Amor incondicional

Cuando se dice que ser padre/madre te cambia la vida, no solemos pensar en la profundidad y rotundidad de tal afirmación.

En muchas ocasiones me he referido, en esta misma página, a mi experiencia y cambio vital en el antes y después de haber sido madre.  Pero este comentario no va enfocado a recordar algo que generalmente damos por sabido, incluso por natural. Voy más allá.

Estos días reflexionaba, junto a mi ‘Hombre del Renacimiento’, como el ser padres nos ha hecho también renunciar a nosotros mismos para crecer, para agrandar el corazón y alcanzar otra madurez hasta ahora desconocida.  No hablo de renunciar a rutinas y hábitos  agradables de antaño, que también; sino a un renunciar a uno mismo, a lo más elemental -en ocasiones- en busca de un bien mayor. En busca del bienestar de tus hijos. Esa renuncia contrasta bastante con nuestra sociedad actual, donde impera la satisfacción rápida y el egocentrismo más estúpido.

Esta semana sufría un dolor terrible en un hombro y; sin embargo, me podía más el tratar de “continuar con la marcha” que mi propio cuidado y salud. No digo que esto esté bien, ni sea ejemplo de nada. Sólo reflexiono acerca de cómo el amor a nuestros hijos nos lleva a soportar y actuar de maneras nunca antes imaginadas.  Comemos -en muchas ocasiones- cuando ellos nos dejan, restamos horas a nuestro sueño por el bien del suyo. Incluso nuestra economía, en cierta manera, deja de ser nuestra para volcarse en sus necesidades y cuidados (presentes y futuros).  Insisto: no descubro nada al mencionar aquí esto; pero si quiero resaltar  hasta que punto ser padre o madre es uno de los actos más altruistas que ser humano puede experimentar.

Ese amor incondicional que nos lleva a no mirarnos tanto el ombligo, para ser capaces de cuidar con  el cuerpo y el alma a esos pequeños seres a los que llegamos a querer más que a nosotros mismos. Es ese amor el que creo que nos lleva a crecernos, a convertirnos en pequeños- grandes héroes para derribar cada día a cuantos gigantes surjan amenazantes. Un amor que nos lleva donde jamás habríamos imaginado poder arribar, a soportar, tal vez, aquello que nunca creímos aguantar. 

En la conocida película En busca de la felicidad, Will Smith, se expresa un poco esta idea: ¿Hasta dónde es capaz de llegar un padre por el bien de su hijo?. De qué formas maravillosas podemos anhelar no ya nuestro bien sino el de aquellos que en nuestras manos están, por encima de todo.

Ser madre me ha hecho crecer, crecer en ese amor incondicional- que nace de mis entrañas partidas- y que me da nuevas fuerzas siempre cuando los vientos arrecian.

Un lugar seguro en el mundo

Hace unos días, durante el desayuno, una amiga me comentaba que su psicóloga le había recomendado que buscase su ‘lugar seguro’. En psicología este concepto se aplica a una recreación de un lugar, momento, persona o situación, real o ficticia, que reconforte, calme y pacifique tu alma. Ese espacio mental en el que sentirse ligero, libre de opresión y carga. Y así, entonces, poder volver a evocar las sensaciones propias de ese instante para garantizar (en determinadas circunstancias) nuestra propia supervivencia emocional.

Jamás me había preguntado por ese lugar en mi vida. Aunque no me considero una persona precipitada o irreflexiva, últimamente voy por la vida con tanta prisa, siempre en los tiempos de descuento, que quizás no le dedico demasiado a la introspección y al recogimiento; pero cualquiera que sea madre y/o trabajadora podrá entenderme.

Pensándolo un poco, desde entonces, siempre me he sentido a salvo ‘en casa’. Y, en este caso, refiero, concretamente, a la casa de mis padres. Ese lugar al que constantemente he vuelto, cuando me he sentido más sola, vulnerable, perdida o desorientada. Sin embargo, no creo que sea exactamente ese el concepto.

