Una cocina por cuartel

Pese a no gustarle guisar, mi madre siempre pasaba la mayor parte de su tiempo en la cocina preparando el menú familiar. Y lo hacía meritoriamente. Con recetas y fórmulas únicas que quedarán siempre en nuestra memoria. Sabores que incluso puedo paladear sólo con su evocación. En casa siempre se olía a comida, siempre se olía bien.


Es por esto, que la mayoría de las cosas que ocurrían a lo largo del día, ocurrían allí. Allí comíamos, pese a su reducido espacio; allí manteníamos las conversaciones más trascendentales y las de menor importancia; allí jugábamos y hasta hacíamos los deberes en un improvisado escritorio cada una (mi hermana y yo) en un taburete. Eso sí, allí nunca entró una televisión. La cocina, como en muchos otros hogares, fue siempre el centro neurálgico de nuestra casa en mi infancia. El espacio que ocupaba, habitaba y llenaba la ‘gerente’ de la familia. 


También mi abuela, que jamás disfrutó demasiado con las tareas culinarias, hizo de esta estancia su bastión. En ella zurcía, remendaba y hasta cortaba los patrones de las ropas y piezas que cosía para vecinas y conocidas hasta bien entrada en años, mientras se hacía cargo de nosotras cuando mi madre trabajaba. 


Será por eso que siempre soñé con un espacio que hiciera las veces de ‘ese cuartel general’ para mi propia familia y casa. Añoraba esa actividad, esas reuniones, ese todos juntos y revueltos; pero deseaba un contexto más grande, abierto y luminoso del que mis propios hijos algún día tuviesen el mismo recuerdo.


Hoy, repasado antiguos vídeos y fotografías, me encuentro con maravillosas escenas en un diminuto apartamento que ocupábamos cuando nació mi hijo pequeño. Baños improvisados en el fregador, desayunos de cumpleaños, espacio de juego, bailes y canciones y hasta forzado y espontáneo gimnasio durante el confinamiento. Con los biberones secando en la encimera y el tendedero de ropa secándose siempre en medio.


Con el tiempo tuvimos esa estancia diáfana y con luz que anhelábamos en la que mis hijos -ahora son dos – también pasan la mayor parte de su tiempo jugando al escondite, haciendo procesiones con muñecos e incluso compitiendo en bicicleta, mientras hay quien les prepara el desayuno, la comida o la cena y que, a veces, incluso utilizamos de despacho u oficina. Ese espacio en el que están cuidados y atendidos. Ese espacio seguro en el que todo discurre y transcurre.


Haciendo memoria me descubro, así, que lo importante nunca fueron los metros, sino la felicidad de lo vivido ungida por familiares sabores y olores.

Cambiar una vida

Cada vez están más extendidos y son más demandados algunos métodos alternativos en la educación de nuestros hijos. Pedagogías, en su mayoría, que ponen el foco en el sujeto, en el niño, renovando y superando la idea del desarrollo colectivo, vinculado a la enseñanza más tradicional, por el impulso o crecimiento individual.

Todos, seguro, hemos oído hablar de alguno de estos métodos y pedagogías. Desde el ideado por María Montessori a principios del siglo XX, tras su experiencia enseñando a niños que tenían ciertas dificultades, y que insiste en el aprendizaje espontáneo y natural de los pequeños; y otros similares como el promovido por el psicólogo suizo Rudolf Steiner, el método Waldorf, que centra una parte importante de la educación en el trabajo en equipo y la cooperación, o la corriente ‘Reggio Emilia’ en la que el estudiante es el protagonista y el profesor actúa únicamente como guía. Pasando por otras metodologías más concretas o específicas como Doman, para mejorar e inculcar el hábito de la lectura; Kumon, basada en las habilidades lectoras y matemáticas; o Pikler, que relaciona la enseñanza al vínculo afectivo de los niños con su entorno.

Hoy son muchos los centros educativos privados que apuestan ya por este tipo de sistemas pedagógicos. Incluso la mayoría de
instituciones educativas públicas ponen, a diario, en práctica técnicas de aprendizaje propias de estas metodologías, estando integradas en muchos de los procesos de cualquier centro.

Y, aunque no tengo duda de que los sistemas y pedagogías son muy importantes en la educación de nuestros pequeños, trato de que esto no me quite el sueño más de lo necesario porque de lo que estoy totalmente convencida es de que lo es más aún (importante) la vocación, la habilidad y el talento de los maestros y profesores.

