Educar en el asombro

No hay responsabilidad más grande en el mundo que ser padre o madre. Jamás tendremos un encargo tan importante como éste. Y aunque pueda resultar una revelación bastante obvia, creo que lo evidente y manifiesto de la misma no implica, necesariamente, la oportuna y vital dedicación que supone. La mapaternidad requiere presencia.

Una presencia que debe ser, sin duda, de calidad: consciente y atenta; pero no sirve excusarse en la falta de tiempo para reducirla a contados momentos de juego y entretenimiento. Los padres y madres tenemos que estar.

Es verdad que la frenética y delirante rutina laboral y social a la que estamos sometidos no lo pone demasiado fácil para conciliar y que, en algunos casos, no hay opción viable. Sin embargo, estoy segura de que la gran mayoría podemos cambiar, modificar o aportar algo a nuestros horarios y organización para priorizar lo que verdaderamente es lo más importante.

Yo, que antes de serlo nunca sentí algún tipo de instinto maternal, trato de tomarme muy en serio esta responsabilidad. En los primeros meses y años desde una perspectiva de protección vital primitiva para asegurar su supervivencia. Y, después, a partir de una posición mucho más reflexiva y deliberada para acompañarlo en su educación y crecimiento.

Yo, que jamás me gustaron los libros de autoayuda ni las recetas mágicas para conseguir algo, me sorprendo leyendo, releyendo y subrayando un libro tras otro sobre educación y crianza.

Así, el último ejemplar que ha caído en mis manos y que he acabado en tan sólo una madrugada, es una especie de manual de la educadora y psicóloga canadiense Catherine L´ Ecuyer ‘Educar en el asombro’ en el que instruye, de algún modo, a los padres y madres para realizar un acompañamiento respetuoso con nuestros hijos en un mundo agitado, exigente y desafiante. Partiendo del origen del conocimiento, y citando algunos de los clásicos, hasta recursos más concretos que poner en práctica con nuestros pequeños.

Consejos, algunos, que ya cultivábamos en casa y, otros, que estamos incorporando que inciden en aspectos como las bondades del juego libre, la necesidad de establecer límites claros y equilibrados, el beneficioso contacto con la naturaleza, el respeto a sus ritmos, cómo trabajar y tratar la hiperestimulación, el necesario silencio, el sentido del misterio, la humanización de la rutina, la búsqueda de belleza, la huida de la vulgaridad y el feísmo o los favores y gracias de la cultura.

Una lectura que te pasea dulcemente por las necesidades de la infancia para alcanzar una sociedad más a la medida de los niños. Una sociedad que nos urge. Una sociedad que recupere, porque nunca es tarde, el asombro perdido. 

Lo auténtico

Estos días de vacaciones, paseando por ciudades de Francia pude apreciar como la elegancia y la distinción poco tienen que ver con la pedantería, la petulancia y la ostentación que últimamente reconozco en algunos perfiles que tratan de arrogarse a toda costa cierto estatus en el que, después, ni siquiera saben desenvolverse. Condición que, por otro lado, no se debe presuponer que es superior o más elevada.

Y aunque no me refiero únicamente a la indumentaria, la forma de vestir y lucir bien puede ser un claro ejemplo de lo que comento. Si uno recorre y transita estos lugares durante varios días puede distinguir cómodamente a los turistas y visitantes de los naturales. Los colores neutros, los básicos y una armonía que se aleja de lo chillón y estridente reflejan fielmente el tradicional gusto francés. Pensando en esto, me acordé de un manual que llevará en mi biblioteca más de veinte años en el que la modelo y aristócrata francesa Ines de la Fressange pretende resumir a través de varios imprescindibles la esencia del look más galo. Algunas de sus recomendaciones pueden ser huir de los conjuntos, los destellos y la fastuosidad o el derroche.

“Hacer rimar chic con cheap te hará ganar el primer premio en el concurso de ‘La perfecta parisina’. […] No hay que parecer rica, esa es la idea. Las joyas bling (término inglés que se refiere a alhajas ostentosas y costosas, así como a otros objetos y un modo de vida lujoso y llamativo, utilizados como símbolo de riqueza y estatus) y los logos por doquier no son su estilo. […] Gastar para llevar una etiqueta a la vista no es su intención”, son algunas de las máximas que establece.

