La permanencia en el constante aprendizaje es algo que ha marcado mi vida personal y profesional. Siempre me he preocupado por seguir adquiriendo nuevos conocimientos y capacidades. Casi como una especie de adicción. Incluso aunque estos hayan resultado de escasa o nula practicidad para mi realidad, como aquel curso de prevención en riesgos laborales en el entorno de la construcción que completé mientras estudiaba Periodismo en Madrid y me ganaba un dinero extra realizando trabajos puntuales, casi siempre de encuestadora, para una ETT. ¡Nunca se sabe! El caso es que me gusta aprender y, aunque suene extraño, también me ha gustado estudiar. Lo que no quita que haya habido épocas en las que, por el volumen de materias o por éstas en sí mismas, me haya resultado tedioso.
Semanas antes de dar a luz me encontraba trabajando, preparando un doctorado, estudiando un Grado en Historia del Arte por la UNED, certificando mi inglés en la Escuela Oficial de Idiomas, asistiendo a clases de gimnasia para embarazadas y a un curso de primeros auxilios para bebés. Como podrán imaginar es casi imposible abordarlo pero, no sé cómo me las apaño, consigo salir bastante airosa de casi todo. Ahora tengo pendientes un par de talleres muy interesantes sobre el método de alimentación Baby Led Weaning y otro para enseñar lenguaje de signos a bebés.
Todo esto porque el otro día pensaba que con toda la formación que tenemos a nuestra alcance hoy día y lo difícil que sigue resultando aprender a educar. Para eso no hay reglas matemáticas ni ortográficas que seguir o memorizar. Y además es un trabajo que ha de hacerse en equipo. Tengo la suerte de estar casi 99% de acuerdo con ‘El hombre del Renacimiento’ en las grandes decisiones que tenemos y tendremos que tomar y aún así a veces hay que entrar en la negociación. No quiero imaginar cuando el porcentaje es sensiblemente menor. Supongo que la clave está en empezar por lo más abstracto para ir concretando en medidas más especificas.
Nosotros coincidimos en el tipo de hogar que ya hemos empezado a crear, en los valores que le (les) vamos a inculcar, en la alimentación que trataremos de llevar, en las actividades y capacidades que en nuestros hijos queremos incentivar… pero también en cuestiones más arbitrarias como el estilo de ropa que nuestro pequeño lleva y llevará, su corte de pelo y que tipo de muñecos y chismes tiene para jugar. Eso lo hace todo más fácil en la pareja, en el núcleo familiar. Aunque no evita las dudas y las incertidumbres ante cada nuevo reto que, imagino, son mucho mayores con el primero.
Sin embargo, como decía hace unas semanas hablando de la tribu, en la educación del pequeño, intervienen más personas y ahí sí que se inicia un camino, a veces, bastante arduo de transitar. La necesidad de conciliar hace que en la vida de nuestros pequeños aparezcan, desde antes de lo que a mí al menos me gustaría, las guarderías, nanas o ‘madres de día’. Personas en cualquier caso que, siendo ajenas a la familia y al bebé, acabarán compartiendo con ellos un montón de horas a la semana. Lo que implica que éstos, para bien o para mal, reproducirán algunos de sus comportamientos y conductas. De ahí que me parezca fundamental la elección de la persona que les va a atender. Por ejemplo, si en casa nos cuidamos muy bien de no gritar, no me gustaría que mi pequeño copiase esto de terceros.
Por no hablar del entorno familiar –aunque esto bien merece un artículo a parte – porque mucho se puede hablar del papel de los abuelos de ‘malcriar’ (que no mimar). Sinceramente defiendo que es importante que la persona que esté con ellos, aunque sea a ratitos, sea consciente de las dificultades y se implique en el proceso de educar. En primer lugar porque yo, al menos, necesito tener la confianza de que la persona que se queda a su cuidado actuará como yo podría actuar y la seguridad de que defenderá nuestra forma de educar –la comparta o no-. Además, considero que de no hacerlo así sería un golpe a la autoridad paternal, lo que para mí tiene aún mayor gravedad. A mí madre, por ejemplo, le costó un poquito entenderlo con mis sobrinos, pero ahora siempre que les va a dar algún chocolate, además de hacerlo en ‘weekend’ que es cuando ellos tienen la excepcionalidad, pregunta siempre a su mamá.
Sea como fuere, nosotros acabamos de empezar, y espero que en esta maravillosa tarea sean muchas las influencias sanas y de refuerzo que, siempre desde el respeto, nos puedan acompañar. Pero a Dios pongo por testigo que tendré la firmeza para defender nuestra decisión y forma de educar.




Siempre recuerdo que mi padre nos contaba que para lo que se acostumbraba en aquellos años nos había tenido muy mayor. Creo que cumplía los 33 cuando yo llegué al mundo; soy la primera de dos hermanas. A mí nunca me pareció mayor. Mi padre siempre tuvo un espíritu muy joven y sus enormes ganas de vivir hacían que disfrutara de cada momento como si fuese un chaval. Yo he tenido mi primer hijo con 36 y, sinceramente, me considero joven. Seguramente eso también lo habré heredado. Son otros tiempos, que dicen los abuelos. Y tanto que lo son. Si hoy día uno espera tener la estabilidad laboral, económica, social y, sobre todo, emocional para perpetuarse puede que no lo haga nunca. A mí me ha llegado ya con cierta edad y creo que éste era, sin duda, mi momento ideal.










