Malditas Mudanzas

Juicios tengas y los ganes, ha sido hasta ahora una de las maldiciones más certeras y maliciosas que uno podía utilizar, y eso que tiro piedras contra mi propio tejado pues mi hermana es abogada. No se si habéis tenido la desgracia de vivir o sufrir un proceso judicial, pero es de las cosas más horribles, tediosas y desesperantes que uno puede experimentar en su vida. Y aún si el veredicto es favorable podrás ver, en parte, recompensado el trauma, aunque la lentitud de nuestro sistema judicial imposibilita que se pueda hablar de que se ha hecho justicia, porque nunca se realizará en tiempo y modo. Sin embargo, desde hace unos días vengo pensando que he encontrado sustituta para tremenda condena: Mudanzas tengas y las hagas.

Durante la última semana vivo en el absoluto caos, y lo que queda. Desde que uno es consciente de que se cambia al momento en el que se encuentra completamente instalado en su nueva ubicación, además de que puede pasar más medio año hasta el momento en el que no queda ni una caja por sacar, uno transmuta de uno a otro estado de ánimo; y no me atrevería a decir cuál es el peor. De la ilusión del principio se pasa a la euforia de las semanas previas; pero según se acerca el momento vamos experimentando la ansiedad, el estrés, el mal humor, los nervios, el agotamiento, la desesperación, el arrepentimiento, la duda, la tristeza… hasta alcanzar el caos.

Uno nunca imagina que tiene tantas cosas. Nos acostumbramos a vivir entre las mismas y no somos consciente de cuánto llegamos a acumular y, sobre todo, cuántos enseres almacenamos que hace años que ni usamos. Si algo tienen de bueno las mudanzas es esa capacidad de devolverte a la realidad y mostrarte que eres tremendamente consumista. Tú que te crees una persona moderada te enfrentas a una imagen de ti que no quieres ver el resto del tiempo y con la que no te gustar reconocerte. Esto también implica que asumas la necesidad de reciclar, regalar, donar y tirar ciertas cosas, con lo que sirve para hacer una criba. Hay una filosofía de vida que se ha puesto muy de moda en los países asiáticos que asegura que podemos vivir con tan sólo 20 cosas (creo que esa era la cifra), pero de eso hablaré en otra ocasión.

Si el momento de recogerlo todo y reducirlo a bultos es complicado –porque no sabes dónde meter tantas cosas, porque no encuentras cajas para embalar tus pertenencias, porque te gastas casi el presupuesto de un mes en comprar cartones que después del transporte tiras al contenedor de reciclaje, porque hay elementos tremendamente complicados de empaquetar y la creatividad no te alcanza, porque te dejas los riñones subiendo y bajando paquetes, porque siempre se rompe algo… y sobre todo porque ves como tu vida, tus recuerdos y tus momentos de los últimos años se convierten en unas cuantas maletas –no hablemos de la llegada al nuevo destino, cuando vives entre cajas de cartón durante semanas, jamás encuentras lo que estás buscando por mucho que hayas tratado de etiquetar todo –lo peor es cuando no localizas la ropa interior -, lo que te obliga a seguir con tu vida e ir al trabajo con extrañas combinaciones y outfits porque es lo único que tienes a mano, a ingerir cualquier cosa decente que encuentres en los armarios o tirar de comida precocinada, por no hablar, como ya he dicho, de que puedes estar años desempaquetando y viendo cajas sueltas por la casa.

Y lo más gracioso de todo es que no es la primera vez que experimento esta anarquía, ya que no es mi primera mudanza, pero imagino que debe ser como el parto, que se olvida. O eso dicen las madres que han repetido la experiencia en más de una ocasión.

Sea como fuere, esta situación, por obligación, mantiene mi espíritu navideño guardado en una caja.

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Amistades virtuales

54Las redes han cambiado de forma asombrosa la manera de relacionarnos y actuar en sociedad. Hoy en día socializamos de un modo y con un número de personas que hace unos años nos resultaría completamente impensable. Este nuevo modelo de comportamiento ha hecho real aquello de “yo quisiera tener un millón de amigos” –que decía la canción –, ya que en Facebook, Instagram o Twitter (que son las que yo más controlo) contamos por miles los amigos o, en su defecto, seguidores, según el grado de intensidad que cada uno quiera dar a los vínculos. Me resulta especialmente curioso (apreciaréis como me incluyo siempre) como nos referimos a nuestros followers con absoluta cercanía y familiaridad cuando en muchos casos no hemos cruzado o intercambiado ni tan sólo una palabra o una mirada. Como nos reconocemos por la calle y nos saludamos con total naturalidad al encontrarnos después de años ‘de amistad’ virtual. E incluso como nos implicamos y nos afectan aquellas cosas buenas o malas que les ocurren a nuestros compañeros en la red. Y es que, aunque también puedo entender a los más escépticos con esto, estamos formando parte del día a día, del minuto a minuto, de estas personas vía digital y es imposible no estrechar, de alguna forma, lazos.

