Con el corazón de una madre

Cuando miro a mis hijos, entiendo por qué es tan urgente proteger la infancia. Hay momentos en los que los observo, sus ojos curiosos e inocentes y su forma de descubrir el mundo con asombro y sin miedo, y me pregunto si estamos –si estoy –haciendo lo suficiente por ellos y, consecuentemente, por todos los niños y niñas. Ser madre cambió mi forma de ver y juzgar sus necesidades y sus derechos; dejaron de ser puntos y objetivos recogidos en un documento internacional para convertirse en algo vital, orgánico y urgente. Desde que soy madre me duele como propia cada injusticia y agravio a un menor en cualquier parte del mundo. Desde que soy madre he aprendido tantas cosas importantes.


He aprendido que mis hijos no sólo necesitan que los cuide, también requieren que los escuche y los atienda. Sus preguntas, sus inseguridades, sus pequeñas grandes opiniones… porque todo eso forma parte de quiénes son y quiénes serán. Esto me hace pensar en las muchas ocasiones en las que los adultos –yo misma –callamos a los niños sin mala intención, como consecuencia de las prisas y el estrés que arrastramos. Sin embargo, si nos detenemos escasamente un instante para oírlos y atenderlos, con amor y paciencia, descubriremos como en cada interacción e intercambio crecen un poquito más por dentro. Ahí comprendí que el respeto (también hacia ellos) empieza por la escucha.


Nadie te prepara para la difícil tarea de educar, y menos aún para hacerlo sin perder la paciencia. Cada vez que levanto el tono, dejándome llevar por el cansancio y la fatiga diaria, y una de sus vocecillas me cuestiona: “¿Mamá por qué me hablas así?”, tomo inmediatamente conciencia de que ellos no entienden de frustraciones personales ni exigencias laborales, ellos no entienden más que de ternura y cariño. Y es que mis hijos deben ser tratados con respeto, incluso cuando estoy agotada o ya no tengo fuerzas. Ellos aprenden de mí –de nosotros –cómo se convive con los demás y cómo afrontar los conflictos y no merecen, ni quiero, que el mundo les enseñe su dureza antes de tiempo.


Ser madre te enseña muchas cosas. Esa sensibilidad especial para detectar el peligro antes de tiempo, para anticipar heridas. Y no me refiero a las físicas únicamente, sino también a esas palabras y expresiones que lastiman, a esos ambientes que asfixian y a esos silencios que pesan. Deseo que mis hijos encuentren en casa un refugio; en la escuela, un lugar seguro en el que ser ellos mismos y en su entorno, un espacio al que no teman. Nuestro universo puede, sin duda, ser caótico pero los niños deberían contar con ese rincón en el que sentirse a salvo, siempre.


Lo más difícil de ser madre no es protegerles; el gran desafío es ser ejemplo, ser coherente. Nuestros hijos nos observan constantemente. Por eso, incluso con mis caídas e imperfecciones, trato de ser el modelo y el espejo en el que algún día necesitarán mirarse cuando yo no esté cerca para guiarles o explicarles. No busco ser perfecta pero sí procuro enseñarles que la bondad es una fuerza, no una flaqueza.


Sin duda, quedan aún muchos desafíos importantes: la pobreza infantil, las desigualdades de acceso a la educación y la sanidad, la vulnerabilidad ante la violencia, la situación de migrantes y refugiados, la indefensión de la infancia en escenarios bélicos y la desprotección de nuestros menores en el mundo digital son solo algunos ejemplos. No son retos sencillos, pero son retos que estaría bien afrontar con el corazón de una madre.


Y es que desde que soy madre, no puedo mirar a otro niño o niña sin pensar que también es el centro del mundo para alguien o, lo que es más duro, algunos, por perversiones o anomalías, no son el centro de nadie.

