Los grupos del Whatsapp los carga diablo

11822918_10153555047373914_3828991758186549827_oHay pocas cosas que a mí me pongan de los nervios, pero acumular grupos de whatsapp en mi teléfono es una de ellas. ¿Quién idearía este maldito invento del demonio? Y lo que es más desconcertante aún ¿con qué mezquino propósito? Seguro que fue por despecho. Algo tan tremendamente perverso sólo puede atender a tales intenciones. Del trabajo, de la asociación de vecinos, del gimnasio, de los amigos del pueblo, de los compañeros de carrera, de la familia, para la despedida de soltera de Raquel, para preparar el cumpleaños de Eva… Yo me pregunto cómo ‘narices’ –por no decir otra cosa – organizábamos hace unos años las cosas sin grupos, ni whatsapp, ni listas de envío genéricas, por ejemplo.

Si además a estos sumamos que cada uno tiene sus ritmos, sus tiempos y sus horarios y que difícilmente estos coinciden con los de los demás, los grupos se convierten en el mayor generador de estrés de nuestro siglo. ¿No os irrita mirar vuestro teléfono encima de la mesa del despacho mientras vuestro jefe os hace una lista de tareas pendientes y ver 87 alertas de whatsapp mientras la pantalla se va encendiendo con la llegada de cada uno de estos mensajes nuevos? Ahí, la vida pone a prueba mi autocontrol. Y qué decir de cuando vas en el coche o estas en la ducha, situaciones prohibidas para el uso o manejo de este dispositivo, y empiezas a escuchar un ‘pi pi’ detrás de otro… ¡Me llevan los demonios!

Y cuando definitivamente puedes consultar el grupo te encuentras con cientos de comentarios que leer y que, con el objetivo de ahorrar tiempo, reduces a los más inmediatos sin enterarte prácticamente de nada. Y claro, preguntas:

  • ¿Qué ha pasado que no me entero de nada?

Con lo que vuelven las decenas de mensajes para explicar lo que apenas unas líneas más arribas ya ha sido expuesto. ¿Alguien lo entiende? Y todo esto sin entrar en el uso de los grupos para entablar conversaciones entre dos personas o el uso inadecuado de los mismos para mandar fotos, vídeos, chistes… ¡No puedo con esta tipología de usuario! Me reservaré para mí las palabras y apelativos que pasan por mi cabeza cuando me cruzo con alguno de estos. Pero claro tampoco renunciamos a estar en los grupos; es un poco aquello de ni contigo ni sin ti.

Sin embargo, tengo que reconocer que hay grupos que se convierten en una auténtica fiesta, hasta el punto de que tengo algunos sin los que no podría pasar. En esta categoría se incluye por supuesto el que mantengo junto a mi madre y mi hermana, a través del que nos damos el parte diario y los buenos días y buenas noches. Y también estaría el que ‘alimento’ con amigas y que sólo nosotras podemos descifrar, porque además de que hablamos de cosas que exclusivamente nos interesan a nosotras, como lo brillante que tiene el suelo la una o la vida marital y social de la otra; lo hacemos al estilo KGB utilizando códigos que nadie jamás podría interpretar.

 Éste, en los últimos días y como consecuencia de los muchos acontecimientos que comentar, se ha convertido en una auténtica adicción en el que muchas veces decimos lo que a la cara quizás no nos atreveríamos a contar. Pero sobre todo, es un ejercicio de terapia para desconectar con líneas y líneas de chat que se acumulan entre confesiones, predicciones y alguna que otra barbaridad. Pero sobre todo, risas y más risas que también compartimos en este entorno virtual.

Aunque siendo sincera, yo siempre prefiero la vida real.

 

Rompecorazones

Tom-Waits-portrait-1988-billboard-1548Hace unos días, escuchando un programa de radio que hablaba sobre los ‘rompecorazones’ de la música de otro tiempo pensaba en lo fácil que hubiese sido dejarse cautivar por las voces de alguno de estos iconos de la historia de la música en sus años mozos –que se dice en mi tierra –teniendo en cuenta que, algunos de ellos, incluso entraditos ya en unas cuantas primaveras, siguen teniendo ese fantástico swing, ese rollo, tan propio de los grandes de su género y al que una no puede resistirse. Porque debo confesar que a mí se me enamora por el oído. Tanto por lo que uno tiene que decir, como por el modo de hacerlo. Tan importante es el fondo como la forma. No hay nada que me seduzca más que una buena conversación de la que, en mis mejores sueños, se desprende un hombre interesante y, en el mejor de los casos, una voz sugerente. Pues imaginemos si además esa voz nos canta… ¡Y cómo cantan!