Quizás, fuese entonces la soledad. Esos espacios conmigo misma que tanto he disfrutado en el pasado. Ya sea estudiando, leyendo, en una terraza sola comiendo… Siempre he sido muy sociable, pero he necesitado y buscado esos instantes de aislamiento, de profundo silencio, incluso en medio de la rumorosa y estridente ciudad. Aunque ahora es algo difícil saberlo, teniendo en cuenta que hace exactamente cinco años –que nació mi primer hijo –que no los encuentro. Entre llantos, reniegos, rabietas y “mamás” a cada momento, quizás sí sea mi lugar ansiado, un espacio para el sosiego.

Con un mundo completamente revuelto y turbulento. Con el dolor, terror y sufrimiento omnipresentes y el odio escalando y tomando las esferas del poder siento, más que nunca, la necesidad de hallar ese escondite, ese pequeño y secreto agujero.

Más ni la soledad, ni el hogar materno logran, estos días, traerme o proporcionarme algún alivio o, al menos, un poco de consuelo.

Ha sido, entonces, en la oscuridad de la noche, y con un cierto silencio, mientras contemplaba a mis pequeños, a mi lado, durmiendo, sanos y a salvo, entre mi marido y mi propio cuerpo, cuando he sentido que ese es el verdadero sosiego, una paz y una calma nada ostentosa. Esos momentos de relativa ‘soledad’ en los que no me importa romper el sueño para ser consciente de la profunda dicha que tengo. Un lecho que sirve de amparo y refugio. Mi lugar seguro en el mundo, humilde y reconfortante.

Evitar la tragedia

La pasada madrugada del lunes al martes despertaba poco antes de las tres de lo la mañana por el ruido que provocaba la intensa lluvia en el tejado de nuestro hogar. Por entre las cortinas veía un cielo completamente iluminado a consecuencia de una violenta tormenta eléctrica que rompía en truenos que se escuchaban a lo lejos. Al comprobar que no cesaba, me levanté para evidenciar, desde el segundo piso, que cuesta abajo corría un importante caudal de agua sucia que se acumulaba en la zona más baja del vecindario, ocasionando arrastres y que, incluso, las alarmas de algunos coches saltasen sumándose, así, al bullicio. 

En aquel momento me asusté. Nunca me han gustado las tormentas. Me aterrorizan. Era relativamente consciente de que no corríamos peligro, tratando de asegurar sobre todo la integridad de mis hijos. Sin embargo, no pude evitar preocuparme por otros vecinos con niños pequeños, esperando que estuviesen tranquilos y a salvo. 

Afortunadamente al amanecer el temporal quedó, donde vivo, en algo prácticamente anecdótico, sobre todo después de conocer las tragedias que se han vivido en otras localidades. 

Como toda España estoy, desde entonces, completamente abrumada, entristecida y desconsolada con la cantidad de dramas personales que la fuerza del agua ha dejado a su paso en diferentes puntos de nuestra geografía. No he visto la televisión. No he podido. He leído la prensa y he escuchado la radio para informarme. No sé si podría soportar la crueldad y el drama de ciertas imágenes. 

Son muchas las voces y otras tantas las opiniones que hoy, varios días después, reflexionan sobre la dimensión de tremenda catástrofe. Muchas, también, las críticas y los repartos de obligaciones y competencias. Sin duda, habrá que depurar responsabilidad, si las hubo, y los errores que se cometieron. En cualquier caso, semejante volumen de precipitaciones en tan corto espacio de tiempo es muy difícil de contener, controlar o frenar. Los daños eran inevitables, aunque seguramente pudieron ser menos. 

Se ha cuestionado el sistema de alertas, los recursos puestos a disposición y la previsión de las administraciones. Quizás hubo faltas en todo el proceso y, por supuesto, es necesario que se sancionen; aunque también es verdad que estábamos avisados desde hace días de la llegada del temporal. 