Con mis hijos puedo alegrarme de haber tenido, hasta el momento, muchísimas suerte porque, aunque su trayectoria educativa es aún muy breve, han coincidido con maestras y educadoras que han sabido darles siempre aquello que realmente necesitaban. Entendiendo sus tiempos, inspirándolos y animándolos, ofreciéndoles la seguridad que demandaban y, por supuesto, el cariño que precisaban.

Y es que más allá de técnicas, sistemas y métodos está la dedicación, el entusiasmo, le empatía y el empeño de los docentes. Decía el escritor y filósofo italiano, que fue premio Princesa de Asturias de la Comunicación y Humanidades, Nunccio Ordine que “sólo los buenos profesores pueden cambiar la vida de un estudiante”.

La importancia de las fuentes

Se viene hablando desde hace algún tiempo de la ausencia o escasez de referentes para nuestros adolescentes y jóvenes que, hoy día, se miran o comparan sólo con estrellas de Youtube o reyes del reggaetón. Sus cortes del pelo, sus tatuajes, los estilismos y hasta las aficiones tiene el sello inconfundible de los actuales mitos juveniles. Sin embargo, creo que el problema no es la inexistencia de estos, sino la dificultad de acceso a los mismos. Así, una visión un poco más honda y penetrante permite seguir encontrando, incluso en los medios de comunicación de masas, esos modelos o paradigmas que pueden resultar tremendamente motivadores para una generación ansiosa, inquieta y efervescente.

Esta misma semana leía en este diario regional la noticia del fallecimiento de la autora Alice Munro, ganadora del Premio Nobel de Literatura en 2013, a los 92 años. Dudo mucho que ese mismo recorte haya llegado a las manos o dispositivos móviles de ningún adolescente. Si hubiese sido así, podría haber aprendido que estuvo considerada como la ‘Chejov canadiense’ por la profundidad psicológica y social de sus personajes.; aunque, también dudo que alguno supiese quién era el dramaturgo ruso, y que se le consideró “la maestra del cuento contemporáneo”, por ejemplo.

Curiosamente, también, en las instalaciones municipales en las que trabajo a diario cuelga una exposición de fotografías ‘Las mujeres de ayer y referentes de hoy’ con los rostros y logros de auténticas leyendas en diferentes materias, desde la pintora y dibujante Delhy Tejero, a la diseñadora Coco Chanel o la fotógrafa Ouka Leele, pasando por las profesionales STERM como Marie Curie, Margarita Salas, Rosalind Franklin o María Blasco.

Más allá de esto, coincidiendo en los días, asistí a un evento con alumnos de primaria en el que interviene la jueza del Juzgado de Violencia contra la Mujer Nº1 de la Región de Murcia, Nerea Cavero. La magistrada, en un lenguaje accesible y cercano, comparte con los niños su experiencia al frente del mismo y su trabajo y esfuerzo hasta llegar a su puesto. La charla me pareció tremendamente motivadora a la par que didáctica.

¡Qué suerte! Contar con tantísimos patrones inspiradores en tan poco tiempo. ¿Será ésta la excepción o la norma? Sinceramente creo que la dificultad no está en la presencia, a los hechos me remito, sino en el acceso que los jóvenes tienen a las fuentes de información. Es fundamental que les instruyamos y orientemos en cómo acercarse a la información y en dónde hacerlo, sobre todo ahora en una sociedad tan infoxificada. ¡Hace tantísimo que no veo a un niño o adolescente con un periódico en la mano! Creo que ésta es otra de las grandes carencias y faltas de nuestro sistema educativo y del trabajo que se hace en las aulas: la importancia y la lectura de las fuentes.

Slow travel

Nunca hemos sido de organizar demasiado los viajes, cuando se presentaba el momento hacíamos aquello que más nos apetecía. Tampoco nos ajustábamos demasiado el presupuesto y eso, sin duda, suponía mayor libertad a la hora de elegir destino y condiciones. Ahora, intentamos seguir viajando todo lo que podemos, pero el ‘modus operandi’ ha cambiado mucho. La maternidad (paternidad) altera y transforma todas las cosas, también el modo en el que desde hace algún tiempo preparamos nuestras vacaciones y nos acercamos a nuevas ciudades.

