Cuando el milagro no ocurre

Esta ha sido una semana sombría, violenta y monstruosa en mi cabeza. Llevo días atormentada con la imagen y el desenlace de la muerte del pequeño Ryan, el niño de cinco años que caía accidentalmente, el pasado martes 1 de febrero, a un pozo seco de más de 30 metros excavado cerca de su hogar, en el pueblo de Ighrane, en la zona norte de Marruecos.

El viernes, y tras las imágenes ya difundidas del pequeño aún con vida dentro del agujero, parecía aventurarse un esperanzador desenlace cuando, antes de irme a dormir, tan sólo quedaban unos metros para alcanzar la misma profundidad a la que se encontraba el niño. Dormí intermitentemente, despertándome para comprobar si se había producido el rescate. Sin embargo, éste no llegaría durante la vigilia. 

Desde las 15.00 horas del sábado me mantuve conectada a una retransmisión en directo de lo que ocurría al otro lado del Estrecho. El final parecía inminente, pero nunca llegaba. Cualquier movimiento de los bomberos, que escudaban al equipo de rescatistas y sanitarios que habían accedido al túnel, hacía saltar las alarmas. Fue agotador mentalmente, desesperante. Pero yo aún aguardaba, casi con total seguridad, el milagro.

Los cánticos o rezos (o ambas cosas) de las miles de personas congregadas resultaban alentadores, casi sedantes, incluso, y apoyaban mi consoladora  hipótesis.

Pero el milagro nunca llegó.

Sobre las 21.30 horas, el revuelo de los equipos de rescate aventuraba el final. La confusión de los primeros minutos, el ruido de las sirenas y los aplausos y vítores de los presentes indujeron a un erróneo desenlace. Incluso algunos medios de comunicación informaban ya que el pequeño Ryan había sido rescatado con vida. Yo, aún incrédula y emocionada, esperaba un comunicado oficial. Comunicado que llegó momentos después condenando y sentenciando mi aliento y mi ánimo. Lloré angustiada. Me revelé contra ese fatal sino.

Irremediablemente, y tristemente, esta historia nos resultaba familiar. Hace poco más de tres años, Julen, un niño de 2 años, perdía la vida también bajo tierra, en Málaga, y en similares circunstancias. Pero, para mí, en esta ocasión había algo diferente, del pequeño de Totalán no había imágenes en el pozo que sustentasen mi confianza y certeza aunque, aún así, también la mantuve. Además, la autopsia reveló, después, que falleció en la caída. Pero pensar en las horas que el risueño Ryan pasó allí abajo soportando dolor, frío, miedo, angustia y soledad. Con la respiración agitada y, probablemente, aturdido. Eso, no me deja vivir en paz.

No era justo este final, después de tantas horas y tanta esperanza.

Raíces y alas

Mientras comienzo estas líneas, mi hijo de poco más de dos años duerme junto a mí, frente a la chimenea. Es, por decirlo de algún modo, el hombre más importante de mi vida; esencialmente hoy ocupa y supone, tanto de pensamiento como de obra, casi la totalidad de mis días. Pero no es el único. Mi padre, que fue el maravilloso y primer hombre de mi vida; mi pequeño sobrino Raúl, quien despertó en mí la protección más dulce, franca y entregada y, por supuesto, ‘El hombre del Renacimiento’, en quien he encontrado el cómplice más honesto, magnánimo y fiel, formarían mi noble elenco masculino. Aunque, por extensión, añadiría algunos actores más que han irrumpido en la escena a lo largo de los años, como mi cándido sobrino Saúl, sobrante de ternura, y su padre, quien agarró mi brazo tembloroso y asustado con cariño y fuerza (en la triste ausencia de mi padre) uno de los días más conmovedores y delicados de mi vida.

Las mujeres, en mi familia y entorno, siempre han sido generalidad. Y un largo repaso incluiría desde amigas ‘recuperadas’ de la infancia a compañeras de breve pero intenso recorrido; deteniéndome, sin dudas, en mi abuela (a la paterna casi no la conocí), mis tías y primas, que me han amado tanto. Sin embargo, los papeles protagonistas los tendrían ellas: mi madre, con ese olor tan suyo, esa suavidad en el tacto y su sacrificio constante; mi hermana, quien con su determinación y sabiduría es el pilar al que me prendo cuando atisbo algún vacío;  y mi risueña, alegre y vivaz sobrina Manuela, que se ha convertido con su graceja y desparpajo en la alegría de esta casa.

