Y mientras tanto, vivimos

Hay semanas en las que me desborda la energía y el brío -como decía mi abuela – me siento capaz de todo. Sin embargo, hay otras, en las que sientes que las cosas pesan y duelen más que de costumbre y en las que tienes que hacer un esfuerzo, casi sobrehumano, para seguir viviendo.


Estos días nos hemos levantado con noticias tan aterradoras que si eres una persona con un mínimo de sensibilidad no pueden menos que afligirte y apenarte. En el coche, de vuelta del colegio tras dejar a mis hijos, suelo poner un ratito la radio. Cada vez que escucho alguna información relacionada con Gaza siento una desolación anímica, moral y espiritual como he experimentado en pocas ocasiones en mi vida porque el fallo, el error y la responsabilidad es colectiva, social. Y es abrumador reconocer que estamos fallando como sociedad, como humanidad.


Más de 50.000 fallecidos desde el inicio de los ataques israelíes, entre ellos miles de niños y niñas, a los que hay que sumar los enfermos, heridos, y huérfanos. No puedo, ni quiero, permitirme olvidar esas miradas de confusión y desconcierto. Ni esos pequeñitos cuerpos cubiertos por blancas sábanas. El secuestro del codirector del documental ganador del Óscar de este año ‘The Ohter Land’, Hamdan Ballal -por suerte con buen desenlace -y el asesinato del joven periodista de 24 Hossam Shabat son dos de las últimas crueldades que se suman a las atrocidades de este conflicto. También leía en prensa el drama de los cadáveres sin nombre que el mar está arrojando en diferentes puntos de nuestras costas. Según las cifras oficiales ascienden a casi 6.000 las personas que llegaron con vida a nuestro país en patera en 2024, pero no se sabe cuántos murieron en el intento.


Y a esto hay que añadir los argumentos y discursos absolutamente faltos de empatía, humanidad, compasión o misericordia que en los últimos tiempos he podido escuchar en gente tan joven sobre estos asuntos tan trascendentales que tengo la sensación de coexistir con una parte de población embrutecida, bárbara y cruel, a quienes no les parece importar lo más mínimo el valor de una vida, que asusta.


Son estas pesadas losas las que consiguen desolarme, porque son una mancha en la conciencia colectiva. Un fracaso de nuestra sociedad. Y tomar conciencia de ello hace que sientas que luchas contra gigantes. Pero entonces siempre me recuerdo que sin lucha no hay victoria, no hay futuro y no hay progreso.

Ciudades desdibujadas

No soy mujer de grandes vicios. Aunque si hay algo de lo que disfruto especialmente es de viajar, conocer nuevos rincones y pasear otras ciudades. Desde que somos padres hemos tenido que adaptar, un poco, nuestras escapadas y aventuras para hacerlas más asequibles a nuestros hijos, sobre todo en tiempos y distancias, pues afortunadamente en gustos nos acompañan bastante e igual disfrutan de una tarde en un nuevo parque al aire libre que de un museo sacro o una pinacoteca.

Así, habitualmente hacemos viajes en ruta que nos permiten visitar diferentes localidades sin largos trayectos en coche que los puedan desesperar. Salimos muy temprano en la mañana, con los pijamas aún puestos, y paramos a tomar un café cuando se despiertan; buscamos un destino bonito para comer y jugar en el parque y aprovechamos la hora de la siesta para el último recorrido hasta el lugar seleccionado para pernoctar. En este caso, al ser una o dos noches, como máximo, elegimos un bonito hotel céntrico que nos permita transitar lo principal de esta ciudad. Así, hasta llegar al destino principal, las jornadas que fuesen necesarias.

Con el nacimiento de nuestro primogénito probamos una fórmula que nos ha ido bastante bien y que tratamos de mantener siempre que nos resulta posible. Las estancias más largas las realizamos en apartamentos que nos dan mayor libertad en cuanto a horarios y opciones de desayunos, comidas y/o cenas, tratando de respetar sus tiempos de sueño y descanso.

