramago, dadas las circunstancias se lo va a ahorrar. Comenzaré diciendo que no he leído el libro, así que en este caso hablo de oídas. Tampoco creo que vaya a ver la peli, no por nada, creedme, sino porque afortunadamente hay en cartel un interesante número de buenos films que aún tengo pendientes. El caso es que la tentación –nunca mejor dicho –, sobre todo en el caso del libro, tenerla la he tenido ya que eran muchas las amigas y conocidas que me lo recomendaban, incluso también hubo algún hombre enganchado que me animó a adentrarme en las ‘perversiones’ sexuales de Grey, pero mi determinación fue más fuerte.

Probablemente os estéis preguntando a qué se debe mi negación a la saga de las sombras… Bien, en primer lugar, simplemente tiendo a huir de aquello que viene clasificado por géneros. No creo en la literatura para mujeres, que tan de moda se ha puesto en los últimos años. Para empezar, porque las mujeres somos las principales lectoras de libros en todo el mundo, con lo que delimitar ciertos géneros para éstas hace flaco favor a nuestra inteligencia. No necesitamos novela rosa para engancharnos con un ejemplar.

En segundo lugar, creo que, en este caso concreto, se trata de una adaptación un poco subida de tono –porque según tengo entendido tampoco da para tanto –de las típicas historias de amor adolescente, y vender esto como literatura erótica femenina es poco menos que un insulto a las mujeres.

En la supuesta novela de sexo y libertinaje, el ‘obsceno’ es una vez más el hombre y es ella quien queda rendida a sus pies dejándose hacer todo cuanto a él le apetece, que, como ya he dicho, tampoco es gran cosa… Ella aparece, una vez más, como una mujer dócil y un tanto inexperta en el arte amatorio y, según las críticas de la película, las escenas más X no pasan de ser clasificada como no recomendadas para menores de 13 años. Sinceramente estoy segura de que cualquier escena casera de sexo diario es más atrevida y sexy que la mejor de las historias de la película.

Nos han vendido, no se quién ni con qué intención, que la mayoría de las personas tenemos una vida sexual aburrida y cutre, sin embargo creo que, como en la caverna, lo que creemos no son más que sombras de la realidad. Deshagámonos de complejos y falsos mitos y encendamos las luces para evitar las sombras, no hace falta ir al cine para hacer, tener o ver buen sexo, ya que estoy segura de que cada uno, evidentemente en la intimidad, desata la ‘pornostar’ que lleva dentro.

Mujeres de guerras ganadas

10956216_869114706467931_8404700097186475952_nEstoy segura de que todos habéis escuchado alguna vez aquello de que “detrás de todo gran hombre siempre hay una gran mujer”. Pues bien, el recién estrenado primer ministro griego, Alexis Tsipras, debe no tenerlo muy claro, porque, no sabemos detrás, pero al lado ha dejado bastante claro no querer tenerlas. Lejos de consideraciones políticas e ideológicas –pues este no es el foro ni, el mío, el tono más adecuado para ello –llama considerablemente la atención que éste no haya incluido ninguna ministra en su ‘flamante’ Equipo de Gobierno. Como suele decirse, “si lo hace aposta no le sale”.

Tengo que reconocer que la frase con la que abro el artículo nunca me gustó del todo porque en su esencia –quizás para algunos siendo un tanto rebuscada –le encuentro cierto ‘tufillo’ machista que no me convence. Parece colocar a la mujer siempre detrás de una figura masculina más relevante que ésta y a mí no me gusta lo de ir en pos de nadie, aunque peor es no ir, como en este caso. Una mujer no es grande por estar delante o detrás de un hombre, lo es por si misma y en igualdad de condiciones, cosa que, por desgracia, no siempre se da y, siendo yo una mujer muy condescendiente, esto sí que no dejo que me lo discuta nadie: Se ha hecho mucho, pero aún queda un tanto por hacer. Y sino que se lo digan a las griegas…

Bueno, el caso es que tanto llama la atención la foto de su masculino equipo, que bien podría subtitularse ‘Todos los hombres del presidente’ –sí, ya sé que hay que cambiar lo de presidente por primer ministro, pero no seamos quisquillosos –, que los medios de comunicación de todo el mundo se hacían eco de la noticia, en algunos casos con ingeniosos titulares que ocupaban las portadas de los principales periódicos, mientras que otros aprovechaba la ocasión para hacer propaganda anti-feminista con encabezamientos como “enfado feminista por el gobierno griego sin mujeres”. Oiga no, enfado feminista no, enfado de sentido común, y si cree lo contrario hágaselo mirar.

