Desenterrándolas

En los últimos años, afortunada y justamente, se están empezando a reconocer las figuras de ciertas mujeres cuyas vocaciones, carreras y legados han sido acallados, ninguneados e, incluso, sepultados a conciencia. Ciertos movimientos y la implicación de grandes instituciones han sido clave en la restitución de estas memorias y, aunque queda mucho por hacer, nuestra generación y nuestro siglo está viviendo ese necesario empoderamiento femenino.

Así, hoy se está dando el valor que merecen a muchas obras y aportaciones de éstas a lo largo de la historia. Marie Curie, por ejemplo, ha sido considerada una de las mujeres más influyentes de todos los tiempos, habiendo destacado en el campo de la ciencia, pero curiosamente no solo por su intelecto ya que fue una mujer de acción: en plena I Guerra Mundial ayudó a equipar ambulancias e incluso las condujo en el mismo frente de la batalla. Otras, también sobresalieron en las artes y humanidades y ya no se las soterra o esconde bajo alias o pseudónimos.

Pero si bien aceptamos la genialidad o excelencia de las mujeres en diferentes ámbitos; puede que, sin embargo, no ocurra lo mismo con el poder que éstas puedan ejercer sobre los demás, sobre todo cuando se refiere a gran escala. Aún hoy nos resulta curioso o anecdótico el gobierno de un país por parte de una mujer. Aunque ejemplos, sin duda, haberlos haylos. Hace tan solo unos meses enterrábamos a Isabel II de Inglaterra con el segundo reinado más largo de la historia, pisándole los talones al mismísimo Luis XIV (Francia) que gobernó más de 72 años. O la propia Margaret Thatcher que fue primera ministra del Reino Unido desde 1979 a 1990, siendo la persona que más tiempo asumió dicho cargo durante el siglo XX y la primera mujer que ocupó este puesto en el país.

A este respecto, hace tan solo unos días, llegaba a mis manos un artículo de la que fue, posiblemente, la primera mujer empoderada de la historia, desafiando un mundo completamente masculino en torno al año 1.500 a.C. Reinó (y se autoproclamó Faraón) durante casi 20 años en el país más rico y avanzado de aquella época: El antiguo Egipto. Su nombre fue Hatshepsut y a pesar de haber construido uno de los templos más bellos de aquella civilización, tras su muerte, hubo grandes intentos por borrar su memoria, su legado y su gobierno. No lo consiguieron.

Su historia es similar a la de otras mujeres que brillaron con luz propia y fueron enterradas y reducidas al silencio por la mediocridad del pensamiento sexista que ha existido a lo largo de todos los tiempos y que, pese a los muchos avances, aún hoy persiste. Mas dichosamente poco a poco estamos desenterrándolas.

El sueño americano

Hace años que no veo una gala de premios del cine completa, ya sea la española de los Goya o su análoga en Norteamérica, pero sí me gusta conocer los premiados y seguir, de algún modo, los ecos de dichos eventos.

Así, este año me emocionaba, incluso, con el discurso del ganador del Oscar a Mejor Actor de Reparto: Ke Huy Quan, de origen vietnamita y que muchos recordamos por su papel de ‘Tapón’ en varias entregas de la saga ‘Indiana Jones’, quien hacía referencia a su llegada al país de las oportunidades: “Mi viaje empezó en una embarcación. Pasé un año en un campamento para refugiados y de repente estoy aquí”, ni más ni menos que recogiendo una estatuilla dorada. “Dicen que historias como estas solo pueden ocurrir en una película, pero me ha pasado a mí”.

Y es que, aunque parezca mentira y como suele decirse, la realidad muchas veces supera a la ficción. Hace unos días, leía en un curioso y original libro que me regaló una amiga (Cristina), ‘HEX – Historias Extraordinarias de Daniel López Valle, las memorias de una joven bailarina belga que, en plena Segunda Guerra Mundial y tras vivir encerrada en un sótano con su madre, para sobrevivir actuaba en ‘espectáculos’ clandestinos  (curiosamente sin aplausos para evitar ser descubiertos); y que incluso parte del dinero que recaudaba lo donaba a la resistencia. La escasez y el hambre hicieron estragos en su salud provocándole anemia y otros problemas de salud que la acompañaron toda su vida.