Sin embargo, somos conscientes de los perjuicios y agravios de este nuevo modelo de estancias turísticas y de su vertiginosa popularidad, de ahí que tratemos de alternar las opciones y de hacer un uso responsable de estos recursos.

Hace unos días leía en prensa internacional como los colegios del centro de París, ni más ni menos, agonizaban y se quedaban sin alumnado porque las familias habían abandonado la zona ante la imposibilidad de pagar los desorbitados costes de estos hogares y por la incomodidad de convivir, a diario, con miles de turistas llegados de todas partes del mundo.

Pero esto no es algo aislado. Durante diez días hemos alojado en casa a un artista napolitano que viajaba a la Región para participar en la Semana de la Comedia del Arte de Lorquí. Es la tercera vez que lo hacemos gracias al proyecto ‘Acoge un comediante’ para hacer convivir a los vecinos del pueblo con las decenas de actores nacionales e internacionales que llenan estos días las calles del municipio. Danielle, que así se llama, nos comentaba como en la zona histórica de Bolonia, lugar en el que reside, no queda ni uno sólo de los comercios o establecimientos tradicionales que hace unos años ocupaban los locales y bajos de los edificios. “Ahora son todo franquicias y tiendas de souvenirs”.

Sin duda creo que esta es una asignatura pendiente para un futuro y una sociedad que quiere apostar por la sostenibilidad. No sé si la solución pasará por las tasas turísticas que se están cobrando en numerosos lugares como Venecia, Ámsterdam o Lisboa; pero administraciones y sociedad debemos hacer una profunda reflexión y compromiso si queremos continuar viajando a destinos que sigan manteniendo y conservando toda su esencia e identidad.

Que la vergüenza cambie de bando

Celebramos hoy el Día Internacional de la Mujer y, sin duda, no son comparables nuestra oportunidades y circunstancias con las que en su día tuvieron nuestras madres y, por supuesto, abuelas. Se ha luchado tanto y se ha logrado mucho. Sin embargo, sobra decir que aún a diario nos enfrentamos a injusticias y desigualdades profesionales, personales, familiares y sociales que nos sitúan en una clara posición de desventaja.  Por no hablar de la secuela o condición más horrible y destructora de esta desigualdad: la violencia que se ejerce contra la mujer. Entendiéndose ésta como violencia física, verbal, emocional o, incluso, sexual; aunque haya quienes se empeñen en negar o desatender este tipo de reivindicaciones tan necesarias.

Precisamente, hace unos día, tras varias recomendaciones, conseguía completar la serie ‘Querer’. En tan sólo cuatro capítulos recoge y refleja la historia de tantísimos matrimonios de aquellas generaciones –y cuyos roles se reproducen aún todavía –en los que a través de una estructura patriarcal y de sumisión invalidan y anulan cualquier deseo o voluntad de la mujer; atrapada económica, social y afectivamente. Un sometimiento que incluso se considera ‘normal’ en la intimidad de un matrimonio por los más allegados de quien por fin decide denunciarlo.

La serie plantea una cuestión, a través del entorno de la víctima, que me resulta tremendamente interesante ¿Qué credibilidad puede tener una mujer que ha permanecido silenciada, viviendo esos supuestos abusos, durante más de 30 años? ¿Puede ser víctima una mujer que no ha sido golpeada jamás por su marido? ¿Dónde ponemos el límite al consentimiento sexual y al ‘deber conyugal’? ¿Por qué es más difícil dar verosimilitud a la violación intramatrimonial?

Cómo es posible que el juicio social sea tan abrupto y despiadado con estas víctimas que sufren hasta la reprobación y el descrédito de sus propios hijos. Debe ser desgarrador sentirse violada, sola y, además, juzgada por tu condición de mujer. Hemos normalizado y sistematizado tanto ciertos patrones y roles en desuso que ‘no nos parece para tanto’ la fatalidad de estas esposas.

Y por si el juicio social no fuera suficiente, a veces, también el proceso judicial se pone de su contra. Como es el caso, se dictan sentencias, a diario, en las que los “hechos no se consideran suficientemente probados”, lo que no implica, por otra parte, que no hayan existido. La justicia desgraciadamente en determinadas ocasiones no restituye el daño de la víctima y a ésta le toca perder.

