Algo que leer

Intento seguir la actualidad literaria todo lo que mis obligaciones y devociones como mamá me dejan. En las últimas semanas en la Región de Murcia estamos más que de enhorabuena en el palmarés de las letras.

Primero, la caravaqueña Carmen María López ganaba el premio de poesía de la editorial Espasa con ‘La madre de nadie’, una antropología en prosa sobre las relaciones madre e hija. Poemario que se hacía con el galardón gracias al voto unánime de un jurado formado por prestigiosas intelectualidades como Luis Alberto de Cuenca, Alejandro Palomas o Ana Porto.

Una par de semanas después, era la molinense Lola López Mondejar, experimentada ensayista, escritora y articulista, que también ha ejercido como docente en varias universidades y que tiene formación en psicología, la que se hacía con el premio de ensayo de la editorial Anagrama con ‘Sin Relato: Atrofia de la capacidad narrativa y crisis de la subjetividad’.

Dos mujeres murcianas que han sido reconocidas por su trabajo a nivel nacional, algo que sin duda me resulta motivo de júbilo y de orgullo. A ellas se les suma, además, el último y recién desvelado premio Nobel de Literatura a la autora surcoreana Han Kang; siendo nuevamente una mujer la galardonada e incluso, en esta ocasión, la más joven en recibir este honor. No conozco demasiado su obra, pero creo que sobran motivos para leer algo de dicha escritora.

Así, esperando poder hacer hueco en mi mesita de noche a estos ejemplares y teniendo en cuenta que aún tengo una larga lista de libros pendientes, en casa seguimos ampliando la biblioteca infantil ya que, por fortuna, mis hijos comparten –de momento –nuestra afición por las letras. Y que mejor momento que aprovechar que se celebra estos días la tradicional Feria del Libro en la capital. Pocas cosas me gustan y me entretienen tanto como pasear entre libros y, además, aprovechar para encontrarte con conocidos autores como Luis Leante o artistas e ilustradoras de la talla de Eva Poyato.

Teniendo en cuenta, también, que está cercana la festividad de Todos los Santos y Halloween siempre solemos incorporar alguna historia ‘terrorífica’, que son muy del gusto de mis pequeños.

Fueron dos las tardes entre casetas, cuatro las adquisiciones y muchas las horas que ya hemos dedicado a ojearlos; y es que un libro es siempre una fantástica inversión, por su desproporcionado valor y beneficios en relación a su coste material. Y porque para nosotros es importante que siempre tengan algo nuevo que leer, una nueva aventura que correr y un viaje diferente que emprender.

La madre que quiero ser

Una mamá que aunque desatienda o descuide algunas fechas o citas ‘importantes’ jamás olvide leerles cada noche.

Pasadas las once de la noche de este jueves, con los niños por fin dormidos, las mochilas y ropas del día siguiente preparadas, con pocas fuerzas y menos ganas aún de cualquier otra cosa que no sea meterme en la cama, comienzo a escribir el artículo de esta semana. Velándolos desde la otra punta de la habitación, en mi mesa de despacho, acurrucados ambos aún encima de la cama familiar comienzo a preguntarme, como tantas otras veces, si realmente estoy siendo con ellos la madre que me gustaría ser.

Las expectativas las tengo claras. Sé el modelo de familia y crianza que quiero para mis hijos. Sin embargo, a veces, la realidad y el día a día pueden distorsionar ese ideal. Desde que di a luz, e instantáneamente brotó en mí un instinto maternal hasta entontes completamente inexistente, deseé ser una mamá presente. Y, sinceramente, creo que eso sí lo he logrado, aunque en otras cosas defraude constantemente otros propósitos.

Quiero ser esa clase de madre que coge a sus hijos con ternura y los besa y acurruca para despertar. Una mamá que no se impacienta mientras tratan de vestirse solos cada mañana. Que dedica tiempo a aquellas cosas que los hijos consideran importantes aunque vayamos tarde. La que despide a sus hijos en la puerta del colegio y les desea que lo pasen genial, sin moralinas de comportamiento. La que, pese a la costumbre, siente un repizco en el estomago cada vez que los deja.

Una madre que trate de ofrecerles un alimentación y unos hábitos saludables, sin renunciar a esas excepcionalidades que tan felices les hacen. Sin duda, quien atienda y cubra sus necesidades más básicas pero sin olvidarse nunca de procurárselo con amor, atención y consideración.