Ocurre que estamos acostumbrados a que las alertas no suelan ser tan severas como se pronostican y nos confiamos creyendo que no se cumplirán los pronósticos más alarmistas. Yo misma me salté las recomendaciones al salir a la autovía, en plena alerta naranja, para llevar a mi hija al pediatra cuando no era cuestión prioritaria. Acciones completamente temerarias. 

Sin duda, los fenómenos meteorológicos son, a consecuencia del cambio climático, cada vez más impredecibles y debemos tomarnos en serio las alertas y predicciones. Quizás también es el momento de que las distintas administraciones públicas, entidades y organismos cierren un acuerdo estatal de acción y actuación para que ante determinados avisos y situaciones de emergencia, a modo de prevención, se establezcan las medidas que se pueden tomar ya sea como precaución y/u obligación y que reduzcan y atenúen las consecuencias, minimizando -y ojalá evitando -la tragedia.

Nuestro corazón está con las familias de las víctimas y nuestra esperanza con los allegados de los desaparecidos. Y, por supuesto, nuestras fuerzas con quienes tratan de reconstruirlo todo.

Catedrales de la palabra

Nueva york no es, actualmente, uno de mis destinos favoritos. Pese a ser la ciudad de las oportunidad, de los sueños por cumplir y la que nunca duerme –por algo le cantaba el gran Frank -,hay otros lugares que despiertan más aún mi interés. Sin embargo, no negaré que hay escenarios concretos de la Gran Manzana que algún día me gustaría pisar, si la vida me lo permite.

Más allá de el gran Central Park, el imponente mirador ‘Top of the Rock’, el icónico barrio de Brooklyn o Rockefeller Center con su arquitectura Art Decó en plena Navidad, hay un espacio que siempre he deseado recorrer y pasear: La Biblioteca Pública de Nueva York.

Creo que la primera vez que vi alguna de sus estancias fue en la mítica serie ‘Sex and the City’ cuando la protagonista Carrie Bradshaw elige su mítico hall y escalinata para su ‘no boda’ con Mr. Big. Desde aquel momento me cautivó aquel espacio neoclásico de tres plantas que custodia y guarda entre más de tres millones de libros una Biblia de Gutenberg, una carta de Cristóbal Colón, otra de Pablo Picasso, un manuscrito de Shakespeare, seis grabados de Goya o el discurso de despedida del presidente George Washington. Pero si imponente es su entrada, no lo es menos la Rotonda McGraw en la tercera planta de este edificio, con un mural sobre la historia de la palabra escrita.

Pero este no es el único templo de los libros que sueño conocer. Desde las más clásicas, como la del Trinity Collage a las más modernas o futuristas, como la de Oodi en Helsinki, en mis viajes son siempre una visita obligada y disfrutada.

También las hay, desafortunadamente, aquellas que no podremos volver a andar, al menos con su esplendor de antaño, como la emblemática Biblioteca de Sarajevo devastada a cañonazos en1992 en plena guerra y que se han convertido en todo un símbolo de la destrucción, la sin razón y la barbarie en un conflicto bélico. Hecho éste que ha servido para instaurar y celebrar el Día de las Bibliotecas que conmemorábamos esta misma semana.

Estos edificios de la palabra contribuyen hoy día, sin lugar a duda, a la democratización del saber y la cultura, reducen la brecha digital y  apoyan la construcción de una sociedad más justa e igualitaria. Desde la más grande e imponente a la más pequeña y modesta son lugares mágicos y extraordinarios en los que el silencio abruma tanto como la palabra. Custodia y defensa del conocimiento, arquitectura de la sabiduría de todos los tiempos: Catedrales de la Palabra.

¡Celebrarte!

Esta mañana, como muchas otras, hijo mío, despertabas celebrando las cosas que a lo largo del día iban a ocurrir; disfrutando tanto el anuncio y la previsión como el propio ocurrir y acontecer. Dándome, una vez más, una lección de actitud y vida. Así, mientras conducía hasta el colegio, al que vas cada día dichoso, me ibas contando que siempre, “pero siempre”, hay algo ‘guay’ para estar alegres. Sin duda, esta máxima tuya se hace más penetrante y aguda estas semanas con el festejo de tu 5 cumpleaños.