Sin embargo, el desenlace de la mini serie, que es la primera que dirige Alauda Ruiz Azúa, Goya a la Mejor Dirección Novel por ‘Cinco Lobitos’, recoge como la vida, de algún modo, restablece y repone esos agravios y dolor.

Sigamos luchando porque la justicia sea cada vez más justa y porque las futuras sociedades condenen y erradiquen cualquier tipo de violencia y que sean los agresores los que deban enfrentarse al juicio y al descrédito. Que la vergüenza, por fin, cambie de bando (Pelicto, Gisèle).

Feliz Día Internacional de la Mujer.

Viviendo de prisa

Desde hace algún tiempo tengo la sensación de querer escapar de una vida y una sociedad frenética. Me he sorprendido repitiendo en diferentes contextos y ocasiones aquello de querer bajarse del mundo. Yo no sé si lo que ha cambiado es el entorno y el ambiente general o son mis prioridades, condiciones y circunstancias, pero ya no me siento cómoda en esta delirante, agitada y arrebatada realidad.

Yo, que he sido jefa de redacción de un periódico y he vivido instalada en la inmediatez y la ‘última hora’. Yo, que he disfrutado de la adrenalina de la velocidad y la euforia. Yo, que fundamentaba mi existencia en la eficiencia: cumplir tareas y objetivos. Yo, ahora, me caigo de este mundo.

Siempre con prisas, siempre corriendo y cada noche he sentido la frustración de no llegar a nada y de perderme tantas cosas. Como dice la canción de Alejandro Sanz que da título a este artículo “he malgastado mis fuerzas, viviendo de prisa” y “ya me cansé de vivir” así.

No quiero criar y educar a mis hijos en una sociedad ansiosa y estresada. No quiero que reproduzcan estos patrones de existencias autómatas. Sin duda, yo sola no puedo revertir esta inclinación y tendencia universal, pero he decidido empezar por mí y mi hogar. No es fácil nadar a contracorriente, incluso tendré que luchar contra mi propia inercia y herencia, pero será el canon por una más equilibrada salud física y mental.

Deseo poder disfrutar de cada día sin pasar por alto momentos e instantes que no se repetirán, sin apreciar la fortuna que hay en lo que erróneamente consideramos pequeño e insignificante.

Siento que necesito tiempo para estar en casa y tomar un café en nuestro patio mientras los observo jugar, hacer repostería en familia o, simplemente, darles un baño pausado como si ‘estuviéramos en un spa’, como dice Alejandro.

Me paso al ‘slow life’ -vida lenta -que propone un estilo de vida contrario a la tendencia del vertiginoso ritmo occidental que nos lleva a enfermar. Quiero una vida pausada, centrada en cultivar nuestras curiosidades, en priorizar nuestras inquietudes y en escuchar nuestro cuerpo. Una tendencia que incide en el descanso, en la alimentación, en nuestra relación con la naturaleza, en el contacto con los ‘nuestros’ y en la sostenibilidad de quedarnos sólo con aquello que nos hace feliz evitando el consumismo y acumular.

Un estilo de vida centrado en el presente y en el que no me importe ‘perder el tiempo’. Una forma de vivir que resulte un elogio de la serenidad.

Romance

Desde Ulises y Penélope o Helena y Paris a Rose y Jack en Titanic, pasando por Romeo y Julieta o Don Juan y Doña Inés, todas las grandes historias de amor incluyen o exigen magnos sacrificios y epopeyas o trágicos finales. En la historia del cine y la literatura, y por tanto en nuestro referente colectivo, los célebres romances se sustentan en dramáticas historias e importantes gestas y hazañas.

Como olvidar, por ejemplo, ese conmovedor y casi teatral final en ‘Los puentes de Madison’ cuando Clint Eastwood y Meryl Streep cruzan miradas y sonrisas de nuevo, tras más de 16 años, bajo la intensa y cerrada lluvia y como ella – Francesca – concluye continuar en el interior de aquella vieja camioneta renunciando a aquella pasión que, sin duda, será eterna. Sin duda, los amores platónicos son un claro ejemplo de esta concepción del romanticismo.