“Vimos fusilamientos. Vimos hombres y mujeres ponerse contra la pared y ser tiroteados”, relataba en primer persona ésta muchacha que años más tarde se convertiría en una actriz mundialmente reconocida. Sin embargo, leyendo esta biografía nunca imaginé que estuviese hablando de la mismísima Audrey Hepburn.

Pero estos pasados dramáticos no son una rara excepción entre las ‘celebrities’, ya que son muchos los que protagonizaron turbias y difíciles situaciones: desde la mismísima Marilyn Monroe que vivió en un orfanato hasta la mayoría de edad, a Oprah Winfrey que sufrió abusos sexuales de varios de sus familiares desde los nueve años o Charlize Theron que presenció el asesinato de su madre a manos de un padre alcohólico.

Y es que, aunque tengo que reconocer que no soy muy fan de aquello del ‘sueño americano’ que bien podía representar hoy aquel joven vietnamita que veíamos en las películas del aventurero Harrison Ford, “los sueños son algo en lo que hay que creer”, aunque como él mismo reconoce casi renunció a los suyos, porque está claro que pueden cumplirse, venga uno de donde venga.

Y es el que el pasado (y nuestra historia) nos condiciona, pero jamás nos limita (o eso quiero pensar).

Fuimos eternos

Esta semana escuchaba a Ismael Serrano, en su último concierto de la gira ‘Seremos’ en Lorquí, decir que seguramente pensamos que algunas canciones o discos “antiguos” son mejores no porque sea así sino porque añoramos quiénes éramos nosotros cuando los escuchábamos.

Seguramente tiene mucho de razón, aunque no estoy de acuerdo en aquello de que cualquier tiempo pasado fue mejor; pero sí es verdad que la música, en muchos casos, nos evoca y despierta algunos de los mejores recuerdos de nuestras vidas. Incluso hay momentos o épocas que tienen su propia banda sonora en nuestro devenir. ¡Y qué bonito es poder poner música a la cotidianidad de la vida!

Yo no puedo evitar rememorar mis días de estudiante en la Complutense y mis aventuras y desventuras por Madrid al oír cualquiera de sus canciones de aquellos tiempos. Por eso, para mí fue un auténtico deleite compartir ese espectáculo con mi familia: acudí con mis dos hijos, a pesar de que Julia apenas ha cumplido el mes. Y, aunque estuvieron casi todo el concierto durmiendo –afortunadamente-, algún día podré contarles como sus padres les hicieron partícipes de aquel maravilloso instante.

Sin embargo, el verdadero regalo estaba aún por llegar. Entre los temas de otros autores que el cantautor interpreta (ahora puedo apuntarlo sin ánimo de hacer spoiler porque la gira ya ha acabado) se incluye una zambra popularizada por Mercedes Sosa, de la que ya hablé en otro artículo, que podría ser una de las canciones más tristes de la historia; pero que a mí me trae memorias dulces de un pasado.

La pieza ‘Alfonsina y el mar’ relata, de una forma bastante romántica, la muerte de la poetisa argentina Alfonsina Storni que se suicidó en 1938 saltando al Mar de Plata desde una escollera. Cuántas veces oiría a mi padre tararear, con su escaso sentido del ritmo y la afinación, lo de “por la blanca arena que lame el mar”, siendo ésta una de sus canciones favoritas y, sin duda, una de las que marcaron mi infancia y adolescencia sin poder evitar preguntarme una y otra vez por aquella “angustia que la acompañó”.

Aún hoy, como me ocurrió durante el recital, me emociono con cada acorde de esta canción que sin duda alguna, aunque no sé de qué modo, hace mi vida más bella, y me ayuda a hacer memoria de quienes fuimos rompiendo el tópico aquel de que al lugar donde has sido feliz no debieras tratar de volver. Y es que me hace recordar –parafraseando a Ismael Serrano- que “antes de rendirnos (morir) fuimos eternos” (Papá).

Si estuvieras aquí…

“Que difícil y admirable poder poner palabras a una situación tan dolorosa”. Ésta era una de las reflexiones a las había llegado, y verbalizado conmigo, el ‘Hombre del Renacimiento’ tras finalizar la novela ‘Mortal y Rosa’, de Francisco Umbral. Una especie de memorias, a modo de monólogos, en las que narra la tragedia, de la que dicen nunca se recuperó el periodista y ensayista madrileño, de perder a un hijo de seis años enfermo de leucemia. “Era una cosa atroz”; recordando aquellos días de dolencia y padecimiento.