Yo también me había manifestado muy crítica con la intensidad que alcanzaban ciertas ‘relaciones’ virtuales considerando que había poco más que humo y ‘postureo’ detrás de las mismas. Sin embargo, hace unos meses experimenté como hay cosas que, por irracionales que puedan parecer a tu razón, ocurren. Confesaré que hace unos años y coincidiendo con el boom de los blogs personales me convertí en seguidora de decenas de estas páginas, pero el tiempo y la falta de éste equilibró mi nuevo vicio y mantuve el interés sólo por aquellas que realmente consideraba útiles o de mi absoluto agrado. Entre ellas destacaré la de una periodista que por su espontaneidad y franqueza, y por sentirme identificada con muchos de sus intereses y con su estilo de vida se convirtió en uno de mis blogs de cabecera. La página en cuestión es www.balamoda.net y su autora, Belén Canalejo, como he dicho compañera de profesión y madre de cuatro niños. Bien, pues tras una extraña, larga e injustificada ausencia de la misma–fuesen cuales fuesen sus circunstancias siempre atendió a sus ‘comentarias’ (como ella las llama) –reaparecía semanas después revelando que sufría un cáncer de mama. Volvía a nuestras pantallas de ordenador contando, a través de su videoblog, su experiencia al conocer la noticia y cómo estaba enfrentando la situación. Os diré, que ya su prolongado silencio consiguió alertarme, incluso trasladé mi preocupación a mi hermana –también seguidora de @Balamoda –y ambas coincidíamos en lo inquietante de su ausencia. Su revelación consiguió entristecerme y apenarme, y desde entonces he intentado seguir su evolución reconfortándome con las buenas noticias e inquietándome cuando no lo han sido tanto. Mi percepción es igual que con otras personas, conocidas, que han vivido situaciones similares. En ese momento, decidí dejar de lado mi prejuicio y suspicacia y vivir las relaciones tal y como suceden, ya sean digitales o analógicas.

No negaré que siempre preferiré una conversación con un café delante y la posibilidad de tocar, abrazar y mirar a la persona en cuestión, pero está claro que hay una nueva forma de relacionarse. También de pelearse o ignorarse, como decía una amiga mía: “¿Habrá algo peor que el que te bloqueen del whatsapp?”, pues quizás sí, en la vida real, que te hagan la cobra.

 

Universitarios

img_5768Los domingos son raros. Desde que uno comienza a asumir ‘ciertas’ responsabilidades en la etapa escolar empieza a ver este día de una forma distinta, con recelo. El domingo no es un día libre al uso, lo es sólo a medias, porque pese a que –por lo general –no tienes que acudir al trabajo ni mantienes la rutina de los laborables, tu cabeza se adelanta al tiempo y vive ya en el lunes, pensando en todo lo que te queda por hacer mañana y ultimando algunos preparativos para la semana. Los domingo son días de levantarse tarde, comer en familia, comprar el periódico, leer algún semanal… lo que no está nada mal. Pero, por el contrario, también son días de plancha, lavadoras, secadoras, preparar menús para la semana y hacer los deberes con los hijos, siempre corriendo y siempre a última hora. Son días en los que se amontonan las tareas y los sentimientos.

Pero si tuviera que elegir una imagen para este día de la semana sería la de los universitarios arrastrando sus maletas de vuelta a la ciudad. Que estampa más típica ¿verdad? Imagino que esta misma secuencia, o similar, se reproduce también los viernes, pero pasa más desapercibida en medio del ajetreo de la jornada. Eso, y que quizás el sentimiento que transmiten sus rostros es diferente y pasa inadvertido para mí. Los viernes son días de prisas y buen rollo. Buen rollo por volver a casa, por perder de vista durante unas horas los apuntes y por tener quien te cocine un plato en condiciones. Mientras que los domingos, el ánimo se resiente y sólo piensas en las horas de clase y pasta con tomate que te quedan por delante. Y es que no es lo mismo ir, que volver.