Sin embargo, cuando apenas ha transcurrido una semana de San Valentín, fecha que personalmente en casa no celebramos, valoraba la necesidad de ‘cantar’ al amor más cotidiano, más real y, sin duda, más saludable. Ese amor diario que resiste al paso del tiempo, a la rutina y a muchos otros condicionantes que actúan en su contra. Seguramente mucho menos glorioso y poético, pero ciertamente más heroico y maduro.

Un romance que vence y sobrevive a la convivencia, al estrés laboral, a las familias políticas, a las madres, a las suegras, a los looks de estar por casa, a la ropa interior desgastada, al baño compartido e, incluso, a los ronquidos.

Lo que me recuerda la historia de Nick Hornby en ‘Alta Fidelidad’, llevada al cine por Jonh Cusack en el que el protagonista, que regenta una tienda de vinilos, hace un detallado repaso de todas sus relaciones para concluir que aquella relación que le parecía tediosa y falta de emoción era lo más cercano al amor que había vivido. 

Un amor que supera la desbordante llegada de los hijos con la consecuente falta de tiempo en pareja e intimidad, las relaciones sexuales esporádicas, las conversaciones interrumpidas, la comunicación vía whatsapp y la falta de cuidados y mimos. Una situación que pone el romance en ‘stand by’ a la espera de tiempos mejores.

Pero, sin duda, un amor que se sustenta en muchos otros pilares que resultan elementales como la lealtad, la sinceridad, la protección, el respeto y la admiración mutua. Un amor que calma y reconforta. Ese es, aunque parezca lo contrario, el amor más puro, real e, incluso, revolucionario. 

El que te permite, pese a todo lo anterior y contra todo pronóstico, tras una mala noche, la falta de sueño y amanecer con tus dos pequeños en medio, un roce sutil, una mirada cómplice y/o un beso esquivo en el baño. Ese es el verdadero romance.

Pequeña vida mía

No puedo mirar atrás sin emocionarme y pensar cuánto hemos construido en estos dos años. Es cierto que he descansado muy poco y he dormido menos aún… pero cuánto nos hemos entretenido, hija mía. Sin duda, también hubo lágrimas –sobre todo por mi parte-, pues los comienzos no fueron sencillos y pusiste patas arriba nuestra más o menos manejable y cómoda familia de tres. Hubo que reordenar de nuevo nuestro pequeño mundo.

Llegaste un mes de febrero, al igual que el resto de ‘mujeres de mi vida’: mi madre, mi hermana y mi sobrina, como una carambola, o quizás no, del destino. Y yo empecé a temer. A veces, temí acontecimientos y supuestos lógicos y racionales, como cualquier madre; pero otras, también, recelé disparatadas y equivocadas figuraciones e hipótesis. Temí ausencias en la vida de tu hermano. Temí su sentimiento de ‘abandono’. Temí no encontrarte tu lugar. Pero sobre todo, temí no saberte querer.

¡Qué confundida y desatinada!

Cómo no iba a amarte. Cómo no amar esa lengua de trapo que se esfuerza en hablar incluso por encima de sus posibilidades haciéndose entender de un modo tan determinante que ojalá muchas mujeres copiásemos. Cómo no amar tu melena indomable, reflejo de tu propio carácter, que acaba en esos preciosos bucles, y que con tanto garbo y desparpajo te retiras del rostro. Cómo no dejarme conquistar por esa ‘gracieja’ innata y natural con la que impregnas cada gesto, cada palabra y cada mueca.

Eres rotunda en tus ideas y propósitos, pero también en tu forma de querer. Eres desconfiada, aunque sólo te dure unos instantes. Eres la alegría y el regocijo más inocente, sano y exagerado que he conocido. Eres ruido y carcajada. Divertida, risueña y tremendamente astuta. Independiente y autónoma más allá de lo que le corresponde a tus dos años. Como tu padre dice” si por ella fuera se cambiaba sola los pañales”.