Yo, que no me siento ni siquiera capacitada para enfrentarme a esas páginas en estos momentos, siempre he pensado que es más fácil lograr la inspiración en el drama que en lo cómico y que, de este modo, Umbral habría conseguido su mejor obra, como asegura la crítica, a un coste demasiado alto.

El arte, la literatura y el cine están plagados de referencias y alusiones a historias personales, biografías muchas de ellas terribles y devastadoras. Y también, como ocurre con esta narración, de una belleza sobrecogedora. Y siempre, cuan admirable resulta ponerle palabras a ese dolor.

Desde las coplas a la muerte de su padre de Jorge Manrique, con esa tan real advertencia entre otros versos: “Ved que quan poco son las cosas tras que andamos y corremos que, en este mundo traidor, aún primero que muramos las perdemos”; a la maravillosa ‘Elegía’ al amigo perdido de Miguel Hernández a Ramón Sijé: “Lloro mi desventura y sus conjuntos y siento más tu muerte que mi vida”.

Hace un tiempo también me sobrecogía con la obra de la escritora americana Joan Didion ‘El año del pensamiento mágico’ en la que relata de forma completamente explícita la angustia de la muerte de su marido y la enfermedad y fallecimiento de su hija; así como la depresión en la que quedó sumida. No es para menos. Y aún así tuvo el valor de escribirlo.

Yo, que como todos, también tengo mis sombras, pienso ahora, cuando hace ocho años de la abrupta partida de mi padre, en todo aquello y no me salen más palabras que la nostalgia de ‘Pink floyd’ al recordar a Syd Barrett que dejó la banda demasiado joven -fruto de problemas mentales derivados del consumo de drogas – y decir aquello tan sencillo, pero tan bello y tan real de “How I wish you where here” (Como desearía que estuvieras aquí).

Posparto

Mucho se ha hablado del posparto y, aún así, poco me parece. No se trata, únicamente, de que nuestras hormonas estén completamente alteradas, que también, pues hasta el  mismísimo Punset, con su enervante tranquilidad y todos sus recursos y teorías, cortocircuitaría en más de una ocasión. Es cierto que nuestro organismo está en plena revolución, pero créanme no habría quien se enfrente al posparto saliendo indemne.

Después de un alumbramiento, que es maravilloso pero te rompe en dos, se espera que normalices una situación completamente desconocida, extraña y en muchos casos excluyente del resto de actividades, sobre todo al comienzo, en tu rutina y en tu vida, que ya nunca volverán a ser como antes. Y que lo hagas además en tiempo record, pues en el caso de que trabajes, a los pocos meses, debes incorporar este nuevo acontecimiento a tu faceta laboral y conciliar sin morir en el intento. 

Empezando por la reducción considerable de duchas a la semana (yo que lo hacía a diario y hasta varias veces) y por el look pijamero que predomina en tus estilismos, lo que resultaría más banal de todo, aunque todo suma; y siguiendo por las noches sin dormir, las preocupaciones por la lactancia y un nuevo ser que vive pegada a ti (y a tu pecho) 24 /7, con lo que tienes que hacer malabares hasta para ir al baño.

De la casa ni hablamos, pues si hay que priorizar, aquí debemos aplicar la ley del mínimo esfuerzo. Aunque, a veces, poner una lavadora puede resultar, en medio de la monotonía, incluso una actividad de ocio y esparcimiento. ¿Salir a la calle? No entra en tus planes, pues resulta inviable con la constante demanda de pecho. Y así llevamos un mes, por el momento.

Y si tienes más hijos, ese constante y horrible sentimiento de culpabilidad por desatenderlos resulta, sin duda, una de las peores cargas que nos autoimponemos. Aunque la tristeza de perderte instantes con ellos es completamente real, pero no queda más remedio, el nuevo bebe te requiere y tratas de no castigarte, demasiado, por ello.

Pese a todo, (y como nos repiten para consolarnos y convencernos) estos primeros meses pasan rápido, aunque los días se hacen lentos, y yo me recuerdo a diario que no volverán y que quiero vivirlos como lo que son: unos días para el enamoramiento con tu nuevo pequeño que viene a hacer más familia y a hacer más completo aún todo lo nuestro.

