Poderosa hija mía

Recogida en mis brazos, como en cada una de tus 365 noches de vida y en prácticamente cada uno de tus sueños, llegas al año, mi pequeña Julia. Ha sido un tiempo de intenso aprendizaje. Y es que aun siendo tú la segunda yo he sido primeriza en tanto.


Te di a luz de forma completamente natural sintiendo, por primera vez, como me rompía yo para recibirte. Me enamoré de ti en aquellos largos días de hospital, entre llantos (míos) y destellos fluorescentes; para volverme a romper, un poco más tarde, esta vez por dentro. Me superó el amor y la intensidad de tu apego. No éramos dos, fuimos una sola durante mucho tiempo. Y quedé un tanto perdida en aquella nueva definición mi ser, de mi cuerpo.


Pero también viniste a recomponerme. A remendarme más segura, más valiente y más fuerte. Me enseñaste a parar, para descubrir el verdadero sentido del tiempo; para entender la productividad del sosiego y la quietud. Para dar valor al silencio.


Silencio que duró poco y llenaste con tus risas y silabeos.


Julia eres algarabía, enredo y estruendo. Alegría y dulzura, al mismo tiempo. Con esa peculiar forma de sonreír con toda la cara; entornando tus ojos, abriendo la boca grande y con las bonitas muecas que se forman en tus mejillas: tus hoyuelos.


Con la personalidad y el carácter que imprimes a cada uno de tus gestos has tomado posiciones en un frente que creímos tan cerrado y que, paradójicamente, ahora parece que nunca estuvo, sin ti, completo.


Con esa chispa que tienen tus ojos, encendidos y admirados; porque así afrontas la vida, con sorpresa y asombro. Y así has ido creciendo, sin querer cerrarlos demasiado tiempo por miedo a perderte algo. Tus párpados, beligerantes y vigías, bajan la guardia sólo en mi regazo cuando de soslayo me divisas al mamar y te dejas vencer por el sueño.


Y, aunque tu ímpetu y ardor me resulte -a ratitos – agotador e imprudente, aunque me admire a la par que asuste, te quiero así: amante de la intensidad, ‘disfrutona’ y rebelde. Quiero seguir viéndote bailar, ajena a los límites que nadie quiera imponerte y a los miedos que algún día tratarán de frenarte. Poderosa, hija mía.

¡Feliz primer cumpleaños!

Hijo, tienes un email

Son muchas las ocasiones en las que siento verdadero pudor al escribir sobre mí en estas líneas. Sin duda no son trascendentales ni noticiables asuntos tales como el escritor que ando leyendo, la última exposición que hemos visitado en familia o cualquier otra de las muchas anécdotas que relato sobre mis hijos. Esto me ha llevado a replantearme la continuidad de esta columna casi cada semana cuando me siento a decidir sobre lo que voy escribir. Sin embargo, y siendo curiosamente algo que me produce más vergüenza aún, la mantengo por las aportaciones y observaciones que algunos de vosotros habéis hecho a mi vida a raíz de esto. Por la complicidad alcanzada. Por esa empatía tan real que he recibido al exponerme, al compartir algunas situaciones y emociones tan privadas.

Por ejemplo, hace unos meses, cuando hablaba de que estaba dejando a mis hijos ‘unas memorias’ en las que les anotaba detalles de nuestras vidas, cosas muy cotidianas, que algún día serán su pasado y a mí, por ese entonces, me costará recordarlas; una mamá del cole me comentaba que ella también estaba construyendo esas ‘crónicas’ a su manera. Manera que también he decidido copiar para completar esos recuerdos.

Así, hoy les he creado a mis hijos una cuenta correo electrónico con sus nombres. Dirección a la que podré ir enviando periódicamente emails con una imagen acompañada de un breve relato sobre ese instante. Para estrenarlas les he adjuntado unas fotografías en familia que nos hicimos hace unos días en ‘Las Fuentes del Marqués’, un paraje de Caravaca, y les he explicado, entre otras cosas, como solía yo pasear por allí con mis padres como en ese instante lo hacíamos nosotros.