Tsipras ha asegurado, en su defensa, que ha tratado de ‘poner’ a los mejores, algo que yo nunca podría discutir, pero pretende que me crea que ¿no hay ni una sola mujer con acreditada solvencia para ocupar alguno de los puestos? Sinceramente, y aunque tampoco sé si estoy totalmente de acuerdo con las listas cremallera o paritarias por obligación, lo que sí sé es que no se puede gobernar Grecia sin las griegas, eso es discriminación.

Pero si los medios recogían la noticia, era en las redes sociales donde se desataba el verdadero ingenio de la gente bajo la etiqueta #SinMujeresNoHayDemocracia que se convertía en trending topic o tendencia en Twitter en tan sólo unas horas. “No queremos mujeres por su condición, sino por su preparación”, “Mientras los que me gobiernen sean honrados, me da igual que sean hombres, mujeres o chimpancés” o “No creo en las paridades, creo en las capacidades, pero cuesta creer que no haya encontrado ninguna”, eran algunos de los mensajes que se podían leer, entre los que había opiniones para todos los gustos. Todo esto, lo que pone de manifiesto es que el debate por la igualdad sigue estando más presente de lo que imaginamos.

Sin irnos muy lejos, precisamente esta misma semana ‘colgaba’ en mi perfil de Facebook la foto de una eurodiputada, en este caso italiana, que durante tres años acudió al pleno del Parlamento con su bebe, y aunque esta imagen pudiera resultar tierna en un primer vistazo –en las instantáneas se veía a la pequeña votando las propuestas con su madre –una segunda lectura refleja las dificultades a las que aún se enfrenta la mujer para conciliar la vida familiar y laboral. Sin embargo, como soy optimista, un tercer escrutinio demuestra que a pesar de que, a veces, no lo ponen fácil no hay imposibles para la voluntad, y en esto tienen un máster las mujeres, mujeres de guerras ganadas.

 

 

Frases que te arruinan el día

roadtripEs increíble la capacidad que tienen unas pocas palabras para arruinarte el día. Y es que hay que ver lo mucho que tienes que hacer para alegrar la jornada a una persona, y aún así nadie te garantiza que lo consigas, y sin embargo para estropearla basta con un simple comentario. Además, es especialmente curioso como te la pueden ‘joder’ igual la persona a la que más quieres –y en principio ésta también a ti –o aquella a la que odias y no puedes ni ver. Hasta un desconocido tiene el poder para influir en tu día de una forma drástica con tan sólo pronunciar unas palabras. Será que nos hemos convertido en seres un tanto susceptibles, pero no me negarán que, en alguna ocasión, poco más de tres palabras han conseguido acabar con nuestro ánimo.

Situaciones y frases hay muchas, sin embargo en este artículo he querido recoger algunos contextos que todos, absolutamente todos, experimentamos casi a diario. Veréis como os suenan…

Empezaré por la primera del día, cuando aún ni te has levantado de la cama apurando esos cinco minutos más que, hay que reconocerlo, tanto gustito dan. Tú te debates entre sacar un pie o no por debajo del nórdico y de repente un grito te pone en alerta: “¡Cariño no sale agua caliente!”. Después de esto da igual lo que venga, tu jornada será una auténtica pesadilla, teniendo en cuenta que además llevas el pelo sucio… no se me ocurre peor tortura. También durante las primeras horas, y sin abandonar el hogar, uno se puede encontrar con la terrorífica expresión de: “No queda café”. Y tú que te has levantado y arrastrado hasta ducha con el único objetivo de adecentarte y tomar la dosis necesaria de cafeína para afrontar las horas que quedan por delante, miras al cielo y piensas: “Señor, qué he hecho yo para merecer esto”.

Pero en el trabajo, la cosa aún puede ser peor. Imaginen llegar a la oficina y encontrar el recibimiento del jefe con la típica cantinela: “Puede pasar usted a mi despacho un momento, por favor”. Y encima lo adorna con el ‘por favor’, nada bueno puede salir de ahí. Sin embargo, siendo optimistas pensaremos que simplemente te pregunte “¿tiene aquello que le pedí preparado?”, en ese caso lo mejor es responder siempre: “estoy en ello”. Por el contrario, si comienza con un “sabe que estamos muy contentos con usted, pero las circunstancias…”, no hace falta que termine la frase para adivinar que estás de patitas en la calle.

