
No soy apolítica. Nunca lo he sido y reconozco que siento cierta desconfianza hacia quienes se presentan como tal, como si la neutralidad fuera una virtud. La vida, creo, no permite la tibieza: vivir sin opinar es abdicar, renunciar, de la propia responsabilidad intelectual y moral. Hay que tomar posición, construir criterio y actuar con conciencia. Opinamos constantemente: con cada gesto, con cada palabra y con cada silencio. Un “no me importa” o “no tengo opinión” me resulta tramposo e hipócrita, pues a menudo encubre la renuncia a la realidad y a sus exigencias éticas.
En mis escritos procuro, con deliberación, no abordar asuntos estrictamente políticos. Sin embargo, casi todo lo que hacemos tiene un impacto social, y lo social, inevitablemente, es político. Evitar ciertos temas no significa carecer de criterio; significa decidir cuidadosamente cómo y cuándo exponerlo. Hoy, más que nunca, mi juicio ante los acontecimientos del mundo es de preocupación y alarma y considero que es el momento de hablar.
Me inquieta profundamente el mundo que estamos dejando a nuestros hijos. Me angustia la herencia que recibirán: una sociedad marcada por la preeminencia del interés inmediato, por la imposición del más fuerte y por la indiferencia silenciosa que poco a poco va erosionando los principios de convivencia. Los valores fundamentales, universales y humanos que costó siglos consolidar se desdibujan, se diluyen y se vulneran. Aquellos que deberían ser guardianes de la libertad y la justicia se convierten, a menudo, en instrumentos de opresión y consolidación del poder, exacerbando la desigualdad y el miedo.
Ese no es el mundo que deseo para mis hijos. No es el mundo por el que trabajo cada día en mi hogar. Los valores y principios que cultivamos en casa: la concordia, la igualdad, la libertad, la solidaridad y el respeto, entre otros, son incompatibles con la violencia, la intimidación y la arbitrariedad que se extiende en algunas sociedades. Aún así, mantengo la esperanza de que éstos no hayan desaparecido de la conciencia colectiva, aunque los hechos y las estadísticas a veces sugieran lo contrario.
Nunca he sido seguidora del cantante puertorriqueño Bad Bunny, quizás todo lo contrario, y reconozco que muchas de sus composiciones y letras se me escapan –algo que puede ser incluso positivo -; pero sí celebro que personalidades y referentes juveniles adopten compromisos éticos y que trasmitan mensajes alternativos al bombardeo del imperio de la falsificación y la mentira. Urge que adolescentes conozcan otras perspectivas, otros discursos y otras formas de pensar y de vivir. Formas de estar en el mundo sustentadas en la igualdad, la fraternidad y la libertad, valores que siguen siendo tan vigentes como imprescindibles desde los tiempos de la Revolución Francesa.
En España, esta necesidad se hace peculiarmente evidente. La emergencia de movimientos que desgastan la esperanza me alarma y me sobrecoge. Me preocupa el ejemplo que estamos dejando a quienes nos sucederán. ¿Qué mundo heredarán nuestros hijos? ¿Qué huellas estamos dejando en su memoria colectiva?
No obstante, no pierdo la fe. Confío en la capacidad de cambio del ser humano, en la fuerza de la educación, del ejemplo y la palabra. Podemos transmitir a las nuevas generaciones un mundo más justo, más humano y más solidario, incluso cuando la realidad nos confronta con injusticias y contradicciones. El compromiso comienza en cada hogar, en cada conversación que enseña a discernir, en cada gesto que demuestra coherencia y respeto. Si conseguimos que los jóvenes crezcan con principios sólidos y una mirada crítica pero ilusionada, habremos sembrado la semilla de un futuro mejor.
El futuro no está resuelto. Depende de nosotros: de nuestras decisiones, de nuestras acciones y de nuestra capacidad para sostener los valores que consideramos esenciales. Trabajemos hoy para que la compasión y la solidaridad no sean excepciones, sino normas de convivencia. Que nuestros hijos crezcan en entornos que les permitan pensar con autonomía, actuar con responsabilidad y vivir con integridad. Que no sientan que la historia que les entregamos está marcada por el miedo, sino por la coherencia, la ética, la libertad y la humanidad.
El mejor legado que podemos dejarles es un mundo que valga la pena habitar, con un horizonte digno y generoso: un mundo mejor.