Les he contado, también, detalles de ese día como que mi hijo se negaba a volver a casa sin un palo gigante –me sacaba casi un cabeza- con el que había estado jugando, o como mi pequeña tomaba pecho acurrucada en mis brazos junto a un banco en la orilla del agua mientras los chicos andaban de expedición a ver lo que encontraban.

Supongo (y espero) que, para ellos, sea maravilloso descubrir algún día todas estas ‘cartas’ sobre su infancia. Ahora, mi dilema es cuál sería la edad más adecuada para entregarles por fin las claves de estas cuentas, que habré mantenido y alimentado en el tiempo, para que puedan encontrarse y revivir todos estos recuerdos cuidadosamente almacenados y custodiados.

Una caja de recuerdos

Hay una película británica de Richard Curtis, uno de los grandes directores de comedia contemporánea conocido por títulos como ‘Love Actually’, ‘Cuatro bodas y un funeral’ o ‘Notting Hill’, que sin duda es una de mis favoritas del género. ‘About time’- o ‘Una cuestión de tiempo’ como se tradujo al español- además de una banda sonora interesante con temas que van desde ‘Il Mondo’, de Jimmy Fontana, a ‘Into my arms’ de Nick Cave, pasando por ‘Back to black’ de Amy Winehouse’ o ‘Friday I´m in love’ de ‘The Cure’; cuenta con un reparto de excepción, con Domhall Gleeson, Rachel McAdmas y Bill Nighy, entre otros, y un entretenido y amable argumento que, en realidad, es mucho más trascendental de lo que aparenta.

La cinta, que en 2013 se llevó el Premio del Público en el Festival de San Sebastián, relata la capacidad del protagonista para viajar en el tiempo, siempre hacia atrás, con el fin de enmendar errores de su pasado. Cualidad que aprovecha, también, para recuperar las partidas de pin pon entre conversaciones con su padre fallecido.

Si hubiera de elegir un don, yo también querría poder volver, de algún modo, en el tiempo. No porque piense que cualquier tiempo pasado fue mejor, sino con la única pretensión de rescatar y revivir algunos de los momentos que, irremediablemente, he perdido para siempre; y que permanecen vivos en tanto en cuanto mi memoria aún los tiene presentes pero que algún día desaparecerán para siempre.

Reconozco que la memoria, o más bien la pérdida de ésta –entendida más allá de la capacidad para rememorar algo –es uno de mis temas recurrentes. Sin duda, me angustia el olvido. Me angustia olvidar y, también, que algún día me olviden. No desde un punto de vista vanidoso, más bien me entristece que nadie recuerde ya lo maravilloso vivido y compartido.

Y no hablo de grandes obras. Hablo de los despertares de mis hijos acurrucados en mis brazos. Hablo de las ocurrencias de mi pequeño en nuestras conversaciones de pijama y cama. Hablo de sus risas cómplices mientras juegan. Eso es lo que no quiero que jamás se pierda.

Será por eso que este año, he pedido a sus Majestades Los Reyes Magos que dejen para mis hijos una bonita caja de recuerdos. Un paquete con más de 300 instantáneas cotidianas que iré completando con los años. Momentos de nuestro pasado congelados en fotografías a las que, de algún modo, puedan siempre volver y regresar.

Im-perfectas

Esta semana mi hermana bromeaba con la idea de que cada vez se parece más a mi madre. Sustentaba su afirmación, concretamente, en dos variables: cada vez le apetecía menos socializar, a la par que crecía su fijación, deseo o interés hacia los ‘acolchados’; esa prenda de abrigo, a priori, tan poco favorecedora. Al menos, según mi gusto y criterio.

El caso es que, aún pareciendo exagerada, dicha afirmación tiene algo de verdad. No se trata de que los años nos hayan vuelto más hurañas ni estúpidas o menos estilosas, es simplemente cansancio. Sí. Así. Tal y como suena. Las mujeres de mi generación vivimos cansadas y aún así funcionamos, en muchos casos, por inercia, pese incluso a pasar malas noches.

Queremos, defendemos y promoveos un estilo de vida ’slow life’ en el que deleitarse y regocijarse de las cosas pequeñas, de cada momento; sin embargo, la realidad es que nuestra existencia es otra bastante diferente. El grado de auto exigencia en el que nos hemos situado nos aboca a un constante estado de ansiedad, insatisfacción y agotamiento.

