Chismes

Incidiendo en la mala educación intergeneracional con la que tenemos que lidiar en determinadas ocasiones, como hablaba la semana pasada, hay una versión de la misma que me irrita por encima de todo: el chismorreo. Los que hayan nacido en un pueblo, como es mi caso, entenderán mejor mi postura. Verán. De que el hombre es un ser social favorable a las interacciones y las confidencias que estás generan, no tengo duda -ni tampoco queja -y de que, en general, queremos saber más de lo que se nos cuenta, tampoco (tengo duda). Y en un pueblo resulta mucho más fácil enterarse de todo, porque todos nos conocemos y porque, en muchos casos, el exceso de confianza de unos con otros incurre en tremendas faltas de pudor y, desde mi punto de vista, de respeto. A veces, incluso disfrazadas de cortesía y con cierta delicadeza. “Perdona la indiscreción, pero…”. Pues si es indiscreción no preguntes. Digo yo.

El caso es que hemos pasado del clásico “Nena, tú de quién eres hija”, que podía parecernos incluso entrañable a querer saber demasiado de la vida de los demás. De ahí el triunfo absoluto de todos los programas del corazón que desmenuzan, con toda clase de detalles, la vida de los ‘famosos’ o, como se dice ahora, las ‘celebrities’. Pero tampoco eso es suficiente. Sus vidas, con sus penas y alegrías, están muy lejos de nuestra realidad. Disfrutamos más cuando el ‘affaire’ lo ha protagonizado la vecina del primero que cuando le ocurre a algún ex miembro de Gran Hermano, aunque también participamos del espectáculo televisivo.

El problema está en que mucha gente no distingue la diferencia entre conocer y relacionarse con alguien y estar al tanto de los pormenores de su vida privada, por lo que suelen cruzar la controvertida línea de la indiscreción. Y eso que ahora con las redes sociales lo tienen mucho más sencillo porque la mayoría de nosotros publicamos información absolutamente personal que, de otro modo, sería más complicado tener acceso. Sin embargo, ahí esta la diferencia: lo haces público libremente, no respondiendo a la curiosidad o la imprudencia de nadie. Y es que hablar de lo demás, no deja de ser otra falta de educación. Por eso, a mí nunca me ha gustado dar explicaciones y me molesta sobremanera responder a la curiosidad ajena. Pienso que, como decía  ya hace milenios Cicerón: “quien cuida su huerto, no hace daño en huerto ajeno”. Pues eso, seamos hortelanos de lo nuestro y dejemos a cada uno el cuidado de sus vidas.

La mala educación

Si hay algo que no tolero, o como diría mi madre: que me saca de mis casillas, es la falta de educación. Y, por desgracia, es más común de lo que se podría imaginar. Por un lado, hay una parte importante de las últimas generaciones: la generación Y o millennials y la Z, caracterizadas por la frustración y la irreverencia –siempre según los expertos -, que han crecido y se han formado como personas sin el mínimo atisbo de preocupación por ésta. En este caso, es difícil hacerles entender que para una correcta articulación social son necesarias ciertas conductas o comportamientos que hacen más fácil la convivencia.

Sin embargo, y aunque esto suene políticamente incorrecto, también reconozco un alto porcentaje de individuos con esta carencia en nuestros mayores. La deferencia que el resto les debemos por la edad les ha llevado, en algunos casos, a cometer ciertos abusos que me parecen igual de irritantes que los más  pueriles. Seguro que a más de uno se le ha colado ruidosamente y sin ningún tipo de pudor alguna ancianita en una cola. Y es que ésta parece ser una práctica bastante común entre los de su quinta. Una cosa es que haya que cederles el lugar, algo con lo que estoy absolutamente de acuerdo, y otra que sean estos quienes se precipiten y adelanten acusando así también una falta de respeto y educación por el resto.