Y yo aprovecho la ocasión y hago la vista atrás para rememorar tantos y tan bonitos recuerdos. Vivir contigo, Alejandro, ha sido una auténtica fiesta. Por tu manera de solemnizarlo todo, de mostrar interés y darle valor a lo más especial y a lo tremendamente cotidiano. Desde la ocasional onza de Milka de las meriendas a las excursiones en familia más elaboradas, pasando por una sencilla visita a la biblioteca o nuestra escapada semanal a Caravaca.

Y es que tengo la certeza absoluta de que eres un niño feliz, y nada en este mundo me puede traer más paz y contento que verte crecer sano y disfrutar.

Además, con los años, nos vas descubriendo –a tus padres –una personalidad de la que sentirnos profundamente orgullosos. Y es que aunque tu extraordinaria sensibilidad te hace vulnerable a todo, para bien y para mal, es tanto lo humano, lo justo y lo virtuoso que, aunque duela, siempre te compensará lo que haya que resistir y expiar.

No hay malicia alguna en tus actos; un poco de pillería en algunos, quizás. Y es que eres un niño astuto, avispado y perspicaz. Sin embargo, tu manera de entristecerte, romperte y llorar cuando has herido sin intención es signo inequívoco de tu limpieza y honestidad. Muy exigente contigo mismo. No te gusta fallar. Pero debes saber; pequeño mío, que en la vida no siempre se puede satisfacer y agradar.

Ahora, como hermano mayor, muestras nuevos comportamientos que nos han vuelto a cautivar y que sabemos que algún día Julia te agradecerá y reconocerá. Eres paciente, atento, cariñoso y considerado. Siempre cedes y renuncias cuando a alguno de los dos le toca desistir. Sin duda, el mejor ejemplo en quien ella se puede fijar.

Y, por todo ello, yo hoy celebro tus 5 años. Celebro el momento en que te concebimos, la madrugada en la que naciste y todos y cada uno de los días de tu sempiterna sonrisa y mirada chispeante. Celebro, sin duda, tu extraordinaria y cotidiana forma de celebrar.  

¡Feliz cumpleaños, hijo mío!

Algo que leer

Intento seguir la actualidad literaria todo lo que mis obligaciones y devociones como mamá me dejan. En las últimas semanas en la Región de Murcia estamos más que de enhorabuena en el palmarés de las letras.

Primero, la caravaqueña Carmen María López ganaba el premio de poesía de la editorial Espasa con ‘La madre de nadie’, una antropología en prosa sobre las relaciones madre e hija. Poemario que se hacía con el galardón gracias al voto unánime de un jurado formado por prestigiosas intelectualidades como Luis Alberto de Cuenca, Alejandro Palomas o Ana Porto.

Una par de semanas después, era la molinense Lola López Mondejar, experimentada ensayista, escritora y articulista, que también ha ejercido como docente en varias universidades y que tiene formación en psicología, la que se hacía con el premio de ensayo de la editorial Anagrama con ‘Sin Relato: Atrofia de la capacidad narrativa y crisis de la subjetividad’.

Dos mujeres murcianas que han sido reconocidas por su trabajo a nivel nacional, algo que sin duda me resulta motivo de júbilo y de orgullo. A ellas se les suma, además, el último y recién desvelado premio Nobel de Literatura a la autora surcoreana Han Kang; siendo nuevamente una mujer la galardonada e incluso, en esta ocasión, la más joven en recibir este honor. No conozco demasiado su obra, pero creo que sobran motivos para leer algo de dicha escritora.

Así, esperando poder hacer hueco en mi mesita de noche a estos ejemplares y teniendo en cuenta que aún tengo una larga lista de libros pendientes, en casa seguimos ampliando la biblioteca infantil ya que, por fortuna, mis hijos comparten –de momento –nuestra afición por las letras. Y que mejor momento que aprovechar que se celebra estos días la tradicional Feria del Libro en la capital. Pocas cosas me gustan y me entretienen tanto como pasear entre libros y, además, aprovechar para encontrarte con conocidos autores como Luis Leante o artistas e ilustradoras de la talla de Eva Poyato.