Es una imagen tan nostálgica, icónica y hasta cinematográfica. Decenas y decenas de jóvenes universitarios saliendo de la estación de autobuses y tirando de sus carritos por la ciudad, llegados de todas partes dispuestos a continuar su rutina académica. Siempre que los veo, normalmente también llegando en coche a la urbe, me pregunto ¿en qué irán pensando? Deambulan, en muchos casos tristes y callados, incluso melancólicos. Con los años uno olvida tantas cosas que se hace difícil recordar aquellos sentimientos.

Pero si hago un esfuerzo, aún consigo verme. Tan joven, aterrorizada y completamente desorientada en plena estación, en este caso de metro, de Ciudad Universitaria. Quince años atrás. En Madrid. Con 18 años recién cumplidos y una carpeta y cuatro bolis para enfrentarme al que, por aquel entonces, había sido mi reto más importante. Asustada y casi paralizada por una muchedumbre de gente incesante. Jamás había salido de mi pueblo. Elegí Madrid por mi padre, que tuvo que empezar a ganarse la vida desde muy joven y vivió en allí en su adolescencia trabajando en la construcción y pernoctando en una pensión de –como se podría decir –mala muerte en la Calle Desengaño. Sin embargo, pese a lo que pueda parecer, él recordaba con enorme alegría y nostalgia aquellos años, en los que asistía semanalmente al Bernabéu y coincidía con Antonio Molina desayunando. Años duros que sin duda no desfiguraron su buen carácter.

Treinta años después, imitaba sus pasos, con incomparables condiciones, pero con el mismo entusiasmo. Y como tantos jóvenes yo también topaba con mi desengaño. Recuerdo como en aquella estación de metro abarrotada de gente, al levantar la mirada en una pared leí:

“Que la vida iba serio

uno lo empieza a comprender más tarde

como todos los jóvenes, yo vine

a llevarme la vida por delante”.

Jaime Gil de Biedma.

Cinco minutos de tiempo

fullsizerenderEl tiempo es tan relativo. Hay minutos que se hacen eternos y horas que pasan como si fuesen un segundo. Hay momentos en la vida en los que a uno le encantaría cerrar los ojos y que todo lo que está por venir pasase en tan sólo unos instantes. Otras veces lo que nos gustaría es detener el tiempo y vivir perennemente en ese ratito. Y eso sucede tanto para las cosas más transcendentes, como para aquellas experiencias más insignificantes. Seguro que aún recuerdan lo largos que se hacían los cinco minutos previos al recreo, mirando cada segundo un reloj que parecía haberse detenido para siempre; y lo rápido que transcurría la media hora de éste.

Pero curiosamente con el paso de los años mi percepción del tiempo ha experimentado una curiosa desviación. El vivir constantemente con déficit de horas, para el trabajo, para dormir, de ocio, para la casa, para dedicar a mi familia, para invertirlas en mí personalmente… y quizás al tomar consciencia de que todo lo que pasa ya no vuelve y de que cada vez son más los años que contamos en pasado de los que –en virtud de la naturaleza –acumulamos en el futuro, me provoca una intensa sensación de vértigo. Me cuesta, cada vez más, disfrutar del momento presente agobiada por lo instantáneo de éste, me resulta casi inexistente. El ahora ya no existe. ¿Si miran atrás no les parece que la semana ha transcurrido precipitadamente? A mí, siempre. Sin embargo, y contrariamente, sigo teniendo, en ocasiones, esa sensación de tediosos minutos que no corren. Como si en lo mucho la vida pasase desenfrenada, mientras que en lo poco caminase pausadamente. ¿Para qué da un minuto? Para poco ¿verdad? ¿Pero han probado alguna vez contar uno a uno los sesenta segundos de éste? ¡Parece estirarse!

Precisamente eso me gustaría a mí, aprender a estirar algunos momentos como se estira un minuto al contarlo. ¿Cuántas veces han dicho aquello de… ‘cinco minutos más’? Seguro que se visualizan en la cama intentando robar cinco minutos más al día para dárselos al sueño. Es una sensación increíble. Yo, ilusa de mí, incluso me pongo el despertador en modo repetición, cada cinco minutos, media hora antes de la hora de levantarme pensando que así le he ganado eso al tiempo… cuando en realidad he perdido media hora de sueño.

Y con esta reflexión me preguntaba yo el otro día a que le daría yo cinco minuto más de tiempo… ¿y tú?

¡Uff!¡Vaya viajecito!

