De naturaleza melancólica

Con ese andar nostálgico y taciturno propio de los románticos se ven deambular aún hoy, tres siglos después, algunos jóvenes por las calles y avenidas de nuestras ciudades. Ensimismados, casi autómatas, caminando por mera inercia mientras sus pensamientos los llevan por alejados y recónditos lugares.

No es lo más común, pero del mismo modo que los hay adolescentes rebosantes de optimismo, vitalidad y frenesí por comerse el mundo o apáticos, indiferentes y renegados de todo; también conviven con quienes hallan en la melancolía su principal seña de identidad y, paradójicamente, el impulso que mueve mansa y lánguidamente su existencia.

Nada tiene que ver este sentimiento con estar deprimido, no es una consecuencia de nada ni siquiera un estado de ánimo. No es otra cosa que una, quizás anacrónica, forma de ser. Un carácter que nos resulta obsoleto y extraño pero que tiene mucho que ver con esa férrea conciencia del yo, del sentido y significado del individuo, con una forma muy particular de ver la vida.

Jóvenes, en muchas ocasiones, incomprendidos, estigmatizados o rechazados que andan a contracorriente en una cultura de la manada. Auténticos lobos esteparios que disfrutan de la soledad, un tanto fría, pero tranquila y grande “como el tranquilo espacio frío en el que se mueven las estrellas”, como escribiría Hesse. Entendiendo y valorando esta soledad como un bien ansiado, un refugio cómodo y seguro.

Auténticos románticos del siglo XXI que encuentran en la música y la literatura, en las artes, su principal forma de interactuar con el resto. Y, además, serán éstos, precisamente, con sus inquietudes más allá de lo mundano los que continúen enriqueciendo y agrandando el maravilloso legado que sus antecesores estrenaron. Porque la creación va íntimamente ligada a esa extrema sensibilidad un tanto denostada en nuestra sociedad.

Es por eso que si tu hijo, alumno o nieto –por decir algo -lee a Poe, Víctor Hugo o Whitman; lejos de sentirte extraño o contrariado y de señalarlo como alguien raro, incentives y estimules sus ‘talentos’ con el único propósito de que sea capaz de entender y, quizás, algún día materializar de forma creativa un rico interior para su edad un tanto insólito o poco común.

Y es que la melancolía suele ser dulce con los artistas. Como decía Baudelaire: “Apenas puedo concebir un tipo de belleza en el que no haya melancolía”. Para el mismísimo Aristóteles, “los grandes hombres son siempre de una naturaleza originalmente melancólica”.

Nunca el tiempo es perdido

Según vamos cumpliendo años aprendemos, adquirimos y disfrutamos de nuevos aprendizajes, experiencias y revelaciones. Si hay algo extraordinario en hacerse mayor es que uno empieza a relativizar tantas cosas. Se desprende de ciertas ansiedades y agonías que, afortunadamente, nos acompañan en la juventud para impulsarnos, menearnos y hacernos correr y vivir con la celeridad y la presteza propia de ese tiempo.

Sin embargo, al ir sumando primaveras restamos, necesariamente, prisas. Al contrario de lo que podría parecer, pues irónicamente queda menos andadura por delante, hacemos este recorrido con deleite, complacencia y regodeo, sabiendo que lo más importante es disfrutarlo y que uno ya hubo corrido todo lo que tenía que correr.

Esto irremediablemente implica renunciar, también, a muchas cosas. Sacrificar la cantidad en pos de la calidad.

Quién de nosotros no acumula largas listas de grandes o pequeñas ilusiones pendientes: lugares por visitar, proyectos por emprender, viajes que realizar o personas por reencontrar. Sin embargo, con los años estos inventarios tienden a encoger y convertirse en aspiraciones un tanto más realistas.

Así, hoy soy más consciente que nunca de que jamás conoceré todos los lugares y países que me gustaría, ni visionaré muchas de las tantas y tantas películas que anhelaría y, por supuesto, tampoco leeré todos aquellos libros que voy anotando en libretas, agendas y papeles sueltos esperando hacerles un hueco en mi mesilla.

Y aunque sé que hoy toca priorizar y anteponer, toca elegir; temo errar en mi elección y, por ejemplo, dejar en el olvido libros y ejemplares que ennoblecerían mi vida. Quien me conoce algo sabe lo que disfruto de la literatura y aunque siempre intento buscarle un hueco leo infinitamente menos de lo que me desearía, por lo que trato de ser selecta en mis deliberaciones, aunque reconozco que no siempre estoy del todo fina.