Leer es cosa –también y sobre todo –de mujeres

Los libros siempre han sido uno de mis lugares seguros. Ese refugio que uno busca cuando el mundo le asusta, le decepciona o le lastima. Tener una pequeña librería de pueblo en mitad de una gran ciudad es uno de mis sueños recurrentes. Un espacio acogedor, lleno de madera, con pequeños rincones de lectura y grandes historias. Con una zona dedicada a los cuentos infantiles y una máquina para hacer café. Una de esas ideas y aspiraciones que uno nunca abandona pero que sabe que no serán, fácilmente, una realidad.

Hace tan sólo unos días, me hacía especial ilusión leer que abría la persiana en la capital un nuevo local dedicado a los libros capitaneado por una joven murciana de 27 años que parecía cumplir una de sus fantasías con esta inauguración. ‘El faro de Lola’ “es la historia de un cambio de rumbo, de un salto al vacío, de una chica de la huerta murciana que un día decidió dejar de vivir en “lo seguro” para apostar por lo que de verdad le hacía vibrar”, como reza la página de inicio de esta librería.

Así, en un mundo cada vez más digitalizado y con motivo de la conmemoración del Día de las Librerías –el pasado 11 de noviembre -para reconocerlas como promotoras y enriquecedoras culturales, es de celebrar que haya quienes sigan emprendiendo y creando estos pequeños templos de la palaba.

En torno a este ‘faro’ se han establecido, también, varios clubes de lectura con considerable éxito que dan vida al céntrico barrio de Santa Eulalia. Clubes que llamaron especialmente mi atención por la abrumante presencia femenina. Y es que las estadísticas no mienten, más del 71% de quienes reconocen leer en su tiempo libre son mujeres (Barómetro de Hábitos de Lectura y Compra de Libros en España 2024). Cifras que suelen ser, incluso, superiores en estos pequeños grupos de intercambio de ideas y experiencias, llegando hasta el 90% de quienes los regentan.

No es de extrañar. Si uno se remonta a los orígenes de estas tertulias literarias puede comprobar como estuvieron muy vinculadas al género femenino pues, en muchos casos, nacieron como el único espacio de reflexión y reivindicación que tenía la mujer en una sociedad eminentemente machista. Hay que volver al siglo V y VI antes de Cristo para encontrar lo que podría denominarse el germen de éstos en las reuniones que Safo de Lesbos, en Siracusa, o Santa Marcela, en Roma, realizaban con otras mujeres para charlar y compartir lo que leían.

Ya en el siglo XVIII surgió la Sociedad de las Medias Azules (Blue Stockings Society) en Inglaterra como una organización femenina que se daba cita para conversar sobre literatura, pues por aquel entonces aún sólo los hombres tenían acceso a la universidad. Fue un movimiento social y educativo que tomaba su nombre, precisamente, de las típicas medias azules de lana que se usaban a diario para mostrar su carácter informal.

En el París del siglo XIX las mujeres promovieron varios salones literarios y tertulias que tuvieron su reflejo en la sociedad estadounidense e, incluso, en

la española con las asambleas que organizaba una de las autoras más famosas del Romanticismo, Frasquita Larrea, en Cádiz. En los ochenta serían nuevamente las amas de casa las que volverían a dar un impulso a estos espacios de encuentro entre mujeres organizados por bibliotecas públicas.

Sea como fuere, las cifras y la práctica demuestran que la literatura es cosa, también y sobre todo, de mujeres. Quizás porque históricamente encontraron en ésta un espacio literal y ficticio en el que sentirse seguras y a salvo. Un espacio en el que ser y manifestarse. Quizás hallaron en los libros esa habitación propia que, en su día, reivindicaba Virginia Woolf.

Vivir de otra manera

Últimamente creo que todo va demasiado rápido, deprisa. Desde la brevedad de los días a la fugacidad de cada etapa. Todo discurre en un abrir y cerrar de ojos. Y las sociedades se han ido adaptando a esta velocidad con un ritmo y un pulso frenético. Una cadencia delirante, caótica y agitada que aviva el desorden emocional, las inseguridades y las frustraciones y el descuido de lo que es importante. Sin tiempo para la maduración, la reflexión y la pausa las generaciones cada vez acusan más una confusión y desequilibrio entre su yo interno y el escenario que les rodea. Esto propicia una imitación irracional de patrones y conductas, porque es más sencillo, más instantáneo y no implica ningún complejo proceso de abstracción y autoconocimiento.