DSC_1968.jpgLa vida pasa tan deprisa y hay tantas cosas que nos quedarán siempre pendientes, incompletas, inacabadas y por hacer que muchas veces dan ganas de no dormir para robar esos minutos al tiempo. Vivimos pensando que seremos eternos, que no llegará el fin, y eso nos convierte, a mi parecer, en peores personas; personas enfadadas, estresadas, egoístas y desesperadamente inhumanas. Si supiéramos que vamos morir, quiero decir que si lo supiéramos de verdad, evitaríamos cada minuto de disgusto, no correríamos más que por lo importante y, lo que es más importante, entenderíamos que nada que nos pueda pasar es tan grave. Dejaríamos de sufrir y de dañar. Nos arriesgaríamos, disfrutaríamos y viviríamos sin miedo a las consecuencias, porque al fin y al cabo no pueden ser eternas.

Y es que la vida no se debería medir en tiempo. Hay vidas que nos resultan demasiado fugaces, por lo breves, pero asimismo por brillantes. Y no me refiero precisamente a aquella frase que se le atribuyó erróneamente a James Dean de “vive deprisa, muere joven y deja un bonito cadáver”, cuando en realidad pertenece a un diálogo de la película ‘Knock on any door’ de Bogart y Derek, sino a que no hacen falta muchos años para dejar huella. Quizás sólo un instante, un segundo, justifica toda una vida. Y es que nadie puede dejar tras de si sólo un legado de virtudes. Somos humanos, con nuestras glorias pero irremisiblemente también con nuestras bajezas. Lo importante es, en lo largo o en lo corto, no pasar sin pena ni gloria.

A veces nacemos, crecemos, nos reproducimos –cada vez menos –y morimos como auténticos autómatas sin ser conscientes del precio y el coste de cada minuto. Seguro que habéis tenido alguna vez la sensación casi de ‘despertar’ –sin estar dormido – al volante y pensar “cómo he llegado hasta aquí”; incapaz de recordar el trayecto, conduciendo por intuición, y sin tener consciencia de ello. Pues esta es una buena metáfora para describir como vivimos, sin ser conscientes de nuestra vida, limitando y restringiendo nuestras decisiones. Incapaces de elegir, asumimos un rol prediseñado.

Cuántas veces hemos cuestionado nuestra vida y hemos dicho aquello de “si yo pudiera…”, “si volverá a nacer…”, “si tuviera tiempo…”. Pues bien, puedes, tienes tiempo –todo el que se te haya dado –y asúmelo, no volverás a nacer, salvo que uno crea en la reencarnación, y teniendo en cuenta que el ser humano es la existencia intermedia –sólo la celestial sería la superior –mejor ni intentarlo… ¿Por qué somos tan tercos para esperar a perder a alguien para echarle de menos o a estar enfermos para empezar a cuidarnos?

Pregúntante ¿Y si hoy decidiese hacer algo distinto?

Citando a un ‘colega americano’, Hunter S. Thompson, “la vida no debería ser un viaje hacia la tumba con la intención de llegar a salvo, sino más bien llegar derrapando de lado, entre una nube de humo, completamente desgastado, y proclamando en voz alta ¡Uf! ¡Vaya viajecito!”.

O lo que es lo mismo, a mí que la muerte me pille viviendo.

Lo que ha unido Ikea…

picspam07-2.pngNo voy a escribir sobre Trump y las elecciones americanas, demasiado habréis escuchado y leído ya de este asunto y, como popularmente se dice, “lo que te rondaré morena”. Pero sí sobre una información que leía hace unos días. Son pocas las noticias que pueden ya llamar mi atención a través de redes sociales. Es tanta la cantidad, que mi cabeza ya no discrimina. Pero entre las que consiguen distraerme o atraerme destacan, con importante ventaja sobre las demás, aquellas que cuentan con un toque de humor, implícito o explícito, o cierta dosis de excepcionalidad, rareza o singularidad. Así, la semana pasada, mientras ‘cotilleaba’ en Facebook leía el siguiente titular: “Ikea Shanghái prohíbe a las personas mayores reunirse en su cafetería para tener citas a ciegas”, o su versión latina –que sinceramente me gusta mucho más –“A Ikea se la agotó la paciencia con los viejitos que buscan el amor en su tienda de Shanghái”. Irremediablemente sentí la necesidad de continuar leyendo el resto de la noticia, práctica a la que, reconozcámoslo, cada vez somos menos aficionados. Claro, luego criticamos los titulares porque nos parecen sesgados e incompletos, tachando a los periodistas de manipuladores. Y créanme, haberlos haylos, pero no se imaginan ustedes lo complicado que resulta a veces resumir el contenido de todo un artículo en tan solo ocho o diez palabras, en los mejores casos, y que además resulte atractivo para que tu jefe de redacción te lo apruebe. Además, uno no puede pretender estar informado ni hacerse un criterio sobre algo leyendo apenas dos líneas. Yo sé que el tiempo es oro y que es de lo que la mayoría adolecemos, pero si no puede usted saber de todo, seleccione.