Les pongo en situación. Cómo no iba a caer una rendida a los pies del grandísimo Elvis, incluso en sus momentos de mayores excesos y rarezas, si en una estampa en blanco y negro te susurra al oído la letra y la melodía de ‘Suspicious Minds’, una de mis canciones favoritas, diciendo algo así como que no dejes que algo tan bueno muera. ¿Acaso no oyen esa voz? Esa tremenda voz que te baila en el estómago después de atravesarte entera. Pocas como la suya para seducir y conquistar. Así que de éste, yo hubiera sido blanco fácil.

Pero evidentemente, no es el único. El sensual y misterioso poeta canadiense que cantaba a Suzanne y Marianne, bien podría haber incluido una Monique en su lista. Y es que pese a su, en apariencia, ‘relativa’ falta de sex-appeal, al enigmático Cohen, según cuentan las malas lenguas, le sobró con un encuentro fugaz en un ascensor para conquistar a la indomable Janis. Al menos por una noche. Una única noche que, también en lo musical, dio para mucho. Cómo decir no a su elegante figura caminando por los estrechos pasillos del Chelsea Hotel que tanto ha hecho por engrandecer las leyendas de las estrellas de la música y por propiciar tórridos y furtivos encuentros entre toda una generación. Lugares míticos que se prestan al romance con esos hombres que te saben hablar, o recitar.

Walk (walking) on the wild side (Caminando por el lado salvaje), que cantaba otro grande de la música, Lou Reed, aparece la ruda figura y voz de Tom Waits, el feo más sexy de la historia de rock. Su turbulento existir, su querencia a los problemas, su vida al límite y su numerosos vicios, junto a su ahogada voz y esa dulce mirada, incluso infantil en ocasiones, le convierten en mi absoluta debilidad. El primero entre los favoritos. ¡Siempre me gustaron las causas perdidas, las almas atormentadas y las melenas graciosamente alborotadas! No habría podido negarle una copa sentada al pie de una barra de bar, incluso sabiéndome fácil de enamorar por un hombre que jamás tendrá redención.

A estos podríamos sumar unos cuantos más. Ninguno de ellos especialmente guapo, alto o fuerte. Más bien todo lo contrario, feos, delgados o excesivos, en todo, pero con voces tremendamente sexys y ejemplares de auténticos ‘heartbreakers’.

Y si fueses otro…

 

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Si juzgas mi camino, te presto mis zapatos

Esta semana me hacía reflexionar –ya sabéis que yo soy muy tendente a darle trascendencia a todo; muy dramática, teatrera y a veces exagerada en las formas –una frase del escritor, guionista y director de cine Ray Loriga que hace referencia a la capacidad de empatizar que tenemos las personas. “Cuando camino por la calle y veo a alguien, este también puedo ser yo”, comentaba hace unos días tras conocerse que su última novela ‘Rendición’ es el premio Alfaguara 2017. Galardón que, por cierto y para quien no lo sepa, también ha recibido nuestro paisano, caravaqueño y brillante, Luis Leante por su historia “Mira si yo te querré”. Pero apuntes culturales a un lado, lo que yo venía a contaros es que ante tal afirmación mi cabeza comenzaba a funcionar e intentar explicar y entender lo que el literato trataba de transmitir en su revelación. ¿Por qué nos vemos en el otro? ¿Qué hace que las personas nos identifiquemos con unas y con otras no? ¿Hay personas que no tienen reflejo?

Esta claro que la mayoría de los mortales, aunque hay excepciones, somos muy capaces de ponernos en el lugar del otro cuanto éste nos importa, hay sentimientos o algo nos une. Evidentemente si un amigo está sufriendo es casi instintivo que nosotros suframos al mismo tiempo. Lo contrario sería inhumano. También tenemos cierta inclinación a sentirnos próximos a aquellas personas con las que nos identificamos, ya sea por sexo, grupo de edad, nacionalidad, estilos de vida… Una madre podrá fácilmente ponerse en la piel de otra, y un adolescente entenderá el momento que vive su coetáneo. Sin embargo, en este segundo supuesto surgen ya ciertas variables que pueden hacer que nos sintamos más o menos distantes. Tanto es así que, aunque lo normal es que todos sintamos esta empatía –concepto que define esta capacidad de identificarse con alguien y compartir sus sentimientos y que viene del griego empatheia que significa la unión física o emotiva con el que sufre –por nuestros iguales, hay personas completamente desprovistas de esta cualidad incluso ya en este segundo estadio. Son personas sin reflejo, o mejor dicho que sólo reconocen en el suyo. Narcisistas.