Pero los que más me preocupan son los de nuestro tiempo. Aquellas generaciones que sí hemos sido educados con ciertos patrones y modelos pero que, por algún motivo, los estamos perdiendo. He sido testigo de diferentes episodios que no por comunes dejan de ser inaceptables. Qué se le debe de pasar a alguien por la cabeza cuando después de fumarse un cigarrillo arroja la colilla aún candente por el balcón, totalmente ajeno a quien en ese momento pase y a las posibles consecuencias. De igual modo ocurre cuando el proyectil se reemplaza por el hueso de una fruta lanzado directamente desde la boca del personaje. En ambos casos, me atrevo a aventurar, no les falta nada, saben lo que es o no es correcto, diría que más bien les sobra una pila de egoísmo.

En los dos sucesos era yo quien pasaba con mi pequeño y, además del posible riesgo, me niego en rotundo a que estos sean sus ejemplos. Prefiero que se parezca a su madre y peque por exceso –yo soy de las que va por la calle y pide disculpas cuando tropieza con una farola – a que lo haga por defecto.  Nuestros hijos aprenden por imitación. Seamos conscientes de la importancia de la educación y conciencia cívica desde la cuna.  

Verano 2020

64076dd7-614e-4290-a745-8ea063649bb0De los primeros veranos que tengo recuerdo eran aquellos en los que, siendo aún muy niña, seguíamos a mi padre por diferentes puntos de la geografía costera española ya que él tenía pocas vacaciones, pero por suerte solía trabajar en zonas de playa levantando edificios. Así que mi madre, conmigo y con mi hermana -17 meses menor que yo –, se trasladaba durante 15 días o un mes donde él se encontrase y no teníamos que esperar de semana en semana para verlo. Por suerte, con el tiempo, dejó de trabajar todo el verano y comenzaron las escapadas en familia en aquellos coches con las ventanillas bajadas y maleteros hasta arriba. Mis abuelos siempre venían con nosotros, por lo que tampoco íbamos sobrados de espacio.

Con la adolescencia, o casi, llegaron los veranos en pandilla, en los que montábamos en bicicleta, nos bañábamos en las piscinas y alargábamos las tardes hasta el fresco de la madrugada jugando en la calle entre confidencias y risas. También entonces aparecieron los amores de verano, tan efímeros como intensos, que en septiembre dejábamos de lado. Quien haya estudiado fuera de casa comprenderá que no hay nada como volver al pueblo por vacaciones. Además de que por aquel entonces el presupuesto no daba para más. Sin embargo, con el primer trabajo empiezan también los grandes viajes, con amigos o en pareja: París, Roma, Sicilia, Praga, Londres, Viena, Lisboa… Y con ellos la ilusión de pasar medio año pensándolo y organizándolo.

Para mí estas vacaciones iban a ser diferentes. Con un bebé en la mochila el viaje no podría ser igual. Sin embargo, el pequeño ha sido nuestro menor problema este año a la hora de viajar. Y así para todos. Nunca estuvo Murcia tan bulliciosa un mes de agosto. Las restricciones, el miedo a poderse contagiar y la inseguridad de que te puedan confinar en cualquier lugar han frenado, en la mayoría, la necesidad de escapar y desconectar.

La situación nos ha devuelto a los orígenes, con vacaciones de casa en el pueblo, en familia, con barbacoas y siestas para descansar. En las que una piscina para montar se ha convertido en el mayor lujo para muchos y motivo de absoluta jovialidad. Aunque, como en mi caso, haya que entrar por turnos al baño y renunciar a cualquier brisa de mar. Se trata de disfrutar lo que tenemos y valorar lo que tuvimos y, espero, tendremos aún más. La vida nos ha brindado un verano 2020 para reflexionar y regresar a lo que siempre estuvo y siempre estará.

f58f054e-ce67-4db7-8e0b-6393d140196a

Superviviente de fin de semana

7a097332-c0f6-4cfb-80e8-91c0ad2b123eA veces uno tiene una imagen de sí mismo que no corresponde, del todo, con la que tienen los demás. Y lo difícil es determinar cuál de las dos versiones está menos distorsionada. Por uno lado, todos tendemos a deformarnos: en el caso de los más optimistas acentuando las virtudes como si fuesen el todo; o valorando únicamente los defectos, los más pesimistas. Con lo que nuestras apreciaciones suelen estar un poco desvirtuadas -también he conocido casos en los que la distorsión es titánica siendo, además, proporcional al ego- . Por lo que respecta a las de los demás, siempre serán sesgadas. Uno nunca se expone del todo.

