Cuando sólo apetece silencio

Qué decir cuando sólo apetece silencio. Hay días y semanas en las que uno no quiere escribir nada, no quiere hablar de nada, no quiere escuchar, no quiere leer… ni ninguna otra cosa que no sea silencio, rotundo y profundo, para asimilar la catástrofe, para sobrellevar el dolor, para no pensar en nada más que en la importancia que tiene la vida.

Una tragedia no necesita rozarnos para quebrarnos. Basta un titular, una imagen, un nombre desconocido. Ocurre lejos o cerca, pero el impacto atraviesa el cuerpo y deja un helor frío. De pronto, la vida propia se detiene y se observa desde otro lugar: más frágil, más breve, más valiosa. Lo cotidiano pierde dramatismo y gana sentido. Lo urgente se vuelve accesorio. La desdicha ajena nos devuelve, paradójicamente, a una realidad menos cruel y nos obliga a agradecer lo que aún permanece en pie. Nos recuerda que la vida no avanza en línea recta, que la estabilidad es apenas un acuerdo momentáneo con el azar, que todo lo que creemos firme puede desmoronarse en un segundo.

Entonces la mirada cambia. Nuestra rutina se reordena. Las quejas pierden voz, los problemas se encogen. No porque desaparezcan, sino porque el infortunio y la fatalidad imponen otra escala, otro lenguaje. Nos devuelve, con una crudeza inesperada, a nuestra propia existencia: más cómoda, más silenciosa, menos rota de lo que solemos reconocer.

En ese contraste nace una conciencia incómoda. Una mezcla de culpa y gratitud, de dolor y claridad. Culpa por el tiempo desperdiciado en enojos menores, en ausencias evitables, en palabras no dichas. Gratitud por seguir aquí. Por tener un cuerpo que responde, una casa que espera, un nombre que alguien pronuncia con cariño. Agradecer no es resignarse ni mirar hacia otro lado; es reconocer el milagro de lo que permanece.

Las tragedias también desarman las certezas. Rasgan con violencia el velo de las prioridades falsas, erosionan el culto a la prisa, al éxito, al control. Nos obligan a preguntarnos qué vale cuando todo lo demás se cae, qué queda cuando lo accesorio se desaparece. Y casi siempre la respuesta es sencilla y brutal: quedan los vínculos, la presencia, la posibilidad de cuidar y ser cuidados.

Siempre que algo así ocurre, miro a mis hijos y siento la fortuna de poder estar para ellos. De poder atenderlos, socorrerlos y asistirlos, aunque haya días que esa asistencia resulte agotadora y frustrante. Aunque haya momentos en los que cuestiones tu entregada rutina y tu falta de espacio. Cuando nada más queda, es precisamente eso lo que más quieres, lo que más agradeces. Entonces, también dirijo la mirada a mi marido y lamento las muchas veces que me he callado, por descuido o por inercia, un ‘te quiero’, ‘te agradezco’ o ‘te necesito’ y hago propósito de enmienda.

Y es que cuando el impacto se enfría y la noticia deja de ocupar el centro, queda una responsabilidad íntima. No olvidar. No volver intactos a la comodidad de la indiferencia, al automatismo de la queja. Porque si una tragedia lejana fue capaz de sacudirnos así, es porque nos habló de nosotros mismos. Nos recordó que vivir es frágil, breve y profundamente valioso. Y que agradecer, en silencio, a viva voz y con conciencia, también es una forma de aprender a vivir mejor.

Porque cuando sólo apetece el silencio quizás sea por una, a veces, tan necesaria reflexión y conversación interior.

Mi silencio, mi oración y mi ternura con los familiares y víctimas de los terribles accidentes ferroviarios en nuestro país.

El arte de sentarse a leer

Dicen que 2026 será el año analógico. Quizás la afirmación sea un poco exagerada, pero es cierto que se empieza a percibir cierto cansancio y fatiga hacia lo digital. Hay una reacción al entusiasmo tecnológico de hace unos años, a la hiperconectividad, a las notificaciones constantes y a las pantallas omnipresentes que busca espacios más reales, lentos y controlables. No se trata, en ningún caso, de una renuncia total a la tecnología sino de un ligero desplazamiento que la convierta en una herramienta en vez de un entorno permanente. Vuelven los cuadernos, las cámaras de carrete, los vinilos… es casi una revolución cultural, simbólica y estética que hace a muchos nostálgicos no sentirse completamente anacrónicos.

En mi caso, y aunque reconozco que mi teléfono es mi instrumento de trabajo principal, hay ciertos rituales y protocolos que me he resistido a abandonar; como el uso de una agenda clásica para mi organización o la lectura directamente en papel.