Así, mientras a diario tropiezo con bolsos, zapatos, cinturones, pañuelo o cualquier otro tipo de prenda presidido por grandes ‘metales’ con iniciales, marcas o anagramas de reconocidas firmas; llamó especialmente mi atención que en metrópolis como Burdeos las mujeres más distinguidas portaban los llamados tote bags o bolsas de tela con frases o eslogan mucho más sociales y reivindicativos que han convertido, sin duda alguna, en el complemento de moda. Y, como muchas otras cosas más, me encantó su asequible propuesta.

Y es que es desde hace algún tiempo me cansa tanto esnobismo; tanta altivez y vanidad completamente fingida y aparentada para justificar pertenecer a una supuesta élite. Esa afectada admiración y pleitesía a las modas y la imitación constante de ciertos iconos para aparentar superioridad o una clase social más alta. Actitudes presuntuosas y presumidas que me resultan tan artificiosas como retorcidas y que, en muchos casos, son más un quiero y no puedo de gente llena de complejos. Hace falta más sencillez y naturalidad para ser verdaderamente auténticos. 

¡Bon voyage!

Jamás digo que no a un viaje. Ni siquiera cuando al ‘Hombre del Renacimiento’ se le ocurrió llevarme a un crucero por el Nilo en mi casi octavo mes de embarazo. Tuvo que ser una empleada de la propia agencia de viajes quien aportase un poco de cordura y cautela proponiendo otras alternativas más seguras y ajustadas a mi avanzado estado de gestación.

No he viajado todo lo que me gustaría –como me imagino que nos ocurre a la mayoría –pero trato de no perder ninguna oportunidad para hacerlo; incluso ahora que lo emprendemos en compañía de dos pequeños aventureros. Supongo que sería mucho más sencillo disfrutar nuestras vacaciones en un cómodo resort o apartamento en la costa; sin embargo, y pese a las contrariedades y enredos de hacerlo en familia, me resulta mucho más gratificante y enriquecedor conocer nuevos ‘mundos’ y sé que a mis hijos, con el tiempo, también les reportará nutridas gracias y favores.

Siempre he pensado que los viajes enriquecen el alma, el pensamiento y, por supuesto, el imaginario personal –y ahora, también, familiar – . Será uno de los autores franceses más publicados y traducidos en el mundo y reconocido como el padre del naturalismo literario, Émile Zola, quien afirme: “Nada desarrolla tanto la inteligencia como viajar”.

Estos días, precisamente, hemos visitado la tierra natal de dicho escritor con una ruta en coche recorriendo algunas localizaciones de la antigua región de Aquitania y la costa francesa. Cuando viajamos solemos intentar permanecer en una estancia el tiempo suficiente para sentirnos familiarizados con sus espacios y rincones, sus gentes y sus costumbres. El centro neurálgico lo establecimos en la bellísima Burdeos y reconozco que abandoné la ciudad con cierta melancolía. Hubiera vivido allí un año entero.

Me cautivó su pulso cosmopolita pero desacelerado; sus exquisitos y cuidados edificios de estilo ‘parisino’ –que le han valido el título de Patrimonio de la Humanidad- y la sobriedad y elegancia de sus decoraciones; sus cuidadísimos y románticos jardines y parques públicos; sus coquetos cafés y el aire bohemio de sus cervecerías; su medida iluminación nocturna lejos de estridencias; el silencio que impera en sus grandes avenidas pese a ser un ir y venir de autóctonos y turistas; la priorización de los viandantes y bicicletas en todo su caso histórico; y ese ‘je ne sais pas’ de su gente que los hace tan distinguidos.

Me pareció una ciudad con un ritmo y un sentir muy europeo de la que me traje algunas ideas, proyectos y cambios que aspiro a implementar en mi vida estos días. Porque uno nunca vuelve de un viaje siendo el mismo que partió.

No sé si viajar nos hará más inteligentes –aunque yo jamás cuestionaría a un dos veces nominado al Premio Nobel, aunque nunca lo recibió-, pero de lo que no tengo duda es de que nos hace mejores, más felices y más humanos.