Mantengo aún un par de amigas de la infancia, de esas con las que has pasado de compartir almuerzos en el recreo a cervezas en la madrugada y, ahora, algún que otro mojito de tarde, cuando las obligaciones maternales lo permiten. Somos un grupo como aquel que formaban las fabulosas chicas de ‘Sex and The City’, no por las opciones de visitar clubs de moda y coleccionar tacones con precios de infarto; pero sí en lo heterogéneo de nuestros perfiles, caracteres y vidas. Sin embargo, pese a las diferencias, poco les habré ocultado, mucho me conocen -incluso aunque calle- y en nada me he sentido jamás juzgada.

Mari Carmen siempre fue la más sensata, racional y, posiblemente, la más responsable. Rebeca conmigo ejerció de madre. ¡Cuántas chaquetas me habrá obligado a llevarme! Y yo para ellas seré eternamente ‘la cabeza loca’, como aún me llaman. Y reconozco que algún mérito habré hecho para ganarme el sobrenombre. Sin embargo, con los años y el bebé, yo me sentía ahora mucho más cambiada. Las obligaciones y los cargos en el trabajo y la maternidad me hacían sentirme mucho más responsable.

Y así se lo confesaba hace tan solo unas semanas. Les decía que incluso ahora me sentía ‘una ama de casa’. Pero esta definición de mí misma les pareció totalmente disparatada. “¿Una ama de casa? Pero si no sabes cocinar, te planchan y ni sabes cuál es la medida de un juego de sábanas”. Y todas esas acusaciones son ciertas, así que rebatí su argumento asegurando que durante unos días había sido madre de familia numerosa –con mis sobrinos en casa – y me contestaron que lo que yo era es una superviviente de fin de semana. Y tendré mucho o algo de ambas, pero lo que es seguro es que las personas somos más una suma de impresiones que una versión individualizada.

Miedos

58dd0e46-bcfa-433e-8238-b51a13b4b64dDicen que el miedo es libre. Y los mismos que defienden este argumento también señalan que, por lo tanto, cada uno coge o toma la cantidad que quiere. Yo no estoy de acuerdo. Al menos, no al completo. Como cantaba aquel que vivió pareciendo no temerle a nada, ni siquiera a la muerte (aunque últimamente le sobraban motivos): Todo depende. No es lo mismo tener miedo al posado en bikini tras el postparto, que la hostilidad a los perros, o el doloroso pánico a la soledad.

El miedo, a diferencia de otras emociones, tiene un importante factor racional –otra cosa es que nos torne en irracionales -. Éste se experimenta ante la sensación de amenaza o peligro. Desde el punto de vista biológico, el miedo responde a un proceso de adaptación, un mecanismo de supervivencia y defensa, lo que puede resultar positivo para nuestra especie. Por otro lado, según Freud, el miedo puede ser real, si la intensidad de la emoción se corresponde con la dimensión de la amenaza; mientras que si la respuesta es desmesurada, entonces se habla de miedo neurótico. Pero en ambos casos hay un desencadenante. En la actualidad, dos corrientes de estudio o pensamiento psicológico se enfrentan por este concepto. El conductismo sostiene que el miedo es algo aprendido. Por el contrario, la psicología profunda mantiene que el miedo está en nuestro inconsciente. Mi opinión, por si sirve de algo, es que aquellos que hablan del miedo como producto de bufet libre, que se sirve al gusto, jamás han sentido ese miedo que te atrapa (a ti) por dentro.

