El arte de sentarse a leer

Dicen que 2026 será el año analógico. Quizás la afirmación sea un poco exagerada, pero es cierto que se empieza a percibir cierto cansancio y fatiga hacia lo digital. Hay una reacción al entusiasmo tecnológico de hace unos años, a la hiperconectividad, a las notificaciones constantes y a las pantallas omnipresentes que busca espacios más reales, lentos y controlables. No se trata, en ningún caso, de una renuncia total a la tecnología sino de un ligero desplazamiento que la convierta en una herramienta en vez de un entorno permanente. Vuelven los cuadernos, las cámaras de carrete, los vinilos… es casi una revolución cultural, simbólica y estética que hace a muchos nostálgicos no sentirse completamente anacrónicos.

En mi caso, y aunque reconozco que mi teléfono es mi instrumento de trabajo principal, hay ciertos rituales y protocolos que me he resistido a abandonar; como el uso de una agenda clásica para mi organización o la lectura directamente en papel.

Sentarse a leer es, hoy más que nunca, un gesto cargado de significado. Abrir un libro y entregarse a sus páginas es un desafío suave, una rebeldía sin estridencias. Leer no interrumpe el mundo: lo suspende. Tal vez por eso, más que un hábito, leer se ha convertido en un arte.

No se trata solo del acto físico —buscar una silla, acomodar el cuerpo, apoyar el libro sobre las manos—, sino de una disposición interior. “Leer es respirar, es devenir”, escribió la novelista y guionista francesa Marguerite Duras, y en esa frase se puede condensar la experiencia profunda de la lectura. Al sentarnos a leer, el tiempo deja de ser una línea recta y se vuelve espiral; avanza, retrocede, se detiene. El reloj continúa su marcha, pero el lector habita un tiempo propio, más lento, más humano.

Hay en la lectura un ritual silencioso que se parece al recogimiento. Italo Calvino, periodista y escritor italiano, aconsejaba: “Busca la postura más cómoda, el sillón más acogedor, el lugar donde nadie te moleste”. No es una recomendación menor. Leer exige cuidado, casi ternura: hacia el texto y hacia uno mismo. En ese espacio protegido, las palabras pueden desplegar todo su poder, que no es el de imponer, sino el de sugerir, proponer, sembrar dudas.

La lectura propone profundidad. Cada libro amplía los límites de nuestra experiencia. Leer nos permite habitar otras conciencias, comprender dolores ajenos, imaginar futuros distintos. Es un ejercicio radical de empatía, una escuela de humanidad. Pero la lectura no es sólo viaje: es espejo. A menudo creemos buscar historias, cuando en realidad nos buscamos a nosotros mismos. En las páginas de un libro encontramos palabras que no sabíamos cómo decir, pensamientos que creíamos exclusivamente nuestros, emociones que por fin se sienten nombradas. El lector se reconoce en lo leído, y en ese reconocimiento se ordena, se interroga, se transforma.

Leer nos enseña que la realidad no cabe en consignas ni en respuestas inmediatas. Nos entrena para la duda productiva, para la paciencia del pensamiento, para la escucha atenta. Como afirmaba Borges, “siempre imaginé que el paraíso sería algún tipo de biblioteca”. No porque allí estén todas las respuestas, sino porque allí las preguntas pueden hacerse con calma.

No puedo sentirme más reconfortada y tentada por esa visión de cielo, sobre todo ahora que, desde que soy mamá, leo menos que nunca. Aunque también sé que los libros están ahí. Aguardan. Esperan.

Elegir una silla, un silencio y un libro es preferir profundidad frente a ruido, duración frente a prisa. Es recordar, página a página, que aún somos capaces de detenernos y pensar. Y que, mientras haya alguien dispuesto a sentarse a leer, el lenguaje —y con él, el mundo— seguirá teniendo un lugar donde detenerse y dilatarse.

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