Más allá del arcoíris

Estos días mi hijo me preguntaba por el sentido del arcoíris que cuelga del balcón principal del Ayuntamiento de nuestro municipio. La verdad es que, aunque trato de explicarle y hablarle de todas aquellas cosas que considero importantes, adaptando siempre el discurso a su edad, creo que hasta ahora no me había detenido en este asunto.  Así, me ha parecido una oportunidad excelente para introducirle en los valores de diversidad, respeto y amor universal.

Le he dicho que esa bandera se ponía para celebrar el Día del Orgullo Gay. Evidentemente, entonces, ha querido indagar en el significado de ese nuevo concepto. He tratado de hacerle entender que una persona homosexual es aquella que se enamora o a quien le gusta alguien de su mismo género. Él sabe, por ejemplo, que hay niños cercanos a nosotros que tienen dos mamás o dos papás. Sin embargo, por su inocencia, no terminaba de comprender por qué se conmemoraba o se dedicaba una jornada a las personas de esta condición.

Le he dicho, entonces, que hasta hace pocos años en muchos países algunas personas no podían decir con libertad a quién amaban o cómo se sentían por dentro. Eran tratadas mal y con injusticia sólo por ser diferentes. Que incluso hoy hay quienes sufren esta incomprensión y son rechazados e insultados. Y que con esta celebración lo que queremos y tratamos es de defender los derechos de todas las personas a querer a quienes ellos decidan. Que es un día para proteger la igualdad y la aceptación de todos y para recordar la importancia del respeto a todos, sean o no sean como tú.

He recordado entonces, también, una campaña que he visto estos días del Orgullo de Oslo que me encantó y que planteaba por qué es importante la visibilidad LGTBIQ+ en situaciones cotidianas. Un vídeo de poco menos de dos minutos, sin diálogos y que cuenta con casi cuatro millones de visualizaciones. En el mismo se reproducen escenas cotidianas: en un taxi, en transporte público, en una entrevista de trabajo… en las que la representación del arcoíris en diversos formatos como una pulsera, por ejemplo, va mucho más allá de un elemento decorativo, supone una declaración de intenciones. Es una sonrisa, un guiño, una mano en el hombro. Significa para muchas personas que hay espacio para ellos y que están a salvo.

Volviendo al sentido del arcoíris que colgaba en el Consistorio, le he insistido a mi hijo que luciendo ese arcoíris estás diciendo a esas personas que pueden sentirse felices y orgullosas de quienes son. Y es que ese arcoíris sigue siendo aún fundamental para proteger la emocionalidad de quienes tienen identidades diferentes a la heterosexual. Seguimos buscando ese lugar más allá del arcoíris –somewhere over the rainbow-, que cantaba Dorothy, con un cielo azul, en el que el amor es y debe ser algo bonito, sin importar a quien se ame.

Un lugar seguro

Desde hace algún tiempo, las imágenes de campos de refugiados se han convertido, desgraciadamente, en algo cotidiano en informativos y periódicos. A diario, medios de comunicación y organizaciones de ayuda, hacen llegar a nuestras casas y a nuestras realidades la extrema crudeza e inclemencia de estos accidentales e improvisados hogares que acogen y amparan a millones de personas en todo el mundo que huyen de la violencia, la guerra y los abusos.

Se estima, según datos oficiales, que hay más de 120 millones de desplazados en todo el mundo que se han visto obligados a abandonar sus países de origen; de los que sólo 40 millones han sido reconocidos como refugiados.

Ayer mismo conmemorábamos el ‘Día Mundial del Refugiado’, que se celebra cada 20 de junio desde 2001, año en el que se cumplía el 50 aniversario de la Convención sobre el Estatuto de los Refugiados de 1951, y no podía evitar preguntarme cómo debe ser la vida en un campo de refugiados.

Pues bien, la vida en un campo de refugiados no puede ser más que dura –durísima -, precaria y desafiante. Una existencia marcada por circunstancias extremas y la incertidumbre más absoluta. Los refugiados se enfrentan al hacinamiento, la escasez de agua potable y saneamiento y el racionamiento de alimentos más básicos mientras sobreviven a merced de las condiciones meteorológicas.