Yo, como casi todos, he experimentado el miedo en sus diferentes versiones. Desde bien pequeña me obsesioné con la oscuridad y los ruidos del fondo del pasillo, donde estaba el baño; obligando a mi hermana, menor que yo pero mucho más valiente, a acompañarme cada vez que necesitaba hacer uso de éste. Con la adolescencia, estos se fueron disipando y aparecieron otros relacionados con la aceptación social. Miedos que en su mayoría superé cuando los enfrenté –por obligación o voluntad propia-. Sin embargo, y aunque esos temores me quitasen el sueño, aún no había sentido el verdadero terror.

Desde la primera vez que mi padre enfermó viví obsesionada con una llamada. Aquella en la que alguien me dijese que había llegado el final. Fueron bastantes años, gracias a Dios, de pánico en silencio mientras lo disfruté; aunque jamás serán suficientes para mí. Me aterraba pensar en esas palabras, en si habría un adiós, en lo lejos que me encontraría… Y un 16 de marzo, esa llamada llegó. Y todos mis miedos se hicieron realidad.

Y aunque “fue tan largo el duelo que al final casi lo confundo con mi hogar” –como canta Vetusta Morla –con el tiempo, olvidé esa sensación y volví a miedos más prácticos, menos tremendos y más básicos. Hasta que algo, de nuevo, me importó y me incumbió. En el mismo momento en el que el ‘Pequeño ratón’ nació ese terror, de nuevo, me atrapó. Lo sentía otra vez en el estómago y en mi respiración. Miedo a todo lo que le pueda pasar pero, por primera vez, también miedo a que yo no esté y lo que pueda ser de él. Vivimos cada día –todos- con nuestra mochila de miedos, pero, sin lugar a dudas; ser madre o padre es también aprender a gestionar ese miedo atávico por proteger a quien más amas.

Alejandro y el mar

69fd12a6-1bb7-4e2b-915d-7858a988aa9bHay una canción que no puedo evitar escuchar sin llorar. Es una de las tantísimas que mi padre ponía en el coche cuando viajábamos con él de pequeñas. Siempre tuvo un variado y acusado gusto musical. Así que desde muy niñas –mi hermana y yo –ya conocíamos a Chavela Vargas, Luis Eduardo Aute, Los Brincos o Raphael. Pero también escuchábamos canciones de Elvis, The Beatles e incluso los Creedence Clearwater Revival; mientras que la mayoría de nuestros amigos se interesaban por géneros más infantiles. La música, en cualquier idioma, fue una de sus pasiones y no necesitaba entenderla para emocionarse e, incluso, reproducir la canción a su manera. Tanto es así que su mayor legado ha sido una gran colección de discos de vinilo de todos los estilos e intérpretes y un repertorio aún mayor de cintas de cassette a modo de recopilatorios de grandes éxitos grabadas por él mismo que ha heredado mi sobrino Raúl, junto a un reproductor. Siendo muy pequeño ya llamó su atención, pero algún día, con la edad, descubrirá que recibió de su abuelo un tesoro.

Hace cuatro o cinco años volví a escucharla, después de mucho tiempo. Andábamos (en familia) por un paseo en una playa de Alicante y a lo lejos un músico interpretaba viejas canciones con una guitarra. Raúl, que desde niño siempre se fascinó con la música, se acercó al solista y cuando los demás le seguimos empezamos a oír los primeros acordes. No fui la única en sorprenderme y emocionarme. Siempre me pareció una melodía tristísima, incluso antes de alcanzar a comprender el dolor que expresaba. Cuando tuve edad de preguntarme por la historia que contaba no dudé en ‘investigar’ para discernir qué significaba aquella melancólica zambra que mi padre escuchaba y tarareaba una y otra vez. La canción, compuesta por el pianista Ariel Ramírez y el escritor Félix Luna y popularizada por Mercedes Sosa, aunque fue interpretada por innumerables artistas, es un homenaje a la poetisa argentina Alfonsina Storni que se suicidó en 1938 en Mar de Plata saltando al agua desde una escollera. Aunque la ‘copla’ relata una versión un tanto más romántica de su fin en el que la escritora se adentra lentamente en las aguas desde una “blanca arena que lame el mar” para “recostarse arrullada en el canto de las caracolas marinas”. Siempre me pregunté por aquella “angustia que la acompañó” y que precipitó la vida de la poetisa feminista por “caminos de algas y de coral”. Es tal el impacto que me causó, desde niña, la detallada recreación de su abandono en el mar que no puedo evitar, una y otra vez, cuando estoy frente a éste recordar la escena.