Durante estos días de ‘escapadas’ pautadas y desahogos en el balcón, en casa no dejamos de pensar en lo mucho que nos gusta viajar. Añoramos esos lugares que un día significaron algo, que nos conmovieron, que nos abrumaron; pero sobre todo los que aguardamos y que, ahora, forzosamente postergamos convirtiéndose en espejismos de este desierto entre cuatro paredes. A menudo, repasamos fotos de nuestros viajes evocando anécdotas y momentos, como aquel cumpleaños en Roma o nuestro verano en el Bierzo. En el frigo cuelgan memorias de aquellos tiempos, como instantáneas o como aquellos imanes que meticulosamente elegimos en nuestros destinos para que formasen parte de nuestros recuerdos. Hemos viajado como aventureros, con amigos, con parejas y como solteros pero creo que ni ‘El hombre del renacimiento’ ni yo imaginamos jamás lo maravilloso que sería viajar con esta nueva acepción de ‘mochileros’.
No andaba muy desacertado Mikel Izal cuando hablaba de ‘pequeña gran revolución’ en una de sus composiciones para la banda de música indie madrileña que lidera. Una revolución emocional, hormonal, sentimental, de pareja, familiar, profesional, física, psíquica y personal. Eso es el postparto. Una revolución estructural que comienza en los pilares de tu vida para afectarla toda.
Dice un proverbio africano que “para educar a un niño hace falta una tribu” y, desde luego, no le resta razón. Al menos para no hacerlo a costa de la salud de los progenitores, fundamentalmente de la madre –no nos engañemos -. El confinamiento nos ha robado el mes de abril, como cantaba Sabina, y ya veremos que parte de mayo. Pero también nos ha robado a la tribu. Los más pequeños de la casa, todo el día encerrados, tienen que entretenerse y satisfacer sus necesidades únicamente con la implicación de mamá y papá, también los fines de semana. Lo que hace la tarea de criar menos atractiva para ellos y mucho más pesarosa para nosotros. Y es que esta crisis sanitaria nos ha despojado de los abuelos que, por ser población de riesgo, han sido condenados a vivir sin sus nietos. Ellos están siendo, sin duda, los más castigados por la importante tasa de mortalidad a sus edades y porque además están viviendo este tiempo muy solos y, puedo imaginar, tremendamente asustados cuando ven a los de su quinta marchar.
La vida no se detiene, pese al Coronavirus. Eso sí, en esta ocasión los recién nacidos llegan al mundo en contextos un tanto más extraños y donde la alegría es contenida por la pena de no poder compartirse. Los abuelos, los mismos que habitualmente hacen más llevadera la carga a los progenitores compartiéndola, están siendo, sin duda, de los más perjudicados. También desde el punto de vista emocional. Confinados, y en muchos casos solos, han sido condenados a vivir sin sus nietos. Y es que estos días apenas tenemos más vida que la que alcanzamos a ver desde nuestros balcones.
Cada tarde, a las 20.00 horas, los aplausos resuenan en cada calle de cada pueblo y cada ciudad de nuestra Región –como en otras comunidades y países –poniendo así sonido al profundo agradecimiento de cada hogar y cada ciudadano a los profesionales, especialmente los sanitarios, que estos días se dejan la piel y el corazón luchando contra este maldito virus. La piel, como metáfora de la salud, porque muchos de ellos han resultado también víctimas. El corazón, porque estoy segura de que de una experiencia así no se sale indemne. Por la responsabilidad sobre las vidas de otros. Por la culpabilidad y la impotencia al sentir que uno ya no pueden más, tras interminables jornadas de trabajo, dicho sea de paso. Por no poder ver a los tuyos por el miedo a dañarles. Y porque, a falta de otros familiares, se están convirtiendo en consuelo de enfermos y en la mano que aprietan los moribundos. No. Uno no puede ser el mismo después de algo así.
Que lejos está el optimismo de la semana pasada. Quizás sean los quince días de confinamiento que llevamos y la nueva quincena sumada a este encierro, que ya pasan factura. Si empezábamos el #yomequedoencasa con cierta curiosidad, como una especie de reto, retiro familiar o experimento sociológico, a estas alturas puedo decir que la situación me desborda. Son muchas horas atrincherada en un apartamento de menos de 60 metros cuadrados –da la casualidad de que estamos de obras en casa y nos trasladamos aquí por un tiempo –con un bebé de cinco meses y ni un centímetro de terraza. Las últimas cifras tampoco ayudan, cada vez más contagios y más fallecidos. Lo que se anunciaba como una gripe se ha convertido en una de las mayores crisis de nuestra historia reciente.