Una mamá que crea en ellos y les sepa mostrar su gran potencial. Quien les transmita la curiosidad por las cosas, la belleza que hay en aprender y descubrir. Una madre que mantenga unida a la familia y sepa legar la importancia que doy a la misma.

Una madre que no grite, pero sonría, les abrace y les diga constantemente que los quiere. Que sepa corregir con amor. Dispuesta a olvidarse del tiempo mientras hace un puzle con su hijo o repite diez veces la misma canción a su pequeña.

Una mamá que aunque desatienda o descuide algunas fechas o citas ‘importantes’ jamás olvide leerles cada noche.

Y así, mientras aún los contemplo dormir, pienso que habrá muchas cosas en las que, sin duda, fallaré, pero que aunque no ejerza siempre como la madre que quiero ser; creo que trato de ser la mejor madre que puedo ser.

Otoño bello

Hace tan sólo unos días que daba comienzo mi estación favorita del año, el otoño. Espacio que va desde septiembre, mi mes por excelencia –en el que incluso cumplo los años-, hasta dejarnos a las puertas de mi festividad predilecta, la Navidad.

El otoño ha podido vincularse en determinados momentos a estados de ánimo tristes y melancólicos, tanto en literatura, como en arte e incluso música. Supone el fin del verano y el anuncio del frío invierno. Las horas de luz se reducen y el verde del paisaje desaparece dando lugar a una variada gama de castaños y marrones.

Así, en las artes plásticas las representaciones suelen ser casi monocromáticas, con los amarillos y ocres como tonos protagonistas.  Buen ejemplo de esto serían las pinturas de ‘Bosque de hayas’, de Klimt, ‘Efecto de otoño en Argenteuil’, de Monet, o ‘Jardín de Giverny’, de Mary Fairchild Low, entre otras. En cuanto al verso, suele ser también una alegoría del paso hacia la senectud,  símbolo de la quietud y la calma o reflejo del paso inexorable del tiempo, como en los textos de Juan Ramón Jiménez, Octavio Paz o Antonio Machado. Incluso en su forma más sonora, podemos sentir esa caída pausada pero constante de las hojas en la composición de Vivaldi.

Sin embargo, para mí el otoño siempre ha sido todo lo contrario: movimiento, puesta en marcha y comienzo. Desde mi niñez, con la deseada vuelta al cole y el inicio de todo; hasta estos días en los que supone el regreso a la necesaria rutina después de un más que merecido verano de encuentros, escapadas, acontecimientos y  algún que otro exceso.

Me gusta el otoño. Con su normalidad, sus rutinas, sus tardes de lluvia en casa, los paisajes amarillentos, las primeras mangas largas, los zapatos cerrados, las medias y leotardos, las botas de agua, los estrenos, las noches más largas, los días más cortos, las lecturas delante del flexo, las actividades extraescolares, Halloween y el Día de los Muertos, el olor al café calentito, el fresco de los amaneceres, la granada en las ensaladas, los juegos de mesa, el crujir de las pisadas, el gustito del sol en la cara, el silencio de las madrugadas, las sábanas de pelo y las colchas aguatadas sobre la cama.

Quizás el otoño no sea una estación de bullicio, algarabía ni desenfreno; una estación sin pinceladas en fucsia, aguamarina o turquesa. Sin embargo, es el amor por lo más real y frecuente. Es la belleza y la calma de lo normal; un lienzo en armonía cromática; es el sentirse feliz en lo más cotidiano, en lo más sincero.  

Amamantar en la fábrica

Los que acostumbran a leerme saben que la maternidad me ha cambiado totalmente. No sólo por cuestiones de agenda y de organización- eso es obvio-, sino de forma más profunda: mi forma de estar en el mundo, de sentir y amar.

Este mes de septiembre está siendo difícil por la imperiosa incorporación al trabajo y la vuelta a la rutina escolar-laboral.  Principalmente, es mi pequeña Julia la que no lleva bien su regreso a la guardería. Hemos comenzado de nuevo; como si nunca hubiera estado allí y lo hiciese todo por primera vez. Imaginen, después de todo el ajetreo matinal, entre despertares, desayunos y demás,  llegar a la guardería y acongojarte al dejar a tu hija en un desconsuelo total y saber que, posiblemente, no va mejorar mucho después. El otro día la recogimos con los ojos rojos del llanto. Sé que es algo transitorio y no muy distinto de lo que le sucede a muchas familias en estos días. Trato de no darle mucha importancia, aunque es inevitable que nos duela.