Hace unos días volvía al mar. Era la primera vez que llevábamos al ‘Pequeño ratón’ y nos preguntábamos cuál sería su reacción frente al mismo, con el agua salada, fría y las olas. Desde luego su historia no fue ni mucho menos tan trágica como en ‘Alfonsina y el mar’. Quedó embelesado por su movimiento, incluso después de que una ola le cubriese por completo mientras jugaba con su papá. Y yo me alegré de estar ahí para podérselo enseñar y de que él algún día también recuerde las cosas que hizo con sus papás, como yo hay cosas que de los míos jamás podré olvidar.

a6f18f20-e639-48f2-931c-3670bfe78edb

Érase una mamá a unos tacones pegada

d53ba226-6029-41c3-8285-0014f1e48ef7Quien me conoce bien sabe que la expresión ‘voy como las locas’ está dentro de mi estilo de vida y mi repertorio. Lo mismo ocurre con el ‘yo me apunto’. No me gusta renunciar a nada e intento buscar un tiempo para todo. Afortunadamente no necesito dormir demasiado y, así, de sueño aprovecho algunas horas. Y si esto era así antes de la llegada del pequeño, imaginen el caos que rige mi vida en estos momentos, con mis inabarcables listas de ‘to do’, los planes que van surgiendo y todas las necesidades que un bebé demanda… Yo, que he sido paladín de la organización, reconozco que ahora mismo no tengo habilidad con ninguno de mis métodos o prácticas. Mi día a día es actualmente una frenética e improvisada yincana en la que, además, no consigo llegar a tiempo a casi nada. Pero por muy difíciles que se pongan las cosas y muchas pruebas que tenga la jornada, mientras pueda, hay algo a lo que no renunciaré aunque entiendo que muchas mamás lo hagan.

Durante los meses de embarazo, observaba y analizaba los comportamientos de las que me precedían para ver a lo que me enfrentaba. Una de las primeras medidas que muchas recién estrenadas mamás tomaban era cortarse la melena –y no sólo metafóricamente -. Siempre imaginé que por motivos de comodidad y, fundamentalmente, por la dificultad para llevarla cada día arreglada. Pero la experiencia ahora me dice que con esta solución también se evitaban los molestos y constantes tirones que los pequeños les daban. Y es que con todo lo que nos sobreviene: el niño, el trabajo, la familia, la casa… y la falta de tiempo nos volvemos particularmente prácticas. Fruto del predominio de esta practicidad también aparecen en nuestras vidas los coleteros, la ropa ancha y las zapatillas planas. Y es que puede resultar mucho más cómodo enfrentarse así a la batalla diaria.

Yo, que seguramente asumiré antes o después –aunque sea ocasionalmente – alguno de estos hábitos, me resisto, por frívolo que parezca, a abandonar la altura de mis tacones porque esta perspectiva a mí me da una posición aventajada. Tienen la misma función que las torres vigías en la lucha contra los piratas de la costa Mediterránea, no se trata de lo que el enemigo alcanza a ver o no, sino de la visión y posición de defensa que yo tengo desde mi pequeña atalaya. Me arman de seguridad, determinación y audacia; además, por supuesto, de que me encantan. He de reconocer también que la costumbre ha hecho que vaya muy cómoda sobre este tipo de estrados o peanas.

Creo que ya lo he comentado alguna vez, como entre y salí de paritorio en mis plataformas encaramada, cuando la mayoría de mujeres iban en zapatillas de estar por casa. He paseado Roma, Toledo y Granada, ciudades completamente empedraras, sobre los mismos tacones, a riesgo, es verdad, de perder durante los paseos alguna que otra tapa. He plantado en tacones hasta en octubre las habas. Creo que sólo voy plana para hacer deporte y alguna vez que otra en la playa.

