Renacer con máscaras de gesto antiguo

Hay quienes organizan el año en trimestres escolares o en plazos y balances laborales. En casa, sin embargo, el tiempo se ordena de otro modo: en estaciones, sí; pero también en celebraciones. De la Navidad a Semana Santa, de Halloween a los cumpleaños. Y, desde hace ya algunos años, hay una cita que ocupa un lugar propio y destacado en nuestro calendario familiar: Lorquí Renacentista.

Podría parecer sólo un festival más, pero es un proyecto cultural con connotaciones emocionales y sociales que van mucho más allá. Es una propuesta única que ha sabido traer a nuestro municipio lo mejor de la música antigua, del teatro popular y de la Comedia del Arte, integrándolo por completo en la vida cotidiana del pueblo. Durante esos días, las calles cambian de ritmo, los vecinos se convierten en público atento y la cultura deja de ser algo lejano para hacerse cercana, tangible y compartida.

Para los más pequeños, estas experiencias no son simplemente actividades extraescolares o planes diferentes: son ventanas abiertas a otros mundos. Mundos donde se habla otro idioma, donde las trajes cuentan historias, donde las máscaras no esconden sino que revelan. Mundos donde el arte se vive con naturalidad y sin tanta pompa y solemnidad.

En nuestro caso, además de participar siempre como entusiasmados espectadores, desde el inicio decidimos dar un paso más: abrir las puertas de nuestra casa. Durante algo más de una semana acogemos artistas venidos de distintas partes del mundo que conviven con nosotros como uno más de la familia. Mis hijos han asumido esta hospitalidad como parte esencial del año. Esperan esos días con la agitación y la inquietud con la que otros esperan las llegada de los Reyes Magos.

Durante dos años tuvimos la fortuna de acoger en nuestro hogar a Claudia Contin, la actriz reconocida internacionalmente como la primera mujer en interpretar al personaje masculino de Arlecchino. Ha publicado numerosos textos teatrales y ensayos de antropología teatral traducidos a varios idiomas. Pero más allá de su imponente trayectoria, para nosotros fue Claudia la artista que – junto a su marido Francesco- ensayaba en nuestro salón, la que organizaba veladas de teatro improvisado en casa, la que jugaba a caracterizar a nuestro hijo y lo guiaba en sus primeros pasos para convertirse en un pequeño Arlecchino.

Aquellos días despertaron en él una pasión que sigue creciendo: el amor por la escenografía y la interpretación. Aprendimos y practicamos italiano entre risas, cafés compartidos y meriendas al sol; descubrimos que el arte no es un espectáculo distante, sino una forma de estar en el mundo, una forma de vivir.

Llegó, después, otro encuentro inolvidable. Esta vez con uno de los grandes protagonistas de la tradición napolitana:  Pulcinella, figura esencial dentro del grupo de los zanni –los siervos y criados- y eje de la trama del modelo napolitano de la Comedia del Arte. En nuestro caso, cobraba vida a través de un padre y un hijo llegados de la Ciudad del Vesubio: Francescoy Daniele Facciolli. Con ellos repetimos experiencia en esta edición que comienza ahora y con ellos volvimos a confirmar que el arte también se hereda, se comparte y se transmite de generación en generación.

Mis hijos incorporaron estos y otros personajes a su imaginario personal. Las máscaras y figuras traídas del sur de Italia pasaron a formar parte de sus juegos habituales. Y, sin apenas darse cuenta, estaban aprendiendo historia, tradición, geografía, idiomas y, sobre todo, empatía. Porque convivir con personas de otros lugares, escuchar atentos historias de otros tiempos, conocer nuevas costumbres y compartir mesa con invitados de otros países es una lección diferente a la que se enseña en los libros.

No se trata sólo de formar futuros artistas –aunque ojalá alguno lo sea-, sino de formar personas curiosas, abiertas y sensibles. Personas capaces de comprender que el mundo es amplio y diverso, y que la cultura no es un lujo, sino un puente.