Pero lo que quería contarles no es eso. La guardería ha sido trasladada -de forma provisional- a unos estupendos módulos prefabricados pues se están acometiendo profundas reformas en el edificio original.  La ubicación para estos módulos ha sido una zona de nueva construcción en los que hace décadas  existía una histórica fábrica conservera, testigo de ello es una alta chimenea en ladrillo -tan características de estas zonas. El otro día al salir de dejar a la pequeña sentí cierta tristeza. No fue porque aún oía el llanto de mi hija a través de la ventana, sino porque recordé de golpe las historias que mi madre y mi abuela alguna vez me contaron.  Todos sabemos, en mayor o menor medida, lo que supuso la revolución industrial para el desarrollo de los siglos XIX y XX.  Esos pueblos que vieron como el crecimiento económico y muchas veces demográfico tenía forma de chimenea y gran nave industrial.  Esas fábricas conserveras salpicaron toda nuestra geografía y, especialmente, el levante español.  Esas empresas supusieron en muchas ocasiones la definitiva incorporación laboral de la mujer en pequeños pueblos de Murcia. Incorporación que siempre iba pareja con tratar de mantener las numerosas labores domésticas.  Muchas veces oí contar como los bebés eran llevados a estos lugares para ser amamantados por las madres que allí trabajaban. Pude sentir, por unos instantes, el dolor de aquellas madres -anónimas  ya en el tiempo- que tendrían que despegarse de unos bebés de pocos meses, incluso semanas, para el duro trabajo.

Afortunadamente los tiempos han evolucionado a mejor en muchos aspectos, pero la conciliación sigue siendo un tema ambiguo y no real en la mayoría de casos.  Dejo a mi pequeña a la sombra de esa vieja chimenea conservera y sé que está maravillosamente bien cuidada, a pesar de sus lágrimas. Y mientras me voy camino de mi trabajo pienso: por vosotras, madres, abuelas, bisabuelas …por vuestro coraje y memoria.  Porque criasteis varias generaciones de hombres y mujeres en una vida amarga a pesar de la dulzura de vuestra leche. 

Improductivas

Supongo que es una sensación generalizada, entre muchos padres y madres, la de estar todo el día sin parar y al final de la jornada tener la sensación de no haber hecho nada. Ese sentimiento de improductividad, si no se gestiona bien, puede ser demoledor para ciertas mentes y caracteres perfeccionistas y exigentes.

En una sociedad de lo inmediato, lo tangible y lo cuantificable aquello de naturaleza más etérea, volátil o que no produce beneficio carece de cualquier tipo de mérito o estima. Es por eso que muchos nos castigamos a diario con la necesidad de ser más eficientes y alcanzar más objetivos.

Y es que si lo pensamos bien, esa impresión está más que justificada –irónicamente hablando -.  En muchas ocasiones, somos los primeros en levantarnos para ducharnos, arreglarnos y tomar un café rápido mientras el resto de los miembros de la familia aún duerme  y así, cuando éstos despierten, estar preparados y a disposición para hacer frente al caos mañanero. Eso, en el mejor de los casos, porque mi media hora de acicalamiento suele estar interrumpida, al menos en una ocasión, por el llanto de mi hija pequeña pidiendo pecho. Por lo que tengo que disponerme en varias fases.

Lo que ocurre a partir de ese momento es un auténtica contrarreloj de ropas, peines, desayunos, mochilas, anti-mosquitos, colonia anti-piojos, botellas de agua, almuerzos, camas, sube niños al coche, baja niños del coche, deja al primer niño en el cole, sube al segundo, de nuevo, en el coche, pon rumbo a la guardería, vuelve a bajarlo del coche y déjalo en su destino.

Así, cuando llegamos al trabajo, como dice mi compañera y también madre, ya llevamos una vida vivida. Tras cumplir con las obligaciones laborales, volvemos a la carrera para recoger niños, darles de comer, llevar y traer de las actividades extraescolares; aprovechando mientras para hacer la compra y contestar a los mil grupos de whatsapp de padres invitando al último cumpleaños, preguntando por el libro de religión o recordando la recogida de uniformes.

Las noches no son muchos más tranquilas, intentando llegar a la cama a una hora decente después de las cenas, recoger la cocina, lavado de dientes, pijamas y una lectura en familia para relajarnos todos.