Sin embargo, sí soy sabedora de que, muy a mi pesar, mi selección jamás corresponderá con mis expectativas. Probablemente en mi realidad nunca lea el ‘Ulises’ de Joyce, ‘Fortunata y Jacinta’ de Pérez Galdós, ‘La montaña mágica’, de Mann, ‘Rojo y negro’ de Stendhal o de Clarín ‘La Regenta’. Pero siempre creeré que si algún día alcanzo el séptimo tomo de la gran novela del escritor francés Marcel Proust el tiempo invertido no habrá sido ‘perdido’ sino gustosamente ‘recobrado’.

Y es que hacerse mayor supone tantas cosas, entre las que incluyo consentir elegantemente la renuncia y recrearse y entretenerse plácida y sosegadamente en la victoria; porque como cantaba aquel “nunca el tiempo es perdido solo un recodo más en nuestra ilusión”.

Tengo ganas de llorar

Nada más lejos de mi intención que adoptar un perfil de víctima o despertar la lástima y/o compasión entre quien me lea. Sin embargo, esta ha sido mi realidad a lo largo de una complicada semana en la que al trabajo diario, las labores domésticas, los mil quehaceres y tantas cosas más que tengo que anotar escrupulosamente en mi agenda para no olvidar, se ha sumado un difícil desempeño de la maternidad.

Si ya de por si dicho cometido resulta complejo de forma rutinaria al sumar alguna alteración de los factores que lo componen el resultado puede ser casi catastrófico. Y a esto, además, hay que añadirle un consolidado embarazo con sus necesarias consecuencias físicas y, también, anímicas.

A diario entro a mi puesto de trabajo extenuada tras la maratoniana tarea de llegar al cole a tiempo. Da igual a la hora que me levante, siempre acontece algún contratiempo que acelera mi ritmo cardiaco. Cuando no es una ‘caca’ de última hora, es una vomitera cuando ya está preparado y perfectamente acomodado en la silla del coche o, simplemente, una rabieta o ‘cabezonería’ de última hora. Y este es el día a día de miles de hogares que, por otro lado, ya tenemos normalizado y superado.

Sin embargo, estos últimos días mi pequeño, que nunca ha comido bien -y quien tiene un hijo de estas características sabe lo agotador que puede resultar-, ha estado prácticamente sin probar bocado, por lo que sentarse a la mesa ha resultado una absoluta pesadilla para ambos. Aunque en primer lugar era él quien acaba llorando, el agotamiento y la preocupación acabaron por superarme y también yo me sumaba a su llanto.

Tras descartar problemas físicos que justificasen su comportamiento, finalmente me decidí a pedir ayuda para resolver una dificultad que viene de largo. Sentía que, de algún modo, al nombrarlo lo estaba reconociendo y, quizás y/o seguramente, amplificando y dramatizando. Prefería mantenerlo como algo estrictamente privado y así banalizarlo. Más no podía estar más desacertada, ha sido una liberación compartirlo y, al fin, verbalizarlo.

El caso es que durante los momentos que mi hijo me sentía sollozar, entristeciendo más aún su gesto, me pedía y me suplicaba que parase de llorar que yo era una mamá valiente. No sé de dónde habrá sacado esa idea que, por cierto, yo también he creído siempre cierta. Sin embargo, en esto también erraba y simplemente, quizás, aún no me había enfrentado a molinos que me intimidaran.

La maternidad ha revelado mis debilidades y flaquezas pero, sin duda, también me ha convertido en más superviviente, fiera y leona, porque podrán amedrentar pero jamás paralizar, aunque no me avergüence confesar que muchos días tengo ganas de llorar.

He venido a quererte

Hace un par de domingos pasamos la tarde visitando rincones y paseando las calles de la ciudad que viera nacer a escritores tales como el agudo Arturo Pérez Reverte o la mismísima Carmen Conde, quien fuera la primera académica de número de la Real Academia de la Lengua allá por 1979. Honor y distinción que años después compartiría su paisano que es miembro de la misma desde 2003.

