Malditas Mudanzas

Juicios tengas y los ganes, ha sido hasta ahora una de las maldiciones más certeras y maliciosas que uno podía utilizar, y eso que tiro piedras contra mi propio tejado pues mi hermana es abogada. No se si habéis tenido la desgracia de vivir o sufrir un proceso judicial, pero es de las cosas más horribles, tediosas y desesperantes que uno puede experimentar en su vida. Y aún si el veredicto es favorable podrás ver, en parte, recompensado el trauma, aunque la lentitud de nuestro sistema judicial imposibilita que se pueda hablar de que se ha hecho justicia, porque nunca se realizará en tiempo y modo. Sin embargo, desde hace unos días vengo pensando que he encontrado sustituta para tremenda condena: Mudanzas tengas y las hagas.

Durante la última semana vivo en el absoluto caos, y lo que queda. Desde que uno es consciente de que se cambia al momento en el que se encuentra completamente instalado en su nueva ubicación, además de que puede pasar más medio año hasta el momento en el que no queda ni una caja por sacar, uno transmuta de uno a otro estado de ánimo; y no me atrevería a decir cuál es el peor. De la ilusión del principio se pasa a la euforia de las semanas previas; pero según se acerca el momento vamos experimentando la ansiedad, el estrés, el mal humor, los nervios, el agotamiento, la desesperación, el arrepentimiento, la duda, la tristeza… hasta alcanzar el caos.

Uno nunca imagina que tiene tantas cosas. Nos acostumbramos a vivir entre las mismas y no somos consciente de cuánto llegamos a acumular y, sobre todo, cuántos enseres almacenamos que hace años que ni usamos. Si algo tienen de bueno las mudanzas es esa capacidad de devolverte a la realidad y mostrarte que eres tremendamente consumista. Tú que te crees una persona moderada te enfrentas a una imagen de ti que no quieres ver el resto del tiempo y con la que no te gustar reconocerte. Esto también implica que asumas la necesidad de reciclar, regalar, donar y tirar ciertas cosas, con lo que sirve para hacer una criba. Hay una filosofía de vida que se ha puesto muy de moda en los países asiáticos que asegura que podemos vivir con tan sólo 20 cosas (creo que esa era la cifra), pero de eso hablaré en otra ocasión.

Si el momento de recogerlo todo y reducirlo a bultos es complicado –porque no sabes dónde meter tantas cosas, porque no encuentras cajas para embalar tus pertenencias, porque te gastas casi el presupuesto de un mes en comprar cartones que después del transporte tiras al contenedor de reciclaje, porque hay elementos tremendamente complicados de empaquetar y la creatividad no te alcanza, porque te dejas los riñones subiendo y bajando paquetes, porque siempre se rompe algo… y sobre todo porque ves como tu vida, tus recuerdos y tus momentos de los últimos años se convierten en unas cuantas maletas –no hablemos de la llegada al nuevo destino, cuando vives entre cajas de cartón durante semanas, jamás encuentras lo que estás buscando por mucho que hayas tratado de etiquetar todo –lo peor es cuando no localizas la ropa interior -, lo que te obliga a seguir con tu vida e ir al trabajo con extrañas combinaciones y outfits porque es lo único que tienes a mano, a ingerir cualquier cosa decente que encuentres en los armarios o tirar de comida precocinada, por no hablar, como ya he dicho, de que puedes estar años desempaquetando y viendo cajas sueltas por la casa.

Y lo más gracioso de todo es que no es la primera vez que experimento esta anarquía, ya que no es mi primera mudanza, pero imagino que debe ser como el parto, que se olvida. O eso dicen las madres que han repetido la experiencia en más de una ocasión.

Sea como fuere, esta situación, por obligación, mantiene mi espíritu navideño guardado en una caja.

img_6644

 

¡Uff!¡Vaya viajecito!

DSC_1968.jpgLa vida pasa tan deprisa y hay tantas cosas que nos quedarán siempre pendientes, incompletas, inacabadas y por hacer que muchas veces dan ganas de no dormir para robar esos minutos al tiempo. Vivimos pensando que seremos eternos, que no llegará el fin, y eso nos convierte, a mi parecer, en peores personas; personas enfadadas, estresadas, egoístas y desesperadamente inhumanas. Si supiéramos que vamos morir, quiero decir que si lo supiéramos de verdad, evitaríamos cada minuto de disgusto, no correríamos más que por lo importante y, lo que es más importante, entenderíamos que nada que nos pueda pasar es tan grave. Dejaríamos de sufrir y de dañar. Nos arriesgaríamos, disfrutaríamos y viviríamos sin miedo a las consecuencias, porque al fin y al cabo no pueden ser eternas.

