Navidad: tradiciones heredadas y nuevos ritos creados en casa

En casa siempre hemos celebrado la Epifanía por encima de cualquier otro advenimiento o entrega de regalos y presentes en Navidad. Como dice mi hijo: “somos muy fans de los Reyes Magos”. Es una tradición que, tanto el Hombre del Renacimiento como yo, mantenemos desde la infancia y tratamos de arraigar en nuestra familia. Sin embargo, en los últimos años, adaptándonos a los nuevos tiempos y a los deseos de nuestros pequeños, aprovechamos la llegada de Santa Claus para sorprendernos con algún pequeño detalle.

Así, hemos incorporado la nueva costumbre de recibir en Nochebuena un libro por cada miembro de la familia. Entre las dádivas y aguinaldos de esta ocasión se encuentra un bonito cuento ilustrado que, precisamente, recoge algunas de las prácticas, curiosidades, personajes y símbolos de las Navidades de todo el mundo: ‘Navidarium’. Hojeando sus páginas reflexionaba sobre como cada país y cultura ha ido adaptando esta universal celebración a su propia identidad, y pensaba que con las familias ocurre más o menos lo mismo.

Las tradiciones navideñas funcionan como una memoria colectiva. En Alemania, por ejemplo, los mercadillos llenan las plazas desde finales de noviembre y el calendario de adviento marca la espera día a día. En México, se recrean posadas que recuerdan el peregrinar de María y José antes del nacimiento en el pesebre. En Japón, donde la Navidad no es una festividad religiosa mayoritaria, se ha extendido la práctica de comer pollo frito y compartir la fecha como una celebración social. En Noruega, se esconden las escobas la noche del 24 por una antigua creencia popular que decía que las brujas y malos espíritus podían robarlas.

Estas costumbres, curiosas y solemnes, muestran que la Navidad no es un molde único. Es una construcción cultural que se adapta al contexto, la historia y las creencias de cada sociedad. Sin embargo, en el ámbito del hogar, muchas veces se vive como un ritual rígido: la misma comida, los mismos adornos, las mismas escenas reproducidas año tras año. Y aunque esta repetición ofrece seguridad también puede vaciarse de sentido, sobre todo para los más jóvenes.

Las tradiciones navideñas cumplen una función social, religiosa y emocional. Ordenan el tiempo y nos reúnen alrededor de símbolos compartidos. Pero también es cierto que las familias cambian. Cambian sus integrantes, sus creencias, sus ritmos y sus desafíos. Pretender que una tradición sea inmutable es desconocer la vida misma. Aferrarnos sólo a lo heredado puede convertir la Navidad en una reiterada escenografía, en la que estemos más pendientes de cumplir que de sentir. Por eso, además de honrar estas prácticas recibidas, es importante atreveros a crear rituales propios que den identidad a nuestra familia y se transformen en recuerdos para las próximas generaciones.

Crear rituales propios no significa romper con el pasado, sino dialogar con él. Pueden ser tan simples como decorar el árbol juntos escuchando Villancicos, dar un paseo nocturno para ver las luces de la ciudad o reservar un momento de silencio para recordar a quienes no están. En su repetición anual, estos gestos construyen pertenencia y revelan como es nuestra Navidad.

Hoy miro las tradiciones que heredé con agradecimiento, pero ya no con rigidez. Honrarlas es un gesto de gratitud; crear las propias es un acto de responsabilidad amorosa. Las tradiciones nos permiten transmitir que la Navidad no es una lista de obligaciones, sino una oportunidad para elegir cómo estar juntos. En un tiempo marcado por las prisas y el consumo, estos protocolos nos devuelven el verdadero sentido de la celebración.

Se nos va la vida

Durante las primeras décadas de nuestra vida actuamos como si el tiempo fuese inagotable. Hacemos largos inventarios de libros por leer, películas por ver y lugares por visitar. Vivimos rodeados de listas, de sugerencias y recomendaciones, y de pendientes acumulados que suelen crecer más rápido que nuestra capacidad de atenderlos. Pensamos, erróneamente, que hay que estar al día de todo. En otro tiempo, por ejemplo, jamás hubiera ‘fallado’ en ningún palmarés relevante. No había obra premiada que no dominase o reconociese.  