Si hasta ahora ‘cuanto más’ siempre era mejor, desde que somos padres hemos comenzado a vivir el ‘slow travel’. Cuando viajábamos ligeros de ‘equipaje’ podíamos permitirnos visitar varias ubicaciones en una misma jornada, con horarios frenéticos y sin apenas pausas. Desde que somos familia hemos adoptado un nuevo rol de turista y, al contrario de lo que yo misma podría esperar, tal vez sea ésta la forma que más me agrada.

El nuevo estilo me recuerda a algunas de las últimas películas del director estadounidense Woody Allen, quizás las menos laureadas, y aunque estarían lejos de ser mis favoritas debo de reconocer que disfruto muchísimo visionándolas una y otra vez. Son aquellas en las que las ciudades: Barcelona, París, Roma… se convierten en un personaje más. En éstas vemos, vivimos y hasta paseamos los lugares.

Así viajamos ahora nosotros, tratando de participar de la vida de la ciudad casi como un autóctono más. Para ello, intentamos optar por destinos asequibles, valorando tiempo y distancia, y apetecibles también para nuestros pequeños. Anteponemos los alquileres vacacionales a las habitaciones de hotel porque nos dan la libertad y la comodidad que buscamos. Elegimos una ubicación única -o principal – para integrarnos en su día a día, pasando de conocer o visitar una ciudad a habitarla.

Viajamos sin prisa. Disfrutando de las tardes en el parque, de los despertares pausados en nuestra nueva y eventual casa, de las panaderías y cafés del barrio y hasta de la compra en el supermercado. Y, aunque aspiramos a poder dedicar prácticamente un mes completo a una ciudad, hemos empezado con las semanas completas.

Se trata, sin duda, de aquel modo que más se adapta a nuestras vigentes circunstancias, pero también es una especie de motín contra los arrebatados viajes organizados. Contra la cultura de lo rápido, de lo impersonal y lo estandarizado. No buscamos visitas rápidas en trenes y autobuses en los que ves poco más que tráfico y fachadas.

Desde hace algún tiempo, viajamos para regalar a nuestros hijos –y también regalarnos -la experiencia de vivir en otros países, en otros pueblos y ciudades. Desde hace algún tiempo viajamos para conocer el alma de nuevos lugares.

Club de madres

Creo que ya he comentado en alguna ocasión que cuando me convertí en madre tuve la extraña sensación de pasar a formar parte de un nutrido círculo o ‘club’ de mujeres que, sin conocerse de nada, se entienden, se respetan y se apoya por encima de las muchas diferencias que cada maternidad implica. Tanto es así, que me he sentido arropada en la vulnerabilidad de madre primeriza -cuando lo fui -por absolutas extrañas, incluso cuando el entorno más cercano parece juzgarte. Consolada por una tribu imprecisa y borrosa pero tremendamente vigorosa, celosa y apasionada que, ante determinados ataques u ofensivas, no duda en sacar los dientes. Auténtica camaradería de leonas que no he vivido en ningún otro ambiente del que haya podido formar parte.


Sin duda, la maternidad nos transforma. Nadie puede transitar algo semejante sin ganar y perder cosas en el proceso. Y creo que sólo quien lo ha experimentado puede entenderlo. Es quizás por eso que la mía (mi maternidad) es lo que más me ha acercado a mi madre en todo este tiempo.


Ser madre implica tantísimas cosas profundamente trascendentales como otras tremendamente banales que todas, de algún modo u otro, hemos vivido, disfrutado y sufrido, y ninguna de ellas es desdeñable. Tanto ha podido perturbarme o trastornarme, en un determinado momento, el miedo a que le ocurra algo al bebé como la frustración de no haber encontrado ni un solo minuto a lo largo del día para ducharme.


Sin duda, compartimos esos cambios vitales, pomposos y cargados de emociones que son incuestionables, pero me encanta identificarme también en esos pequeños gestos, comentarios y manías ‘de madre’ que ayudan a relativizar y a restar drama a ciertos instantes. Todo aquello que nos hermana y nos distingue sin tener que referir que somos madres.


Los cafés siempre fríos, los bolsos llenos de toallitas y juguetes, las visitas al baño a puerta abierta, la lista de reproducción de youtube llena de capítulos de Bluey y Pepa Pig, los asientos traseros del coche sembrados de gusanitos… y tantas otras situaciones en las que reconocernos.