Y es que la vida no se debería medir en tiempo. Hay vidas que nos resultan demasiado fugaces, por lo breves, pero asimismo por brillantes. Y no me refiero precisamente a aquella frase que se le atribuyó erróneamente a James Dean de “vive deprisa, muere joven y deja un bonito cadáver”, cuando en realidad pertenece a un diálogo de la película ‘Knock on any door’ de Bogart y Derek, sino a que no hacen falta muchos años para dejar huella. Quizás sólo un instante, un segundo, justifica toda una vida. Y es que nadie puede dejar tras de si sólo un legado de virtudes. Somos humanos, con nuestras glorias pero irremisiblemente también con nuestras bajezas. Lo importante es, en lo largo o en lo corto, no pasar sin pena ni gloria.

A veces nacemos, crecemos, nos reproducimos –cada vez menos –y morimos como auténticos autómatas sin ser conscientes del precio y el coste de cada minuto. Seguro que habéis tenido alguna vez la sensación casi de ‘despertar’ –sin estar dormido – al volante y pensar “cómo he llegado hasta aquí”; incapaz de recordar el trayecto, conduciendo por intuición, y sin tener consciencia de ello. Pues esta es una buena metáfora para describir como vivimos, sin ser conscientes de nuestra vida, limitando y restringiendo nuestras decisiones. Incapaces de elegir, asumimos un rol prediseñado.

Cuántas veces hemos cuestionado nuestra vida y hemos dicho aquello de “si yo pudiera…”, “si volverá a nacer…”, “si tuviera tiempo…”. Pues bien, puedes, tienes tiempo –todo el que se te haya dado –y asúmelo, no volverás a nacer, salvo que uno crea en la reencarnación, y teniendo en cuenta que el ser humano es la existencia intermedia –sólo la celestial sería la superior –mejor ni intentarlo… ¿Por qué somos tan tercos para esperar a perder a alguien para echarle de menos o a estar enfermos para empezar a cuidarnos?

Pregúntante ¿Y si hoy decidiese hacer algo distinto?

Citando a un ‘colega americano’, Hunter S. Thompson, “la vida no debería ser un viaje hacia la tumba con la intención de llegar a salvo, sino más bien llegar derrapando de lado, entre una nube de humo, completamente desgastado, y proclamando en voz alta ¡Uf! ¡Vaya viajecito!”.

O lo que es lo mismo, a mí que la muerte me pille viviendo.

Lo que ha unido Ikea…

picspam07-2.pngNo voy a escribir sobre Trump y las elecciones americanas, demasiado habréis escuchado y leído ya de este asunto y, como popularmente se dice, “lo que te rondaré morena”. Pero sí sobre una información que leía hace unos días. Son pocas las noticias que pueden ya llamar mi atención a través de redes sociales. Es tanta la cantidad, que mi cabeza ya no discrimina. Pero entre las que consiguen distraerme o atraerme destacan, con importante ventaja sobre las demás, aquellas que cuentan con un toque de humor, implícito o explícito, o cierta dosis de excepcionalidad, rareza o singularidad. Así, la semana pasada, mientras ‘cotilleaba’ en Facebook leía el siguiente titular: “Ikea Shanghái prohíbe a las personas mayores reunirse en su cafetería para tener citas a ciegas”, o su versión latina –que sinceramente me gusta mucho más –“A Ikea se la agotó la paciencia con los viejitos que buscan el amor en su tienda de Shanghái”. Irremediablemente sentí la necesidad de continuar leyendo el resto de la noticia, práctica a la que, reconozcámoslo, cada vez somos menos aficionados. Claro, luego criticamos los titulares porque nos parecen sesgados e incompletos, tachando a los periodistas de manipuladores. Y créanme, haberlos haylos, pero no se imaginan ustedes lo complicado que resulta a veces resumir el contenido de todo un artículo en tan solo ocho o diez palabras, en los mejores casos, y que además resulte atractivo para que tu jefe de redacción te lo apruebe. Además, uno no puede pretender estar informado ni hacerse un criterio sobre algo leyendo apenas dos líneas. Yo sé que el tiempo es oro y que es de lo que la mayoría adolecemos, pero si no puede usted saber de todo, seleccione.

Bueno, a lo que vamos. Al continuar con la noticia descubría que este grupo de población se daba cita todos los martes y jueves en la cafetería de la tienda sueca para encontrar el amor, lo que me pareció tremendamente explotable por la marca, que lleva el siéntete como en casa por bandera en sus campañas de marketing y comunicación. Pero claro, estos apenas consumían y además dejaban poco espacio para el resto de clientes, con lo que la compañía tenía que limitar su presencia en la misma. Por su parte, los ‘ancianitos’ sienten que se han quedado sin el único lugar en el que podía enamorarse, ya que “el resto de locales están copados por la gente joven”. La decisión se ha convertido en una polémica abierta en el país entre detractores y defensores de los ‘viejitos románticos’.