Nos alarmamos con las cifras de trastornos y enfermedades mentales; pero, como colectivo, poco estamos haciendo por remediarlo. Leemos libros para ser más productivos, más eficientes, para robarle tiempo al tiempo; asistimos a charlas para mejorar nuestro rendimiento y organización y elaboramos horarios imposibles cada vez con menos horas de ocio, de familia y, hasta, de sueño.

Desde hace algún tiempo, me he revelado contra este modelo y ando buscando alternativas, filosofías, principios y pensamientos que pueda aplicar en mi rutina y me orienten y tutelen de forma plácida, sin exigencias ni imposiciones, hacia una existencia serena, en calma y con plena conciencia,  sustentada en la humanidad, la sostenibilidad y la delicadeza.

Esto, entre otras cosas, me ha vuelto la mirada, de algún modo, hacia lo sagrado y etéreo para recuperar la paz y la espiritualidad y para redefinir conceptos tan esenciales en nuestros días como comunidad, solidaridad y respeto. Pero también me ha acercado a nociones y estilos de vida que se parecen mucho más a lo que anhelo. La identidad, la energía y el proceder nórdico me han descubierto una forma de estar y existir que estoy tratando de adaptar e implementar en un contexto hostil, distante y casi opuesto que es el nuestro. Países como Noruega, Dinamarca y Suecia tienen vocablos propios para referir este ‘modo’ de habitar.

Palabras tales como Lagon, Hygge, Kos o Friluftsliv pueden sonarnos a chino pero, en realidad, son expresiones escandinavas para ese saludable y feliz ‘way of life’ que se está exportando a otros puntos del planeta que ansían un existir más amable.

Friluftsliv significa “vida al aire libre”, pero no sólo entendido como la realización de actividades en el entorno natural, sino una filosofía que implica conectar y mimetizar con la naturaleza para lograr el bienestar físico y mental. Este concepto viene del movimiento romántico, como reacción a la urbanización y la industrialización.

Lagon es el término sueco para definir el estado de felicidad a través del equilibrio: la cantidad justa de todo, haciendo lo esencial y sabiendo decir basta cuando corresponde.

Por su parte, Hygge, del danés, persigue el ideal de felicidad basado en la comodidad, el bienestar, la tranquilidad, la calma, los amigos y esas pequeñas cosas agradables de las que nos gusta rodearnos.

Kos sería la versión noruega y está relacionado con el placer hallado en instantes precisos de nuestra rutina, en los pequeños deleites diarios, como el olor del café recién hecho.

Que las prisas no son buenas, ya lo decían nuestras abuelas. Dígase como se quiera, sólo desde la calma, el silencio y cierto recogimiento uno puede conseguir la, tan necesaria, conexión con uno mismo y con todo lo que nos rodea. Y, aunque a veces resulte difícil por el frenesí imperante, se puede –y quiero –vivir de otra manera.

Libros con(m)o-cimiento

En casa los libros están siempre presentes. Podría decir que en todas y cada una de las estancias hay libros, aunque haya espacios concretos reservados y dedicados a estos. Procuramos que los libros sean para nuestros hijos pilar, peana y sostén de su crecimiento. Incluso de la forma más literal posible.

Hace unos meses se rompía una de la patas de la cuna de nuestra pequeña que, aunque ya tiene su camita en una habitación contigua, sigue prefiriendo dormir a nuestro amparo. Después de varios arreglos y remiendos, incluso con los conocimientos de geometría del profesor de plástica que tenemos a domicilio, volvía a desnivelarse y se vencía hacia el mismo lado. Tras los intentos frustrados, decidimos buscar una alternativa infalible y fiable. Improvisamos una calza o cuña con lo que teníamos más a mano.