Bueno, a lo que vamos. Al continuar con la noticia descubría que este grupo de población se daba cita todos los martes y jueves en la cafetería de la tienda sueca para encontrar el amor, lo que me pareció tremendamente explotable por la marca, que lleva el siéntete como en casa por bandera en sus campañas de marketing y comunicación. Pero claro, estos apenas consumían y además dejaban poco espacio para el resto de clientes, con lo que la compañía tenía que limitar su presencia en la misma. Por su parte, los ‘ancianitos’ sienten que se han quedado sin el único lugar en el que podía enamorarse, ya que “el resto de locales están copados por la gente joven”. La decisión se ha convertido en una polémica abierta en el país entre detractores y defensores de los ‘viejitos románticos’.

Pero a mí, lo que realmente me resultaba más sorprendente de la información es que eligiesen Ikea como referencia para encontrar a su media naranja ya que si hay algo capaz de acabar con un matrimonio es una visita a los almacenes del gigante de muebles suecos. Si uno no se separa en la sección de cocinas, lo hace en la de muebles de baño o en la de ropa de cama. Esto y las páginas webs de citas extraconyugales son lo que más ha hecho en este país por el divorcio. Sin embargo, nos empeñamos una y otra vez en seguir haciendo pasar esta prueba de fuego a nuestras parejas. Si sobrevivimos a un día en Ikea el amor será eterno. Yo suelo acudir un par de veces al año, aunque reconozco que no me importaría hacerlo más. ¡Es como jugar a las casitas siendo grande! En este momento recuerdo varias escenas de la película ‘500 días juntos’ –a quien lo la haya visto se la recomiendo –y aquella en la que Tom (Joseph Gordon-Levitt) se sorprende y pregunta, mientras está tumbado en ‘su’ cama con Summer (Zooey Deschanel), qué hace una familia de japoneses en su baño. Pero si uno no se pelea durante el trayecto, que resulta lo más parecido a un laberinto, que sea prudente… aún queda el montaje.

Así que, llegados a este punto, yo recomendaría a la cadena revisar su posición sobre los ‘viejtos’ y tomar nota de la experiencia romántica en sus instalaciones para su próximo anuncio: ‘Lo que ha unido Ikea, que no lo separe el hombre’; o también: ‘Lo que no ha desunido Ikea, que no lo separe el hombre’…

Fotografías

Fotografía Papá .jpgMe encantan las fotografías. Siempre me han gustado. Y no me refiero sólo al hecho de fotografiar, sino también a lo que éstas significan en si mismas. Detrás de cada fotografía hay una historia, un momento y un recuerdo ya imborrable. La memoria, nos damos cuenta con los años, es traicionera y engañosa. Pero una foto, una foto es un instante imperturbable. Quizás mi afición esté relacionada con el miedo a desaparecer, a que llegue el día en que nadie me recuerde, a que la muerte me borre por completo y para siempre. A mí, o a aquello a lo que quiero. Mientras queden vestigios, uno es eterno. No en vano se habla de inmortalizar un instante. Por eso me fascina capturar lo que amo y disfruto, pensando que así permanecerá invariablemente.

Las fotografías nos ayudan a recordar, nos permiten traer a la mente sensaciones, emociones y sentimientos. En una instantánea no existe el paso del tiempo, se es joven y, muchas veces, también feliz para siempre. Además, son testimonios de una época. Hay fotos que hacen historia, fotos que merecen premios, fotos de héroes y traidores, de derrotados y vencedores, fotos de besos y de crímenes… pero las buenas fotos son las que nos hacen sentir, las que nos hacen llorar o reír, las que excitan, inquietan, perturban o trastornan.

Hay fotografías en papel, las de siempre, las de toda la vida, esas que archivamos en antiguas cajas de zapatos y que de cuando en cuando, cuando toca, sacamos para repasar en familia. Las memorables fotos en blanco y negro, que engrandecen tantos momentos. Y desde hace algunos años, las fotografías digitales que permiten atrapar cada instante y con las que hemos eliminado la excepcionalidad de este acontecimiento para convertirlo en una rutina diaria. Fotografías que podemos borrar y repetir y que guardamos en un bolsillo, en un teléfono.