Hija mía, a veces me recuerdas tanto a él –tu abuelo-. Hasta en eso has venido a halagarme. Es suya tu sonrisa socarrona y esas tremendas ganas tuyas de vivir. Sois de esa clase de personas a las que se celebra y disfruta y por las que los demás nos sentimos irremisiblemente atraídos.

¡Y qué caprichoso el tiempo!

Revisando fotos de entonces, hoy me cuesta creer que algún día fuiste tan bebé. Sin embargo, mientras te amamanto en mi regazo y recibo tu mirada mansa, dócil, serena y casi esquiva siento que poco ha cambiado en estos años y me parece que pudo ser ayer.

Tu presencia y existencia nos ha confirmado algo una vez más: los hijos llegáis a nosotros para agrandarnos el corazón. Para enseñarnos a amar de otro modo. Porque, pequeña Julia, ya no podemos (casi) recordar nuestra vida sin ti. En estos dos años que ahora te celebramos has sumados minutos imborrables y definitivos a nuestras vidas y familia. 

Existencias que hoy tiene un aún más poderoso sentido gracias a ti. ¡Felicidades, vida mía!

Amar con el ‘Alma’

Hace unos años escuchaba, mientras mi hijo -entonces único- dormía en mi regazo, en la Plaza de la Catedral de Murcia una preciosa interpretación de ‘Mi Tesoro’ en la voz de una madura, dulce, sosegada y segura Soledad Jiménez que me sacudía como hasta entonces esta pieza nunca lo había hecho. Supongo que, a veces, es la experiencia lo que provoca que algo te atraviese. Esta vez, yo era, también, madre.

Así, como creo que ya he comentado en alguna ocasión, desde el momento en el que me convertí en mamá me conmueven, me impresionan y me inquietan como ninguna otra cosa las confidencias e historias sobre maternidad. Es por eso, también, por lo que siento especial empatía con paternidades frustradas y con la angustia y la impaciencia de quienes ‘esperan’ un hijo.

No olvidaré jamás, cuando una buena amiga me dio la buena nueva de que su hermano y el marido de éste, por fin, serían padres, y en tan sólo unas semanas abrazarían a su pequeña “¿Tan rápido?”, exclamé yo más que emocionada. Sin duda, el entusiasmo me nubló, entonces, el raciocinio. Más de ocho años llevaban esperando ese maravilloso momento… ¡Tremendo ‘embarazo’! 

Aquello fue el comienzo de una preciosa historia de amor que he tenido el privilegio de vivir y seguir, aunque en la distancia, sintiéndome, de algún modo, parte. Ahora han ratificado esa paternidad en un juzgado que ha dado fe de la felicidad y la alegría de esta niña que, sin duda, es lo más importante.

Afortunadamente la diversidad en los modelos de familia cada vez es mas visible y, con ello, dejan de perpetuarse e imponerse roles antiguos que se quedan muy cortos para definir y recoger la realidad actual de cuidados, apoyo y cariño que reciben nuestros niños.

El amor y la protección al menor no son exclusivos de los lazos de sangre. He visto pocos ojos más enamorados que los de ‘daddy’ mientras contempla balbucear a su pequeña. Pocos abrazos más tiernos que los de ‘papá’ arropando su pequeña.

Que afecto y cariño puede haber más incondicional, absoluto e ilimitado que el de aquellos que aguardan y esperan tanto tiempo para acurrucarles. La adopción es el mayor gesto de amor y altruismo que puede hacer quien se siente padre o madre. No hay que parecerse a nadie para amarle.

Es por eso que, desde entonces, pienso en ellos cada vez que escucho “Mi pequeño trocito de vida es un ángel que viene a mí de puntillas”, sabiendo la fortuna que han tenido los tres en encontrarse. Sabiendo que la palabra familia en ellos adquiere el sentido más sublime y entregado: amor categórico, sin condiciones. Amar con el ‘Alma’.

Lo que amamos

La vida es cambio y evolución constante. Lo que mis ojos miran no es lo que mis padres contemplaron, ni aquello que mis hijos verán en su horizonte. Esto es a priori obvio; pero encierra mucho en su planteamiento.