Con frío. Calor. Mojados. Sucios. Sin intimidad. Sin recursos. Dependiendo de ayuda externa. Sin ocupación. Sin oportunidades laborales. Sin educación (en muchos casos). Soportando el dolor de ver a tus hijos nacer y/o crecer en este escenario hostil y adverso, pues el 40% de estos desplazados son menores. Niños y niñas que en muchos casos no conocen o no recuerdan otra realidad más allá del propio campo.

Una realidad que, además, está lejos de ser transitoria ya que, según la  Agencia de Naciones Unidas para los Refugiados, estos pueden pasar una media de 17 años en un campo de refugiados hasta regresar a su país u obtener permiso para establecerse en uno nuevo.

Sin embargo, aunque queda lejos de mi ánimo romantizar estos escenarios, los campos de refugiados son para muchos oprimidos sinónimo de vida y esperanza. Una huida pero, al menos, una huida hacia delante cuando no se puede hacer otra cosa más que correr. Un espacio en el que garantizar un futuro. Un futuro incierto pero real. Su lugar seguro y, seguramente, su salvación.  

Es por eso que es importante que, aprovechando este día, mandemos un mensaje a estos campos de refugiados. Un mensaje en forma de ayuda. Un mensaje que les recuerde que nos preocupamos por ellos. Un mensaje que les transmita, de algún modo, que no los hemos olvidado y que compartimos su fe en un futuro mejor.

En algún lugar de un libro

En nuestro reciente pasear otros escenarios, otros territorios y otras ciudades hemos incorporado una nueva costumbre o rutina familiar que nos sirve como recuerdo y memoria de aquellos viajes. Entre los suvenir que solemos procurarnos en nuestros diferentes destinos se incluyen, desde hace algún tiempo, libros, obras o textos adquiridos en las librerías que siempre visitamos cuando estamos fuera.

Cada uno elige su propio ejemplar. Un cuento, una novela, un ensayo, de bolsillo, gran formato, de coleccionista, con ilustraciones, una guía de viajes, en otro idioma… no hay condición. La única salvedad o requisito es que el mismo lleve estampada la fecha y el sello del establecimiento. Así, con los años esa lectura siempre nos recordará aquel momento y aquel lugar.

Esta práctica es una experiencia que trasciende lo temporal. La disfrutas en el mismo momento en el que estás eligiendo el que será tu recuerdo. La vuelves a saborear cuando, de repente, un día recuperas esa lectura de una estantería, de una torre de libros en tu mesilla o de un préstamo olvidado. Una lectura que te devuelve a aquel feliz pasado. Y, sin duda, sabes que es algo en lo que, en un futuro, te volverás a deleitar.

Aún me retrotraigo a aquella tarde en la ‘librería más antigua del mundo’, en el lisboeta barrio de Chiado, en la que mi hijo eligió un volumen en inglés de ‘Pepa Pig’ y nosotros, como no podía ser de otra manera, algún que otro texto de Pessoa y Saramago. Aún puedo ver a mis dos pequeños sentados en el suelo en mitad de aquel vetusto y precioso lugar lleno de estanterías escogiendo y decidiendo su propio ejemplar.

Hace tan sólo unos días que yo rescaté el que compré en mi último viaje (a Málaga), un ensayo sobre el ‘oficio’ del flâneur, paseante en francés, ‘El arte de leer las cosas’, de Fiona Songel, con el sello de ‘Mapas y compañia’.

Además, sabemos que hacer partícipes a nuestros hijos de este ritual les ayuda en su relación con la literatura. Aunque aún son pequeños, aunque ya disfrutan de los cuentos, está aún por llegar el día en el que entiendan y agradezcan nuestra labor e interés por acercarles a la palabra. Como decía el recientemente fallecido Vargas Llosa: “Aprender a leer es lo más importante que me ha pasado en la vida”.

Esta noche, en la cama y antes de que le venciera el sueño, mi hijo me preguntaba: “Mamá cómo se aprenden las cosas”. Y yo le decía: “Leyendo, hijo, leyendo”.

Y aunque la lectura es, sin duda, conocimiento, ésta es mucho más porque “en algún lugar de un libro hay una frase esperándonos para darle sentido a la existencia”, Miguel de Cervantes.

