Cuando dejar de exigirse también es avanzar

A cada comienzo de año le acompaña una silenciosa e insistente presión: la de reinventarnos. Enero llega con sus interminables listas de propósitos en las que prometemos convertirnos en personas más disciplinadas, productivas y exitosas. Comer mejor, hacer más ejercicio, leer más, ser más rigurosos en el trabajo, organizarnos mejor… El ritual se repite cada Navidad y aunque, a priori, la invitación al cambio puede ser una forma de motivación; muchas veces, esta práctica se convierte en un discurso de autoexigencia que nos acusa y nos culpa constantemente.

Frente a este escenario, hace unos días escuché por primera vez el concepto de ‘antipropósito’. Al principio pensé que era uno de esos vocablos ridículos que a menudo se ponen de moda. Sin embargo, tras una pausada reflexión, entendí que quizás esta última aportación traía a mi vida una alternativa rebelde y liberadora.

Hablar de antipropósitos no supone rechazar el crecimiento personal ni instalarse en la apatía. Proponen algo mucho más radical en una cultura obsesionada con el rendimiento: dejar de exigirnos cambios profundos y vitales sólo porque el calendario lo dicta.

Los tradicionales propósitos de Año Nuevo parecen asumir que el 31 de diciembre somos insuficientes y que el 1 de enero, de forma repentina y casi prodigiosa, deberíamos ser disciplinados y constantes, entre otras cosas. Pero la realidad es que el cansancio, las dudas y la desgana no desaparecen con las campanadas y los fuegos artificiales. Pretenderlo no hace más que aumentar la distancia entre lo que somos y lo que creemos que deberíamos ser; y lo que es peor aún, hace crecer sentimientos de incapacidad, descuido, inercia y dejadez que se instalan y habitan en nosotros.

Los antipropósitos proponen exactamente lo contrario. En lugar de sumar exigencias, invitan a restarlas. Nos preguntan qué podemos dejar ir o soltar. Soltar la obligación de ser productivos todo el tiempo. Soltar la comparación constante con los demás. Soltar la idea de que descansar es perder el tiempo. En ese gesto hay una forma de cuidado que rara vez se promueve.

Resulta profundamente liberador aceptar que no tenemos que cumplir con todas las expectativas, ni siquiera con las propias. Vivimos en una sociedad que glorifica el esfuerzo permanente y que sospecha del descanso. No hacer, no avanzar, no mejorar se ven como una falta o imprudencia. Sin embargo, escuchar el cansancio, respetar los límites y permitirnos ir más despacio también es una forma de responsabilidad, aunque no siempre sea reconocida como tal.

Somos procesos cambiantes, llenos de pausas, contradicciones y desvíos. Habrá momentos de energía y otros de agotamiento, etapas de claridad y otras de duda. Pretender sostener el mismo nivel de motivación todo el año no sólo resulta irreal, sino injusto con nosotros mismos. Además, avanzar no siempre significa ir hacia adelante: a veces es quedarse, parar o incluso retroceder un poco.

En un mundo que nos exige ser mejores versiones de nosotros mismos de manera permanente, los antipropósitos son un acto de resistencia. Un recordatorio de que no tenemos que demostrarnos nada para merecer tranquilidad. Tal vez el verdadero gesto revolucionario de este año sea no prometernos nada extraordinario, sino algo mucho más humano: tratarnos con mucha más paciencia y amor. Y es que a veces, simplemente vivir ya es suficiente.

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