Ejemplares de lo más variopinto y diverso que en aquel momento estaban próximos y cercanos. Desde la novela del autor cordobés Joaquín Pérez Azaústre que narra la historia del atentado contra los abogados laboralistas de Atocha 55, que está en la cima; a un manual sobre ‘Smart food’ para la prevención del cáncer, las enfermedades cardiovasculares, metabólicas y neurodegenerativas de la italiana Eliana Liotta. Pasando por un recopilatorio de artículos de la periodista y guionista norteamericana Nora Ephron, una novela de Muñoz Molina, la ‘Historia de los vertebrados’, de Mar García Puig, un ensayo sobre los paseantes: ‘El arte de leer las calles: Walter Benjamin y la mirada del Flâneur’ y hasta un texto sobre cómo actúa el cerebro de los niños. Lecturas que, de momento, están reservadas a un fin mayor.

Estos días veía, en unos de esos ratitos que robo a las obligaciones y los muchos quehaceres en una casa de cuatro, la intervención del último Premio Princesa de Asturias de las Letras y me resultaba especialmente curioso e interesante cómo el escritor Eduardo Mendoza relataba que su contacto con los libros había sido muy estrecho ya desde la infancia, pues «tuve la suerte de nacer y criarme rodeado de libros y de personas que me leyeron en voz alta, pusieron a mi disposición una amplia biblioteca, me estimularon y me orientaron», tal y como confiesa.

Por unos instantes, aventuré y celebré que puede que, algún día, alguno de mis dos hijos -o ambos- valorase esta misma suerte que quizás hoy no acaban de comprender. Y es que, aunque haya quien en estos días desprestigie y devalúe la lectura, no existe ninguna forma mejor de acercamiento y aproximación a la cultura y al conocimiento.

Así, en aquel momento volví mi mirada a aquella torre de libros que días atrás habíamos formado y supe, entonces, que no había mejor apoyo, pilar o cimiento en el que apuntalar su siesta, su descanso y sus sueños.

Emprendiendo el vuelo

Verte crecer, hijo mío, qué contrariedad tan épica y extraordinaria. Celebro cada año, cada día y cada instante de tu existir más que el mío propio. Sin embargo, mentiría al no reconocer que, a veces, cedería mi alma al diablo para detener el tiempo. Para evitar que te me escapes de las manos, tan poquito a poco pero tan seguro y tan cierto. Para evitar que seas cada vez más tú y menos nuestro. 

Es tremenda la fascinación que me produce acompañarte en tu crecimiento, participar y contemplar en la persona en que te estás transformando; pero es enorme la nostalgia al recordar cada paso previo, pasado y necesario, que jamás regresará, en este milagroso y, a la vez, natural transcurrir del tiempo.

Yo me resisto a renunciar al niño que abandona su cama cada madrugada buscando refugio en la nuestra. Al pequeño que todavía nos necesita para descubrir sorprendentes historias en los cuentos. Al chiquillo que aún camina de nuestra mano por la calle. Sin embargo, al mismo tiempo, me embeleso viéndote crecer: enfrentándote a la lectura sílaba a sílaba por primera vez; trazando tu nombre en minúsculas letra a letra; o resolviendo sumas y restas con tus redondos dedos.

Disfruto tanto de tu naturalidad, tu espontaneidad y tus ocurrencias; de tus teatros y espectáculos improvisados o ensayados de aquella manera; de tu innata capacidad de asombro por casi cualquier cosa; de la encantadora creatividad de tus juegos, que me entristece pensar que, algún día, estas escenas ya nunca vuelvan.

Paradójicamente, me impacienta lo que está por venir, lo que por lógica ha de acontecer y todo aquello que nos sobrevendrá en algún momento. Sé que llegarán –o así lo espero – tiempos de desvelos, de primeros amores, de desengaños y decepciones. Pero confío en que el trabajo que ahora hacemos nos prepare a todos para los nuevos escenarios y acontecimientos.

Hijo, algún día comprenderás la difícil misión de ser padre y/o madre, como nosotros ahora lo estamos entendiendo. No hay tarea más elevada que custodiaros y asistiros en vuestro desarrollo y crecimiento tratando de consolidar vuestras cualidades y condiciones y fortalecer y fijar buenos y bellos valores y sentimientos.