Teniendo en cuenta, también, que está cercana la festividad de Todos los Santos y Halloween siempre solemos incorporar alguna historia ‘terrorífica’, que son muy del gusto de mis pequeños.

Fueron dos las tardes entre casetas, cuatro las adquisiciones y muchas las horas que ya hemos dedicado a ojearlos; y es que un libro es siempre una fantástica inversión, por su desproporcionado valor y beneficios en relación a su coste material. Y porque para nosotros es importante que siempre tengan algo nuevo que leer, una nueva aventura que correr y un viaje diferente que emprender.

La madre que quiero ser

Una mamá que aunque desatienda o descuide algunas fechas o citas ‘importantes’ jamás olvide leerles cada noche.

Pasadas las once de la noche de este jueves, con los niños por fin dormidos, las mochilas y ropas del día siguiente preparadas, con pocas fuerzas y menos ganas aún de cualquier otra cosa que no sea meterme en la cama, comienzo a escribir el artículo de esta semana. Velándolos desde la otra punta de la habitación, en mi mesa de despacho, acurrucados ambos aún encima de la cama familiar comienzo a preguntarme, como tantas otras veces, si realmente estoy siendo con ellos la madre que me gustaría ser.

Las expectativas las tengo claras. Sé el modelo de familia y crianza que quiero para mis hijos. Sin embargo, a veces, la realidad y el día a día pueden distorsionar ese ideal. Desde que di a luz, e instantáneamente brotó en mí un instinto maternal hasta entontes completamente inexistente, deseé ser una mamá presente. Y, sinceramente, creo que eso sí lo he logrado, aunque en otras cosas defraude constantemente otros propósitos.

Quiero ser esa clase de madre que coge a sus hijos con ternura y los besa y acurruca para despertar. Una mamá que no se impacienta mientras tratan de vestirse solos cada mañana. Que dedica tiempo a aquellas cosas que los hijos consideran importantes aunque vayamos tarde. La que despide a sus hijos en la puerta del colegio y les desea que lo pasen genial, sin moralinas de comportamiento. La que, pese a la costumbre, siente un repizco en el estomago cada vez que los deja.

Una madre que trate de ofrecerles un alimentación y unos hábitos saludables, sin renunciar a esas excepcionalidades que tan felices les hacen. Sin duda, quien atienda y cubra sus necesidades más básicas pero sin olvidarse nunca de procurárselo con amor, atención y consideración.

Una mamá que crea en ellos y les sepa mostrar su gran potencial. Quien les transmita la curiosidad por las cosas, la belleza que hay en aprender y descubrir. Una madre que mantenga unida a la familia y sepa legar la importancia que doy a la misma.

Una madre que no grite, pero sonría, les abrace y les diga constantemente que los quiere. Que sepa corregir con amor. Dispuesta a olvidarse del tiempo mientras hace un puzle con su hijo o repite diez veces la misma canción a su pequeña.

Una mamá que aunque desatienda o descuide algunas fechas o citas ‘importantes’ jamás olvide leerles cada noche.

Y así, mientras aún los contemplo dormir, pienso que habrá muchas cosas en las que, sin duda, fallaré, pero que aunque no ejerza siempre como la madre que quiero ser; creo que trato de ser la mejor madre que puedo ser.

Otoño bello

Hace tan sólo unos días que daba comienzo mi estación favorita del año, el otoño. Espacio que va desde septiembre, mi mes por excelencia –en el que incluso cumplo los años-, hasta dejarnos a las puertas de mi festividad predilecta, la Navidad.

El otoño ha podido vincularse en determinados momentos a estados de ánimo tristes y melancólicos, tanto en literatura, como en arte e incluso música. Supone el fin del verano y el anuncio del frío invierno. Las horas de luz se reducen y el verde del paisaje desaparece dando lugar a una variada gama de castaños y marrones.