Para mí los tacones son comodidad, personalidad y elegancia y aunque ahora con el bebé se hace más dura y ardua la batalla resistiré los envites, avanzaré y mantendré las posiciones siendo una mamá a unos tacones pegada.

Brilli brilli para toda la semana

e0b8df69-defb-44b8-9ca0-4f9f19982f60.jpgHay días en los que te sientes superada por cosas tan estúpidas que hasta te da vergüenza. Te da vergüenza llorar, aunque es lo que realmente te apetece. Además, la mayoría de veces ese llanto, escondido, resulta sanador. Pero a ver cómo explicas –a quien pudiera sorprenderte –que estás llorando porque una tapadera de cristal se ha caído y al hacerse pedazos ha roto una lata de cerveza que ha acabado por toda la cocina o que lloras porque la montaña de ropa sucia es tal que alcanza la altura de la cómoda, donde deberían acumularse limpias, planchadas y bien dobladas todas esas prendas. Yo suelo estar bien y ser resolutiva el 99% del tiempo, incluso aunque no haya dormido, tolero bastante bien la falta de sueño; pero también tránsito, casi siempre en silencio, esos abatidos momentos. No me duran mucho, pero al contrario de lo que cantaban los Monty Python, no siempre se puede mirar al lado brillante de la vida.

Sé que mis razones son absolutamente ridículas y que hay hogares con un montón de niños y en los que el trabajo y la vida familiar se enfrentan en un escenario que queda muy lejos de lo que debería entenderse por conciliación. Sin ir más lejos, mi hermana –mamá de tres y abogada autónoma –me decía el otro día que le daba envidia mi baja. Tener una baja de maternidad, por escasa que nos resulte y sea, es al fin y al cabo tener un espacio en el que tu única preocupación sois tú y el bebé; sin verse obligada a compartir esos primeros instantes con la redacción de demandas y escritos para tus clientes. Yo me siento muy afortunada de haberla podido disfrutar. Y la lactancia. Y los tres meses de excedencia que me ha facilitado mi responsable, Joaquín Hernández, alcalde de Lorquí, en mi lugar de trabajo. Porque la conciliación no se defiende proclamándola sino ejerciéndola y practicándola. Y es que cualquiera que haya sido padre entenderá porque en muchos países del norte y centro de Europa se dedica un año completo, con respaldo institucional, a la crianza, porque es un acontecimiento tal que pone toda tu vida patas arriba. Y aunque mis circunstancias resulten más favorables que las de otras familias con más cargas, la presión sobre la nueva madre antes o después acaba por derrotarla.

En algunas ocasiones esta presión puede ser también externa, pero casi siempre es autoimpuesta. Y así lo es en mi caso. Presión por ser la madre que deseas, presión por equilibrar la maternidad con tu yo más personal, presión por no exasperar al papá, presión por no sentir que abandonas nada de aquello que de forma previa abarcabas, por regresar a una figura que empiezas a extrañar, por llevar la casa, la familia y el trabajo. Pero en esos momentos, en los que no consigues llegar a nada, la pregunta sólo debería ser: Pero y quién te va a juzgar.

La teoría es sencilla, pero como todo, en la práctica se complica. Yo, que llevo varias semanas estudiando para certificar mi inglés en la EOI, he tenido que acostumbrarme a vivir en el caos de casa que esta nueva dedicación mía implicaba. Una vez pasado el examen confías en que la serenidad regrese, de alguna forma, a tu vida. Pero nunca es así. Os pongo un ejemplo. Yo que soy un poco maniática del orden, pero sobre todo de las cosas limpias, siempre sueño con que algún día conseguiré tener el hogar organizado, el coche lavado y la depilación hecha. Pues bien, siempre falla algún miembro de la ecuación: tengo la casa patas arriba, el coche no sólo está sucio sino que está sin batería y no arranca y, menos mal, que la depilación sí está a punto para la temporada.