En todo esto habría una norma no escrita que nos viene a representar: No me juzgues, yo también soy madre. Aunque yo iría más lejos aún, no se trataría de librarnos de juicios, sino justificarnos y hermanarnos bajo el amparo de aquello más duro y difícil que hemos vividos jamás; pero también, seguramente, lo más fascinante: la maternidad.

¡Feliz Día de la Madre a todas, camaradas!

Retornos

Esta semana leía en el Facebook de un amigo; de esos a los que uno sigue en redes con la misma admiración y entusiasmo que lo hace en lo personal porque sus posts, que escribe con dedicación y creatividad poco habitual en esos lugares, siempre aportan e instruyen;  una afirmación y reflexión a la que yo también he llegado a una determinada edad. A una fotografía de un bodegón de desayuno con una de sus tazas favoritas, unas gafas de ver y un bolígrafo acompañaba la frase: “El mundo está bien pero mi casa es mejor”. Y la escribía después de un recorrido de varios días por lugares increíbles de nuestro planeta, lo que la hace cobrar aún más sentido.

En casa, desde el primero al último, somos fans de los viajes -como dice mi hijo -y cualquier excusa es buena para improvisar u organizar una escapada. Vivimos los días fuera de casa con intensidad, desde el momento de hacer las maletas hasta el regreso a casa que afrontamos siempre con tristeza y desgana. Sin embargo, también es verdad que vengo experimentando en los últimos tiempos que la llegada a casa, tras levantarse uno de su cama, te invade de cierto regocijo, equilibrio y serenidad. Quizás, años atrás, no hubiera dado tanta importancia estas emociones, primando la celeridad, el frenetismo y la excepcionalidad de los días haciendo turismo, pero llega un momento en el que empiezas a valorar también la moderación y la mesura.

Nosotros también hemos aprovechado estos días de vacaciones para salir en familia, una fuga un poco más modesta y adaptada a nuestras circunstancias, y hemos estado en Granada. Una ciudad que conocemos muy bien y que nos permitía disfrutar del tiempo sin prisas, sin citas obligadas y sin desasosiegos. Recreándonos en un café, un paseo o un parque.

El interés de mi hijo por todo lo pone además muy fácil para viajar y tanto se divirtió en el Parque de la Ciencia como en la Capilla Real viendo el enterramiento de los Reyes Católicos y preguntando lo más inverosímil. Además, no sabemos por qué, le hace especial ilusión lo de dormir en un hotel.

Está claro que con ellos no viajamos como antes, pero viajar sigue siendo una aventura maravillosa. Eso sí, como comentaba mi amigo Nacho, ahora más que nunca, volver a casa me produce una satisfacción enorme. Sentirme refugiada, en orden y a salvo. Volver a ese lugar que me gusta por encima de todo en el mundo: mi hogar.

Saber ver

Esta fotografía, descubrí tiempo después, fue un trueque de trabajos que el mismo hizo con la fotógrafa y profesora María Manzanera en una noche memorable, junto a otros artistas, bajo nuestro patio -entonces solo suyo -emparrado.

La instantánea procede de un trabajo experimental en el Manzanera cogió diferentes objetos y los tamizó con una diversidad de materiales, especialmente, papel de seda. Y éste objeto en cuestión es, no es tan fácil de percibir si no dedicas un mirada relajada, es un zapato de tacón. Es un cuadro moderno, poderoso en envergadura y presencia y nació de una mujer que nos acaba de dejar y que, como me cuentan, desprendía grandeza en su apariencia frágil, como de pequeño pájaro ante su primer vuelo.

María Manzanera es de esas mujeres -que tenemos unas cuantas -de las que está Región debe estar orgullosa. Discreta en muchos momentos de su vida, inadvertida en otros, pero manteniendo siempre un ritmo constante de trabajo. Mirando la vida a través de su cámara, pero no sólo en su gran fascinación por París y New York, sino también por nuestra ciudad, por la ciudad de Murcia y su huerta.  Fue recogiendo en imágenes la belleza de un paisaje que sabía finito. Nos hizo reflexionar sobre la importancia de las raíces, de la belleza que nos nutre y ata a nuestros ancestros, una belleza y riqueza tremendamente simbólica y profunda, mucho mas honda que lo que está semana de fiestas de primavera intenta ensalzar. Retrató, como nadie y bañada en nostalgia, la vida amenazada de acequias, monumentos centenarios y naturaleza. También a ella debemos un gran afán de coleccionar, conservar y difundir, fotos antiguas de nuestra tierra.