Las personas necesitamos lugares y referencias que nos sirvan de baluarte frente a los vaivenes de la vida. Paisajes, en un amplio concepto, en los que habitar más allá del cuerpo físico. La literatura está colmada de lugares imaginarios en los que miles, millones de personas en ocasiones, han vivido, soñado y recreado. Hace poco les hablaba de ese mítico Macondo que García Márquez nos regaló y que en el último año han hecho realidad tridimensional a través del cine.

Pero en esta ocasión, no me refiero tanto a esos paisajes y lugares que el talento humano ha creado a lo largo del tiempo en la literatura, si no a la importancia de que algunas cosas perduren en el tiempo tal y como las conocemos. 

Hace unos años oí hablar a una mujer que aprecio, Antonia de la Fonda, que ella quería cerrar los ojos viendo su centenaria casa como la había conocido durante toda su vida, como la había recibido de sus padres. Lo que ella quizás no sabe es que otros muchos queremos seguir pasando por su puerta y seguir viendo su casa, como hemos hecho desde niños.

Fue un grupo de intelectuales y arquitectos, los que apabullados tras los desastres de la Primera Guerra Mundial, alertaban de la importancia de proteger monumentos -orgullo de la vieja Europa- frente a la barbarie y otro tipo de catástrofes -la especulación inmobiliaria también está en esta categoría-. Murcia ha sido en muchas ocasiones más madrastra que madre en el cuidado de su historia y patrimonio. Hemos perdido infinidad de construcciones y paisajes naturales que bien merecían su prolongación en el tiempo, su legado intergeneracional.

Todo esto viene al hilo de una conversación con el “Hombre del Renacimiento” de la fabulosa reconstrucción de la vetusta catedral de Notre Dame.

Aquellas imágenes pavorosas del devastador incendio de 2019 fueron un antes y después en muchos sentidos, no solo para el icónico edificio. Notre Dame ha sido el perfil reconocible de París durante siglos, mucho antes de que Eiffel diseñara su más célebre construcción. Esta catedral no sólo fue el escenario de algunos de los más destacados episodios de la historia de Francia y Europa, si no que para los franceses, especialmente, es una de sus banderas, de su memoria viva, de su orgullo. Y me atrevo añadir a lo anterior: de lo que aman.  Y es ahí donde radica esta pequeña reflexión.

Tras el incendio vinieron multitud de propuestas que dieron la vuelta al mundo, las hubo de todos los tipos. La conclusión final fue maravillosamente sencilla: Notre Dame debía volver a ser como antes del incendio, como todos la recordamos y amamos. Porque el fuego estará siempre presente en nuestras retinas pero su silueta gótica, prodigiosa, deber seguir siempre presente en el corazón de París.

Se armó el Belén

En el imaginario de muchos, sobre todo los que ya tenemos una edad, cuando se acerca diciembre, destacan dos recuerdos: la preparación de dulces navideños y la búsqueda de las viejas cajas guardadas para montar el Belén.  Y es que entre belenes andamos en mi casa, y no sólo en Navidad.

A mi hijo mayor le fascinan y, desde que tenía dos años , los colecciona, atesora y  juega con deleite con ellos. 

Un belén es mucho más que un montón de figuras, con o sin valor artístico. En muchas ocasiones se convierte en un puente intergeneracional, una posibilidad de descubrir historias relacionadas con los abuelos y con gustos de antaño.  Una apuesta por comprender el sentido discursivo de cada escena dentro de un conjunto, que no es poco en el aprendizaje de los más pequeños.  También suma el desarrollo del cuidado y el mimo: “las figuras de barro se rompen”, le decimos siempre a nuestro pequeño que desde hace ya un tiempo las atiende con celo.

El Belén nace en el siglo XIII en Italia, la tradición lo relaciona con la figura del Francisco de Asís. Lo maravilloso es que, desde casi sus orígenes, no sólo adornó palacios y ricas basílicas,  sino casas humildes y barrios populares. Su presencia estuvo históricamente relacionada con todos los estamentos sociales y así sigue siendo.   Una manifestación en la que , al igual que ocurre a veces con la música, lo más popular se funden con lo culto en maravillosa simbiosis.