Queremos vivir días lentos, pero no lo logramos. Siempre hay cosas que hacer, algo que recoger, que ordenar, informes que enviar, emails o mensajes que contestar, cosas que limpiar, ropa que lavar, amigas que ver, visitas que hacer, compras que hacer… y con todos esos ‘deberes’ centrifugando tu cabeza es difícil descansar.

Desde las obligaciones laborales, en las que luchamos por no bajar ni un ápice nuestro rendimiento después de haber sido madres, al mantenimiento de un hogar bonito y en orden, pasando por los compromisos maritales y familiares vivimos en un permanente esfuerzo, tratando de mostrar y demostrarnos que podemos con todo.

No sé cuándo ni quién nos hizo asumir como bueno ese rol de súper mujeres que nos provoca tanto desgaste. La perfección es fatigosa y, lamentablemente, inalcanzable con la cantidad de encargos y tareas que abarcamos.

De este modo, nuestras aspiraciones, a veces, como comentaba mi hermana se reducen a un poco de descanso físico y mental sin necesidad, si quiera, por mantener una conversación. Un poco de silencio y soledad, sin más. Y en cuanto al ‘acolchado’ –aunque a eso yo me resisto aún un poco más -, la búsqueda de la comodidad.

Nos hemos reivindicado como iguales, como capaces, como independientes, como fuertes y valientes, y hemos demostrado que lo somos.  No necesitamos vivir en esa reivindicación constantemente. Es el momento de recuperarnos, querernos, aceptarnos y reivindicarnos, también, como imperfectas, como maravillosamente im-perfectas.

Inmortal

Mi padre habría cumplido 71 años este pasado 30 de noviembre. Sin embargo, hace ya más de ocho años que nos dejó. Es curioso como el tiempo disipa la mayoría de los recuerdos, mientras la memoria lucha y se esfuerza por continuar manteniendo otros muy presentes. Desconozco qué mecanismos y reglas intervienen en la selección, arbitraria o no, de lo que retenemos y lo que olvidamos, pero estoy segura de que debe haber una explicación.

De él tengo muy presente su sonrisa de medio lado mientras entornaba los ojos, un jersey de ‘cashmere’ color beige y especialmente gustoso que solía vestir los fines de semana y al que nos gustaba abrazarnos, su afición a la prensa deportiva o la aversión que tenía a las corbatas, entre otras cosas. Y, aunque no ha pasado demasiado tiempo, también soy consciente de que lamentablemente he olvidado o desdibujado muchos otros rasgos de su personalidad.

Ahora que tengo hijos, muchas veces me sorprendo preguntándome si se acordarán de las experiencias que hoy yo estoy construyendo para ellos y sobre qué es lo que guardarán en sus recuerdos de la persona que un día fue su madre.

Así hago mis conjeturas sobre si me pensarán como una mujer risueña que se maquillaba en cuanto ponía un pie fuera de la cama y empleaba labial carmín, que siempre calzaba tacones y usaba gafas de sol. O si les llamará más la atención mi colección de libros y los cientos de artículos que con los años coleccioné.  Si recordarán que me gustaba viajar y los idiomas o que, incluso, era capaz de bailar salsa.

También fantaseo con que me evocarán sentada a la mesa de mi despacho trabajado o estudiando mientras los contemplo dormidos.

Pero, sin duda, lo que de verdad espero es que perpetúen mis abrazos en la cama compartida –según el momento por los cuatro -al acabar el día mientras los arropo, y mis besos de buenos días al despertarse. Mis ‘pásalo bien en el cole’ de cada mañana. Mis noches en vela cuando caían enfermos y mis madrugadas envolviendo regalos por cumpleaños o navidades. Quiero que nunca olviden como les quiso su madre.

De este modo, y aunque yo un día no esté, quedaré inmortalizada en sus recuerdos. Esos mismos recuerdos que pelearán contra el tiempo para que yo siga siendo. Porque como dice la escritora y novelista canadiense Margaret Atwood (84 años): “Al final, todos nos convertiremos en historias”. Y yo quiero ser la bonita historia o anécdota que algún día cuenten mis ‘pequeños’.

