
Conozco a mucha gente de mi generación y generaciones anteriores que presume de sentirse, encontrarse y actuar como cuando tenía veinte años. Y aunque, a priori, pueda parece algo favorable y propicio, por aquello de mantenerse joven de espíritu; nada más lejos de la realidad: la experiencia y la madurez traen consigo numerosas cualidades, excelencias y virtudes de las que uno carece en su mocedad y lozanía.
Hasta los sentimientos cambian de intensidad con los años. Así, por ejemplo, cuando uno es joven bien puede corear aquello que cantaba Roberto Carlos: “Yo quisiera tener un millón de amigos y así más fuerte poder cantar”. Y es que, por esos entonces, el vigor, el ímpetu y el nervio nos vienen dados del grupo, por ese sentimiento de pertenencia y participación.
Es en esta edad, difusa, luminosa e irrepetible, en la que la amistad se vive en plural. La adolescencia y la primera juventud se pueblan de nombres, rostros y voces que parecen estar destinados a acompañarnos para siempre. Se es amigo con una facilidad casi instintiva, como si la mera coincidencia en el tiempo y el espacio bastara para sellar una alianza duradera. Entonces, la amistad es multitud, es ruido, es promesa: una forma de afirmarse en el mundo a través de los otros. En esos años iniciales, el afecto no exige demasiadas explicaciones. Se vive de mantera expansiva, casi voraz. La amistad juvenil cumple una función casi esencial, la de acompañar el nacimiento de la identidad, de ofrecer complicidad cuando todo está por definir.
Con el paso del tiempo, sin embargo, la vida va afinando sus exigencias. El calendario se vuelve más estrecho, las responsabilidades más densas y las decisiones más definitivas. El tiempo deja de ser ilimitado y vasto para convertirse en un bien muy preciado que se administra con cuidado. Y en ese proceso, sin una voluntad o acción explícita, la amistad comienza a transformarse.
La multitud se disuelve. Los nombres se reducen. No por desamor, sino por decantación. Hay amistades que quedan suspendidas en el recuerdo, otras se apagan en la distancia y el tiempo, otras simplemente han cumplido su ciclo y se retiran con discreción. Lo que en la juventud era presencia constante se convierte en memoria agradecida.
En la madurez, los amigos son pocos, pero esenciales. Ya no se sostienen en la frecuencia sino en lo profundo, en la hondura. No reclaman atención permanente ni explicaciones constantes. Comprenden los silencios, aceptan las ausencias, celebran los encuentros con una moción sobria y templada. Son amistades que han resistido el tiempo, los cambios, las pérdidas y las incorporaciones.
Con estos amigos se habla menos, pero se dice más. La conversación pierde ligereza, pero gana verdad. Aparecen temas que antes se trataban de evitar: el miedo, el fracaso, la fragilidad, la conciencia de límite, el recuerdo y el recelo al olvido. La amistad se convierte entonces en un espacio de reconocimiento y aprecio mutuo, donde no es necesario disimular ni exhibir. Ya no se trata de estar en todo, sino de estar cuando importa.
Quizás crecer consista, pues, en pasar de ese “millón de amigos” a lo que el mismo músico brasileño entonaba en otra de sus conocidas letras refiriéndose a aquel “amigo del alma” que resulta el más cierto en horas inciertas. Madurar, entre otras cosas, supone esa reducción que no es una pérdida, sino una forma más consciente y serena de entender la amistad.