Mi tierra

Es propio que uno, cuando canta, le cante a su tierra. Yo, que en ese arte no tengo demasiada destreza, le dedicaré en esta columna unas palabras. Estamos a punto de celebrar el Día de la Región de Murcia y aprovecho para preguntarme qué significa para mí y mi familia ser de esta tierra. En nuestro caso particular, no tenemos familia ni antepasados cercanos más allá de nuestras fronteras y eso, de alguna manera intangible, condiciona y modela -si me permiten la expresión-. Mi hijo mayor dice a veces que él es de Lorquí; otras, por el contrario, manifiesta y argumenta que él es de Caravaca “porque yo salí de mamá que es de allí” –aunque realmente en mi DNI reza que nací en Bullas pero viví allí muy poco tiempo, apenas unos meses- y cuando vamos a la playa o a otros pueblos y parajes y le decimos que seguimos estando en Murcia, se queda con cara pensativa y sin terminar de comprender. Es normal a su edad.

Vivimos en una tierra vetusta y rica, jalonada de parajes y pueblos diversos. Una tierra que, como he señalado en alguna ocasión, ha sido y es madre y madrastra de forma simultánea. Un pueblo con rica herencia islámica y cristiana, con azul de Mediterráneo y sombra de palmera datilera. Una cultura propia y que no es valenciana ni andaluza, como algunos se empeñan en hacernos creer. Murcia es esa tierra que floreció y se fecundó a través de infinitos brazales en una huerta que extasiaba a los viajeros decimonónicos y es, por desgracia, la tierra que derribó gran parte de su memoria y patrimonio en una sinvergonzonería disfrazada de falso progreso. Somos tierra de contrastes, más allá del eslogan, pero no sólo porque podamos recorrer y amar el bastión de Cabo de Palos y el monte Arabí de Yecla en poco más de cien kilómetros. Somos tierra de contrastes también en nuestro carácter. En lo mejor y peor del ser humano que se dan la mano en nosotros.

Si vuelvo al comienzo del artículo y me pregunto qué significa para mí esta Murcia en la que nací hace más de cuarenta años, tengo que responder que significa mucho y que me duelen muchas de las cosas que en ella ocurren, y si me duelen será porque la amo. Como se ama al compañero o al hijo, por encima de sus defectos.

Celebrar el Día de la Región de Murcia creo que debe trascender a lo que cada día hacemos para tomar conciencia. Conciencia de lo que cada uno desempeña, en lo que trabajamos, y en lo que colaboramos para engrandecer a nuestra Región. Sólo entonces podremos crear y amar de verdad esta tierra que nos alumbra. Albañiles, maestros, estudiantes, arquitectos o músicos… trabajemos con pasión por mejorar nuestra cultura, la tierra que nos abriga y nos mima, aunque pueda escocer y arañar por momentos.

Sea entonces éste hoy, desde el Altiplano a Cartagena, desde mi hermoso Noroeste al Valle del Guadalentín, desde el Segura con sus numerosos pueblos bañados a su paso al Mar Menor, un momento de inflexión, para más allá de cantar su belleza, contribuir, desde nuestra modesta responsabilidad, a conservar y mejorar su grandeza. 

Mucho más de lo que hacemos

Ayer, tras volver al coche después de dejar a mi hijo en la puerta del colegio y mientras llovía, me cruzaba con los padres, madres y abuelos que llegaban con el tiempo justo y aceleraban el paso en los últimos metros para no llegar tarde. Sentada ya, y antes de reemprender la marcha para acercar a mi otra pequeña a la guardería, pensaba en que ninguno éramos conscientes en ese momento del privilegio que supone poder llevar a nuestros hijos a la escuela.

Sin duda, son actividades tan cotidianas, tan rutinarias y tan normalizadas que no nos damos cuenta de la enorme suerte de haber nacido y vivido de este lado del mundo. 

Confieso que, últimamente, convivo con un enredo de sentimientos que tambalean mi estabilidad emocional. Por un lado, la gratitud de una existencia cómoda y segura para criar a mis niños, que combate constantemente con un sentimiento de culpa al contemplar la desventura y las fatalidades de tantísimos miles de personas, y en especial niños, en todo el mundo. Lo que, a su vez, me provoca una profunda tristeza existencial.