Sentarse a leer es, hoy más que nunca, un gesto cargado de significado. Abrir un libro y entregarse a sus páginas es un desafío suave, una rebeldía sin estridencias. Leer no interrumpe el mundo: lo suspende. Tal vez por eso, más que un hábito, leer se ha convertido en un arte.

No se trata solo del acto físico —buscar una silla, acomodar el cuerpo, apoyar el libro sobre las manos—, sino de una disposición interior. “Leer es respirar, es devenir”, escribió la novelista y guionista francesa Marguerite Duras, y en esa frase se puede condensar la experiencia profunda de la lectura. Al sentarnos a leer, el tiempo deja de ser una línea recta y se vuelve espiral; avanza, retrocede, se detiene. El reloj continúa su marcha, pero el lector habita un tiempo propio, más lento, más humano.

Hay en la lectura un ritual silencioso que se parece al recogimiento. Italo Calvino, periodista y escritor italiano, aconsejaba: “Busca la postura más cómoda, el sillón más acogedor, el lugar donde nadie te moleste”. No es una recomendación menor. Leer exige cuidado, casi ternura: hacia el texto y hacia uno mismo. En ese espacio protegido, las palabras pueden desplegar todo su poder, que no es el de imponer, sino el de sugerir, proponer, sembrar dudas.

La lectura propone profundidad. Cada libro amplía los límites de nuestra experiencia. Leer nos permite habitar otras conciencias, comprender dolores ajenos, imaginar futuros distintos. Es un ejercicio radical de empatía, una escuela de humanidad. Pero la lectura no es sólo viaje: es espejo. A menudo creemos buscar historias, cuando en realidad nos buscamos a nosotros mismos. En las páginas de un libro encontramos palabras que no sabíamos cómo decir, pensamientos que creíamos exclusivamente nuestros, emociones que por fin se sienten nombradas. El lector se reconoce en lo leído, y en ese reconocimiento se ordena, se interroga, se transforma.

Leer nos enseña que la realidad no cabe en consignas ni en respuestas inmediatas. Nos entrena para la duda productiva, para la paciencia del pensamiento, para la escucha atenta. Como afirmaba Borges, “siempre imaginé que el paraíso sería algún tipo de biblioteca”. No porque allí estén todas las respuestas, sino porque allí las preguntas pueden hacerse con calma.

No puedo sentirme más reconfortada y tentada por esa visión de cielo, sobre todo ahora que, desde que soy mamá, leo menos que nunca. Aunque también sé que los libros están ahí. Aguardan. Esperan.

Elegir una silla, un silencio y un libro es preferir profundidad frente a ruido, duración frente a prisa. Es recordar, página a página, que aún somos capaces de detenernos y pensar. Y que, mientras haya alguien dispuesto a sentarse a leer, el lenguaje —y con él, el mundo— seguirá teniendo un lugar donde detenerse y dilatarse.

A mis amistades

Conozco a mucha gente de mi generación y generaciones anteriores que presume de sentirse, encontrarse y actuar como cuando tenía veinte años. Y aunque, a priori, pueda parece algo favorable y propicio, por aquello de mantenerse joven de espíritu; nada más lejos de la realidad: la experiencia y la madurez traen consigo numerosas cualidades, excelencias y virtudes de las que uno carece en su mocedad y lozanía.

Hasta los sentimientos cambian de intensidad con los años. Así, por ejemplo, cuando uno es joven bien puede corear aquello que cantaba Roberto Carlos: “Yo quisiera tener un millón de amigos y así más fuerte poder cantar”. Y es que, por esos entonces, el vigor, el ímpetu y el nervio nos vienen dados del grupo, por ese sentimiento de pertenencia y participación.

Es en esta edad, difusa, luminosa e irrepetible, en la que la amistad se vive en plural. La adolescencia y la primera juventud se pueblan de nombres, rostros y voces que parecen estar destinados a acompañarnos para siempre. Se es amigo con una facilidad casi instintiva, como si la mera coincidencia en el tiempo y el espacio bastara para sellar una alianza duradera. Entonces, la amistad es multitud, es ruido, es promesa: una forma de afirmarse en el mundo a través de los otros. En esos años iniciales, el afecto no exige demasiadas explicaciones. Se vive de mantera expansiva, casi voraz. La amistad juvenil cumple una función casi esencial, la de acompañar el nacimiento de la identidad, de ofrecer complicidad cuando todo está por definir.

Con el paso del tiempo, sin embargo, la vida va afinando sus exigencias. El calendario se vuelve más estrecho, las responsabilidades más densas y las decisiones más definitivas. El tiempo deja de ser ilimitado y vasto para convertirse en un bien muy preciado que se administra con cuidado. Y en ese proceso, sin una voluntad o acción explícita, la amistad comienza a transformarse.