Ellas tres cumplen años este mes y, después de lo sufrido compartido, de las varias y contundentes sacudidas que acumulamos y las pérdidas que, paradójicamente, sumamos en la columna de haberes, he cultivado la celebración de sus abriles -y biografías- como preciada dádiva.

Y es que, aunque lo popularizado es la expresión de ‘el hombre de mi vida’, entiendo que, hoy más que nunca, hay que reivindicar, desde el género femenino, el papel de las mujeres de nuestra vida. Entonemos juntas, lejos de cualquier otra polémica: ‘Paremos la ciudad, sacando un pecho fuera al puro estilo Delacroix’. Y es que en esta relación de iguales, de sostén recíproco y solidario, yo veo tantísima belleza. Somos, sois, “raíces y alas”, como escribía Juan Ramón Jiménez, “Que las alas arraiguen y las raíces vuelen”.

La moda como herencia

Una vez instalados ya en nuestro nuevo hogar, una de las anécdotas que el Hombre del Renacimiento acostumbra con las pocas personas que, dada la actual situación sanitaria, nos visitan es la de mostrar el vestidor para recalcar, una y otra vez, que el 90% de este espacio está ocupado por mis enseres, mientras que su ropa no se extiende más allá del 10% del armario. En mi defensa alegaré que algunas de mis adquisiciones se remontan incluso a mis años de instituto y universidad con lo que aunque no pueden considerarse prendas vintage, pues estas datan de 1920 a 1960, casi podrían ser retro.

Aunque es verdad que disfruto con la moda y que he comprado mucho a lo largo de mi vida –hace poco leí que una mujer común gasta 9 años de su vida en compras; aunque en mi caso sería alguno más – también es cierto que procuro alargar su vida sine díe. Me encanta redescubrir un abrigo o un pañuelo 10 años después y evidenciar que me sigue encantando.

Si bien es verdad que a lo largo de los años mi estilo y las modas han ido cambiando, por lo general, siempre he mantenido una línea, que se ha ido acentuando con el tiempo, tendente a prendas básicas, clásicas y colores lisos o planos. Aunque mi guardarropa también está salpicado de alguna extravagancia o conjunto más atrevido.

En cuanto a los colores, mis básicos son el negro y el blanco, aunque el beige y el marrón también predominan. Es curioso como hoy en día podemos vestir de casi cualquier color, pero hubo un tiempo en que los tonos vendrían determinados por el status social. Por ejemplo, en la antigua Roma el violáceo sólo lo vestían la realeza y los mas poderosos pues el ‘tinte’ se obtenía de moluscos tras un arduo proceso de extracción. El protocolo y las normas sociales también restringieron o popularizaron el uso de determinadas tonalidades. Pero siempre hubo quien transgredió esas normas, escritas o no, y sentó el precedente para nuevas modas.

Curioso es el caso de la Reina Victoria quien en 1840 extendió el uso del blanco para el vestido de novia. Por aquel entonces eran otros los colores que se estilaban, aunque ahora nos cueste imaginarlo.

Si bien es verdad que cada vez dedico menos tiempo (y dinero) a este entretenimiento, ahora me decanto más por piezas especiales que pueda legar a mis herederos. Porque la moda, sin lugar a dudas, habla de nosotros, de quien la viste; pero también es el reflejo de una sociedad, de un pensamiento o un momento concreto de la historia que se hace prenda.

Lírica de lo cotidiano

Foto de la sesión de Navidad de Silvia Ferrer

Este sería el título del segundo libro de poesía del madrileño Miguel Ángel Herranz (Miki Naranja) a quien, incluso habiendo fallecido dolorosamente joven y siendo su universo laboral distinto y alejado de la lírica, la fugacidad de la vida permitió legar a esta generación, y venideras, delicados versos sobre lo corriente y ordinario. Una forma exquisita de reivindicar la belleza de lo normal; la belleza de lo habitual y de lo diario.  