Me pregunto constantemente cómo podemos seguir viviendo después de ser testigos de aterradoras imágenes de niños muriendo a consecuencia de una guerra de la que entienden muy poco o nada. Una guerra que los está asesinando con estrepitosos y vergonzosos ataques pero también a través de una silenciosa, deshonesta y agónica hambruna.

No alcanzo a imaginar el tormento de esas madres al ver a sus hijos consumirse por desnutrición; al verles morirse de hambre. Cuánta impotencia y cuánto dolor. Escuchar sus llantos reclamando algo para comer y beber. Sus gritos desesperados. Sus miradas confundidas.

Los niños, la población civil, jamás deberían ser un objetivo bélico; ni el hambre un arma de guerra. Y para ello hay organismos que deben velar por el cumplimiento de los derechos humanos. El silencio no es una opción. La inacción no es una alternativa.

A veces siento, también, una profunda decepción con una humanidad deshumanizada. ¿Puede ser tal la oscuridad moral en la que vivimos que no nos importen las vidas ajenas? Confío en que esto no sea así. Y, aunque las evidencias parecen apuntar a lo contrario, tengo la esperanza en una reacción rotunda, en un basta ya que debería haberse producido hace mucho tiempo.

Esta sensación me resulta ya familiar. Me asedian las mismas emociones que lo hicieron en su día, allá por 2011, con la guerra civil Siria y la consecuente crisis humanitaria que se desataba. Fue entonces cuando reforcé mi colaboración con organizaciones no gubernamentales que realizan labores de ayuda sobre el terreno. Apoyo que trato de seguir manteniendo.

Así que, ojalá seamos muchos los que nos sintamos tristes, culpables y abatidos con lo que ocurre en lugares como en Gaza. Ojalá seamos conscientes de la suerte que vivimos. Y, ojalá, esto nos mueva y nos remueva para hacer mucho más de lo que hacemos.  

Un pueblo

Desde hace algún tiempo vivimos en un pueblo. Un pueblo pequeño. Nunca antes, desde que dejé Caravaca para estudiar en Madrid, había residido en una población tan pequeña. Siempre he ido mudándome de ciudad en ciudad desde la capital de España: Granada, Jaén, Cartagena, Murcia… Y, sin duda, ahora estoy conociendo las muchas bondades de vivir en un pueblo.

Imagino que aquellos que lo han experimentado sabrán de qué hablo. A diario nos movemos, incluso con los pequeños, en bici o andando. Guardo fotografías, que con los años serán maravillosos recuerdos, de nocturnos picnics improvisados en la puerta de algún vecino. Por las mañanas, se escuchan -sólo- los pájaros desde el patio. El sonido de las campanas de la única iglesia va desvelando las horas del día, y la noche. De todos es sabido, además, que hay menos contaminación ambiental y el aire es más puro y más fresco.

Pero es que, además, este pueblo tiene sus virtudes particulares. Estar a 15 minutos de Murcia ciudad facilita que sigamos disfrutando del ocio y tiempo libre que nos interesa y nos divierte sin tener que renunciar a un tipo de hogar y vivienda que en mitad de la urbe sería impensable.

Las inversiones e infraestructuras megalíticas de las ‘cities’ se suplen con espacios adaptados, actuales y sostenibles; con proyectos de recuperación patrimonial e histórica y con creativas e ingeniosas propuestas.

Así, por ejemplo, en nuestras salidas al parque por la tarde podemos ir leyendo, de camino, las decenas de poemas que salpican todo el centro con textos de muchos de los más grandes autores de la literatura universal: Lorca, Quevedo, Neruda, Rosalía de Castro, Gabriela Mistral, Cernuda o Carmen Conde. Una ruta poética que embellece, sin duda, el recorrido e instruye y obsequia el alma.