Posición de privilegio

Intento escribir este artículo en el móvil acostada en la cama con mis dos pequeños -por mi empeño a no renunciar a ciertas cosas pese a lo imposibles que puedan resultar a veces- mientras uno se despierta llorando porque se hace pipí al escuchar el estridente llanto de su hermana a la que estoy cambiando el pañal que acaba de manchar. Con los dos, uno en cada brazo, he cruzado la casa para llevarlo al baño. Una vez allí me las he ingeniado para auxiliar al primero en su propósito sin soltar ni un instante a la más pequeña. Y de vuelta a la habitación, como una mamá koala con sus bebés encaramados. Una vez en el nido tratando de retomar mi escritura, a la par que mis hijos hacen lo propio con su sueño, pienso un tanto pesarosa en si es posible atender algo más.

Precisamente, esa misma mañana escuchaba una entrevista en la radio al actor y director Juan Diego Botto en la que reconocía públicamente que había podido desarrollar su carrera, sobre todo en los dos o tres últimos años en los que ha obtenido importantes éxitos tanto en cine como en teatro, gracias a que su compañera, la periodista y escritora Olga Rodríguez, había renunciado a parte de su espacio y tiempo para cuidar de su hija. Hablaba del equilibrio, de corresponsabilidad y también de algo que me ha llamado mucho la atención, de la posición de privilegio.

Para mí es importante que un hombre haga tales confesiones en público, pues pone de manifiesto una realidad muchas veces acallada y silenciada incluso en el seno de las propias parejas. Muchas mujeres asumen, o asumimos, aún hoy el rol de la renuncia y la cesión de forma tácita, dando por hecha esa posición de privilegio a los hombres, por el hecho de serlo, en materia de crianza. Y sólo poder verbalizar esta prebenda ya es algo revolucionario, más aún cuando lo reconoce el propio beneficiario.

Es justo reseñar que en los últimos años se están dando algunos avances en materia de igualdad, tanto a nivel legislativo como social. Sin embargo, y aunque excepciones haberlas haylas, a pie de calle el principal peso del cuidado de los hijos se asume desde la maternidad, regalando a los padres esa disposición de libertad para poder continuar con sus vidas.

En este caso, aunque tengo que reconocer su implicación al cargo de nuestro primer hijo y en las tareas del hogar ahora que estamos de posparto y lactancia, mis días han quedado reducidos a pijama y sillón mientras que el Hombre del Renacimiento acude y atiende otros y diversos asuntos.

Y aunque, de algún modo, son momentos de intimidad y cariño únicos y maravillosos que, además, pasarán mas rápido de lo que parece, y que voluntariamente he asumido y hemos acordado, esto no me exime de cierta frustración, incluso llanto, en determinados momentos.

Parir

Con muchos mas miedos, tal y como he confesado en más de una ocasión, afrontaba mi segundo parto. No temía al dolor; sí a dejar por primera vez a mi pequeño a cargo de otros y, por supuesto, a cualquier complicación que me pudiese impedir cuidar de ellos o protegerles, incluso poniéndome en lo peor. Así de traicionera es la mente, a veces.

El pasado jueves día 9 acudía directamente de mi puesto de trabajo al hospital  -como ya vaticinaban algunos compañeros al verme entrar a diario pese a estar casi cumplida – porque sentía ciertas molestias; pero ni yo, ni nadie al verme, hubiera imaginado que podría estar de parto y que tan solo unas horas después tendría ya a mi segunda hija en el regazo.

Con cuatro centímetros de dilatación, y diez en mis tacones (que tuve que llevar extrañamente combinados con las poco favorecedoras batas azules) y sin apenas dolor crucé la puerta de Urgencias; pronto las contracciones se aceleraron, no así el padecimiento. Sin creerme, por tal motivo, las matronas de planta me examinaban para comprobar asombradas que dilataba pese a la sonrisa y al buen humor. Así que, entre charlas y bromas, bajamos a paritorio.

Jamás en mi vida tuve un recibimiento así. Era el único parto en aquel momento y más de 20 personas, entre matrones, residentes, enfermeros y personal sanitario, esperaban mi llegada en silla de ruedas para darme ánimos. Hasta el más cobarde hubiese sentido el arrojo suficiente para lidiar cualquier ingrata misión. Agradecí emocionada aquel empujón.