Sin duda, cuando personas así nos  abandonan, dejan una ciudad, una Región y un lugar huérfanos de algún modo; afortunadamente nos legan un futuro y una herencia en su trabajo que nos acompañará siempre.

La vida tiene estas paradojas: mientras nos decía adiós esta gran mujer, el museo arqueológico desplegaba una exposición suya que ahora recibirá más visitas de las esperadas. Y yo, en  la pared de mi casa vislumbró esa fotografía de un tacón poderoso, como la mirada de esta mujer que se ha apagado pero nos sigue enseñando a abrir los ojos.

Otros templos

Esta semana los diarios, y otros medios de comunicación, traían la triste noticia del fallecimiento del escritor y dibujante José Óscar López. Siempre lamento y acuso especialmente la muerte de aquellas personas que hacen más bonito este planeta, de los creadores. Y él, sobre todo, a través de sus palabras hacía más humana la inhumanidad en la que a veces nos toca vivir.

Su poesía era tan real, tan sincera y tan lírica que consolaba, incluso en mitad de la desesperación y el pesimismo que, en ocasiones, también a él le asfixiaba. Se han dicho cosas tremendamente bonitas estos días, como viene siendo habitual cuando alguien nos deja, pero en este caso no tengo duda de que serán todas ciertas. Pues son las personas con una sensibilidad demoledora, como la suya, las que guardan -dentro de sí -un mejor corazón.

En medio de toda esta lectura de obituarios y despedidas, descubrí un bonito poema -póstumo -sobre las Bibliotecas. “Nuestro templo no era exactamente un templo”, inicia. ¡Cómo podría expresar mejor, cualquier amante de la literatura, lo que significa este espacio! No se puede definir con más ternura y devoción hacia el contenido y el continente.


En ese mismo instante, sentí la imperiosa necesidad de visitar aquel ‘santuario’ del que las urgencias y premuras cotidianas me tenían alejada desde hacía demasiado tiempo. Así, con mis dos pequeños y ‘El Hombre del Renacimiento’, que me acompaña en ese fervor por los libros, acudimos a la Biblioteca Municipal de nuestro pueblo para cumplir con los preceptos de nuestra fe.

Allí nos refugiamos durante unos minutos, no sé si llegó a una hora, ajenos a las cosas sin hacer y a las banalidades de los días. Ojeando libros con los niños y eligiendo los que nos acompañarán a la cama para conciliar el sueño, tratando de desprendernos de la pátina de la cotidianidad para alcanzar otros mundos y otros seres, otras creaciones y otras criaturas.


Curiosamente estos días vivimos fascinados en casa el despertar de Julia -mi hija pequeña -a la literatura. Con tan sólo un año arrastra mientras gatea los cuentos de cartón que ha heredado de su hermano hasta encontrarnos para que se los leamos. Confieso que no me puede hacer más ilusión esta afición.


Así, trataré de seguir honrado a los ‘profetas’ y ‘mártires’ de esta religión transmitiendo su legado y su fe; porque “si hay un sitio que te lleva a mil lugares,
a todos los sitios imaginables,
allí, allí reside nuestro templo.
La Biblioteca Pública”.

Quererte

Escuchando, curiosamente, una canción de Lucinda Williams, la compositora e interprete de música rock y folk estadounidense que ha revelado en varias de sus declaraciones y en muchas de sus canciones que la vida no ha sido fácil, me dispongo a escribir algunas palabras con las que pretendo evidenciar -aunque es hecho probado -la necesidad de continuar conmemorando cada 8 de marzo para dar luz a tantas sombras.

La escuché por primera vez en Cartagena en el marco del excelentísimo festival de ‘La Mar de Músicas’ y supe a simple vista, como ocurre con los flechazos, que su música me acompañaría toda la vida. La fuerza de su voz y de su presencia surge paradójicamente de su desgarro personal y vital. Como ha ocurrido con tantas otras mujeres en la historia y aún hoy sigue ocurriendo. Mujeres que sacan fuerza de flaqueza.