Hoy quiero contar la historia de una de tantas de esas fotos, la de ésta: La foto de mi padre. No sé cuándo ni cómo se tomó, sólo que fue en un momento de su adolescencia y en su pueblo natal, La Copa de Bullas. Sé que ésta y otras fotografías de su pasado forman parte de un libro ‘Futbolísticamente Bullas en fotos’ que aún no ha visto la luz y desconozco si la verá, aunque nada me gustaría más que hacerme con un ejemplar del mismo. Y por supuesto sé lo que nos hizo sentir al verla.

Después de que falleciera mi padre, hace poco más de un año y medio, pensábamos ya que ninguna foto suya nos podría sorprender, de tantas y tantas veces que las hemos mirado. Es imposible que nosotras jamás lo olvidemos, pero el tenerlas en nuestras manos e ir pasando una y otra nos hace sentirlo más cerca. También intentamos así que su nieto, que era prácticamente un bebé cuando se marchó, lo guarde siempre en su memoria. Sin embargo, esta semana, en un día más de trabajo y prisas recibía un mensaje privado por Facebook de un usuario peculiar: ‘Bullas nuestro pueblo’. En el mismo me decían que habían encontrado unas fotografías de juventud de mi padre y me las adjuntaban. ¿Me habría reconocido en mi perfil? ¿Vería algo de lo que he publicado sobre mi padre en el mismo? ¿Conocía a mi padre o simplemente las encontró de casualidad? Eran muchas las incógnitas que se planteaban y enorme la emoción de verlas, de verle a él tan joven, tan risueño y tan él. Por supuesto, las compartí con mi madre y hermana que, como yo, no pudieron evitar la emoción. Pero yo, por mi carácter inquieto y curioso, tenía que descubrir qué había detrás. Las fotos eran parte de esta colección para la edición de un libro que alguien –JAC Amor –cedió para este fin y que otro alguien, quien está detrás de dicho perfil en la red social y que conoció a mi padre en su adolescencia, tal y como me confesó, nos quiso ‘regalar’. Aunque lo verdaderamente importante de estas fotos no es de dónde han venido, sino hasta donde han llegado.

GRACIAS

Mi baño de realidad

enmurciaSeguro que habrán visto alguna vez esos ‘memes’ –bromas o chistes que se difunden a través de Internet –en los que se enfrentan dos imágenes que hacen referencia a un mismo concepto. Una imagen que pretende ser simétrica en la que a un lado se representan las expectativas y en el contrario,  la cruda realidad.  En raras ocasiones coinciden ambas manifestaciones; es más, lo que finalmente acaba ocurriendo poco tiene que ver con lo que uno proyecta, de ahí las constantes  decepciones.

Durante las últimas semanas venía yo pensando precisamente en esto, en la asombrosa habilidad del ser humano para programar, concebir y ‘maquinar’, que dirían las madres, tanto nuestro inmediato presente como el más remoto futuro, y en las consecuencias de esta práctica tan habitual en nuestras vidas. Porque si bien es verdad que puede ser recomendable cierta organización y proyección, el celo excesivo a nuestro planes, la falta de improvisación e incluso la incapacidad de reacción y adaptación puede llevarnos a la más absoluta agonía y a la insatisfacción más visceral. Créanme que conozco a muchas personas infelices precisamente por este motivo. Vendrían a ser del tipo de infelicidad que se corresponde con la definición de amargado, pero de estas tipologías ya hablaremos en otra ocasión. No crean que a mí no me ha costado darme cuenta de esto, pero vivir en el constante esfuerzo por alcanzar unas expectativas es agotador, y uno acaba, antes o después, ‘descansando’ en los brazos del destino. El caso es que cuando antes se caiga en los mismos mejor, se ahorra tiempo, esfuerzo y disgustos.

 Creo que les había comentado ya que desde hace unos meses venimos buscando un nuevo hogar que nos transmita un poco más de paz y tranquilidad, que nos desconecte de la arrebatada rutina laboral y nos acerque un poco más a la naturaleza. Cuando creíamos que lo habíamos encontrado y proyectábamos en éste nuestros cambios de rutinas y los hábitos que queríamos adquirir, un contratiempo frustró nuestro proyecto. Después del lógico mosqueo y la posterior decepción vino una fase de inacción, paralizamos nuestras vidas en un momento presente esperando encontrar una nueva oportunidad. Sin embargo, como somos dos culos bastante inquietos, al poco tiempo nos encontrábamos incómodos en esta posición. Con lo que nos dimos cuenta que no había nada a lo que esperar, que el momento es ahora y hay que aprovechar. Con lo que adaptamos nuestros planes a la situación actual y aunque la realidad es diferente, nadie dice que tenga que ser peor.