Murcia es rica en tradición belenística. No es poco poder presumir de conservar uno de los belenes más bonitos e importantes del mundo como es el  realizado por Salzillo. Pero  fueron muchos más  los que llenaban palacios e iglesias murcianas, muchos de ellos de procedencia italiana; como los exquisitos Reyes Magos conservados en el museo de Santa Clara.  Es una suerte que en la feria de navidad que cada año se levanta en el paseo Alfonso X , las muestras  belenísticas siempre estén presentes y nos hablen de lo viva que está esta centenaria tradición.

Varios han sido los belenes  que hemos visitado en familia estos días: el de la iglesia de San José en Caravaca, la  parroquial de Lorquí,  el del Palacio Episcopal de Murcia, el de las Hermanas Clarisas en su maravilloso claustro y el de San Juan de Dios que la peña de la Pava erige cada año con un mimo y buen gusto impecables. Los belenes forman parte de nuestra memoria, de nuestra historia, son patrimonio de la infancia que se proyecta hacia el adulto.  En estos tiempos de prisas e inmediatez en que vivimos, os invito a montar y contemplar estas pequeñas obras de arte donde la vida late con  otro aroma, quizás el del niño que fue.

Noche de Reyes

Con la edad he aprendido que los bienes más valiosos que podemos atesorar son, sin duda, nuestros recuerdos. Aquellas vivencias que persisten en nuestra memoria incluso a pesar del inclemente y forzoso paso de los años.

Entre ellos, son especialmente entrañables los que guardamos de nuestra niñez, pues son los mas lejanos y remotos y los rememoramos, seguramente, con cierta neblina y confusión. Incluso, puede que con melancolía por aquellos que algún día se nos fueron. Mis Navidades jamás serán las mismas sin ellos; aunque ahora disfrute de la inocencia, la ilusión y la cándida mirada de mis pequeños.

En ese revuelo de maravillosos recuerdos que nos sobrevienen estos días encuentro anécdotas tan claras y nítidas que puedo revivir y recuperar incluso con los sentidos.

Había en el centro de Caravaca una gran tienda de decoración ‘Muebles Espallardo’ que con motivo de la Navidad colmaba una de sus dos extensas y diáfanas plantas de juguetes. Allí acudíamos los niños de aquel entonces para ultimar nuestras cartas de Reyes Magos disfrutando y repasando semejante muestrario de regalos. Nosotras solíamos ir junto a mi padre, que tenía amistad con el dueño, y nos llevaba a una en cada mano.

Entrando por sus grandes puertas acristaladas bajábamos al sótano, siempre más frío y más oscuro, por una corta y ancha escalera agarrándonos a un robusto, brillante y suave pasamanos de madera tallada. Al llegar, nos perdíamos entre filas y filas de trastos y marionetas.

Aquel año, mi hermana y yo nos encaprichamos de una enorme y preciosa casita de muñecas. Y, con la ingenuidad propia de la edad, la incluimos entre nuestros principales deseos. No éramos conscientes de que, por aquel entonces, este juguete era demasiado costoso para la situación de nuestros padres.

La mañana de Reyes, al despertar, encontramos en nuestro salón la misma casita de muñecas a penas amueblada, pues no había dinero para aquello.

Con el tiempo, nuestros padres nos confesaron que aquella Noche de Reyes se acostaron pasadas las tres de la mañana, junto a otros amigos que se les unieron, montando cada espacio y cada estancia de aquella casita para que todo estuviese perfecto. De este acontecimiento, evidentemente, no fui testigo pero lo han relatado y evocado tantísimas veces, con ese brillo en sus ojos, que siempre me he sentido parte.

Tanto es así, que hoy día, esa historieta suya es lo que más me emociona de aquel momento. Además, por supuesto, de pensar en el enorme esfuerzo que por nosotras hicieron con aquel regalo.

Con mis hijos, trato de hacer especial para ellos estos momentos. Construyendo recuerdos felices que serán, siempre, su mejor presente y obsequio.