Te veo crecer y me admiro. Sonrío. Me emociono. Me ocupo y me preocupo. Disfruto y padezco. Decía el pintor y escritor libanés Khalil Gibran en uno de sus poemas, con respecto a los hijos, que “puedes hospedar sus cuerpos, pero no sus almas, porque ellas viven en la casa del mañana, que no puedes visitar ni siquiera en sueños”.

Es por eso que trato de apartar difusos recuerdos e inciertas ensoñaciones; de alejarme de un pasado que ya fue y de un futuro que quién sabe qué será. Es por eso que hoy, hijo mío, celebro la dicha de ser tu madre y los seis años de tu nacimiento abrazando tu aún pequeño cuerpo y advirtiendo como tu alma abre alas para iniciar su propio vuelo.

Entre símbolos

En casa, como dice mi hijo: somos de celebrarlo todo; maravillosa herencia que mi padre nos legó. Cualquier pretexto es bueno para organizar algo especial, decorar la casa o hacer alguna receta típica. Llevamos, pues, meses pensando, diseñando y preparando sus disfraces de Halloween para este año; y mientras lo hacemos ya lo disfrutamos. En esta ocasión, el mayor, con unos intereses y gustos bastante personales ha elegido la representación de Medusa como atuendo; el ser mitológico griego con cabellos de serpiente que convertía en piedra a todo aquel que lo miraba fijamente a los ojos.  

Esta particular elección ha traído consigo una atención extraordinaria por el mundo y el entorno de los reptiles y las culebras. Su morfología, sus diferentes colores, su alimento, su hábitat… Así, entre otras cosas, hace unos días me preguntaba por el sentido que tenía la copa rodeada por serpientes que había visto en todas las farmacias que había visitado. Le expliqué entonces que ésta era la copa de Higía, la diosa griega de la Salud, y que simbolizaba el poder curativo que tenía el veneno cuando se usaba como antídoto, como medicación.

Pero lo importante, es la reflexión que yo me hacía días después. Él guardaba en su subconsciente esta forma sin mayor repercusión, pues jamás nos había consultado por ella, pero está claro que tampoco pasó desapercibida. Sólo hizo falta un nuevo estímulo que indujese y recuperase ese recuerdo. Fue entonces, cuando me di cuenta de la trascendencia de los símbolos a los que están expuestos nuestros pequeños a diario.

Recordaba, también, sus cuestionamientos sobre el arco iris que lucían diferentes edificios y emplazamientos con motivo del Día del Orgullo LGTBIQ+ y cómo esta curiosidad fue la excusa perfecta para explicarle la importancia de dotar de significado a los símbolos y representaciones que nos rodean. Le decía entonces que un arco iris es mucho más que un dibujo; para muchas personas supone libertad, igualdad, respeto y un lugar en el que sentirse a salvo. Por eso nosotros lo llevábamos en nuestros abanicos y mamá en su bolsa para ir al trabajo. Llevar o no el pañuelo palestino, el lazo morado o la paloma de la paz no es algo banal.

Los signos y símbolos son la base del lenguaje que utilizamos para pensar y organizar nuestras sociedades; son herramientas para compartir experiencias emocionales y culturales creando sentido de comunidad y memoria colectiva; han sido utilizados desde la prehistoria para contar historias y transmitir ideas; nos ayudan a interpretar el mundo y darle sentido a nuestro entorno; son fundamentales para el desarrollo de conceptos más complejos y ayudan a regular nuestras acciones y comportamientos en un contexto social determinados. El conocimiento y reconocimiento de los signos puede ser y ha sido en diferentes periodos de la historia la diferencia entre vivir o morir.

En los niños, éstos despiertan la imaginación y la curiosidad y les ayudan a entender el mundo. Son instrumentos poderosos para educar en valores, transmitir cultura y formar la identidad. Pues bien, en un entorno y un contexto difícil y complicado de comprender y asimilar, incluso para los que tenemos cierta edad, es crucial saber discernir y elegir los símbolos y representaciones que queremos que los guíen y acompañen. Los símbolos que nos van a significar, entre los que van a crecer y vivir.  