Otra anécdota, ésta considerablemente más divertida. El jueves pasado mis amigas, las del pueblo, de toda la vida: Rebeca y Mari Carmen, me sorprendieron con un tardío regalo de cumpleaños y, mientras tomábamos un café, me deleitaron con un kit completo de baño relajante y desestresante: velas, geles aromáticos, sales de baño, aceites… un regalo muy sexy, con olor a chocolate, que sugería que me veían ciertamente agobiada en los últimos tiempos. Hasta aquí, todo estupendo. Mientras descubríamos producto a producto íbamos relatando las posibles utilidades del mismo y creando en nuestra mente imágenes ciertamente apetecibles; sola o en compañía… Pero el verdadero baño de realidad vino cuando volviendo a mi situación actual recordé que sólo tengo plato de ducha.

Como rezan algunas máximas del ‘buenrollismo’ es bonito perseguir sueños, pero no hay cuerpo que aguante vivir en una constante persecución.

Hace tanto que no salgo

img_9165Hace tanto que no salgo que ya no me acuerdo ni cómo se hacía, y por supuesto tampoco sabría decir dónde hacerlo. Imagino que en esto también se notan los años. Tiempo atrás una ni se planteaba si apetecía o no apetecía, llegaba el fin de semana y comenzaba la juerga. Siempre había plan y por supuesto compañeros de fechorías. Pero esto es como todo, si uno abandona la práctica pierde habilidades. Reconozco que nunca se me dio mal, y estas cosas no se olvidan, como montar en bicicleta o el inglés, todo será retomar la costumbre para que vuelvan a aparecer mis destrezas.

En mi pueblo, del que hablaba la semana pasada, se solía hacer en un área determinada junto a la Gran Vía que denominábamos ‘La Zona’, repleta de bares y pubs donde tomar una copa en diferentes ambientes. Los de mi generación nos iniciamos en el arte de salir en lo que entonces era ‘La Cabila’, local que se llenaba de adolescentes en plena edad del pavo y efervescencia hormonal bailando los éxitos del momento. No se me ocurre mejor plan… (hablando irónicamente, claro). Después, en función de la etapa vital en la que uno se encontrase, comenzaba el desfile por los diversos garitos del pueblo: ‘El Zipi y Zape’, para la etapa más hippie o radical, ese momento en el que quieres dejar claro que eres diferente; ‘El Canterbury’, cuando de ligar con los chicos más ‘guay’ se trataba; o ‘El Blanco y Negro’, cuando considerabas que eras demasiado mayor para el resto de locales, o en su defecto estos habían cerrado, porque siempre fue el último en bajar la persiana. Aunque lo que de verdad molaba era tomar las cervezas en la calle escuchando la música desde las peceras y entablando conversación con todo el que pasaba. ‘La Zona’ siempre fue muy de este rollo, incluso en pleno invierno con los varios grados bajo cero que se registraban. En Madrid además descubrí que lo de salir no tenía porque limitare a los fines de semana, y creo que fue allí donde gasté todos mis ‘tickets’ para una larga temporada.

Está claro que, además de pasarlo bien, para la mayoría uno de los incentivos de salir es ligar y, sin ánimo de resultar engreída, era algo que yo dominaba. Creo que precisamente porque mi intención nunca fue ésta sino cerrar bares con mi hermana, algo a lo que éramos bastante aficionadas. Me llamaban ‘La San Miguel’ porque “donde va triunfa”, que decía una amiga. Esto no quiere decir que mis ligues fueran siempre de mi agrado, pero creo que el mostrar absoluto desinterés o desdén por el opuesto causa en estos el efecto contrario. Lo dejo como consejo para los/las que salen a la desesperada… La necesidad se huele, amigos míos. Por todo esto, cuando uno tiene pareja es lógico que realice también una suave frenada.