Hay otras muchas personas cuya empatía trascienden el ámbito de lo conocido, lo cercando y lo similar para ampliarla y mostrarla con el resto del mundo, bien sea por ética, solidaridad o altruismo. No necesitan de ningún vínculo para sufrir el dolor de los demás. Sin duda aquellos a los que llamamos buenas personas.

Sin embargo, creo que lo que el autor expresaba con su afirmación va mucho allá. Los tres estadios descritos anteriormente no hacen justicia a la profundidad de sentirse el otro que reflejaba la frase original de Loriga y con la que cada vez me siento más cómoda e identificada. Su concepción y convicción absoluta de que no sólo hoy es quien es por caprichos del azar o del destino; sino que mañana puede ser otro. Otro con otros sufrimientos. ¿Y si mañana fueses otro?

Porque qué has hecho tú para ser quien eres.

Situaciones embarazosas

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Contando mis vergüenzas 😉

 

Todos hemos vivido alguna situación en la que hemos deseado que la tierra nos trague sin dejar rastro alguno, ni recuerdo. Momentos tan ridículos que hasta rememorarlos en tu cabeza te causa vergüenza. Este tipo de aprietos no hace distinción de personas, aunque es verdad que los torpes y despistados tenemos más posibilidades de sufrirlos. Es más, en estos casos, la preocupación y el nerviosísimo por no protagonizarlos es directamente proporcional a las probabilidades de hacerlo. Y por supuesto, la Ley de Murphy es el principio fundamental que rige estos supuestos: “Si algo puede ocurrir, ocurrirá”; o en su versión más pesimista “si algo puede salir mal, probablemente saldrá”.

Hay situaciones que suelen ser fruto de la propia fortuna, y en estas ocasiones no se puede luchar contra el devenir de los acontecimientos; sin embargo otras lo son del despiste, de la inexperiencia, del nerviosismo o de la más absoluta despreocupación, y éstas afortunadamente sin son evitables. Yo confieso que he tenido de todas pero en su mayoría, en mi caso, han venido provocadas por descuidos tontos y absurdas distracciones. Errores que, algunas veces, marcan las carreras de muchos profesionales. ¿Quién no se acuerda del intencionado o no despiste de Sabrina con su delantera en un programa de televisión en la Nochevieja del 87? O del “¡Viva Honduras!” de Federico Trillo con las Tropas de El Salvador. ¿Y qué hay de los varios ‘gazapos’ de Rajoy? “España es una gran nación y los españoles muy españoles y mucho españoles” o “es el vecino el que elige al alcalde y es el alcalde el que quiere que sean los vecinos el alcalde”. En su defensa diré que ni mucho menos es el único que se equivoca, que lo hacen de todos los partidos y todos los colores, pero por su cargo se ve más. Además, apuntaré que estos lapsus son consecuencia única y exclusivamente del nerviosismo y de como este puede jugarte una mala pasada. Que se lo digan a Faye Dunaway en la pasada cita con los premios del cine, sin embargo en este caso fue Warren Beatty quien se la jugó.

Yo he tenido muchas de éstas, quizás no tan trascendentales dada la irrelevancia de mis movimientos así en general, pero tremendamente ridículas. Recuerdo una ocasión cuando en las fiestas de mi pueblo, con miles de personas congregadas en un mismo lugar –en este caso era el Castillo de la Vera Cruz de Caravaca donde el 2 de Mayo finaliza la carrera de Los Caballos del Vino -, el palo de un cohete vino a impactar directamente en mi cabeza y el golpe me sentó de culo ante la extrañeza de los que se encontraban a mi alrededor. La situación, independientemente del daño y la consecuente cicatriz, fue muy cómica. ¿Qué posibilidades hay de que esto te ocurra? Bien, pues desde entonces vivo obsesionada con que el incidente se pueda repetir. Por supuesto también he tenido las situaciones más típicas: tropezones, golpes de tos durante una alocución pública, papeles higiénicos que se adhieren a tu zapato en el momento más señalado, botones o cremalleras que se abren y/o rompen dejando ver las vergüenzas, tacones que se pierden en el camino, mensajes que envías a otra persona por error…