Quedarse en casa

Reconozco, aunque no resulte nada popular, que cada vez me interesa y me apetece más quedarme en casa. Quizás tenga algo que ver con la edad y con que nos queda poco nuevo por hacer que no se haya hecho ya. Quizás, también, influya una rutina diaria extenuante con dos niños pequeños. Y, posiblemente, la placidez de un espacio propio y cuidado también concurra. Pero de lo que no tengo la menor duda es de que la delirante realidad que impera ahí afuera es determinante y crucial en este encierro.  

Ruido. Tanto, tanto ruido, que cantaría Sabina. Gentes vociferando e insultando. Matones de palabra. Chulos faltones que se creen élite. Humanos con discursos completamente deshumanizados y deshumanizadores. El bombardeo constante de mensajes malsanos y nocivos. Discursos tóxicos y argumentos dañinos, feroces y sanguinarios. Recuerdos y evocaciones insistentes y dolorosas que me convencen y reafirman en no querer forma parte de todo este desorden, bullicio y desconcierto.

Habrá quien piense que soy una inapetente, asocial o, en el mejor de los casos, una mujer solitaria. ¡Nada más lejos de la realidad! Se trata tan sólo de que, como a muchos os ocurrirá, ha llegado un momento en el que me he construido y reforzado tanto que he dejado de temer a la soledad y al silencio y he empezado desconfiar y rehuir todo aquello que sé que me hace daño. No es ilusorio ni inocente, es autodefensa y amor propio. No es una consecuencia de nada, es una elección propia.

Quedarse en casa no es por tanto para mí una fuga o una huida cobarde; es un escondite del exceso, de la desproporción, del feísmo, de la brutalidad, de la vulgaridad y de lo monstruoso e inhumano. Es buscar un lugar seguro.

Recuerdo ahora, paradójicamente, la ansiedad y la angustia del confinamiento obligatorio de hace unos años –con motivo de la pandemia de COVID-.  Como las cuatro paredes de aquel apartamento con una sola ventana me asfixiaban. Recluida con un bebé de seis meses y lejos de cualquiera de nuestros familiares. Es verdad que las circunstancias son muy distintas, pero me asombra como un mismo concepto puede tener tan diversas y antagónicas connotaciones.

Así, ahora valoro la serenidad y el sosiego de un salón en orden y en calma, de un sillón con café y manta, de unos fogones trabajando e impregnando de olor toda la estancia; mientras mis pequeños corren, gritan y alborotan cada rincón de nuestra casa. No es una casa perfecta. No es la perfección lo que me place y me agrada, es la convicción de haber construido espacios amables que habitar, un refugio físico para el alma. 

Nostálgica

Sin duda la evolución supone, entre otras cosas, que haya ciertas prácticas, usos y ritos que se van perdiendo con el tiempo. Así como en la actualidad no salimos a cazar nuestro sustento con puntas de flechas talladas en piedra, ni cabalgamos a lomos de corceles para salvar las distancias que nos separan; hay otros protocolos que poco a poco, de una generación a otra, comienzan a olvidarse y/o desatenderse. La revolución digital ha simplificado y agilizado muchos procesos, acortando tiempos y distancias. Sin embargo, hay experiencias más tradicionales y populares que siempre merecerá la pena vivir –aunque sea una sola vez-.

Así, trato, en la medida de lo posible, que mis hijos conozcan estos hábitos que, además de enriquecer su cultura y conocimiento, fueron, en otro tiempo, bastante más rutinarios para sus propios padres.

Mensualmente acostumbramos a realizar una o dos actividades

–cuando no son más-, en cierto modo, extraordinarias, singulares o poco frecuentes que enriquezcan su imaginario. En septiembre, mi primogénito pintó y decoró una tarjeta a mano que dedicó y remitió a sus primos de Caravaca; aprendiendo, así, el modo y el orden en el que se escribe una dirección postal. Unos días después, lo acompañé al servicio de Correos para estampar un sello a su creación y que entendiese este proceso de la comunicación escrita, mucho más ceremonioso que el envío de un instantáneo whatsapp.