Y es que básicamente, como leí el otro día en un perfil de Instagram (Mujeresmadres) vivimos “intentando pasar tiempo de calidad con nuestros hijos a la vez que tratamos de tener una carrera exitosa, perdemos la barriga posparto, criamos de forma respetuosa, mantenemos la casa limpia, salimos decentes a la calle, educamos a nuestros hijos con inteligencia emocional y no perdemos la cabeza” en el intento.

Así que algo debemos estar haciendo mal cuando pese a todo eso, a veces, nos sentimos poco productivas.

Todo empieza en septiembre

Comienzo el mes de septiembre ‘teletrabajando’ y con dos niños en casa a la espera del inicio del curso escolar que siempre se demora unos días más allá tras el fin de las vacaciones, que ya parecen incluso lejanas. Periodo éste en el que las familias hacemos malabares para poder armonizar nuestras responsabilidades laborales con las necesidades y obligaciones parentales.

Además, estos últimos días de verano suponen un verdadero estrés y caos en muchos hogares con el intento de recuperar las rutinas y la organización para la vuelta al cole. Tras varias semanas de ‘slow life’: jornadas en bañador y chanclas y noches largas, comienza el acopio de libros y material escolar, la reposición de uniformes, el tetris con la extraescolares y el acondicionamiento de los nuevos espacios de trabajo en casa, tanto para ellos como para los padres que nos toca conciliar así.

Y, aunque afortunadamente cada vez las tareas están más repartidas, el Project Manager de la ‘vuelta al cole’ en la mayoría de hogares suele ser la mamá. Esto nos carga con una cantidad de tareas pendientes que puede llegar a ser asfixiante, más por el peso mental que por el hecho de desempeñarlas.

Recogida de los libros de texto, nuevo calzado para el curso, pago de las matrículas y extraescolares, abono de las tasas del AMPA, etiquetas con el nombre del alumno para marcarlo todo: ropa, libros y enseres, fotos de carné nuevas para las maestras, pruebas de uniforme, mochilas, botellas de agua y complementos varios… seguro que todo esto resulta familiar en muchas casas.

Tantas ocupaciones en tan poco tiempo hacen que olvidemos la calma y la placidez de los días de descanso y que el estrés y la ansiedad se apodere de nuestro estado de ánimo, intentando cumplir con todo mientras trabajamos y con un horario escolar reducido.

Mientras escribo esto, observo desde mi mesa como una vecina, a las siete y media de la mañana, monta ella sola a sus dos hijos, aún en pijama y durmiendo (primero porta a una y luego al segundo más pequeño) para dejarlos con su madre y poder acudir a su puesto de trabajo. Es evidente que en muchas ocasiones no lo tenemos fácil. Sin embargo, lo seguimos consiguiendo.

Septiembre ha sido siempre uno de mis meses favoritos. Esa sensación de comienzo me gusta. Ese sentimiento de estar a tiempo y en el momento de poder cambiar las cosas; también la igualdad en los roles de pareja y familia. Quizás tiene que ver que nací un septiembre de hace ya 41 años y, para mí ,no sólo simbólicamente, todo empieza en septiembre.

Una cura para el alma

En muchas ocasiones, uno no necesita que ocurra nada demasiado grave para romperse por dentro. Basta un pequeño contratiempo que colme nuestra capacidad de autorregulación y equilibrio. Especialmente si eres madre y tienes que tratar de templarte varias veces en una misma jornada.   

Esta semana, sufría uno de esos episodios de ‘fractura’ anímica, pero, como es habitual, no me permitía mostrarme agotada y vulnerable tratando de no preocupar y alarmar a quienes están a mi lado, sobre todo a mis hijos.

Puedo considerarme afortunada por tener una familia sana –en todos los sentidos -, pero esto no quita que la abrumadora carga mental y física que llevamos muchas mujeres consiga en ocasiones colapsarme y pase factura a mi salud mental. Normalmente, no se trata de grandes tragedias, ni se requieren soluciones drásticas.

Sé que puede resultar nimio, insignificante e, incluso, caprichoso si tenemos en cuenta los sufrimientos y verdaderos dramas que afrontan a diario otras personas, pero, como decía, también las pequeñas contrariedades, repetidas en el tiempo, pueden dañar nuestro espíritu.

Lo mejor de todo es que estos pequeños males, por ende, suelen tener pequeños, o fáciles, remedios.