No siempre es sencillo verlo; pues andamos, en estos tiempos más que nunca, persiguiendo lo original, lo extravagante y lo extraño. Sin embargo, no es más verdad que la mayor parte del tiempo vivimos y habitamos en la inercia de lo usual, de lo acostumbrado. La rutina de los días comunes que son tan uniformes y tan iguales. Sin grandes empresas, sin grandes hazañas y sin grandes logros o hallazgos.

Es por esto, precisamente, por lo que para mí es tan importante sentirme bien con mi yo más ordinario, porque, al fin y al cabo, es el que predomina y prevalece. Somos, la mayor parte del tiempo, los que nos levantamos gruñones y despeinados, sin ganas de ir a trabajar, con días buenos y malos, sin compromisos ni planes especiales; sino más bien con una jornada, casi, anodina por delante de familia, casa y trabajo. Con tardes que se fragmentan en actividades extraescolares, recados, quehaceres domésticos y supermercado. Con noches en pijama frente al televisor o con un libro en la mano.  

Pero es que todo esto tiene mucho más valor del que paradójicamente le otorgamos. Porque, aunque en conjunto incorporamos mucho más, todo esto tan normal es la esencia de lo que somos y habitamos. Sólo hay que tratar de ver la belleza en lo más pequeño, en aquello que por frecuente desatendemos, desairamos u olvidamos.

Sería quizás, irónicamente, este sentimiento, o sentencia, de poder perder en cualquier momento todo eso tan normal y tan mundano (a consecuencia del cáncer que sufría) lo que le permitió apreciar lo insólito, lo maravilloso y lo trascendental de lo rutinario. Desde el juego de sus hijos o las cajas aún apiladas de su última y no cercana mudanza, a los recuerdos de infancia de su madre ‘mondando’ lentejas extendidas en la mesa de la cocina con el deseo de ‘eviscerarse’ “fiando el porvenir y su metástasis

a sus manos

exigentes pero tiernas”.

Y, pese al fatal desenlace, me reconozco abrumada y agradecida de su bellísima forma de poner poesía a lo cotidiano.

Tiempo

Debo de confesar que yo también he empezado el 2022 haciéndome una serie de rectos propósitos. Sin lugar a dudas, el primero y principal es mejorar mi empatía intentando no juzgar y justificar aquellas actitudes o comportamientos que lejos de parecerme apropiados no son mas que manifestaciones perceptibles de carencias, dificultades y/o conflictos latentes.

Pero además de esta noble aspiración, hay otras propuestas más banales en las que me estoy aplicando.  Si hace unos meses compartía que, desde que había sido madre, me estaba resultando imposible la lectura en ‘gran formato’ –entiéndase ésta como libros o novelas -, he iniciado este ejercicio intentando volver a retomar este hábito que siempre me hizo feliz. Pero, como suele ocurrir con la mayoría de las cosas que suponen un esfuerzo, he buscado la compañía de quien me motive cuando flaqueo.

Mi hermana, que es de las lectoras más ansiosas que conozco, pues acumula varios ejemplares completamente nuevos en su mesita de noche cuando aún cuenta con torres de antiguos pendientes, comparte también esta escasez de tiempo propio, después de ejercer de abogada y madre de tres pequeños. Así, hemos creado nuestro exclusivo club de lectura, más que para entretenernos –que también -, para seguir escoltándonos y amparándonos como, hasta ahora, en diferentes etapas y momentos de nuestras vidas hemos venido haciendo.

Hemos decidido empezar por ‘El año del pensamiento mágico’ la novela más popular de la escritora californiana Joan Didion. La elección no debe ser causal, pues la fallecida periodista, referente en narrativa del siglo XX, cuenta en estas páginas la repentina muerte de su marido, el escritor John Gregory Dunne, haciendo una íntima y consistente reflexión y retrato del duelo.

Nosotras este año también hemos perdido a alguien muy significativo. Nuestra tía Valentina, a quien hace unos meses dediqué un artículo hablando de su gracia con los tacones, fallecía dejándonos sin la risa más sonora, sincera y alegre. Por desgracia, también sabemos que hacer el luto es importante y saludable y, quizás, con esta lectura podamos terminar de expresar lo que ahora solo nos atrevemos a murmurar entre dientes.