Hacía mucho tiempo que no volvía a Cartagena y es que aunque apenas la separan 50 kilómetros de la capital, a veces, el Puerto de la Cadena puede resultar intimidante. Sin embargo, la Ciudad Portuaria nunca defrauda. Tuve la suerte, durante algunos años, de ser testigo directo de la tremenda transformación que ha sufrido en los últimos años, convirtiéndose, sin duda, en una de las urbes más interesantes de nuestra Región y con más riqueza y diversidad para el visitante.

Cuando llegué, tras aceptar el que sería mi primer trabajo serio como periodista, recuerdo que lo hacía con cierto temor, pues mi madre tenía una visión un tanto arcaica y tremendista del aquel lugar de puerto donde venían a parar marineros y comerciantes. Poco de aquello quedaba entonces.

Sin embargo, ciertos lugares me recordaban a estampas más propias de Beirut tras una guerra civil que duró más de 15 años. Más bastaron 4 días en la ciudad para conquistarme y un par de años en los que sus magnificencia y la tremenda revolución urbanística, cultural y turística que experimentó consiguieran, para siempre, enamorarme.

Lugar de contrastes: desde la cartaginesa Qart Hadasht a la ciudad cosmopolita que es hoy. Sin olvidar su próspero pasado romano como Carthago Nova, que entre otras muchas cosas le legó el maravilloso Teatro Romano; etapas bizantinas, visigoda y musulmana en las que sufriría cierta decadencia, pero que fueron revertidas al convertirse en zona militar estratégica allá por el siglo XVI; y hasta escenario de una rebelión cantonal.

Será a finales del siglo XIX y durante todo el siglo XX cuando Cartagena vivirá un gran esplendor económico que la convertirá en referente del modernismo salpicándola de exquisitas construcciones propias de la capital parisina y que la hacen aún hoy, aunque lamentablemente se hayan perdido grandes baluartes de este movimiento, en una ciudad bellísima que ha recuperado en los últimos tiempos el vigor y la algarabía de antaño proporcionando más que un paseo agradable.

Por eso, como escribiría la escritora y poetisa “he venido a quererte, a que me digas tus palabras de mar y de palmeras”, tierra cartagenera.  

Gris oscuro casi negro

A nuestra vuelta de la costa del sur de Francia, este verano, paramos en Madrid para que el trayecto no resultase tan largo y tedioso a nuestro pequeño. Madrid, siempre Madrid. La capital se ha convertido en uno de nuestros eternos lugares de parada y no por ello dejamos de disfrutarla. Cada visita supone una experiencia enriquecedora. Y me consta que no es algo propio y exclusivo, sino que le ocurre a mucha gente. Es de esas ciudades tan vivas que siempre tienen algo que ofrecerte.

En cada nuevo encuentro con la urbe se repiten, de forma alterna, dos rincones, para nosotros casi sagrados: El Museo del Prado y el Museo Sorolla, en los que las horas nos resultan tan fugaces y efímeras. En la última visita a la gran pinacoteca centré mi atención en el Goya más oscuro, apreciando con detalle cada obra y cada referencia de la etapa más tenebrosa del último gran maestro antiguo y, posiblemente, primer pintor moderno (como muchos denominan).

Por otro lado, en la casa-museo que el pintor valenciano tiene en la calle General Martínez Campos disfruté, hace un año, de la grandeza de ‘Sorolla en pequeño formato’ y, en esta ocasión, de ‘Sorolla en Negro’. Tengo que reconocer que me impactaron muchísimo sus lienzos grises, estando más acostumbrada a sus coloridos paisajes y sus luminosas tardes de playa.

Pero si algo me asombró por encima de todo fueron los elegantísimos retratos en gris oscuro de su esposa Clotilde, quien fuera su gran musa. Siempre ataviada con exquisitos modelos de la época rematados con elegantes accesorios y sobrias joyas. En cierto modo, me identifiqué con aquella sobria elegancia.

Son públicas, además, las cartas que el matrimonio se intercambiaba durante las estancias fuera del hogar del pintor, en las que se recoge tanto el cariño que existía entre la pareja como el pilar que suponía la esposa en el trabajo y el desarrollo de la carrera del artista. Por lo que su figura siempre me despertó bastante interés; también alentada e influida por la fascinación que ‘El Hombre del Renacimiento’ ha sentido siempre por Sorolla y el mundo que le rodeaba.