Y si de ilustrar y educar hablamos, se han ido instalando unos ‘totems’ o ‘mupis’ en aquellos lugares en los que nacieron sus vecinos más ilustres, los hijos predilectos, en los que se recogen sus vidas y hazañas. Una buena forma de reconocer el patrimonio inmaterial más valioso de un pueblo: sus buenas gentes. Desde doctores en Física y Química, cardiólogos e investigadores a combatientes en ‘La Nueve’ que liberaron París que sirven de referente y ejemplo a jóvenes y adolescentes.

Una vez al año, el municipio se convierten, también, en escenario de la Comedia del Arte con los peculiares personajes de este género teatral tomando sus calles y sus casas, pues actores llegados de diversos puntos del planeta conviven con los vecinos que los acogen en sus propios hogares; gracias al festival de música y artes escénicas ‘Lorquí Renacentista’. Durante tres años consecutivos Pulcinella ha dejado su Nápoles natal para ‘ocupar’ nuestra residencia. ¡Una experiencia inolvidable!

Vivir en un pueblo me ha enseñado que habitar un lugar es, sin duda, mucho más que transitarlo. Habitar un pueblo es vivirlo, revivirlo, disfrutarlo y padecerlo, conocerlo, cuidarlo y, siempre, mejorarlo.

Aquella revolución

Sin duda, educar será el trabajo más arduo y difícil que cualquiera de nosotros pueda desempeñar a lo largo de la vida. El más importante. Acompañar a nuestros hijos en la creación de su personalidad y carácter es una tarea compleja, delicada y, por momentos, agotadora. No obstante, también, resulta fascinadora y estimulante.

Y fíjense bien que digo educar, aludiendo a instruir o cultivar, y no a criar en el sentido más animal de la palabra ,que resulta más instintivo y automático. Nuestro existir más atávico y nuestra intuición más visceral empujan nuestro ánimo a la protección y salvaguarda de nuestro pequeños: alimentarlos, resguardarlos del frío y el calor, limpiarlos, garantizar su integridad física… Sin embargo, guiar y tutelar su crecimiento personal requiere de otros muchísimos recursos y herramientas y una constante renovación en una sociedad cada vez más compleja, cambiante y acelerada.

Hace unas semanas terminaba de ver la serie británica ‘Adolescence’ y, como le ha ocurrido a muchos, me despertaba ciertos miedos y preocupaciones sobre la sociedad en la que nos va a tocar educar a nuestros hijos y en papel que los padres tenemos en su desarrollo y devenir. Sin embargo, reconozco que me resultó un tanto alarmista y apocalíptico el retrato que hacía de los institutos, muy lejano a lo que yo en su día pude vivir.

Un tiempo después, en pocos días, se sucederían varios acontecimientos cercanos que pondrían en entredicho esa opinión. Un adolescente recibía un desafortunado golpe por la espalda y en la cabeza que lo llevaría directo a la UCI durante varios días y que le dejará secuelas de por vida. Un cobarde ataque motivado, al parecer, por un comentario en redes sociales. Esa misma semana un joven era víctima de una agresión por su condición sexual.

Y, por si esto era poco, de algún modo se filtraba un vídeo de una multitudinaria pelea a puñetazos en un instituto de la Región mientras los ‘espectadores’ jaleaban y alentaban a los ‘luchadores’, sin que nadie cuestionase o reprobase esta actitud.

No sé si serán casualidades. O quizás sea esa la realidad de nuestros adolescentes, aunque a algunos nos quede tan lejana.

Recuerdo mis años de juventud en los que escuchábamos a Ismael Serrano y nos juntábamos en Malasaña. Años en los que queríamos ser más modernos, más solidarios, más tolerantes, más abiertos y más avanzados que nadie. No soy socióloga y no quiero aventurar ni conjeturar sobre lo que ha podido ocurrir en estos veinte años para desvirtuar tanto estos valores; que me temo que están muy lejos del actual código ético de muchos jóvenes. Pero, sin duda, alguna responsabilidad tendremos.

Y del mismo modo que me entristece profundamente lo que veo, también me invita a volver a aquel espíritu de mis años mozos y comenzar una ‘revolución’ que reconquiste estos valores perdidos o debilitados, una revolución que reconquiste la ternura y la humanidad.

“Así yo canto para recordar

Que aun seguimos vivos

Si no ves mas allá de tu horizonte

Estaremos perdidos” – Ismael Serrano.