Pero tranquilos, lo que me pasa no es mal de morir y mi dolencia con un poco de cama y descanso quedará seguro más que aliviada, porque son pequeños contratiempos que con los días destiñen, pues la cocina ya está limpia y la ropa próximamente estará lavada. Y cuando los días no brillen, como hace mi sobrina Manuela, un poquito de purpurina y tienes brilli brilli (por la casa) para toda la semana.

Un pequeño en el Museo del Prado

IMG_8070No recuerdo la primera vez que fui a un museo. Probablemente no era demasiado pequeña; sin embargo, no lo logro recordar. Lo que sí recuerdo es la primera vez que me emocioné en uno. Fue en el Louvre, en París, cuando después de una mañana caminando por la ciudad de la luz entramos en aquel espacio y, tras pasar las ‘taquillas’, en lo más alto de una escalera (aún mantiene esta ubicación) localicé ‘La Victoria de Samotracia’. Para mí era significativo encontrarme con aquella obra que había estudiado meticulosamente poco tiempo antes para la Selectividad. La reconocía, podía hablar de ella e incluso podría haber explicado aquella escultura helenística de bulto redondo a cualquier visitante reproduciendo, casi con exactitud, las palabras de mis apuntes. Después, días más tarde, descubriría que en el de Orsay, que alberga la mayor colección de obras impresionistas del mundo, sería tremendamente feliz. Sin olvidar todas y cada una de mis tardes de domingo en el Prado –cuando vivía en Madrid –frente a las más importantes piezas y autores de la historia de la pintura europea: Rogier van der Weyden, Rembrandt, Leonardo da Vinci, Rafael, Tiziano, El Bosco, Goya, Velázquez, El Greco, Rubens, Murillo… y tantos otros más. Fue así, y en los museos, como descubrí el efecto que el arte tendría sobre mí.

Tal y como diría Braque: “sólo hay una cosa valiosa en el arte: lo que no puedes explicar”. Y, desde luego, no parece poco. Si hace unas semanas escribía sobre la labor de la música como lenguaje universal, las artes plásticas no tienen para mí una función menor. Al igual que me ocurría con ésta soy mala intérprete -como mucho alcanzo a dibujar algún dinosaurio para mis sobrinos-; sin embargo, sí siento una absoluta debilidad por disfrutar y maravillarme con el talento de otros. Tanto es así que ésta me ha llevado a tratar de estudiar el grado en Historia del Arte en la UNED con un trabajo, un hijo y otras muchas obligaciones con la única pretensión de disfrutar de lo aprendido.

Mi experiencia con el arte y con los museos me ha demostrado que es desde la cercanía y el conocimiento como se alcanza esa maravillosa complicidad, capaz de conmover con la simple observación. Durante algún tiempo, los museos fueron espacios elitistas, reservados a los que entendían. Después, se conquistaron por visitantes y turistas que, sin necesidad de un basto conocimiento en la materia, también gustaban de este placer. Sin embargo, aún se entendían como espacios quietos, taciturnos y sombríos. En los últimos años, muchos museos han sido ‘tomados’ por los niños. Las familias han roto, afortunadamente, con el acostumbrado quietismo. Lejos quedan la pesadez, el sigilo y el recogimiento. Las salas prodigan vida, movimiento, gritos y risas. Y aunque hay a quien molesta esta maravillosa mutación –en su derecho están –para mí nunca tuvieron los museos más sentido, porque ya nadie se asombra como lo hace un niño. Y yo, ahora, desde que soy madre curioseo e investigo sobre cómo hacer para acercar al museo a nuestro pequeño. Y aunque obviamente es dificultoso explicar el Bosco a un niño sé que hay otras formas de llamar su atención sobre esto.