Han sido años crueles en los que hemos despedido a mucha gente y puede que en ese intento por hacernos fuertes en el epicentro del sufrimiento hayamos mermado nuestra capacidad para el duelo, amontonando un dolor tras otro a la espera del preciado tiempo.

Pues será eso precisamente, tiempo, lo que me regale este año para leer y/o llorar todo lo que aún tengo pendiente.

Titánica Emilia

Cuando 2021 llega casi a su final, no podía dejar pasar el año sin hablar, aunque sea un poquito, de una escritora titánica de la que hemos celebrado el primer centenario de su muerte. Puede parecer mentira que un personaje así de adelantado para muchas cuestiones muriese hace cien años, cuando aún en nuestros días convivimos con opiniones y conductas mucho más retrogradas y desfasadas.

Emilia Pardo Bazán, hija única y nacida en el seno de una familia aristocrática, tuvo la gran fortuna de contar con un padre que no sólo cuidó su exquisita educación sino que auspició en ella su igualdad frente al hombre. Y son pocas las mujeres en la historia de nuestro país que han paseado con tanto orgullo su condición de mujeres e iguales frente al hombre, moviéndose incluso en círculos bastante reservados a los varones.

Lectora voraz, amante de la literatura rusa, políglota, admiradora del naturalismo de Émile Zola y, sin embargo, convencida católica. No dudó, pese a esta condición cristina, en romper su matrimonio cuando su marido José Antonio de Quiroga le recriminó las constantes polémicas y revuelos que provocaban sus publicaciones. Su ansia de vuelo y libertad iba mucho más allá de una relación matrimonial y de lo que se esperaba de la mujer del siglo XIX. Con su vida demostró que no había nada por encima de su amor a la literatura.

Viajó por Europa y por toda España y se codeó con todos los grandes intelectuales y artistas del momento, recibiendo elogios y críticas a partes iguales. El célebre Clarín ridiculizaba sus pretensiones de entrar en la Real Academia de la Lengua, mientras que el emblemático Unamuno le brindó su amistad y admiración. Fue la primera mujer en hablar públicamente en la Sorbona de París y en pertenecer al madrileño Ateneo. Sin embargo, y pese a todos sus intentos, nunca se le abrieron las puertas de la Real Academia de la Lengua, que sí lo harían décadas después para Carmen Conde.

Cultivó todos los géneros, desde sus celebres novelas naturalistas: Los pazos de Ulloa o La madre naturaleza, a los artículos periodísticos, numerosos cuentos y poesía. Introdujo la novela policiaca en España, atreviéndose a criticar al mítico Sherlock Holmes, y la figura del proletariado en sus historias destacando el proceso industrial y las duras condiciones de los obreros.

Emilia fue todo lo que quiso ser pero, ante todo, una mujer libre con el espíritu inmenso de los grandes de nuestra Historia.

Complejo de Peter Pan

Leía por ahí, estos días, que “ser adulto ha sido el deseo más estúpido que tuve de niño”. Y es que todos, en algún momento de nuestras vidas, hemos fantaseado con la idea de convertirnos en seres libres e independientes, dueños de nuestras decisiones y responsables, únicos, de nuestras vidas. Sin embargo, con los años uno aprende que la idílica madurez y su liberación no son más que un juego de sombras proyectadas que ocultan, al otro lado de la caverna, cierta sumisión al sistema que deriva en frustración, apatía y desengaño. Y es así como, en muchos casos, nos convertimos en anodinos adultos faltos de ilusión, motivación, empatía y humanidad, alejándonos de aquellos prometedores chiquillos.  

Es por estas fechas, con la llegada de la Navidad, cuando los insustanciales seres en los que, con bastante frecuencia, nos hemos transformado evocamos la alegría, el asombro y la admiración de aquellos años y recuperamos la esperanza de ser lo que un día quisimos en las vivencias de nuestros hijos. Sin duda, volver la infancia no es más que nostalgia pero quizás necesitemos de ésta para alterar nuestra monótona y letárgica supervivencia regresando a la esencia de lo que somos o perseguimos, pero olvidamos en el proceso de crecimiento, y así hacer más interesante y sustancial nuestra existencia.