La vida secreta de los objetos

 Los que me leen de forma  más o menos habitual conocen mi amor por los objetos. No sólo por ropa, zapatos y complementos, sino también por determinadas piezas- diversas en procedencias y estilos- que me gusta tener en casa y valorar. Este “amor de coleccionista” es algo que comparto con el Hombre del Renacimiento y que él, además, ha incrementado. Nuestra casa adquiere por momentos tintes de museo o, quizás, mejor dicho, se acerca a esos gabinetes de curiosidades que ya he mencionado en algún que otro artículo.

Nos gusta rodearnos de piezas singulares, con valor o sin valor artístico, y que, en ocasiones, encierran historias que podrían dar para cuentos o novelas. No se trata de algo buscado o forzado y, sin embargo, es como si al ir amueblando la peculiar casa que habitamos estos objetos hubieran estado pensados para estar ahí desde siempre, ocupando su lugar desde la tribuna del tiempo.

Todo esto viene al hilo de una lámpara que hace unos meses colocamos en la escalera de casa. Hemos tenido durante varios años una triste bombilla colgada en su lugar, no acertábamos a saber qué tipo de lámpara queríamos colocar, y, como muchas veces ocurre en la vida, ésta salió a nuestro paso: rota, incompleta y negra, pero ahí estaba. Se trata de un pieza especial, creada en los albores del siglo XX en la trepidante Barcelona modernista. Un testigo mudo de la fascinante y burguesa “belle époque”. Las lámparas fueron especialmente sensibles a los diseños del modernismo y, simbólicamente, aportaban con su luz un nuevo gusto al vivir.  La pieza, realizada en latón dorado, mezcla como principales motivos las rosas y los dragones, colgando del canasto setenta gotas de vidrio de Murano que cierran la composición. Su restauración ocupó buena parte de las noches de verano del Hombre del Renacimiento  y su colocación supuso un momento feliz, cómplice. De su historia anterior poco conocemos. Pero, sin lugar a dudas, también debió alumbrar el juego de niños que, como ahora los míos, crearon mundos propios bajo su luz. Bajo su bóveda tuvo que presenciar dichas y tristezas, ausencias y encuentros.

De alguna manera, amo los objetos porque ellos cuentan su verdad, su historia silenciosa y que, en la mayoría de ocasiones, pasa inadvertida. Sobreviven en el tiempo a nuestra propia existencia y enlazan con un futuro que desconocemos. Un lámpara de rosas y dragones en esta ocasión para presidir, al fin, nuestra escalera y celebrar así, cada día, la belleza y el milagro de la vida.

El espacio que habitamos

Cada casa, cada hogar, tiene sus peculiaridades. Una serie de normas, reglas y rutinas no escritas que las hacen únicas, insólitas y originales. En la mayoría de los casos, estas pautas hablan de aquellos que las habitan. Hablan de sus pasiones, sus miedos, sus gozos y sus anhelos. De quiénes y para qué son.

Será por eso, quizás, que no me interesan las casas que te devuelven eco. Las casas vacías, frías, vulgares e indeterminadas. Me gusta advertir y sentir el temperamento, el temple y el genio de sus moradores en las mismas. No me gustan los espacios aburridos e impersonales.

Hace unas dos semanas, alguien me comentaba que iniciaban el proyecto de lo que sería su futuro hogar. Para ello, los arquitectos le hicieron un curioso encargo: que escribiera algo así como una carta de deseos; aquello que es importante y obligado y que, sin duda, lo convertirá precisamente en el suyo. Me pareció un ejercicio interesante.

Esa idea me dio bastante que pensar y me remitió al mío; al lugar que hemos levantado tomando una vieja casa familiar de principios de siglo XX. Quizás, cuando nosotros iniciamos esta tarea no fuimos tan conscientes de aquello en lo que se convertiría, pero sí teníamos también unos principios irrenunciables.

Sin duda, la comodidad y la calidez de los espacios eran una máxima, pero no lo era menos la estética; pues ambos –tanto el ‘Hombre del Renacimiento’ como yo –confiamos en la utilidad de lo ‘inútil’, de lo bello.