Ya en paritorio, el número 6, conté con un equipo inmejorable. Manuel, residente, me dio la bienvenida y se encargó de que mi estancia resultase lo más confortable posible. Encarna y Carmen, matronas, completaban el ‘dream team’ que trajo al mundo a mi pequeña Julia. No olvidaré sus nombres, al igual que no he olvidado el de Guadalupe, quien fuera la encargada del alumbramiento de mi primer hijo. Curiosamente todos nombres de advocaciones marianas, y de algún modo así, también, sentí su protección.

A las ocho menos veinte comenzó la expulsión con la rotura de la bolsa y sin epidural; cinco minutos después la pequeña había nacido. Fueron segundos de dolor condensado, de emoción, de cierta violencia, de concentración y en los que todo mi cuerpo se desgarraba, gritaba y empujaba para parir. La vida me regalaba una nueva luz, a pesar de mis miedos.

Palabras para Julia

En muchas  ocasiones, sin un plan trazado ni guión escrito, la vida  nos enreda en tramas maravillosas cuya urdimbre está formada por nosotros mismos, por nuestra propia historia y voz. Tapices polícromos, pues, en un telar inmenso cuyos moradores desconocen el fin para el que fueron tejidos.

No soy Mónica López.  Esto es Café con Moka, pero, por primera y posiblemente única vez,  quien escribe estas palabras no es nuestra periodista y madre; sino el hombre que dibuja la vida a su lado; el padre de sus hijos; aquel a quien ella un día empezó a nombrar, en esta misma sección, como el Hombre del Renacimiento.

Hemos vivido hace unos días el alumbramiento de nuestra hija Julia, ese pequeño ser que viene a sumarse a nuestra familia, nuestra historia, nuestro singular tapiz . Una nota de ternura, quizás beige con suaves malvas, en mi paleta de pintor, sobre un lienzo de mullido algodón.

 He sido testigo, por segunda vez , de lo tremendo que es ver nacer a un nuevo ser. Como ese rito -atávico y primigenio- que es ”el parir”, no deja de renovarse ante los ojos de cada hombre, acto brutal  y sobrecogedor en su aullido de vida.  Vida que va mezclada con sufrimiento desde el primer instante.  Al ver a tu madre partirse, en girones de sangre, luz y dolor, venían a mi mente, de manera intermitente, pensamientos dispares -lejanos en el tiempo y cercanos en presencia- ¿Cuánto de mí tuvo que ocurrir y no al mismo tiempo para que tú, hija mía, estuvieras aquí? ¿Quién susurró tu nombre de juventud y dicha antes de que yo soñara con acunarte en mis brazos? Porque tu llanto al nacer, pequeña mía, es la brisa que besa nuestros ojos en este febrero frío.

Me ha acompañado durante estos días de hospital un libro maravilloso y terrible. Un libro forjado al amparo del dolor más agudo que quizá pueda un hombre sentir. Francisco Umbral enterró a su único hijo a los cinco años, Mortal y rosa es la bellísima elegía que el escritor dedicó a su hijo “Pincho” como salvación, quizás, de su  propia alma tras su muerte.

El tiempo nos envidia y acecha, Julia, porque somos eternos. Eternos en nuestra caducidad y espera. Eternos en nuestra pequeñez, gigantes en nuestros deseos y sueños.  Escribe con el más hermoso de los azules tu nombre en esta historia, hilvana con hilos de plata y oro tu verdad en este tapiz al que has llegado. Bienvenida, hija mía.

Alumbramiento

Mientras lee estás líneas puede que yo esté exactamente dando a luz a mi segundo hijo, en este caso niña, pues estaría en mi fecha prevista de parto. También podría ser que Julia, como se llamará la pequeña, se hubiese adelantado unos días y ya esté con nosotros. O, quizás, aún no haya llegado. El caso es que de un modo u otro, mientras lee esto mi situación vital habrá cambiado o estará a punto de hacerlo de forma drástica por segunda vez en mi vida. Y aunque en estos instantes reconozco que siento miedo y preocupación, sé que (si todo va bien) será el segundo mejor día de mi vida y rememoraré una de las experiencias más intensas y brutales que podré recordar nunca.