Se trata, simplemente, de la necesidad de que alguien agradezca, valore y reconozca explícitamente ese esfuerzo diario por llegar a todo. Se trata de que de vez en cuando alguien pregunte si estás bien, si necesitas ayuda o si puede colaborar con algo. Se trata de que por una vez seas tú la persona mimada y atendida. Se trata de que alguien pregunte qué es lo que te apetece y priorice esos deseos o antojos.

A las personas exigentes e independientes nos cuesta mucho pedir ayuda, pero eso no quiere decir que no la necesitemos, aunque no suele ser sencillo que los demás adviertan esa llamada de socorro. Es por eso que me produce admiración la sinceridad y el valor de quienes han sufrido una ‘mala racha’ y han sido capaces de verbalizarla y visualizarla; incluso a nivel mediático, y pedir auxilio. La humildad de quienes se dejan ayudar.

Yo finalizaba mi crisis intentando ahogar mi llanto en la cama mientras dormía a mis pequeños, pero mi hijo mayor observó mi estado de ánimo y empezó a llorar conmigo. Cuando le pregunté por qué lloraba me dijo que tenía miedo a dormirse y dejarme sola mientras estaba mal y triste. En aquel momento, dejé de sentirme así porque con sólo cuatro años había sido él, con su amor y sus palabras, quien había conseguido, esa noche, abrazar y curar mi alma.

Cartago Nova

En artículos anteriores he aludido, en más de una ocasión, a la mítica ciudad de Cartagena. Un lugar en el que viví y trabajé y al que siempre, sin duda, me hace feliz volver. Un escenario en el que crecí como persona y profesional, en el que hice grandes amigos y al que reservaré siempre un espacio entre mis mejores recuerdos.

Cartagena, me atrevo a decir, es una de las ciudades europeas que mejor ha sabido reinterpretarse, quererse y volver a maravillar con su historia y patrimonio. Su mítica fundación por Asdrúbal y su posterior conquista romana son argumentos casi infinitos no sólo para los historiadores, sino para novelistas y cineastas.

Hace unos días regresé a la ciudad, como suelo hacer periódicamente aunque menos de lo que me gustaría, y, también, a  uno de los lugares más fascinantes y puede que menos conocidos de su rico patrimonio: El centro de interpretación de la muralla púnica. Este lugar, eclipsado por el monumental Teatro Romano y por el maravilloso edificio modernista del Ayuntamiento, bien merece de nuestro tiempo y visita. Se trata, en gran medida, del origen arqueológico de la ciudad. Esas murallas que hicieron temblar a Roma son testigos silenciosos del inexorable y mordaz tiempo. Pero también de las sorpresas y azares que la vida depara más allá de nuestra propia existencia.

El espacio arquitectónico que se creó, a finales del siglo XX, para albergar el conjunto es magnífico, uno de esos ejemplos donde modernidad y conservación dialogan con elegancia. Algo no siempre habitual  en las intervenciones patrimoniales y que tiene por costumbre analizar mi ‘Hombre del Renacimiento’ allá dónde vamos. Comparto su opinión de que en muchas ocasiones son agresivas y poco respetuosas, visualmente hablando, diferentes intervenciones en lugares centenarios o milenarios. Afortunadamente, en este espacio, la arquitectura contemporánea es interesantísima y no molesta sino que refuerza el enclave monumental.

El broche lo pone la cripta barroca que se levantó junto a la muralla. Una capilla elíptica subterránea alberga unas tumbas donde “La Muerte” danzaba sobre el revoco de las paredes a modo de ilusión óptica. Y digo danzaba porque en la última década el alto índice de humedad ha hecho que casi estén desaparecidas. Un ejemplo singular el que alberga este enclave de esas «danzas macabras» poco frecuentes por nuestras latitudes, siendo más propias de países centroeuropeos.

Recorrer este yacimiento, en soledad o en familia, es algo que les recomiendo  encarecidamente para después, asomados a ese mar que custodia la ciudad- más azul si cabe en este mes de Julio – respirar todos los aromas que nos ofrece está ciudad, esta Cartagena siempre nueva que enamora.

Enajenación -no- transitoria o la locura madre

Tras varias recomendaciones, por fin, me decidí a hacerme con un ejemplar de La historia de los vertebrados. Un libro de la filóloga, editora y escritora –y desde hace algún tiempo, también política en el Congreso –Mar García Puig. Hasta el momento, había ojeado algún artículo suyo y siempre me pareció que tenía una bonita forma de narrar, de contar historias. Con un estilo fresco y rápido, pero no por ello falto de profundidad y contenido.