Que un pueblo pequeño de nuestra Región apueste por la cultura en mayúsculas es, en sí mismo, un acto valiente. Pero que esa apuesta transforme hogares, ilusiones y juegos infantiles es algo aún más profundo. Para nosotros, Lorquí Renacentista no es sólo una fecha señalada: es una experiencia en nuestra vidas. Y cada año, cuando se acerca, sabemos que estamos a punto de abrir de nuevo la puerta de nuestra casa a otros mundos.   

Un mundo mejor

No soy apolítica. Nunca lo he sido y reconozco que siento cierta desconfianza hacia quienes se presentan como tal, como si la neutralidad fuera una virtud. La vida, creo, no permite la tibieza: vivir sin opinar es abdicar, renunciar, de la propia responsabilidad intelectual y moral. Hay que tomar posición, construir criterio y actuar con conciencia. Opinamos constantemente: con cada gesto, con cada palabra y con cada silencio. Un “no me importa” o “no tengo opinión” me resulta tramposo e hipócrita, pues a menudo encubre la renuncia a la realidad y a sus exigencias éticas.

En mis escritos procuro, con deliberación, no abordar asuntos estrictamente políticos. Sin embargo, casi todo lo que hacemos tiene un impacto social, y lo social, inevitablemente, es político. Evitar ciertos temas no significa carecer de criterio; significa decidir cuidadosamente cómo y cuándo exponerlo. Hoy, más que nunca, mi juicio ante los acontecimientos del mundo es de preocupación y alarma y considero que es el momento de hablar.

Me inquieta profundamente el mundo que estamos dejando a nuestros hijos. Me angustia la herencia que recibirán: una sociedad marcada por la preeminencia del interés inmediato, por la imposición del más fuerte y por la indiferencia silenciosa que poco a poco va erosionando los principios de convivencia. Los valores fundamentales, universales y humanos que costó siglos consolidar se desdibujan, se diluyen y se vulneran. Aquellos que deberían ser guardianes de la libertad y la justicia se convierten, a menudo, en instrumentos de opresión y consolidación del poder, exacerbando la desigualdad y el miedo.

Ese no es el mundo que deseo para mis hijos. No es el mundo por el que trabajo cada día en mi hogar. Los valores y principios que cultivamos en casa: la concordia, la igualdad, la libertad, la solidaridad y el respeto, entre otros, son incompatibles con la violencia, la intimidación y la arbitrariedad que se extiende en algunas sociedades. Aún así, mantengo la esperanza de que éstos no hayan desaparecido de la conciencia colectiva, aunque los hechos y las estadísticas a veces sugieran lo contrario.

Nunca he sido seguidora del cantante puertorriqueño Bad Bunny, quizás todo lo contrario, y reconozco que muchas de sus composiciones y letras se me escapan –algo que puede ser incluso positivo -; pero sí celebro que personalidades y referentes juveniles adopten compromisos éticos y que trasmitan mensajes alternativos al bombardeo del imperio de la falsificación y la mentira. Urge que adolescentes conozcan otras perspectivas, otros discursos y otras formas de pensar y de vivir. Formas de estar en el mundo sustentadas en la igualdad, la fraternidad y la libertad, valores que siguen siendo tan vigentes como imprescindibles desde los tiempos de la Revolución Francesa.

En España, esta necesidad se hace peculiarmente evidente. La emergencia de movimientos que desgastan la esperanza  me alarma y me sobrecoge. Me preocupa el ejemplo que estamos dejando a quienes nos sucederán. ¿Qué mundo heredarán nuestros hijos? ¿Qué huellas estamos dejando en su memoria colectiva?