Hoy, aún en proceso de reconstrucción, sé que esta casa habla. Cuenta a quien la visita lo que aquí vivimos a diario; pero también habla de lo excepcional, de lo que ocurre sólo de vez en cuando. Habla a través de estancias abiertas, iluminadas. Espacios y lugares donde lo moderno se mezcla con lo vetusto. De habitaciones pensadas para leer, para compartir. De zonas abiertas con rumor de agua. Habla de familia y juego con alfombras en el suelo. Habla de la riqueza de los encuentros.

Esta cueva azul de bóvedas en racimo y suelos estrellados es hoy, después de mucho esfuerzo, el espacio que habitamos.

Canciones para varias vidas

Mi sobrino, el mayor, escucha música en la ducha. Una lista de reproducción que él mismo ha seleccionado y diseñado minuciosamente, como todo lo que hace. Visto así, el asunto no reviste de ninguna excepcionalidad. Lo verdaderamente especial son los temas y artistas que reproduce en su particular banda sonora. Desde David Bowie hasta Serrat, pasando por Pearl Jam, The Kings o Jimmy Fontana. Mi sobrino no tiene aún ni diez años.

Así, hace unas semanas, fue una auténtica sorpresa descubrir entre sus favoritas algunas de esas canciones que también han resonado a lo largo de mi vida y mi infancia. Además de comprobar su exquisito gusto y su extensa cultura musical.

No pude evitar entonces acordarme de mi padre, pues muchas de aquellas pistas eran las que sonaban a diario en su coche, en su casete y en su pequeño transistor de mano. Mi padre no sabía idiomas, ni falta que le hacía porque era capaz de tararear ‘Satisfaction’ de Los Rollings; chapurrear italiano con Battiato o, incluso, ‘destrozar’ un himno francés como ‘La

boheme’ de Aznavour. No tenía vergüenza ni reparos. Entendía la música mucho más allá de las palabras y disfrutaba de cualquier estilo, sin prejuicios ni manías.

Esa forma de ser suya, nos permitió a nosotras –a mi hermana y a mí-, siendo apenas unas niñas, conocer canciones tan lejanas a nuestra edad como ‘Unicornio Azul‘ de Silvio Rodríguez o ‘Alfonsina y el mar’ de Mercedes Sosa.

Hace tan solo unos días escuchaba, en una fiesta entre amigos en casa, una versión algo más flamenca de esta triste zamba (género musical propio de Argentina) compuesta en memoria de la poetisa Alfonsina Storni, quien se dejaría morir en el mar con solo 46 años, y no podía dejar de volver a emocionarme como siempre que la oigo interpretar. Además de su intrínseca nostalgia, me traslada a los mejores años de su vida, aquellos en los que disfrutaba de la vida como si fuera a morir mañana. Y efectivamente murió joven. Mi padre nos dejó con tan sólo 63 años, pero ese carácter suyo le regaló una existencia muy vivida. Y a nosotros, los que lo conocimos, una herencia muy rica: en viajes, en emociones, en celebraciones…

Tanto es así que, aunque con los años he escuchado nuevas canciones y he incorporado muchos intérpretes, no me equivoco al asegurar que son ‘suyas’ todas las canciones que han compuesto la banda sonora de mi vida, como ahora lo son también de mi sobrino.

Memorias

Con los años nos damos cuenta de que la memoria es engañosa y traicionera, además de selectiva. El tiempo perturba, reemplaza y hasta borra los recuerdos. De ahí, que no sea del todo fiable y honrado acudir a nuestras memorias para evocar otros tiempos.

De forma anecdótica, es curioso como la gran mayoría de madres y abuelas que conozco al relatar el momento de su desposorio se inmortalizan siempre más delgadas que nunca. “Cuando me casé pesaba sólo 50 kilos”. Me pregunto si es que se puso de moda pesarse antes de la boda o si este ritual formaba parte del protocolo por aquel entonces. Seguro que les suena familiar… También ocurre esto con los hijos. “No me dio ni una mala noche”. Permítanme que lo dude.