Sin embargo, llega un momento – siempre sigiloso -en el que comprendes que la vida es limitada y el mundo, inabarcable. Se cumplen, así, aquellos versos de Gil de Biedma que durante años contemplé cada mañana en la madrileña estación de metro de Ciudad Universitaria: “Que la vida iba en serio uno lo empieza a comprender más tarde: como todos los jóvenes, yo vine a llevarme la vida por delante”.

No leeremos todo. No veremos todo. Ni visitaremos todo aquello que alguna vez anhelamos. Esta revelación, lejos de resultar derrotista, es profundamente liberadora. Nos obliga a elegir. Y elegir, cuando se hace con conciencia, es una forma de respeto hacia el tiempo que nos queda. En un contexto y una sociedad marcados por el exceso, en todos los sentidos, la selección se convierte casi en un acto de resistencia.

Decidir qué consumir implica también definir qué no consumir. Y ese no, lejos de ser una triste renuncia, se convierte en una contundente afirmación. Tienes la capacidad, la autoridad y la sabiduría para determinar qué merece tu tiempo, tu atención y tu energía. Decía Séneca que “no es que tengamos poco tiempo, sino que perdemos mucho”.

Por eso, a medida que uno toma conciencia de su propia finitud, se vuelve más selectivo. Aparece un criterio más personal y, también, más honesto que va más allá de las modas, recomendaciones y novedades. Empezamos a elegir aquello que de verdad nos mueve, nos conmueve o nos transforma. El ‘consumo’ pasa a ser más significativo que acumulativo.

Aprender a elegir es aprender a prioriza: a veces descartando lo nuevo y, otras veces, volviendo a lo antiguo, a lo conocido. Aprender a elegir significa también permitirnos regresar a lo ya vivido: releer un libro que marcó una etapa, revisar una película con otros ojos o regresar a un lugar que aún tiene algo que decirnos. Repetir no es estancarse, sino profundizar.

Aceptar que no llegaremos a todo es, en el fondo, un gesto de madurez. Nos libera de la obsesión por acumular experiencias y nos acerca a una vida más consciente. Porque si algo se vuelve evidente con los años es que el tiempo es el único bien que no se renueva. Aprender a gastarlo con sentido y criterio es, quizás, una de las formas más honestas de vivir.

Fotografía Charlie Balibrea

Cuando muere un mito

Fotografía Charlie Balibrea
Fotografía Charlie Balibrea

¿Cómo se sabe que ha muerto un mito? Se sabe porque esa mañana escuchas antiguas canciones suyas en los coches con los que coincides en los semáforos y compartes una mirada y una sonrisa cómplice con su conductor. Se sabe porque toda tu lista de contactos, en su compleja diversidad, recupera en su estado frases, anécdotas y fotos de su figura. Se sabe porque su muerte, de repente, te hace recordar a alguien de tu pasado a quien decides volver escribir: aquel profesor de instituto que ‘pinchaba’ sus melodías en clase, un primer amor que te susurraba sus estrofas o esa amiga que te mandaba cartas con sus letras. Cuando muere un genio, simplemente, se sabe.

Así, cuando hace pocos días desperté con la triste noticia del fallecimiento de Robe Iniesta, alma y líder del grupo nacido a finales de los ochenta Extremoduro, lo supe.

Supe que nos dejaba uno de los pocos mitos musicales que nos quedan en España. Un artesano de canciones que parecen cinceladas a mano, igual de imperfectas que vivas. Robe no fue sólo un músico, fue un narrador de lo humano, un poeta sin título. Alguien que nunca pretendió ser quien no era. Alguien que contó lo que vivió, lo que sintió y, sobre todo, lo que dolió. Y en esa franqueza; a veces áspera y bronca, a veces luminosa y clara; residía su enorme grandeza.

Y es que, en un escenario como el actual falto de grandes referentes, quizás no sea ejemplo personal para nuestros jóvenes por sus tropiezos y caídas, pero sus canciones redimen todas sus faltas y debilidades. Su voz nunca pretendió convencer, sino confesar. Confesiones en las que muchos encontramos refugio y consuelo.


No es mi intención hacer una semblanza –pues se han escrito cuantiosas –ni mucho menos intentar alguna especie de crítica musical, no tengo la capacidad ni el conocimiento de otros compañeros; con estas palabras sólo trato de rendir un pequeño reconocimiento personal a alguien que tanto nos regaló y, ahora, nos lega. Devolverle un pedazo de lo entregado y, ahora, heredado.  