Pero las personas no son las únicas que pueden arruinarte el día con una frase, las máquinas también están ya capacitadas para esto. Por ejemplo, no me dirán que no es un auténtico fastidio leer en el salpicadero del coche: “No battery” o “Out of gas”, o lo que es lo mismo: “Sin batería” o “Sin gasolina”. Los paneles de tráfico son expertos en dar malas noticias: “Retenciones de X Km”, “Atasco en X Km”,… Y qué me van a contar de los contestadores automáticos o grabaciones de voz: “El número de teléfono al que llama no corresponde a ningún cliente”, aunque yo personalmente odio más: “Este es el contestador de ……. deje su mensaje al oír la señal”.

Pero si hablamos de máquinas, hay dos palabras que son las que más ‘joden’ por excelencia: “Sin saldo” en la pantalla del cajero automático. Aunque en este caso es algo íntimo entre usted y él, pero qué ocurre cuando esto se traduce en un “Perdone, pero la tarjeta no pasa”… ¡Menudo bochorno!

Las amigas, que están siempre para echar una mano, aunque sea al cuello…, también tienen sus momentos de grandeza con el típico: “Nena, estás más gorda ¿no?” o en afirmativo: “Te has dejado un poco en los últimos meses”, aunque el colmo de los colmos es cuando un conocido te pregunta: “¿De cuánto estás?”. Después de ese momento no hay quien levante tu moral.

En pareja son muchas las situaciones que se pueden plantear: “Cariño, esta semana viene mi madre/hijo a pasar unos días”, “No me viene la regla” o, directamente, “Estoy embarazada”. Pero sin duda, si hay una frase a la que todos tememos por encima de todas, es aquella de “Tenemos que hablar”.

La cita perfecta

loui-jover02“Corta. Que sea corta. Si se alarga, acaba en relación… Porque si es perfecta me la quedo para siempre, ¿no?”.

Como suele ocurrirme con la mayoría de las cosas, me resulta mucho más fácil definir algo por lo que no es que por aquello que realmente lo representa. Así que, a la hora de precisar qué sería una cita perfecta, vienen a mi recuerdo miles de situaciones concretas que están lejos de convertirse en, siquiera, una cita. Sin embargo, me cuesta un poco más encontrar un referente top que sirva de medida para el resto. Si, como pretendo en este artículo, generalizamos sobre este asunto, la cosa se complica bastante más porque cada ‘enamorado’ es un mundo. Hay quienes prefieren algo romántico, otros un plan cultural, quienes quieren ‘pegarse’ la fiesta y los que optan por alternativas más íntimas.

“El 50% de las mujeres consideran que una tarde en el cine puede ser la primera cita perfecta”, según una encuesta de un conocido portal de citas en Internet. Y yo, que adoro el cine, no saco una lectura nada positiva de esta conclusión. Una primera cita no es ni más ni menos que una oportunidad para conocerse, con lo que si uno opta por el séptimo arte pocas posibilidades o, lo que es peor todavía, pocas expectativas o interés tiene en descubrir a su acompañante, lo que te sitúa directamente en una segunda cita al efecto de suplir la primera, alargando un proceso que desconoces si te resulta rentable, o en una versión más abreviada: toque de corneta y retirada. Si uno tiene ciertas dudas, lo mejor en estos casos es optar por una alternativa que no ‘comprometa’ pero que permita cierto acercamiento. ¿Un café? Si la cosa va bien, siempre se puede alargar con cualquier excusa; pero si por el contrario no interesa, será poco más de una hora de penitencia. La versión trasnochada del café tampoco está mal, ya que en caso de catástrofe un par de copas de más y al día siguiente si te he visto ni me acuerdo.

Otro debate polémico es el de ‘beso en la primera cita sí, beso en la primera cita no’. Esto, amigos, no es para pensárselo porque no hay reglas escritas, aunque literatura al respecto mucha, sobre la conveniencia y la efectividad de besar en el primer encuentro. Si hay beso es que ha sido buena, al menos hasta le momento… porque un mal beso puede arruinar una cita perfecta, aunque amigos no me voy a detener en esto porque da para un artículo entero.

En la puesta en escena de una cita perfecta el atrezo suele estar repleto de topicazos: vino, copas, música, velas, el mar… Al menos en lo que sería una cita ideal. Pero siendo más realistas nos podemos encontrar con opciones mucho más terrenales: “Una muy buena. Yo me voy a casa a dormir mientras mi consorte se calza el delantal y prepara comida para un par de días o tres, me quita la plancha y pasa la mopa. ¿No me digas que no mola?”, reconocía mi hermana de forma privada vía WhatsApp mientras que en Facebook decía algo así como que “la cita perfecta la construyen los citados” dando igual en contexto y el escenario de la misma. En su defensa diré que es madre-trabajadora y le faltan muchas horas de sueño a la pobre.