Así, en las artes plásticas las representaciones suelen ser casi monocromáticas, con los amarillos y ocres como tonos protagonistas.  Buen ejemplo de esto serían las pinturas de ‘Bosque de hayas’, de Klimt, ‘Efecto de otoño en Argenteuil’, de Monet, o ‘Jardín de Giverny’, de Mary Fairchild Low, entre otras. En cuanto al verso, suele ser también una alegoría del paso hacia la senectud,  símbolo de la quietud y la calma o reflejo del paso inexorable del tiempo, como en los textos de Juan Ramón Jiménez, Octavio Paz o Antonio Machado. Incluso en su forma más sonora, podemos sentir esa caída pausada pero constante de las hojas en la composición de Vivaldi.

Sin embargo, para mí el otoño siempre ha sido todo lo contrario: movimiento, puesta en marcha y comienzo. Desde mi niñez, con la deseada vuelta al cole y el inicio de todo; hasta estos días en los que supone el regreso a la necesaria rutina después de un más que merecido verano de encuentros, escapadas, acontecimientos y  algún que otro exceso.

Me gusta el otoño. Con su normalidad, sus rutinas, sus tardes de lluvia en casa, los paisajes amarillentos, las primeras mangas largas, los zapatos cerrados, las medias y leotardos, las botas de agua, los estrenos, las noches más largas, los días más cortos, las lecturas delante del flexo, las actividades extraescolares, Halloween y el Día de los Muertos, el olor al café calentito, el fresco de los amaneceres, la granada en las ensaladas, los juegos de mesa, el crujir de las pisadas, el gustito del sol en la cara, el silencio de las madrugadas, las sábanas de pelo y las colchas aguatadas sobre la cama.

Quizás el otoño no sea una estación de bullicio, algarabía ni desenfreno; una estación sin pinceladas en fucsia, aguamarina o turquesa. Sin embargo, es el amor por lo más real y frecuente. Es la belleza y la calma de lo normal; un lienzo en armonía cromática; es el sentirse feliz en lo más cotidiano, en lo más sincero.  

Amamantar en la fábrica

Los que acostumbran a leerme saben que la maternidad me ha cambiado totalmente. No sólo por cuestiones de agenda y de organización- eso es obvio-, sino de forma más profunda: mi forma de estar en el mundo, de sentir y amar.

Este mes de septiembre está siendo difícil por la imperiosa incorporación al trabajo y la vuelta a la rutina escolar-laboral.  Principalmente, es mi pequeña Julia la que no lleva bien su regreso a la guardería. Hemos comenzado de nuevo; como si nunca hubiera estado allí y lo hiciese todo por primera vez. Imaginen, después de todo el ajetreo matinal, entre despertares, desayunos y demás,  llegar a la guardería y acongojarte al dejar a tu hija en un desconsuelo total y saber que, posiblemente, no va mejorar mucho después. El otro día la recogimos con los ojos rojos del llanto. Sé que es algo transitorio y no muy distinto de lo que le sucede a muchas familias en estos días. Trato de no darle mucha importancia, aunque es inevitable que nos duela.

Pero lo que quería contarles no es eso. La guardería ha sido trasladada -de forma provisional- a unos estupendos módulos prefabricados pues se están acometiendo profundas reformas en el edificio original.  La ubicación para estos módulos ha sido una zona de nueva construcción en los que hace décadas  existía una histórica fábrica conservera, testigo de ello es una alta chimenea en ladrillo -tan características de estas zonas. El otro día al salir de dejar a la pequeña sentí cierta tristeza. No fue porque aún oía el llanto de mi hija a través de la ventana, sino porque recordé de golpe las historias que mi madre y mi abuela alguna vez me contaron.  Todos sabemos, en mayor o menor medida, lo que supuso la revolución industrial para el desarrollo de los siglos XIX y XX.  Esos pueblos que vieron como el crecimiento económico y muchas veces demográfico tenía forma de chimenea y gran nave industrial.  Esas fábricas conserveras salpicaron toda nuestra geografía y, especialmente, el levante español.  Esas empresas supusieron en muchas ocasiones la definitiva incorporación laboral de la mujer en pequeños pueblos de Murcia. Incorporación que siempre iba pareja con tratar de mantener las numerosas labores domésticas.  Muchas veces oí contar como los bebés eran llevados a estos lugares para ser amamantados por las madres que allí trabajaban. Pude sentir, por unos instantes, el dolor de aquellas madres -anónimas  ya en el tiempo- que tendrían que despegarse de unos bebés de pocos meses, incluso semanas, para el duro trabajo.