La más reciente me ocurrió cuando acudía a la oficina de Correos de Murcia, en la Plaza Circular, a recoger un paquete. Tras hacerme con el mismo y aprovechando los estupendos cristales espejo que han puesto como paredes, iba mirándome disimuladamente de reojo para no llamar la atención en los mismos y así contemplar lo estupenda que me había vestido para la ocasión. Si ya da vergüenza que te sorprendan repasándote en los espejos, imaginen cuando por no mirar donde uno debe te llevas por delante, con tremendo estruendo, una de las barreras detectoras para evitar robos que habían instalado en las remodeladas instalaciones. Unos se asustaron, otros se rieron y hubo quien incluso se preocupó de venir a ver si me encontraba bien.

Salí de allí lo más rápido que puede y fue tal la vergüenza que de momento no he vuelto a pedir nada.

Se acaba el amor… ¿de tanto usarlo?

IMG_2392Con motivo de San Valentín –hace ya unas semanas –discutía con unas compañeras si el amor cambia o no con el paso del tiempo. Es una realidad que el nerviosismo y la ansiedad de los primeros días no se viven tras varios años. Pensándolo bien, tampoco sería saludable. Sin embargo, me negaba a aceptar que la rutina, el día a día y la convivencia devastasen determinados comportamientos en una relación. Y me vengo preguntando, desde entonces, si será verdad aquello de ‘se nos acabó el amor de tanto usarlo’ que cantaba ‘La Jurado’.

El hecho que desataba el debate resultó ser un comentario sobre los regalos que habíamos recibido por Navidad de parte de nuestros respectivos. En mi caso, con sólo unos pocos años de relación –tengo que decir además que es una persona tremendamente generosa –me sorprendía con una batería de regalos que yo catalogaría en el epígrafe de caprichos; artículos que por su precio o por no ser de necesidad no sueles comprarte tú pero que te mueres por tener. En el caso de la compañera que suma ya más de diez años de matrimonio y dos hijos relataba que ella recibió el regalo que quería pero que acompañó a su marido a comprarlo. Por último, la más experta, confesaba que ella no había tenido regalo de Navidad. Es evidente que hay una clara diferencia, pero podría ser anecdótica.

Otro de los aspectos en los que dicen que se nota este paso del tiempo es en la conversación. Al principio te lo cuentas y te lo preguntas todo, lo que has hecho en el trabajo, con quién has hablado, cómo te has sentido, cómo te ha ido el día… Incluso hay veces que no puedes esperar a llegar a casa para compartirlo y lo haces vía whatsapp, manteniendo un contacto casi constante con tu pareja. Con los años y los hijos, en el caso de tenerlos, los diálogos se restringen a las necesidades y anécdotas con los pequeños o a los requerimientos de la casa. Después de toda una vida juntos, tal y como la propietaria de la cafetería donde habitualmente desayunamos nos contaba, con su gracia particular, las conversaciones se limitan a:

  • ¿Qué hay de comer?
  • ¿Qué hay de cenar?
  • ¡Vámonos a la cama!

El móvil también es un chivato. Me preguntaba una amiga si yo a él le mandaba besos y corazoncitos. ¡Evidentemente! Le contestaba. Además, a diario le escribo para darle los buenos días y avisar cuando he llegado al trabajo, ahorrándole así la preocupación y desasosiego por saber si ha ocurrido algo. Con el tiempo, según cuentan, empiezas a pensar que si ocurre algo al final se enterará. El fondo de pantalla también está directamente relacionado con los años, dependiendo si lo llevas o no lo llevas a él. Y un rasgo inequívoco son los hábitos televisivos. Al principio te da igual lo que ver siempre que sea a su lado. Después, te mantienes en el mismo espacio pero haciendo uso de otros aparatos: Tablet o, en su defecto, móvil. Y el último paso es instalar una pantalla en la cocina o habitación y ampliar la distancia entre ambos.

Está claro que la rutina normaliza ciertas conductas y comportamientos y que el tiempo diluye y apacigua el ímpetu. Pero es importante hacer un pequeño esfuerzo y sorprender, no de forma constante, pero si en su debido momento. Porque se reduce el romanticismo, y quizás el sexo, pero no se acaba el amor ni el entendimiento.