Aún tengo en la memoria una visita al MUBAM en la que mi amigo y galerista Nacho Ruiz hacía de guía para un nutrido grupo de pequeños. Sentados todos sobre el suelo de su primera planta, evidentemente, no les explicaba el Renacimiento pero si que jugaba con ellos a buscar frutas, animales y objetos. Y si Mújica Láinez era capaz de dar vida en su novela (‘Un novelista en el Museo del Prado’) a un museo entero animando al ángel de ‘La Anunciación’ de Fra Angelico y hasta al ‘Caballero de la mano en el pecho’… ¿No seremos los papás capaces de inventar algunos cuentos más sencillos para ellos que los vayan acercando, desde su curiosidad infantil, a la asombrosa inmensidad que habita en los museos?

a688c9ed-7b9d-406f-9264-2ddde1890f9c

Bailar en la cueva

IMG_5305Las casas cuentan tanto de nosotros. O quizás somos nosotros los que intentamos contar algo a través de ellas. Esos mensajes, esos códigos encriptados en objetos, suponen la diferencia entre una vivienda cualquiera y un hogar propio. Hay casas llenas de recuerdos hasta el exceso; otras, en su defecto, son prácticas, asépticas y parcas en elementos. Éstas son capaces de desvelar, de un solo vistazo, el tipo de vida de sus moradores. Muchas se han convertido en extensiones de sus propios dueños. Hay casas célebres, que trascienden a sus habitantes, casas malditas o encantadas, casas que se han convertido en escenario de importantes acontecimientos y casas que formarán parte del imaginario colectivo de todos los tiempos gracias al cine y la literatura.

Yo he habitado muchas casas. Calculo que unas veinte, con sus correspondientes mudanzas. He compartido un extraordinario piso antiguo de techos altos y molduras decorativas en el centro de Madrid, pero también he anidado en una auto caravana instalada en el jardín de un chalet (que se alquilaba por habitaciones) a las afueras de Granada. En todas ellas traté de ser feliz. Más ‘La Casa’ siempre fue para mí el hogar que mis padres construyeron. Mi lugar de referencia, mi punto de retorno. Actualmente andamos de paso (ahora somos una familia) en un coqueto apartamento en el que, pese a la falta de espacio, hemos conseguido reconocernos. No necesito demasiado pero para mí sí es importante sentirlo nuestro. Y algún día, el fin de esta estancia transitoria será para nosotros, esperemos que en poco tiempo, nuestro nuevo comienzo.

Entre el inventario de cosas que ‘El hombre del Renacimiento’ atesoraba se encontraba su original casa. Una antigua vivienda familiar de dos plantas que tras sus puertas y fachada escondía un patio henchido de vegetación y una cueva bajo la montaña excavada. Tras heredarla de sus abuelos, con solo 20 años comenzaba a rehabilitarla y casi otros tantos después aún sigue acondicionándola. Aquel lugar, condenado al olvido, ha sido (es y será) su obra de arte más destacada. El proyecto de una vida al arte y la belleza dedicada. Una tarea pausada seleccionando, durante años, piezas de diferentes épocas entre anticuarios y casas de subastas para ennoblecer y completar un espacio que ha sido escenario de obras de teatro, con Doña Inés a la ventana asomada, conciertos y muchas muchísimas fiestas improvisadas. Donde obras propias y de varias decenas de artistas hacen de éste, también, una galería más contemporánea.

Como los primeros moradores, ‘La Cueva Azul’ tiene bajo la roca algunas de sus principales habitaciones y estancias, una cocina rústica y un patio que se ha convertido en el verdadero salón de la casa, con una bóveda empedrada de estrellas a nuestros pies y un estanque con peces de colores y ranas. Para alcanzarlo, una desigual y ceñida escalera con un letrero: ‘Nada te turbe’ te aguarda. Un espacio privado, familiar, pero abierto a la cultura que ahora transformaremos también en nuestra peculiar casa.

A la caverna se suma lo que era la antigua morada. Un espacio de techos altos, vigas de madera, cancelas y cerámicas que crean sensaciones a caballo entre la belle époque y una vivienda contemporánea. Con líneas curvas en las rejas y barandas y rectas en los muebles, y salpicando con color en las telas y objetos unas estancias predominantemente blancas. Con la luz, entrando por balcones y ventanas, que sea testigo de las horas y la vida que acoja nuestra casa con comidas en familia, cenas con amigos y mucha música en nuestras veladas. Porque tal y como canta Drexler ‘bailando en la cueva’, celebrando la vida, amaneceremos más de una madrugada.