Tal es así que, de forma totalmente sorpresiva –como ocurre con los buenos regalos-, esta última visita a Madrid se cerraba el mes pasado con un maravilloso broche, con motivo de mi último cumpleaños, réplica de una pieza con la que el artista dibujó a su más retratada modelo.

“Estaba de negro, como siempre, porque creía que de negro siempre se estaba bien, y que esto es lo más distinguido”, Marcel Proust, ‘Por el camino de Swan’.

Más allá de una cuestión de cuernos

Pese a la tremenda frivolidad que supone, teniendo en cuenta el desolador y preocupante escenario internacional de las últimas semanas, medio país vive enganchado al drama romántico de la VI marquesa de Griñón que parece recordarnos aquello de que ‘Los ricos también lloran’ –título de aquella telenovela mexicana que causaría furor en los ochenta-; intentando así, quizás, de algún modo olvidar la subida de precios, la guerra en Ucrania o las protestas y represiones en Irán.

Manifiestamente tachada de ‘niña pija’ desde su tierna infancia, en los últimos años Tamara Falcó ha sabido desligarse de este estereotipo tras su paso y victoria por ‘MasterChef Celebrity’, una colaboración semanal en el programa de Pablo Motos y el estreno de su propio reality Netflix. Convertida en una de las solteras de oro de la jet set española, la hija de Isabel Preysler sorprendía hace unos tres años anunciando su romance con un joven ingeniero y empresario madrileño.

Hasta aquí todo parecía idílico. Incluso su mediática pedida de mano con un exclusivo anillo de diamantes de la firma italiana Repossi que rondaría los 15.000 euros. Sin embargo, pocas horas después del anuncio de compromiso vería la luz un controvertido vídeo del ya ex de ‘La Falcó’ besando a otra mujer durante un selecto festival de música en Nevada.

Pese a que las evidencias no muestran más que unos segundos de beso (un pico), Tamara se ha mostrado totalmente inflexible frente a esta traición rompiendo su relación ipso facto. Y es que hay quien apunta a que estas imágenes no han sido más que una prueba manifiesta de la fama del joven en la noche madrileña.

Sin embargo, intuyo que su rotundidad se ha debido más a la humillación pública que ‘La Marquesa’ ha sufrido y la falta de respeto de quien esperas mayor honestidad; independientemente de si se trató de un mimo de “un nanosegundo en el metaverso” o una tórrida noche de romance.

Y es que, aunque hay evidencias de parejas que han salvado sus matrimonios y han salido triunfantes de una situación semejante: como el binomio Beckham, tras el affaire con la niñera, o el sonado escándalo entre Bill Clinton y la becaria; no debe resultar sencillo reponerse a tal agravio.

En un tiempo en el que numerosos programas en ‘prime time’ hacen apología manifiestamente visible de la infidelidad  creo que la decisión de la marquesa de Griñón va mucho más allá de una simple cuestión de cuernos dando una lección de amor propio.

Burda algarabía

No diré que la humanidad me ha decepcionado, porque suena demasiado tremendista y porque por mi vida han pasado, y siguen pasando, personas extraordinarias y no deben pagar justos por pecadores. Sin embargo, sí es cierto que cada día percibo con mayúsculo asombro un altísimo grado de irritabilidad, egocentrismo e ingratitud generalizado. No soy experta en sociología por lo que no sabría identificar las causas pero, desde luego, no me gustan las consecuencias.

Se olvidan a diario, por completo, los principios de respeto, educación y civismo que deben regir la convivencia –pacífica- entre personas. Nos dirigimos a los demás (y uso el plural mayestático por corrección) con agresividad e insolencia en cualquier contexto y sobre cualquier asunto. Interactuamos desde una posición de defensa, cuando quizás aún no ha habido ataque ni lo habrá. Hemos copiado las peores formas de los programas de ‘prime time’ en televisión y nos hemos convertido en maleducados y groseros tertulianos que viven de la crítica, la burla y la murmuración.

Además, nos hemos instalado en la intolerancia y la intransigencia y todo nos molesta; desde los ladridos del perro del vecino, el ruido de la puerta de garaje del de al lado o cualquier contrariedad que pueda producirse en nuestro entorno incluso de forma accidental. En los restaurantes y cafeterías, muchos comensales, te miran mal tan solo al verte entrar con un niño. Y que conste que yo soy de las que trato de que mi hijo no resulte molesto para nadie, de una forma razonable.