Al madurar, incorporamos recursos y capacidades a nuestra experiencia vital que nos ayudan a desenvolvernos con éxito en un mundo más agresivo, competitivo y bastante más despiadado y cruel que el de nuestra infancia, pero también abandonamos procesos e instintos muchos más naturales, que son igual de relevantes, propios de aquella inocencia.

Con la edad somos más desconfiados y temerosos, más egoístas, mucho menos sensibles, menos inocentes y empáticos. Así lo veo y lo ‘sufro’ –también habrá quien me sufra a mí –en los últimos tiempos, descubriendo que aquello que pensábamos que “nos haría mejores” no ha sido del todo cierto. Tras una traumática experiencia colectiva como la que venimos resistiendo, hoy siento más irritación, enfado y mal humor generalizado en la gente. Falta mucha cercanía y tolerancia. Nos hemos vuelto demasiado prácticos y hemos desterrado, incluso de nuestros sueños, las grandes quimeras e ilusiones que teníamos de pequeños.

Yo, en ese sentido, me niego a crecer como ‘Peter Pan’, porque lejos de complejos e inmadurez, esa pizca de niñez e inocencia es la que, en este aciago y adverso escenario, a mí día a día me salva.

¿Dónde pongo mi árbol?

Tengo la sensación de que este año la Navidad se ha adelantado más que nunca. Si bien el pasado puente de diciembre viene siendo, para muchos, la fecha marcada en el calendario para comenzar con los arbolitos y belenes, en esta ocasión llevo viendo decoración navideña, en muchos perfiles de Facebook e Instagram, ya desde mitad de noviembre. Deben ser los deseos y anhelos de celebrar y festejar en familia y con amigos después del duro año de pandemia. Nos hemos anticipado para ganarle tiempo al adviento.

Sin embargo, en mi casa son otros los elementos que estos días presiden cada una de nuestras citas y encuentros. Nos hallamos a caballo entre un pequeño apartamento invadido de cajas y maletas y una preciosa y amplia vivienda que sigue siendo objeto de reforma, por lo que poner el idílico árbol de Navidad con el que, desde hace años, sueño es aún un imposible y una pérdida del poco tiempo que tenemos. Imaginé, después de una Pascua confinada, que este 2021 lo montaríamos y decoraríamos bajo el hueco de nuestra larga escalera, pero no creo que finalmente lleguemos a tiempo.

Sé muy bien lo que una mudanza supone. Sin pensarlo demasiado puedo recordar al menos diez u once. Una de las más aparatosas fue la que hacía en su día cuando dejaba la capital madrileña, después de cinco años de carrera, con el tendedero de la ropa atado a la baca del coche y la oportuna canción de Shakira sonando en bucle. La última fue muy contradictoria: a las incomodidades y urgencia de hacerla se sumaba que me llovió todos y cada uno de los días que estuve haciéndola; sin embargo, gracias a la ayuda y apoyo de buenas amigas cada porte, entre risas, se convirtió en una auténtica verbena.

Y al caos que éstas de por sí solas origina se suma que ahora la hacemos en familia. Asumo ya que pasaré más de un día en pijama y sin ducharme, que será imposible encontrar una camiseta o chaqueta concreta, que cenaremos exhaustos sobre una caja de cartón después de intentar reponer el orden y que iré a trabajar con lo que tenga más a mano sin detenerme demasiado en cómo me queda.

Pero, en medio de todo esto, sabré que construir ese nuevo hogar, con cada esfuerzo que ha supuesto, ya sea con árbol de Navidad o sin él, al final merecerá la pena.

Te llamaré Viernes 

Mis fines de semana

Desde hace algún tiempo, concretamente dos años, me cuesta más que nunca abordar novelas de grandes dimensiones, porque el cansancio con el que llego a la cama, que es cuando suelo dedicar un momento a la lectura más plácida y sosegada, no me deja más que avanzar un par de páginas por noche. Aún así, intento no abandonar este hábito y elegir pequeños libros de bolsillo amenos y rápidos, que normalmente me recomienda y me presta mi hermana (una lectora feroz). Esto hace que tenga en cuarentena y a medio leer algunos ejemplares orondos, pero a los que me niego a renunciar. Solo están a la espera de una época mejor.