A final de mes, hicimos, también, una excursión a la Biblioteca Regional. Ya habían visitado otras sedes, tanto en nuestro municipio como en otras ciudades. Sin embargo, pensé que la dimensión y oficialidad de este espacio les resultaría mucho más interesante. Tras entrar y recorrer con curiosidad sus pasillos, mientras yo intentaba que guardasen cierto silencio, centraron su atención en los libros. Repasamos muchas de las estanterías recomendadas para su edad y ojeamos algunos ejemplares. Les pedí que hicieran una selección de los que querían llevarse y cuando se hubieron decidido acudimos al mostrador con nuestros montones para solicitar el préstamo. Cada uno con su carné fue protagonista de este sistematizado ritual. Y, además, saben muy bien que, en unas semanas, tenemos que ir a devolverlos.

Seguramente hoy sean muy pocos los jóvenes y adolescentes que usan el servicio postal y, al contrario, cada vez son más los que leen en formato digital. Sin embargo, aunque nadie duda de la practicidad de estos hábitos y costumbres, jamás se podrán igualar al encanto de fijar un estampilla –diferente cada vez – y esperar que esas letras recorran físicamente casi cualquier distancia apareciendo en el otro lado del mundo. Con la lectura, me pasa igual. Me gusta palpar, oler, pasar, ojear, doblar y subrayar. La magia de abrir o terminar otro ejemplar. Disfruto de entrar en una biblioteca con la incertidumbre y la ilusión de no saber con qué libros me voy a encontrar y cuáles me acompañarán.

Llámenme nostálgica, pero hay ciertas cosas de tiempos pasados que, para mí, sí seguirán siendo mejor.

‘Memento mori’

La pérdida es algo para lo que nunca estamos preparados. Perder significa renunciar a algo que uno quiere. Extraviar algo que un día tuvo. Siempre es doloroso. Sin embargo, la forma en la que nos preparamos y orientamos para esa pérdida puede suponer la diferencia entre la frustración y la angustia, y la sana aceptación y entendimiento. Ni que decir tiene que este mal o quebranto se hace aún más agudo cuando se pierde a un ser querido o una vida humana.

Será por esto, por esa huida de cualquier tipo de contrariedad o sufrimiento que caracteriza a nuestra sociedad, que nunca hablamos de la muerte. Pero no mencionarla no la evita; es más, hace más devastador, si cabe, su advenimiento. Ésta se ha convertido en el gran tabú de nuestra civilización

-invisibilizándola y evitando cualquier contacto-, lo que no ocurre con otras que nos precedieron: desde la meticulosa organización para el viaje al más allá de las almas en la antigua Grecia; a las ofrendas mexicanas que ayudan a ‘regresar’ a los muertos; pasando por los rituales de preparación y apresto del cuerpo de los egipcios, son muchas las culturas que han vivido y convivido a diario con la caducidad de nuestro tiempo.

El arte puede ser, una vez más, una forma suave, amable y bella de acercarnos a lo que no nos gusta, a lo que tememos. El arte de las postrimerías o arte de las ‘últimas cosas’ se refiere a las obras que, especialmente en el Barroco español, representan los destinos finales del hombre. Una de las pinturas más emblemática de este género son Los Jeroglíficos de Juan Valdés Leal en el Hospital de la Santa Caridad de Sevilla. O, también, podemos aproximarnos a través de las famosas Vánitas o dibujos de calaveras, consideradas un subgénero del bodegón, que simbolizan pictóricamente la fugacidad de la vida y la certeza de la muerte. Destacar, entre muchas, ‘Pyramide des crânes’ del gurú de los cubistas Paul Cézanne, o la popular ilustración ‘All is Vanity’ de Charles Allan Gilbert, comprada por la revista LIFE, y que se ha convertido en una de las ilusiones ópticas más reproducida de todos los tiempos.