No será casual, tampoco, que hace tan sólo una semana Netflix haya lanzado el documental ‘No estás sola: La lucha contra la manada” que recoge algunas de las más brutales agresiones contra mujeres: la violación grupal en Pamplona y el asesinato de Nagore Laffage, ocurridas durante San Fermín. Ambos procesos, también, con cierta parte de la opinión pública tratando de criminalizar a las víctimas.

Y es que en una sociedad machista, todavía hoy, se esperan ciertos comportamientos previos y posteriores de las mismas. Con un perfil bastante estereotipado de las sufrientes. Así, se las ha juzgado por estar de fiesta, borrachas, por andar solas, por besar a un chico o subir con él a su casa, como si esto fuese delito, mientras que sus verdugos han recibido eximentes en sus condenas – en un caso siendo condenado por homicidio en vez de asesinato o abuso sexual en lugar de agresión, aunque en este último caso el Tribunal Superior de Justicia impuso cordura y criterio -.

Pero esto no es extraño, cuántas de nosotras no hemos sentido alguna vez cierta culpa y responsabilidad frente a algún tipo de agresión machista. Cuánto se nos habrá señalado para haber normalizado esas percepciones.

Sin embargo, las cosas están cambiando. La manada, ahora, somos nosotras y, por fin, unas estamos saliendo en defensa de las otras. Porque todas hemos sido víctimas. Porque estamos cansadas de reproches. Porque ahora nos queremos lo suficiente para no dejar que nos criminalicen. Porque para ser creídas y, mas aún, respetadas no necesitamos una conducta intachable.

Porque todas nos merecemos ser libres. Porque como canta Williams en ‘Born to be loved’: “No naciste para que abusaran de ti, para perder, para sufrir, para nada. Naciste para que te quieran”, o mejor aún: para quererte.

La sociedad de la nieve

Doce ‘Goyas’, ni más ni menos, le han hecho falta a Bayona para que me decidiese, finalmente, a ver su película. ‘La sociedad de la nieve’ se convertía así, hace unos días, en la tercera película más galardonada por la Academia de las Artes y las Ciencias Cinematográficas; después de ‘Mar Adentro’ y ‘¡Ay, Carmela!’. Hazaña que no le es del todo ajena al director, pues con ‘Un monstruo viene a verme’ consiguió hasta nueve. Y es que, incluso con su nominación a los Óscar, me he resistido todo este tiempo a revivir el drama.

Desde hace un tiempo, y creo que en gran parte a consecuencia de nuestra paternidad, venimos rechazando la exposición a contenido, sobre todo audiovisual, trágico, virulento o sustancialmente doloroso, ya que nuestra tolerancia a este tipo de imágenes e historias se ha visto drásticamente reducida. Ahora, nos hacen más daño, nos perturban más y afectan a nuestro ánimo. Además, ya habíamos visto ‘Viven’ (1993) y conocíamos de sobra la historia.

Sin embargo, el éxito logrado en la última edición de los premios de la Academia de Cine y, por supuesto, la trayectoria de su director acabaron por convencernos. Bueno, realmente yo tuve que convencer al ‘Hombre del Renacimiento’ que aún así se resistía a “sufrir por placer”. Y; aunque he de reconocer que pasamos toda una noche sin dormir, consternados; sin duda, mereció la pena.

Y es que mientras ‘Viven’ se fundamenta en la acción y la aventura más física y visual de los 16 supervivientes del accidente de avión en los Andes de 1972, el largometraje del cineasta español hace un trabajo de introspección con cada intérprete, mostrando un drama más emocional y psicológico; apartándose de fórmulas y estilos Hollywoodienses y acercándose mucho más al ‘savoir faire’ español que a mí me gusta. Ese en el que tanto se trabajan los personajes, sus complejidades y su evolución.

Es un ‘film’ muy duro, pero no en su definición más gráfica ya que resuelve las escenas con una elegancia que le sale natural, sin violencia ni imágenes desagradables; pero sí lo es emocional y, hasta, éticamente.

El título, recogido de un libro homónimo escrito por Pablo Vierci, no pudo estar mejor escogido y es que representa la necesidad de la comunidad para sobrevivir. Esa forma de entender que la supervivencia de uno es la supervivencia de todos. Ese sentido tan primitivo y antropológico de sociedad del que, quizás, tan faltos estamos ahora. Cargada de simbolismos y alusiones bíblicas, lanza un mensaje casi evangelizador.