En este contexto, las redes sociales, como altavoz que son, han favorecido la proliferación de este tipo de mensajes de encono y enemistad resultando la plataforma perfecta para aquellos sin demasiados argumentos sólidos pero con manifiesta beligerancia y mucho rencor. Me resulta incomprensible como hay quien se retrata en las mismas, usando sus perfiles personales o incluso escribiendo en perfiles más públicos y notorios, con semejantes testimonios y peor vocabulario. Me producen sonrojo.

Y es que pienso que aquellos que gozan de pruebas y argumentos no suelen hacer uso de esa hostilidad porque no la necesitan, sus razones son de justicia y no necesitan entrar a la gresca. Ni que decir tiene que también pienso que cualquiera con cierta educación huye horrorizado de tan ordinaria y vulgar algarabía y enredo.

Si al comienzo decía que desconocía las causas, tampoco tengo receta mágica para la solución; pero debe pasar, sin duda, por un autoexamen de conciencia y mucha más empatía y humanidad. Mientras tanto intento aplicar la máxima del filósofo oriental Lao Tse: “Responde de forma inteligente incluso a un trato poco digno”.

La ternura

Precisamente hoy, 17 de septiembre, cumplo años. Cumplo 39 años, para ser más exactos. Estoy en la frontera de la cuarentena y esperando volver a ser madre. Y, pese a algunos contratiempos y reveses que he podido sufrir a lo largo de todo este tiempo, me atrevo a decir que me siento afortunada por la vida que he tenido y la que hoy día tengo.  

Mi infancia y adolescencia, aunque en su momento quizás no lo sentí con la misma intensidad, fueron maravillosas. Hoy echo la vista atrás y tengo tantos y tan gratos recuerdos. Algo que sin duda le debo, en gran medida, a mis padres. A él ya no le tengo a mi lado y eso me entristece cada día, pues hay tantas cosas que me gustaría compartirle. Sin embargo, no dejo que eso (como otros sinsabores) ensombrezca lo que sí puedo gozar y lo que, en su día, gusté de él.

Paradójicamente esta impresión de dicha y ventura, al hacer el balance propio de los aniversarios, se me tornaba en un sentimiento agridulce al conocer, también esta misma semana, el fallecimiento de una mujer que no tendría muchos más años que yo. No la conocía personalmente, pero sí era alguien cercano y recurrente en mi día a día.

Pocas veces interactúe con ella, pero nunca encontré más que tristeza en su rostro, quizás también algo de turbación y desconcierto. Con el tiempo supe de los muchos infortunios y desdichas que había padecido desde su niñez.

Si no hace más de dos semanas me preguntaba, también en estas líneas, cómo podría influir el acoso y la persecución en el entorno escolar en la vida, el sino y el devenir de una persona, cuánto más lo harán los abusos e injusticias infringidos por tu entorno más cercano.

Quizás, como han comentado algunos, por fin su alma descansa; aunque no deja de ser un trágico final para una vida de padecimiento. Y es que no sé si resulta pueril o inocente imaginar otro desenlace que la hubiese librado de tanta amargura y dolor, pero sí sé que es el final que me hubiese gustado y, sin duda, el que hubiese merecido. Algo de ternura que redimiese todo el tormento. No hay demasiado que, en muchos casos, podamos hacer para aliviar angustias ajenas, pero si algo he aprendido es a mirar con empatía, a tratar con amor  y a hablar con respeto. Quizás eso consiga una sonrisa, un momento dulce o un bonito recuerdo que merezca la pena a alguien para quien todo ha sido sufrimiento.

Hermanos

No es fácil tomar decisiones. Mucho menos cuando las mismas implican, conciernen y corresponden a más de una persona. La vida en pareja –y en familia –está llena de decisiones difíciles. Y en todas ellas uno encuentra motivos y razones para ponderar hacia un lado u otro. Eso las hace más complejas aún.

Nunca me resultó cómodo o sencillo decidir, pues la elección implica desechar conscientemente una serie de circunstancias imprecisas que ya nunca jamás sucederán. Y eso asusta. Ese jamás… Quizás sea esa la razón por la que en algunas ocasiones, incluso tratándose de asuntos delicados, he dejado obrar de algún modo al destino o la providencia. Y, sinceramente, no creo que me haya ido mal.