Siempre que veo uno de estos cráneos recuerdo el interés que han despertado en mi hija pequeña desde poco después de su nacimiento. Al contrario de lo que pudiera resultar lógico, esta representación de la muerte la ha fascinado hasta el punto de buscarlas en sus diferentes formatos y representaciones, incluso, para llegar a besarlas. Jamás olvidaré su cara de asombro en la Capela dos Ossos en la Iglesia de San Francisco en Évora rodeada de cientos de esqueletos.

Y es que aunque nosotros hemos tratado de no ‘proteger’ a nuestros hijos de esta forzosa realidad, ha sido esta semana cuando se han enfrentado de forma más personal a esta verdad. Han vivido, quizás, la pérdida más importante desde que tienen cierta conciencia. Hemos tenido que despedirnos de una gatita que acompañaba al Hombre del Renacimiento desde hace casi dieciséis años. En el proceso ha habido instantes de todo: de risas, de lágrimas, de incomprensión, de dudas… pero han estado presentes en cada momento. Desde la recogida de su cuerpo en el hospital veterinario en el que no pudieron hacer más por salvar su vida, hasta su sepultura en el sereno y agradable jardín-huerto que su padre cuida y trabaja con esmero desde hace tiempo.

La comprensión y el conocimiento de lo que realmente estaba sucediendo les permitió reconocer sus emociones y sentimientos y nosotros intentamos acompañarlos desde la honestidad y el respeto para ofrecerles algún consuelo.

Y es que por más que pretendamos la huida, como advierte la célebre expresión latina, Memento mori: Recuerda que morirás. Y siempre será mejor vivir sabiéndolo.

Educar en el asombro

No hay responsabilidad más grande en el mundo que ser padre o madre. Jamás tendremos un encargo tan importante como éste. Y aunque pueda resultar una revelación bastante obvia, creo que lo evidente y manifiesto de la misma no implica, necesariamente, la oportuna y vital dedicación que supone. La mapaternidad requiere presencia.

Una presencia que debe ser, sin duda, de calidad: consciente y atenta; pero no sirve excusarse en la falta de tiempo para reducirla a contados momentos de juego y entretenimiento. Los padres y madres tenemos que estar.

Es verdad que la frenética y delirante rutina laboral y social a la que estamos sometidos no lo pone demasiado fácil para conciliar y que, en algunos casos, no hay opción viable. Sin embargo, estoy segura de que la gran mayoría podemos cambiar, modificar o aportar algo a nuestros horarios y organización para priorizar lo que verdaderamente es lo más importante.

Yo, que antes de serlo nunca sentí algún tipo de instinto maternal, trato de tomarme muy en serio esta responsabilidad. En los primeros meses y años desde una perspectiva de protección vital primitiva para asegurar su supervivencia. Y, después, a partir de una posición mucho más reflexiva y deliberada para acompañarlo en su educación y crecimiento.

Yo, que jamás me gustaron los libros de autoayuda ni las recetas mágicas para conseguir algo, me sorprendo leyendo, releyendo y subrayando un libro tras otro sobre educación y crianza.

Así, el último ejemplar que ha caído en mis manos y que he acabado en tan sólo una madrugada, es una especie de manual de la educadora y psicóloga canadiense Catherine L´ Ecuyer ‘Educar en el asombro’ en el que instruye, de algún modo, a los padres y madres para realizar un acompañamiento respetuoso con nuestros hijos en un mundo agitado, exigente y desafiante. Partiendo del origen del conocimiento, y citando algunos de los clásicos, hasta recursos más concretos que poner en práctica con nuestros pequeños.

Consejos, algunos, que ya cultivábamos en casa y, otros, que estamos incorporando que inciden en aspectos como las bondades del juego libre, la necesidad de establecer límites claros y equilibrados, el beneficioso contacto con la naturaleza, el respeto a sus ritmos, cómo trabajar y tratar la hiperestimulación, el necesario silencio, el sentido del misterio, la humanización de la rutina, la búsqueda de belleza, la huida de la vulgaridad y el feísmo o los favores y gracias de la cultura.

Una lectura que te pasea dulcemente por las necesidades de la infancia para alcanzar una sociedad más a la medida de los niños. Una sociedad que nos urge. Una sociedad que recupere, porque nunca es tarde, el asombro perdido.