No obstante, no pierdo la fe. Confío en la capacidad de cambio del ser humano, en la fuerza de la educación, del ejemplo y la palabra. Podemos transmitir a las nuevas generaciones un mundo más justo, más humano y más solidario, incluso cuando la realidad nos confronta con injusticias y contradicciones. El compromiso comienza en cada hogar, en cada conversación que enseña a discernir, en cada gesto que demuestra coherencia y respeto. Si conseguimos que los jóvenes crezcan con principios sólidos y una mirada crítica pero ilusionada, habremos sembrado la semilla de un futuro mejor.

El futuro no está resuelto. Depende de nosotros: de nuestras decisiones, de nuestras acciones y de nuestra capacidad para sostener los valores que consideramos esenciales. Trabajemos hoy para que la compasión y la solidaridad no sean excepciones, sino normas de convivencia. Que nuestros hijos crezcan en entornos que les permitan pensar  con autonomía, actuar con responsabilidad y vivir con integridad. Que no sientan que la historia que les entregamos está marcada por el miedo, sino por la coherencia, la ética, la libertad y la humanidad.

El mejor legado que podemos dejarles es un mundo que valga la pena habitar, con un horizonte digno y generoso: un mundo mejor.

Tres años nombrándote  

Te miro. Mucho. Siempre. Pero estos días te miro aún más. Quizás a sabiendas de lo que nunca volverá a ser. Anhelando lo que sé que no ha de volver. Te miro mientras duermes. Esas manitas rechonchas, los mofletes sonrosados y tibios y tus labios carnosos… Y me pareces aún un bebé. Impresiones que son sólo espejismos de lo que un día existió.

Desde que llegaste, el reloj dejó de ser exacto. Ya no avanza en horas ni en obligaciones, sino en cafés a trompicones, en celebraciones espontáneas, en cuentos e historias repetidas que nunca se repiten del todo. El tiempo ahora se mide en tu risa repentina, en tu determinación rotunda, en esos pasos pequeños y firmes con los que caminas como si el suelo no fuera un riesgo, sino una promesa.

Y es que la vida se comprende mejor desde abajo, a tu altura. Desde ahí todo importa: una piedra brillante, una hoja caída, una palabra recién descubierta. Tú miras con una frescura que no juzga, con un asombro limpio, como si supieras algo que los adultos olvidamos demasiado pronto: que celebrar no necesita motivo y que la alegría también es una forma de inteligencia.

Hace –el lunes –tres años que aprendimos que el caos también puede ser hogar; que la casa amontonó nuevos ruidos y el silencio dejó de ser necesario; que el cansancio se volvió dulce y el desorden, una forma de felicidad.

Esté último ha sido el de las palabras más claras, las preguntas infinitas y las primeras afirmaciones rotundas. Has crecido en estatura, en ideas y en carácter y todos hemos crecido contigo, aprendiendo a acompañarte sin frenar ese impulso tan tuyo de descubrirlo todo.

Sigues siendo ruido y carcajada, pero ahora también eres conversación. Esa lengua de trapo se ha afinado y, aún así, continúas teniendo una capacidad maravillosa de decir mucho con poco, de expresarte sin rodeos y de defender tu punto de vista con una convicción que me asombra y envidio. Ojalá nunca pierdas esa seguridad tan limpia, tan libre.

Has hecho de la autonomía un idioma propio. No hay duda en tu cuerpo cuando decides intentarlo. Te equivocas, corriges, sigues. Y yo asimilo —a veces con vértigo— que mi tarea no es sostenerte siempre, sino confiar en ti.

Tu melena sigue indómita, como tú. Los bucles ya no son sólo un adorno, son una declaración de intenciones. Sigues apartándote el pelo como quien despeja el mundo para mirarlo de frente, con esa naturalidad con la que te enfrentas a todo. Decidida, curiosa y valiente. Y yo te miro, te sigo mirando, incrédula pensando en cuándo y cómo ocurrió todo.