La multitud se disuelve. Los nombres se reducen. No por desamor, sino por decantación. Hay amistades que quedan suspendidas en el recuerdo, otras se apagan en la distancia y el tiempo, otras simplemente han cumplido su ciclo y se retiran con discreción. Lo que en la juventud era presencia constante se convierte en memoria agradecida.

En la madurez, los amigos son pocos, pero esenciales. Ya no se sostienen en la frecuencia sino en lo profundo, en la hondura. No reclaman atención permanente ni explicaciones constantes. Comprenden los silencios, aceptan las ausencias, celebran los encuentros con una moción sobria y templada. Son amistades que han resistido el tiempo, los cambios, las pérdidas y las incorporaciones.

Con estos amigos se habla menos, pero se dice más. La conversación pierde ligereza, pero gana verdad. Aparecen temas que antes se trataban de evitar: el miedo, el fracaso, la fragilidad, la conciencia de límite, el recuerdo y el recelo al olvido. La amistad se convierte entonces en un espacio de reconocimiento y aprecio mutuo, donde no es necesario disimular ni exhibir. Ya no se trata de estar en todo, sino de estar cuando importa.

Quizás crecer consista, pues, en pasar de ese “millón de amigos” a lo que el mismo músico brasileño entonaba en otra de sus conocidas letras refiriéndose a aquel “amigo del alma” que resulta el más cierto en horas inciertas. Madurar, entre otras cosas, supone esa reducción que no es una pérdida, sino una forma más consciente y serena de entender la amistad.

Cuando dejar de exigirse también es avanzar

A cada comienzo de año le acompaña una silenciosa e insistente presión: la de reinventarnos. Enero llega con sus interminables listas de propósitos en las que prometemos convertirnos en personas más disciplinadas, productivas y exitosas. Comer mejor, hacer más ejercicio, leer más, ser más rigurosos en el trabajo, organizarnos mejor… El ritual se repite cada Navidad y aunque, a priori, la invitación al cambio puede ser una forma de motivación; muchas veces, esta práctica se convierte en un discurso de autoexigencia que nos acusa y nos culpa constantemente.

Frente a este escenario, hace unos días escuché por primera vez el concepto de ‘antipropósito’. Al principio pensé que era uno de esos vocablos ridículos que a menudo se ponen de moda. Sin embargo, tras una pausada reflexión, entendí que quizás esta última aportación traía a mi vida una alternativa rebelde y liberadora.

Hablar de antipropósitos no supone rechazar el crecimiento personal ni instalarse en la apatía. Proponen algo mucho más radical en una cultura obsesionada con el rendimiento: dejar de exigirnos cambios profundos y vitales sólo porque el calendario lo dicta.

Los tradicionales propósitos de Año Nuevo parecen asumir que el 31 de diciembre somos insuficientes y que el 1 de enero, de forma repentina y casi prodigiosa, deberíamos ser disciplinados y constantes, entre otras cosas. Pero la realidad es que el cansancio, las dudas y la desgana no desaparecen con las campanadas y los fuegos artificiales. Pretenderlo no hace más que aumentar la distancia entre lo que somos y lo que creemos que deberíamos ser; y lo que es peor aún, hace crecer sentimientos de incapacidad, descuido, inercia y dejadez que se instalan y habitan en nosotros.

Los antipropósitos proponen exactamente lo contrario. En lugar de sumar exigencias, invitan a restarlas. Nos preguntan qué podemos dejar ir o soltar. Soltar la obligación de ser productivos todo el tiempo. Soltar la comparación constante con los demás. Soltar la idea de que descansar es perder el tiempo. En ese gesto hay una forma de cuidado que rara vez se promueve.

Resulta profundamente liberador aceptar que no tenemos que cumplir con todas las expectativas, ni siquiera con las propias. Vivimos en una sociedad que glorifica el esfuerzo permanente y que sospecha del descanso. No hacer, no avanzar, no mejorar se ven como una falta o imprudencia. Sin embargo, escuchar el cansancio, respetar los límites y permitirnos ir más despacio también es una forma de responsabilidad, aunque no siempre sea reconocida como tal.

Somos procesos cambiantes, llenos de pausas, contradicciones y desvíos. Habrá momentos de energía y otros de agotamiento, etapas de claridad y otras de duda. Pretender sostener el mismo nivel de motivación todo el año no sólo resulta irreal, sino injusto con nosotros mismos. Además, avanzar no siempre significa ir hacia adelante: a veces es quedarse, parar o incluso retroceder un poco.

En un mundo que nos exige ser mejores versiones de nosotros mismos de manera permanente, los antipropósitos son un acto de resistencia. Un recordatorio de que no tenemos que demostrarnos nada para merecer tranquilidad. Tal vez el verdadero gesto revolucionario de este año sea no prometernos nada extraordinario, sino algo mucho más humano: tratarnos con mucha más paciencia y amor. Y es que a veces, simplemente vivir ya es suficiente.