Aprender el mundo a pasos pequeños

Viajando se dilata el tiempo o, como dice el “Hombre del Renacimiento” —nombre afectuoso que dedico a mi marido—, se gana vida. Y es que los días se hacen más largos, las experiencias se multiplican y, al volver a casa, parece que fue hace una eternidad que marchaste. Tan solo unas semanas atrás explicábamos a nuestro hijo quién era Willy Fog y cómo viajó por el mundo entero en sus aventuras, y pensé que, sin darnos cuenta, nosotros también estamos trazando su particular vuelta al mundo, aunque sea por etapas y con mochilas pequeñas.

Nuestro último viaje fue a Segovia y Zamora, con la excusa perfecta de visitar la exposición ‘Las Edades del Hombre’. Dos destinos, muchos kilómetros de carretera y un par de niños que mirando por la ventanilla aprendían a leer el paisaje como si fuera un cuento ilustrado. Al regresar, después de largas horas de viaje, mi hijo dijo algo que me emocionó: “Mamá, estaba en un sueño. Esto es estar soñando para mí”. No hablaba de dormir, hablaba de viajar. De ese estado extraño en el que todo es nuevo y, al mismo tiempo, emocionante.

Viajar con niños es convertir el mundo en aula y el asombro en maestro. Es descubrir que existe un acueducto que mide más de 16 kilómetros y entender que los romanos no son solo un capítulo del libro de historia, sino ingenieros capaces de dejar huellas que atraviesan siglos. Es entrar en un alcázar donde vivían un rey y una reina que mandaban por igual, aunque por aquel entonces no fuese lo habitual, y contarles, además, que su silueta inspiró a Walt Disney para crear el castillo de Blancanieves. Y ver como en ellos, en ese preciso momento y mientras recorrían cada sala de aquel espacio, fantasía y realidad se daban la mano y los cuentos tenían escaleras, paredes y torres de verdad.

Viajar también es bañarse en una piscina caliente mientras fuera hay menos de diez grados y comprender, sin palabras, que el mundo está hecho de contrastes. Es cruzarse por primera vez con unos tunos en Zamora y preguntar por qué visten así. Es comprar antigüedades en un rastro y descubrir que los objetos guardan memoria y cuentan historias, aunque no hablen. Son lecciones que no caben en un cuaderno, pero sí en la piel.

Para los niños, viajar es otra forma de aprender: aprenden a esperar, a adaptarse, a escuchar historias que no son las suyas. Descubren que el mundo es grande, diverso y hospitalario. Para los adultos, viajar con ellos es recordar lo esencial: que no hace falta ir muy lejos para sentir que algo cambia por dentro, que basta con moverse un poco para que la vida se ensanche.

Viajar con los más pequeños no solo es una oportunidad para divertirse, sino también para educar, inspirar y acompañarlos en su crecimiento personal. Además, tiene muchas ventajas para la infancia: despierta la curiosidad, fortalece la memoria emocional y construye recuerdos que no se guardan en la nube, sino en el corazón. Quizá por eso mi hijo dijo que estaba soñando. Porque viajar es, al final, una forma de soñar despierto; habitando otras épocas y en otros mundos, como pudieron comprobar, de forma completamente explícita, en su primera experiencia de realidad virtual.

Como escribió Marcel Proust, “el verdadero viaje de descubrimiento no consiste en buscar nuevos paisajes, sino en tener nuevos ojos”. Y esos nuevos ojos son los de ellos: capaces de emocionarse con una piedra antigua, con un disfraz medieval o con una carretera que parece nunca acabar.

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