Precisamente esta semana venía a mi cabeza algo que escribía no hace mucho cuando un pequeño terremoto nos despertaba de madrugada en casa y yo, sin pensarlo dos veces, cubría el cuerpo de mi niño con el mío intentando protegerlo de lo que pudiera ocurrir. El pánico me invadió en ese momento y no pude pegar ojo en toda la noche pensando en qué podría haber ocurrido y en cómo podría mitigar o evitar las drásticas consecuencias de un acontecimiento así.

Todo esto, mientras visualizaba las terribles imágenes que llegan estos días, a través de los medios de comunicación, del devastador seísmo en Turquía y Siria y me volvía a preguntar cómo puede el ser humano aguantar tanto dolor. Cómo una población y un país que agoniza por culpa de una guerra civil que se libra desde hace casi 12 años, y que ha dejado casi 400.000 muertos y más de 200.000 desaparecidos, puede ahora, prácticamente sumido en la desolación, hacer frente a la catástrofe humanitaria y social que lo deja en la ruina.

Reconozco que me causan tremendo dolor y tormento las fotografías de niños atrapados, desconcertados, solos, cenicientos y, también, muertos en medio de tal horror. En mi situación, imagino que es normal empatizar más con los padres y madres de esos pequeños. Y entre tanta crueldad alguna imagen también para el aliento, como la de ese recién nacido venido al mundo en medio de los escombros y la destrucción. Un alumbramiento como símbolo de la esperanza, la luz y la nueva vida que se abre paso en mitad del espanto.

Y entonces todo cambia, y yo pienso, como comentaba al inicio, que en unas horas o días estaré dando a luz en un hospital más que preparado, rodeada de profesionales, y que mi hijo (el primero) estará al cuidado de las personas que más lo quieren, además de sus padres, y siento la contrariedad de mi fortuna y su injusticia.

Clásicos

Si he disfrutado de algo a lo largo de mi vida ha sido, entre algunas otras cosas, del cine. Y aunque lo aprecio a través de cualquier medio o plataforma, reconozco mi debilidad por la gran pantalla. Ir al cine siempre ha supuesto, para mí, mucho más que entretenerse con una buena película. Es un ceremonial, con su propio protocolo, en el que me ha gustado regodearme. Desde la elección del pase o la compañía, la oscuridad de la sala y volumen envolvente de la misma, hasta los comentarios posteriores a la sesión haciendo de aficionados críticos de cine.

Aún recuerdo cuando, durante mis años en Madrid, acudía semanalmente a alguna sala de la capital y, en la mayoría de ocasiones, lo hacía incluso en solitario. O cuando descubrí en los bajos de la Facultad de Ciencias de la Información, en la que estudiaba, una videoteca con un extensísimo repositorio de obras de todos los tiempos que podía visionar in situ gracias a pequeños y antiguos televisores con auriculares. Allí pasé muchos ratos muertos entre clase y clase y conocí y descubrí a grandes clásicos del cine que habían sido auténticos desconocidos para mí. Entre ellos el que se convirtió en mi director fetiche por mucho tiempo y que fue uno de los iniciadores y principales representantes de la Nouvelle Vague: Truffaut.

He de reconocer que, para entonces, mi cultura cinematográfica ya era quizás más rica que la de algunos compañeros, sobre todo si hablábamos de películas de otros tiempos, pues mi padre en esto también nos hizo, a mi hermana y a mí, de mentor.

Así, con poco más de 15 o 16 años ya habíamos disfrutado de piezas en blanco y negro como ‘Casablanca’, ‘La fiera de mi niña’, ‘Que bello es vivir’, ‘Gilda’ o ‘Matar a un ruiseñor’. Y lejos de espantarnos este formato, sin color, aprendimos a apreciarlo. Algo que, por lo que vengo observando, no ocurre con los jóvenes y los adolescentes del momento.

Pero no es solo la escala de grises lo que niegan o rechazan sino, en general, la producción de otro tiempo que consideran anticuada, obsoleta y técnicamente deficiente. Sin embargo, en esta negación se están perdiendo los grandes referentes de la cinematografía de los que se nutre y alimenta la actual producción.

De este modo, la mayoría de chavales jamás han oído hablar de ‘Rebeca’, ‘Lo que el viento se llevó’, ‘Ben-Hur’ o ‘El apartamento’; perdiéndose así frases tan icónicas como “Francamente, querida, me importa un bledo’ o ‘Creo que este es el inicio de una gran amistad”.