Su partida deja hoy varias generaciones coreando aquello de “no he vuelto a ser el mismo” que Robe proclamaría en su himno ‘Sucede’ al perder a los que serían sus deidades: “Desde que se fue Gillespie, Zappa, Mercury, Camarón”. Y es que nos deja huérfanos de una forma de hacer y entender la música desde lo más profundo del alma humana, con sus miserias, sus grandezas y, sobre todo, sus grandes anhelos. Una lírica tan honesta como sencilla. Tan de todos. Tan de la calle. Subversiva a la par que sensible, tremendamente sentimental. 

Hoy, con un panorama desgarrador, en un contexto hostil y oscuro, nos queda la nostalgia y la utopía: Seguir reproduciendo una y otra vez aquellas melodías que soñaban con un mundo mejor. Sentirnos mejor pensando… Sabiendo… que tenemos “una estrellita pequeñita pero firme ¡Pero firme! ¡Pero firme!”, porque un mito nunca muere.

Descansa en paz, Robe.

La vida puertas adentro

Reconozco que soy un poco voyeur, no en el sentido más estricto de la palabra. No me place y complace observar los encuentros y actitudes más íntimas, pero sí hay un aspecto que yo considero dentro de la más escrupulosa privacidad y que disfruto escudriñando. Hay un deleite suave y silencioso, una fascinación que no se confiesa, en mirar casas ajenas.

No necesariamente casas monumentales de revista, ni interiores impecables de catálogo, sino casas reales que respiran. Las que tienen vida en las esquinas, polvo en algún estante, objetos que no siempre combinan y fotos torcidas que siempre olvidamos enderezar.

Entrar al hogar de otra persona es atravesar una piel invisible. Lo público queda atrás y aparece un escenario más íntimo donde todo tiene su significado. Andar pasillos desconocidos, descubrir rincones personales, observar cómo alguien distribuye y coloca sus libros, qué tipo de cuadros cuelga en la pared o cómo ilumina el salón. No se trata únicamente de arquitectura o decoración, se trata de vida. De historias. De identidad.

Los objetos se convierten en narradores. Las casas cuentan historias. Observar estos espacios nos permite intuir particularidades y características de sus dueños: sus rutinas, sus gustos, sus anhelos. Una vivienda revela prioridades: comodidad, orden, caos creativo, acumulación afectiva, austeridad estética. Nuestras casa hablan de cómo vivimos. Cada una es un pequeño mundo: cultura, hábitos, modos de relacionarse… Recorrerlas es como asomarse a un universo ajeno, un viaje íntimo a otras vidas.

A veces miramos para cuestionar lo que tenemos o como inspiración. Conocerlas nos permite compararnos y reconocernos. Entrar en otros hogares nos ayuda, incluso, a entender nuestras propias manías y preferencias.

Hace unos días, recibí en casa un ejemplar que llevaba años queriendo adquirir: ‘Casas. Atlas de los hogares del mundo’, de la editorial Mosquito. Un maravilloso cuento ilustrado que hace un bonito recorrido por los diferentes tipos de viviendas del mundo: desde las blancas construcciones ibicencas, a las cabañas islandesas o los apartamentos abuhardillados de París , pasando por las mansiones de San Francisco y las encantadoras casitas de la Provenza francesa.

Y es que cuando viajo acuso aún más esta práctica pues puedo confrontar estilos y formas de organización social y cultural muy diversas y diferentes. Puedo aprender y llevarme conmigo, a modo de suvenir, lo visto y aprendido. Este verano, cuando vistamos Burdeos, me recuerdo curioseando y ojeando por los ventanales de sus grandes e imponentes edificios, la mayoría de ellos sin cortinas, la vida y la actividad que se desarrollaba dentro.

Mirar casas ajenas no necesariamente implica invasión, puede hacerse desde el más profundo respeto, como un acto de contemplación. Un reconocimiento de que cada persona construye su refugio a partir de su historia y que, a veces, llegamos a conocer esa historia a través de un escritorio abarrotado o una pared casi vacía. Hay en este gesto una voluntad de comprender sin preguntar, de aproximarnos a la intimidad de otro sin quebrarla, de encontrar belleza en lo cotidiano.

Las casas hablan de nosotros con una sinceridad y claridad que ni siquiera nosotros nos permitimos o somos capaces de verbalizar. Las casas son el escenario donde transcurre lo importante, lo que no contamos, la vida puertas adentro.