Por esta falta de tiempo hay algo que tampoco suelo practicar, salvo alguna excepción contada, y es la relectura de alguna obra. Intuyo, quizás erróneamente, que tendrán menos que aportarme que una nueva pieza. Esto no significa que no haya grandes historias que, con gusto, volvería a rememorar; pero es tanto lo que aún me queda por descubrir que las sacrifico en pro de lo nuevo.

Sin embargo, hace solo unos días una noticia lograba que me replantease mi apuntalada práctica lectora. Fallecía la escritora Almudena Grandes. No he leído demasiadas obras suyas: ‘Malena es un nombre de tango’, ‘Atlas de geografía humana’ y ‘Te llamaré Viernes’. Historias de supervivientes, de frustración, de dolor y de soledad. No sé la razón pero tengo querencia por este tipo de relatos con personajes difíciles e intensos.

El último de los tres títulos fue el primero que leí de la autora madrileña y en aquel momento me marcó. Era bastante joven aún y, probablemente, aquella historia de amor compleja y completamente alejada de los arquetipos y modelos más románticos me acercó más que cualquier otro referente anterior a las realidades cotidianas. Me gustó la forma pausada en la que arranca la novela, tomando su tiempo para describir y descomponer para el lector a los personajes que serán, a mi juicio, la principal grandeza de este relato denso, invadido de adjetivos y de complicada lectura.

Así, pensé que, quizás, merecía la pena volver a revisarlo pensando en si, después de lo leído y lo vivido, volvería causar en mí la misma sensación. Posiblemente no. Sin embargo, si hoy no me conmueve no significa que ese no fuese mi libro, sino que éste no era su momento.

Sea como fuere, y en su memoria, la de una escritora comprometida y honesta, lo volveré a leer.

He pasado miedo

Yo también he pasado miedo. Aún habiendo sido, por lo general, un tanto aventurada e inconsciente también he experimentado cierta turbación, desconfianza y desasosiego al caminar sola por la noche y de madrugada. He fingido hablar por teléfono, he buscado la compañía o la presencia de otras mujeres o grupos en calles solitarias y he apretado con fuerza las llaves en la mano mientras hacía el trayecto de vuelta a casa. Me he sentido juzgada por mi aspecto y por la ropa que llevaba. Se han cuestionado mis capacidades profesionales por mi edad y, más aún, por mi género.

No suelo ni me gusta tratar temas especialmente polémicos y menos aún políticos, pero estos días me desconcertaba leer o escuchar ciertos comentarios que ridiculizaban la paridad que, con motivo del 25N, diferentes instituciones, organizaciones, asociaciones y una sociedad, casi, al unísono reclamaba para superar no solo ciertos roles y comportamientos que perpetúan la subordinación de la mujer, sino también para acabar con su expresión más cruel y salvaje. No entiendo la negación de una discriminación que resulta tan evidente y solo puedo considerarla como un síntoma más de este mal endémico que es la desigualdad de género.

Hace unos días leía el valiente comentario de un amigo que en su Facebook relataba la violencia que su madre había sufrido, hace años, por ser mujer separada. No se refería exclusivamente a la infringida (nunca físicamente) por su padre, sino también y, sobre todo, a la condena de una sociedad hipócrita que la señalaba y la denunciaba. Hoy, varias décadas después, siguen siendo las mujeres las marcadas y estigmatizadas (violada, maltratada…) con cierto sello de culpa, lo que infringe más dolor a las víctimas y a un entorno familiar roto y desgarrado, poniendo en evidencia lo oportuno y conveniente de seguir reivindicando.

He pasado miedo, pero éste nunca me ha paralizado. No ha sido un miedo irracional o inventado, como hay quien trata de mantener. Desafortunadamente, como otras muchas, he sufrido agresiones verbales, asaltos e incluso algunas otras experiencias mucho más amargas. Por desgracia, las 1.118 mujeres asesinadas (desde 2003) son reales. Y ésta no es más que una cara, la más terrible, de una violencia y una desigualdad que, lejos de no estar desterrada, crece entre los más jóvenes con conductas y estereotipos vejatorios, y con atroces violaciones y agresiones perpetradas, incluso, por menores. Y esto, hoy, me sigue dando miedo.