Eres ternura y carácter a partes iguales. Independiente, aunque aún busques tu refugio en la noches. Capaz de explorar sin miedo y, al mismo tiempo, de volver al regazo cuando el día pesa. Tu forma de vivir, hija mía, es intensa, sincera y absoluta. Y eso es un regalo inmenso. Te pareces a quienes te precedieron y, aún así, eres completamente tú. Sigues trayendo ecos que nos recuerdan a aquellos a los que amamos y, sin embargo, eres pura y genuina.

Y el tiempo se me torna enredo, porque hay días en los que fuiste siempre así; mientras que, otros, aún abrigo aquel pequeño cuerpecito que cabía entero en mi regazo.

No sé qué recuerdos conservarás de esta época. Tal vez ninguno con palabras. Pero deseo que algo de todo esto quede: la certeza de haber sido amada, la calma de saberse capaz, la intuición profunda de que la alegría es un derecho y la familia, un lugar seguro.

Cumples tres años, Julia, y yo escribo para aprender a nombrarte. Escribo porque el amor, cuando es grande, necesita lenguaje. Y aun así, se queda corto.

Poética del cuidado

Hay tareas, quehaceres y menesteres -como decía mi abuela – que, muchas veces, pasan desapercibidos por lo cotidiano, habitual y rutinario de los mismos. Cuidar es una de esas ocupaciones casi invisibles. Es un trabajo callado, prudente y discreto, a la par que constante y sostenido; pero completamente crucial, decisivo.

El cuidado se expresa en gestos mínimos: una mano que sostiene, un plato caliente esperando en la mesa, una presencia que ahuyenta miedos y monstruos, un soplo –mágico –que cura heridas, brazos que reconfortan y mimos que compensan y desagravian tormentos. Son actos que parecen simples pero construyen refugios. Actos que sustentan la certeza y la tranquilidad de que alguien vela y permanece y de que no todo es intemperie.

El cuidado es sensibilidad, escucha, tiempo y presencia. Cuidar no es una ciencia exacta, son intentos llenos de amor. Cuidar es decirle a alguien que su vida importa. Es vigilar los sueños ajenos. Es quedarse cuando pide huir el desaliento. Y es que hay cuidados que justifican y salvan vidas, porque se cuida lo frágil, lo indefenso.

Pero lo frágil no siempre es débil. A veces es apenas algo que está naciendo o, quizás, concluyendo. Sostener lo frágil implica una ética distinta. Quien cuida aprende a medir sus gestos, a bajar la voz y a moverse más lento. Ha entendido que no sólo se trata de construir cosas sólidas, también supone no destruir lo delicado.

Hay personas que hacen del cuidado su vocación y dedicación. Yo he tenido muy presente su alcance y valor en la entrega, la renuncia y la atención firme y decida de mi madre. Y lo he ejercido, verdaderamente, al adoptar, también, este rol con mis pequeños. Cuando llega un hijo la vida aprende otro ritmo, un ritmo marcado por la respiración de quien depende de ti. El tiempo, tu tiempo, se quiebra en pedazos pequeños que se cuentan entre horas de sueño prestado.

Los niños no saben que es el cuidado, pero sí saben reconocerlo: en la voz que regresa, en la puerta que siempre se abre y en la mirada que da seguridad y rescata. Ese cuidado moldea su forma de ser y estar en el mundo. Así descubren, desde pequeños, que éste puede ser un nido, un cobijo, y no sólo un abismo.

Cuidar también transforma al que lo ejerce. En el cansancio aparece una nueva ternura. En la renuncia un significado distinto del logro. Quien cuida ensancha sus ojos que miran por dos, afina sus manos que se vuelven más suaves y tiernas y mide su felicidad en caminos y pasos ajenos.

Sin duda, hay poética en el cuidado de lo pequeño, de lo que puede romperse. También la hay en el cansancio del que sustenta, en las manos que siguen aunque tiemblen y en el cuerpo que se vuelve amparo y abrigo. Porque, tal vez, sostener lo frágil sea, al final, una forma de sostener la vida misma.