Sin embargo, los tópicos no siempre son malos, ya que “la cita perfecta siempre acaba en desayuno” –FJ Alfonso –y esto es incontestable.

Así, tras debatir con amigos, conocidos y espontáneos sigo sin poder hacer una descripción clara de lo que sería mi cita perfecta, por lo que voy a robar una frase a mi amiga Carmen que pedía: “Corta. Que sea corta. Si se alarga acaba en relación… Es que si es perfecta me la quedo para siempre, ¿no?”.

Fotos de Loui Jover.

Treintañeras

(Imagen de Paula Bonet)

7846172504_c2857b2e26_o“La vida es larga” decía T. S. Eliot en su poema ‘Los hombres huecos’. Frase que recordaba el pasado miércoles mientras volvía a ver ‘Agosto’, una película muy coral con complicados personajes atormentados por su pasado y su presente y enormes interpretaciones femeninas que demuestran lo difícil que, a veces, resulta ser mujer.

Sin embargo, hay a quien la vida se nos pasa en un suspiro. Casi sin darnos cuenta cumplimos año tras año tan rápido que el viaje se nos hace excesivamente corto. Será que lo estamos disfrutando. Tanto es así, que incluso nos resistimos, o al menos a mí así me ocurre, a que acabe el día de nuestra celebración y casi ‘obligamos’ a los que están a nuestro lado a que nos sigan felicitando el día de nuestro ‘no cumpleaños’ durante algunas jornadas más para llevar mejor la depresión post-cumpleañera. Aunque sinceramente esto no sirva de mucho.

Conozco poca gente a la que le de ‘gusto’ cumplir años, aunque hay quien lo lleva bastante bien. Otros, por el contrario viven un auténtico drama anual. A mí personalmente no es algo que me duela especialmente, pero siempre que uno se adentra en una nueva decena sufre una especie de catarsis tras la que intenta dejar atrás muchas cosas pasadas y empezar un proceso purificador u optimizador de la propia persona. Es el momento perfecto para hacer balance, desprenderse de parte del equipaje, y continuar el viaje más liviano y sereno.

Lo peor de las decenas no son las expectativas que uno se pone, sino las que le imponen los demás. Este miércoles, el día que cumplía 31, una de las expresiones que más oí fue aquello de: “yo a tu edad ya…”. Y sí, en la mayoría de los casos la frase acababa con el tópico “ya tenía a los tres”, o sus múltiples variantes: “ya tenía a Pepito”, “ya esperaba el tercero”, “ya tenía uno y estaba embarazada del segundo”. Está claro que los 30 son los años de los hijos, así me lo han hecho saber todas mis coetáneas que ya ejercen de madres. Lo de casarse, ya ni te lo dicen, porque “se te ha pasado el arroz”, en todo caso sería la decena del “divorcio” como bien dice mi amiga Carmen.

Los 20 son los años de descubrirlo todo, de experimentar, de ser primero una cosa y luego otra. ¿Quién no ha sido primero hippie para luego descubrir que le va más la cultura underground, o viceversa? De tintarse el pelo de colores, llevar ropa de segunda mano, dormir en tiendas de campaña, ir al clase o al trabajo del tirón después de una juerga, combinar cuadros con rayas y otras muchas barbaridades más. Años en los que, bajo la excusa de encontrase a uno mismo, nos está permitido casi todo y encima no hay ni rastro de celulitis, piel de naranja o patas de gallo.

Cuando una llega a los treinta, se presupone que ya sabe quién es y lo que quiere… nada más lejos de la realidad. Es la etapa en la que una comienza a tomar determinadas decisiones y en la que, para la sociedad y sobre todo para los que tienes a tu lado, ningún error está permitido, al contrario que en la decena anterior. Avanzas en la vida como si caminases por un campo de minas. Toda precaución es poca con tal de no oír el dichoso “ya te lo decía yo”, o en su defecto el “ya no tienes 20 años”. Dejarás de saberlo tú.

Son los años de la independencia absoluta; aunque uno se fuese de casa en la etapa anterior, este es el momento en el que la madre se cansa de lavar y planchar el petate los fines de semana; así que te toca convertirte en el ama de casa que nunca fuiste. De la independencia económica y los mil malabares para llegar a fin de mes. Si tienes una buena posición laboral y económica serás el orgullo familiar, pero como no hayas alcanzado el éxito pocos mantendrán sus esperanzas en ti, porque “ya deberías haber despuntado”.