Yo creo más bien que la memoria es tremendamente optimista, y perpetúa y pondera lo bonito y lo bueno –incluso es lógico por mero instinto de supervivencia -por lo que me permito poner en tela de juicio la veracidad de algunos de estos recuerdos.

Recuerdos, que en muchos casos se borran o se archivan en un espacio tan escondido de nuestro cerebro al que no tenemos acceso cuando queremos y, de algún modo, los perdemos; aunque sea temporalmente. 

Hay tantas cosas de mi situación actual que no quiero perder, tantos momentos diarios, casi insignificantes, que algún día significarán tanto. Algunas de las ocurrencias de mi hijo antes de dormir, las primeras veces de la pequeña Julia, confidencias y risas caseras con ‘El hombre del Renacimiento’. Momentos que seguramente en algunos años yo no recordaré y que tampoco podrán formar parte de la vida de mis hijos porque no podré contárselos.

De este modo, desde hace algún tiempo y después de mucho pensar para encontrar una solución, he comenzado a anotar algunas de esas pequeñas vivencias en unas libretas a las que denomino ‘Memorias’ y, como si de una especie de diario se tratase, anoto y apunto aquello que no quiero que quede en el olvido.

Anoto, por ejemplo, a qué edad compramos el primer reloj de Alejandro, con 4 añitos. Escribo el nombre de sus mejores amigos y sus seños. Apunto cuál fue el primer disfraz de mi hija. Su primera palabra. También, sus canciones y juguetes favoritos. Registro los regalos más especiales, sus gracejas y expresiones… Un montón de detalles cotidianos que algún día, cuando mi memoria falle, se convertirán, estoy convencida, -junto a las miles de fotografías que guardo – en una especie de maravillosa herencia.

El número cuatro

Contigo me he estrenado en todo. Me estrené con aquel primer parto, ausente de dolor, pero lento y agónico porque te resistías a salir. Querías seguir dentro. Tan dentro de mí que casi fuésemos uno, como hasta entonces habíamos acostumbrado. Y aún hoy, cuando te acurrucas en mi costado para dormir, mientras me pellizcas y jugueteas con el lóbulo de mi oreja, siento esa querencia tuya a acercarte tanto, como si quisieras fundirte conmigo. Y así me has mimado todo este tiempo, siendo yo quien sufre el tormento de la separación cuando no estás a mi lado.

Me estrené siendo una madre llena de miedos e inseguridades, pero hoy soy más fuerte. Acompañarte en tu crecimiento ha supuesto el mayor reto de mi vida, pero verte hacerlo también ha sido una sorpresa constante en la que trato de seguir deleitándome cada día.

Naciste con los ojos completamente abiertos –esos profundos ojos azules tuyos – y todavía hoy, que cumples 4 años, no los has cerrado por miedo a perderte algo. Tu constante interés y asombro por las cosas nos ha enseñado tanto a nosotros -tus padres,- como a ti. Hemos fijado la mirada en cosas que hasta ahora nos pasaban inadvertidas. Tu pones el acento en todo. Tu entusiasmo hace extraordinario lo más ordinario y cotidiano.

Tu voz jaleosa y tu hablar alborotado rellena el silencio de cualquier rincón del laberinto de casa que habitamos. Siempre contento, siempre bailando y cantando. Por nuestro salón han desfilado los mas variopintos personajes de fábula por ti encarnados. Eres regocijo y contento de quien te trata a diario.

Tu dulzura, que en cualquier otro pudiera resultar empalagosa, riega cada uno de tus actos y te convierte en un niño especialmente sensible, para lo bueno y para lo malo. Sufres con tanta intensidad que a los demás nos puede parecer exagerado. Te perturba el llanto ajeno y yo me derrito al ver como caen tus lágrimas cuando alguna vez me has visto llorando. Eres un niño bueno, de corazón noble y empático.

Alguna vez oí que los hijos nos enseñan…nos hace mejorar, madurar.  Y hoy que celebramos cuatro años de tu venida al mundo, así lo corroboro. Tú y tu hermana hacéis mejor no solo nuestro mundo sino el Mundo que habitamos. Gracias vida, gracias hijo: Felicidades.