«El 20 de diciembre de 2015 me convertí en madre y enloquecí». Así comienza esta especie de ensayo autobiográfico que narra la conversión simultánea de la autora en madre de dos bebés prematuros y diputada. Y, claro, después de haber pasado por este proceso en dos ocasiones –el de alumbrar- y sentir algo muy similar, no pude más que tenerlo, desde aquel momento, como libro de cabecera en mi mesita.

Confieso que aún no lo he terminado, pues voy leyendo sus cortas entradas cuando las circunstancias, que son adversas, me lo permiten. Sin embargo, me parece un relato honesto y crudo de lo que muchas experimentamos con esta transformación. Lejos de romanticismos e idealizaciones.

«Yo había dado a luz a un nuevo mundo, porque aquel en el que mis hijos no existían había desaparecido». Esta afirmación no pudo parecerme más real y, a la par, despiadada. Pues con la maternidad surge, también, un nuevo escenario, a veces, desfavorable y hostil para el que, sin duda, la mayoría no estamos preparadas.

Más allá de lo fascinante y maravilloso de ser madre, aparecen otros efectos y secuelas que, en muchos casos, nos acompañarán siempre.

En mi caso, como le ocurrió a la autora, fue el miedo. El pánico fue protagonista en mis dos partos. En ambos casos no por mi integridad física, sino por el estado de los bebés. Sucumbí a una situación muy similar a una enajenación transitoria en la que ni siquiera mis más allegados me reconocerían.

Desde entonces, padezco, de algún modo, las secuelas de aquella demencia irracional que, con el tiempo, se ha ido mitigando. Pudiendo exclamar ahora, después de sanar muchas cosas: ¡Bendita locura! 

Unos pendientes sicilianos

Creo que ya he expresado en más de una ocasión mi inclinación y apego a las cosas, a los objetos. A las cosas como narradoras de historias. A las cosas como recuerdos de otros tiempos, otros viajes y otras gentes. Especialmente si son memorias felices.


Que la historia, también, se cuenta a través de los objetos debe ser uno de los principios básicos de la museología. Y, sin duda, en literatura es un fantástico recurso convertirlos en el hilo conductor de la trama. Los objetos como espectadores del tiempo. Una práctica que se convierte, incluso, en seña de identidad de ciertos escritores y novelistas. Sea el caso del argentino Manuel Múgica Láinez con epílogos enteros dedicados a la vida de una pieza. Como el libro ‘El Escarabajo’ en el que el narrador es este insecto de lapislázuli, propiedad de la reina egipcia Nefertari, con cuyas peripecias recorremos más de tres mil años de historia, desde el Egipto de Ramsés II hasta nuestros días. En muchas otras de sus novelas también encontramos este tipo de protagonismo de los objetos.


Yo, desde hace algún tiempo, vengo adquiriendo, guardando y coleccionando algunos objetos que tienen un significado especial para mí. Hábito que comparto también con ‘El Hombre del Renacimiento’. Tanto es así que nuestra casa, de algún modo, resulta ser una especie de ‘Cuarto de Maravillas’, bastante más modesto que los de antaño, en el que se pueden encontrar desde tallas africanas o barro bereber a antiguas conchas y fósiles, encajes y puntillas del siglo pasado o lámparas art déco rescatadas de antiguos caserones.


‘Gabinetes de curiosidades’ privados que lo son especialmente para nuestros pequeños que, afortunadamente, muestran interés por todo aquello que les rodea preguntándonos por la procedencia y el origen de muchos de estos objetos.


Todo esto venía hoy a mi cabeza al ponerme un par de pendientes de cerámica siciliana que compré en mi viaje a la isla hace ya unos cuantos años con un grupo de periodistas y fotógrafos cartageneros. Pendientes que algún día serán de mis hijos y que más allá del valor material que tienen, que no es mucho, sí lo tendrán como recuerdo, pues a través de este y otros objetos personales podrán saber más de quién fue y qué hizo su madre.


De este modo, con los años podrán seguir, de alguna forma, jugando: tratando de juntar objetos como piezas de un rompecabezas que compone y descifra, ni más ni menos, que nuestra historia, la historia de nuestra familia.