Con respecto a los hombres, ya llevas unas cuantas experiencias acumuladas, lo que te procura mayor serenidad y, sobre todo, menos prisas y desesperación. Son los años de sentirse a gusto con una misma, no necesitas una pareja al lado para reafirmarte. Se acabaron las noches de ‘caza’, no necesitas trofeos. Si por el contrario tienes pareja, consigues complementar tu amor propio con el que sientes por la otra persona. Y en el sexo, también empiezas a quererte más y a conocerte, queriendo agradar, como siempre, pero también que te agraden.

Y por si todo esto fuera poco, dicen que los 40 son aún mejor…

Hasta San Antón Pascuas son o ¿y ahora quién quita el arbolito?

fotoinauguraciónárbolnavidad¿Y ahora quién quita mi árbol de Navidad? ¿Quién? Estoy segura de que muchos de vosotros os estáis haciendo la misma pregunta ¿O me equivoco? Y es que cuando llega el 1 de Diciembre a todos nos invade un repentino espíritu navideño que nos arrastra a comprar de forma compulsiva adornos, lucecitas y arbolitos de Navidad que ‘ocupan’ nuestros hogares durante el último mes del año y los primeros días del que comienza. O al menos esa es la teoría, porque, sed sinceros, ¿cuántos de vosotros habéis ‘desmontado’ ya El Belén? Reconozcámoslo, que pereza da… y que lejos queda el buen rollo que sentías al mirar ese arbolito, el mismo p… arbolito que ahora deseas que desaparezca de tu vista sin dejar rastro.

Yo creo que aquello de ‘hasta San Antón Pascuas son’ lo inventó alguno para retrasar o, al menos, justificar el retraso en el proceso de desmontaje del kit navideño. Confieso que yo, mientras escribo estas líneas, miro mi arbolito en el rincón, ya apagado e indefenso, y no puedo más que adherirme a esta firme corriente en favor de alargar la vida a los adornos navideños. Sí, lo reconozco, por gandulería, pero ¿es que acaso no es esta una razón más que suficiente? Y es que para montarlos no ponemos tantos ‘peros’, sin embargo ocurre como con todo en la vida, una vez que lo hemos disfrutado pasa a ser una carga.

Sinceramente pensé que este año no iba a sucumbir a los encantos del espíritu navideño ya que con tanta mudanza había dejado en el camino o perdido todos los enseres de camuflaje roji-verdes, por lo que quien evita la tentación evita el peligro. Y así, pasaba el puente de La Constitución, que parece haber sido instaurado premeditadamente en los calendarios laborales para tal efecto, sin una sola guirnalda o lucecita en casa. Sin embargo, aún no podía cantar victoria. El 21 de Diciembre, a sólo un día de otra fecha clave en adviento: el día de ‘El Gordo’ de Navidad’, flaqueaban mis fuerzas y después de varias horas de compras volvía a casa con mi arbolito y mis fantásticos adornos estilo nórdico. Y tan contenta, claro. Aunque debo reconocer que lo mejor de todo fue la inauguración, con una botella de Champagne y buena música sonando de fondo en una fiesta bastante privada… ¡Y no digo más!

Pero, ¿y ahora qué? ¿Quién quita el arbolito, las luces, el belén y el resto de cachivaches? Tengo el arbolito en mi salón, la casa llena de velas y a los Reyes Magos en una balda de mi cocina. Sí, en la cocina. Es que hemos vuelto a la rutina y en el ‘living room’ molestan… Cinco son multitud.

¿Y los kilos? ¿Quién los quita? ¿Y las resacas? ¿Y los números rojos en la cuenta? ¿Y las caras de buen rollo y la amabilidad dónde se han quedado ya? ¡Que podo dura el espíritu navideño! Y es que el resumen de la post-fiesta puede ser: más kilos, la casa llena de chismes, las resacas y la banca rota. Y encima todos como locos intentando comenzar el 2015 de forma ejemplar apuntándonos al gimnasio o saliendo a correr, comenzando cualquier dieta depurativa para limpiar los excesos, ¿cuántos de vosotros habéis cenado ensalada?, iniciando la lectura de un libro, o al menos acomodándolo en la mesita de noche para tener buena perspectiva de éste mientras cogemos el sueño… Incluso yo, que soy anti-propósitos, me he propuesto hacer todas las mañanas la cama antes de irme a trabajar porque leí en algún ridículo artículo que era una gran forma de comenzar el día porque iniciabas la jornada con un proyecto cumplido… ¡Vaya tontería! Pero ahí estoy yo… Y todo por culpa de la ‘maldita’ Navidad, aunque ya estoy contando los días que quedan para la siguiente… ¡Como somos los humanos!