Además, como dice mi compañera Carmen Gómez, es propio de la juventud pensar como Roberto Carlos, no el futbolista sino el cantante, “yo quiero tener un millón de amigos”… y así más veces poder salir; multiplicando exponencialmente los planes y las posibilidades. Pero cuando uno va cumpliendo años, las amistades se reducen y se vuelven más selectas y, al igual que en mi caso, los intereses y prioridades de las mismas cambian, con lo que para tomar una copa hay que cuadrar agendas personales, de trabajo, pareja y familiares y hacer ‘tetris’ con los huecos libres para poder dedicarles 45 minutos a la semana. Sin embargo, y por experiencia propia estos saben a gloria. Sea como fuere, y aunque no esté entre nuestros principales hobbies, salir de marcha de vez en cuando puede resultar hasta saludable, y ahora que se han puesto de moda los garitos de tarde, podemos hasta aprovechar la siesta de los hijos. No se trata del tiempo dedicado, sino de la calidad del mismo.

¿Y tú cuánto hace que no sales?

Ser de pueblo

dsc_0710Yo soy de pueblo. Pero no crean que lo digo con cierta congoja, todo lo contrario. Ser de pueblo mola, y mucho. Lo lamento por los de ciudad. Aunque, pensándolo bien, imagino que ellos también tendrán sus excelencias, de las que, evidentemente, yo poco puedo contar porque como iba diciendo: soy de pueblo. Bien es verdad que desde que cumplí los diecisiete he ido vivido siempre en ciudad, por motivos académicos y laborales, y que disfruto mucho de lo que la city ofrece también.

A simple vista, en la mayoría de las ocasiones, es imposible determinar si uno es de pueblo o ciudad, pues la globalización ha alcanzado ya hasta los rincones más remotos; sin embargo hay comentarios, tendencias y situaciones que nos delatan. La pregunta: ‘Nena, ¿y tú de quién eres?’ es un clásico en las relaciones sociales entre los de pueblo. Evidentemente, después vienen las pertinentes explicaciones.

  • Soy hija de ‘la Loli’ de la farmacia.
  • ¿La rubita?
  • Sí.
  • ¡Claro! Si te pareces mucho. Yo la conozco, de ir a la farmacia de ‘la Lydia’. ¡Qué mayor estás ya!

Y es que es propio de nuestra especie –de los de pueblo –una marcada curiosidad por la antropología; vamos, por saber de dónde viene cada uno.

Otro rasgo característico es el de haber crecido en la calle, y no lo digo para parecer más dura. Desde que tuvimos edad de caminar, mi hermana y yo hemos vivido en la calle. Una vez que salíamos del colegio a las cinco de la tarde y volvíamos a casa a merendar, un vaso de leche con galletas, nos echábamos a la carretera a compartir juegos y carreras en pleno arcén con coches, motos y furgonetas hasta la hora de dormir. Momento en el que mi madre asomada al balcón nos gritaba insistentemente hasta nos cansábamos de oírla y regresábamos a casa o ella se hartaba de gritar y bajaba a por nosotras, que eran las más de las veces. Nos ganamos a pulso el título de ‘Pericos’ que nos puso. Por suerte, jamás tuvimos que lamentar ningún accidente grave, más allá de las rodillas magulladas y las decenas de pantalones con parches y rodilleras que odiábamos pero nos veíamos obligadas a llevar.

Un pueblo también te permite un contacto más directo y cercano con la naturaleza. En mi caso concreto, que soy de Caravaca, disfrutamos del bucólico paraje de las Fuentes del Marqués, para mí una de las siete maravillas del mundo, donde desconectar del bullicio y la actividad del centro de la localidad a tan sólo diez minutos andando del centro. Y para quien no la sepa, le dejo la rima: “En las cuevas del Marqués, entran dos y salen tres”, o eso cuentan las habladurías, algo, por cierto, también muy de pueblo.

Por supuesto, también desarrollamos un profundo sentimiento de pertenecer a una colectividad. Cuando dos de pueblo se cruzan en la gran ciudad tienden a empatizar. Recuerdo mis años en la Facultad de Ciencias de la Información de la Complutense de Madrid, los que veníamos de pueblo terminamos por conectar y crear nuestra propia pandilla en la que nos sentíamos iguales. Quizás ahora esto se da menos, pero en mis años de Universidad era muy común.

Y aunque hay muchísimos más factores más de ser de pueblo que inciden en nuestra personalidad, acabaré con uno de los que me resultan más curiosos. En el pueblo podemos estar hartos de cruzarnos con unos y otros sin saludar, pero si nos encontramos fuera de nuestro hábitat natural nos abrazamos, nos besamos y nos hablamos como si nos fuera la vida en ello.

Ya saben, por nuestras obras no conoceréis.