Afortunadamente los tiempos han evolucionado a mejor en muchos aspectos, pero la conciliación sigue siendo un tema ambiguo y no real en la mayoría de casos.  Dejo a mi pequeña a la sombra de esa vieja chimenea conservera y sé que está maravillosamente bien cuidada, a pesar de sus lágrimas. Y mientras me voy camino de mi trabajo pienso: por vosotras, madres, abuelas, bisabuelas …por vuestro coraje y memoria.  Porque criasteis varias generaciones de hombres y mujeres en una vida amarga a pesar de la dulzura de vuestra leche. 

Improductivas

Supongo que es una sensación generalizada, entre muchos padres y madres, la de estar todo el día sin parar y al final de la jornada tener la sensación de no haber hecho nada. Ese sentimiento de improductividad, si no se gestiona bien, puede ser demoledor para ciertas mentes y caracteres perfeccionistas y exigentes.

En una sociedad de lo inmediato, lo tangible y lo cuantificable aquello de naturaleza más etérea, volátil o que no produce beneficio carece de cualquier tipo de mérito o estima. Es por eso que muchos nos castigamos a diario con la necesidad de ser más eficientes y alcanzar más objetivos.

Y es que si lo pensamos bien, esa impresión está más que justificada –irónicamente hablando -.  En muchas ocasiones, somos los primeros en levantarnos para ducharnos, arreglarnos y tomar un café rápido mientras el resto de los miembros de la familia aún duerme  y así, cuando éstos despierten, estar preparados y a disposición para hacer frente al caos mañanero. Eso, en el mejor de los casos, porque mi media hora de acicalamiento suele estar interrumpida, al menos en una ocasión, por el llanto de mi hija pequeña pidiendo pecho. Por lo que tengo que disponerme en varias fases.

Lo que ocurre a partir de ese momento es un auténtica contrarreloj de ropas, peines, desayunos, mochilas, anti-mosquitos, colonia anti-piojos, botellas de agua, almuerzos, camas, sube niños al coche, baja niños del coche, deja al primer niño en el cole, sube al segundo, de nuevo, en el coche, pon rumbo a la guardería, vuelve a bajarlo del coche y déjalo en su destino.

Así, cuando llegamos al trabajo, como dice mi compañera y también madre, ya llevamos una vida vivida. Tras cumplir con las obligaciones laborales, volvemos a la carrera para recoger niños, darles de comer, llevar y traer de las actividades extraescolares; aprovechando mientras para hacer la compra y contestar a los mil grupos de whatsapp de padres invitando al último cumpleaños, preguntando por el libro de religión o recordando la recogida de uniformes.

Las noches no son muchos más tranquilas, intentando llegar a la cama a una hora decente después de las cenas, recoger la cocina, lavado de dientes, pijamas y una lectura en familia para relajarnos todos.

Y es que básicamente, como leí el otro día en un perfil de Instagram (Mujeresmadres) vivimos “intentando pasar tiempo de calidad con nuestros hijos a la vez que tratamos de tener una carrera exitosa, perdemos la barriga posparto, criamos de forma respetuosa, mantenemos la casa limpia, salimos decentes a la calle, educamos a nuestros hijos con inteligencia emocional y no perdemos la cabeza” en el intento.

Así que algo debemos estar haciendo mal cuando pese a todo eso, a veces, nos sentimos poco productivas.