El miedo es, sin duda, el peor enemigo de la determinación. El miedo nos detiene, nos impide y nos encierra en un status estanco; seguro pero estéril, yermo. A lo largo de mi vida el miedo me ha entorpecido para muchas cosas: nunca aprendí a patinar, por ejemplo. Sin embargo, cuando logré vencerlo conseguí y alcancé retos y desafíos.

La maternidad se ha manifestado con miedos y temores mucho mayores de los que hasta ahora pude tener. Turbaciones por no poder mantener una integridad propia que me permita cuidar y proteger y, por supuesto, por la fortuna y el bienestar de las crías. También me ha supuesto el mayor ejercicio de paciencia y, seguramente, renuncia que haya podido hacer a lo largo de mi vida.

Es por eso que, para mí, la decisión de volver a ser madre es más difícil de tomar una vez que ya lo has sido. Piensas en que todo aquello que te preocupa se multiplica exponencialmente. Por suerte, también la dicha, la ternura y esa forma de amar como no hay otra.

De este modo, y conscientes de las dificultades, El hombre del Renacimiento y yo asumimos hace unos meses el reto de ampliar la familia. Sin que eso se convirtiese en una obsesión; más bien volviendo a confiar en lo que nosotros entendemos como providencia.

Hoy, unos meses después, esperamos un nuevo bebé que estará con nosotros en febrero. Por supuesto, han vuelto las inquietudes y los desvelos en cada ecografía, en cada prueba y ante cualquier síntoma de alarma. Mentiría si no lo reconociera. Pero también la ilusión, esta vez más madura y reflexiva, de poder ver crecer a nuestros pequeños juntos y darles aquello que para nosotros ha sido lo más preciado en nuestra vida: los hermanos.

Ni víctima, ni verdugo

Hay situaciones que, en determinados momentos, nos perturban, nos impresionan, nos sobresaltan e incluso agitan en nosotros sentimientos y emociones del pasado. Esta semana era testigo de forma involuntaria, seguramente como muchos de ustedes, de una terrible situación de acoso a un menor como consecuencia de la viralización, en redes sociales, de un video con el que se pretendía denunciar dicha agresión.

Independientemente de la conveniencia o no y de la legitimidad para publicarlo –creo que proviene del propio entorno del niño –, el mismo evidencia firmemente la necesidad de visibilizar y concienciar de un tipo de comportamientos, mucho más comunes en las aulas de lo que sospechamos, que traslucen un grave e inconcebible fallo o error en nuestro modo o fórmula de educación. Como verán, he evitado conscientemente la palabra sistema educativo pues esta problemática trasciende al mismo concerniéndonos y comprometiéndonos a toda la sociedad. Y aunque suelo evitar asuntos delicados en estas líneas, no he podido eludir, esta vez, hacer referencia al mismo.

Reconozco que asistí horrorizada al hostigamiento que recibía el menor por parte de algunos compañeros de clase en el día de su cumpleaños. Y que incluso reconocí, con mayor espanto y consternación aún, ciertas circunstancias de mi pasado. Nunca viví el acoso en primera persona, pero sí fui testigo de injusticias y, aunque en aquel tiempo no fui consciente, seguramente mucho sufrimiento. Entonces callé y consentí, pero esta vez no lo podía y no lo debía hacer.

Muchas veces me he preguntado si los insultos y desprecios constantes condicionaron la vida de aquella compañera de clase. Si de algún modo, mi actitud neutral ayudó a reforzar las conductas de otros y si, quizás, algún gesto de apoyo, acercamiento o aprecio hacia ella hubiera tenido algún efecto y otras consecuencias. Es algo con lo que vivo desde ese momento.

Hoy, muchos años después de aquello, soy madre y mi hijo comienza el colegio en unos días. No me gustaría verme jamás en el papel de la madre de este pequeño; pero sin intención de criminalizar al resto de menores, pues seguramente no alcanzan a imaginar la importancia y trascendencia de sus actos, sí su comportamiento, de igual modo me espantaría ser la progenitora de éstos.

Por eso, esta vez quiero redimirme y comprometerme educando a mi hijo en valores de respeto que garanticen una convivencia bonita y pacífica con sus iguales. Un propósito que para mí es mucho más importante que la memorización de las tablas de multiplicar y que creo, sin ninguna duda, que debería ser la primera máxima y competencia en cualquier aula de este país. Para ello, menos pasividad y mucho más compromiso de todos para no hablar ni de victimas ni de verdugos.