Pero a mí, lo que realmente me resultaba más sorprendente de la información es que eligiesen Ikea como referencia para encontrar a su media naranja ya que si hay algo capaz de acabar con un matrimonio es una visita a los almacenes del gigante de muebles suecos. Si uno no se separa en la sección de cocinas, lo hace en la de muebles de baño o en la de ropa de cama. Esto y las páginas webs de citas extraconyugales son lo que más ha hecho en este país por el divorcio. Sin embargo, nos empeñamos una y otra vez en seguir haciendo pasar esta prueba de fuego a nuestras parejas. Si sobrevivimos a un día en Ikea el amor será eterno. Yo suelo acudir un par de veces al año, aunque reconozco que no me importaría hacerlo más. ¡Es como jugar a las casitas siendo grande! En este momento recuerdo varias escenas de la película ‘500 días juntos’ –a quien lo la haya visto se la recomiendo –y aquella en la que Tom (Joseph Gordon-Levitt) se sorprende y pregunta, mientras está tumbado en ‘su’ cama con Summer (Zooey Deschanel), qué hace una familia de japoneses en su baño. Pero si uno no se pelea durante el trayecto, que resulta lo más parecido a un laberinto, que sea prudente… aún queda el montaje.

Así que, llegados a este punto, yo recomendaría a la cadena revisar su posición sobre los ‘viejtos’ y tomar nota de la experiencia romántica en sus instalaciones para su próximo anuncio: ‘Lo que ha unido Ikea, que no lo separe el hombre’; o también: ‘Lo que no ha desunido Ikea, que no lo separe el hombre’…

Septiembre, un mes de cambios

img_3234Hay meses en los que reinan el descanso y el relax propio de las vacaciones; meses en los que la ilusión por ver a la familia o por un viaje planeado salpican todos y cada uno de los días del mismo; otros se convierten en auténticas cuestas hacia arriba; y los hay propicios para hacer balances y propuestas de futuro. Para mí Septiembre es un mes en el que, por diversos motivos, mi predisposición es al cambio, a modificar aquellas cosas que considero que pueden mejorar.

En primer lugar, porque es el mes en el que cumplo años y, no sé por qué extraña y desconocida fuerza de la naturaleza, este acontecimiento nos invita a reflexionar sobre nuestra vida y a plantearnos ciertos cambios en la misma, en algunos casos y coincidiendo con las denominadas ‘crisis’ suelen ser bastante drásticos y radicales; pero por el momento este no ha sido mi caso. Además, llega después de las vacaciones, periodo en el que suelo dedicar bastante tiempo a pensar y analizarme, la bajada de revoluciones en mi día a día ayuda y facilita poder dedicarme a aquellos aspectos a los que durante el año no presto demasiada atención. El comienzo del curso también colabora a la hora de hacer lista de nuevos y buenos propósitos.

Así, como este verano ha sido muy tranquilo, tal y como indicaba en un post anterior, el tiempo empleado en reflexionar ha sido más que considerable, fundamentalmente en mis tardes de playa, y por lo tanto las consecuencias o efectos también. Entre las muchas decisiones que he tomado y los cambios que he iniciado, comparto algunas:

  1. Cambio de aires. Aunque vivimos en un lugar muy céntrico y tranquilo de la ciudad, nuestra intención es estar cada vez más en contacto con la naturaleza y disfrutar de una casa orientada al exterior en un ambiente tranquilo y que nos ayude a desconectar. De este modo, nos encontramos en plena búsqueda de casa y ya tenemos ‘fichada’ la zona a la que nos queremos mudar. Sin prisa pero sin pausa, esta es nuestra filosofía.
  2. Espacio confortable y apetecible. Por lo que os contaba más arriba, lo de ir sin prisas, seguiremos haciendo del piso en el que ahora vivimos un espacio que nos encante y nos invite a disfrutar mucho de él, queremos vivir en casa y vivir nuestra casa.
  3. Plantas y flores cerca. Ayudarán a que nuestro hogar sea más alegre y confortable.
  4. Comida sana. Entre los retos que nos planteamos con el comienzo de curso está el de comenzar a comer más saludable, eliminando alimentos de nuestra dieta, reemplazando otros y descubriendo algunos nuevos, apostando por lo ecológico y lo local.
  5. Menos tiempo, más productivo. La falta de tiempo ha sido uno de los principales motivos que me ha hecho sentir mal durante este año, así que ajustando mejor los tiempos y la organización pretendo reducir los tiempos de trabajo pero hacerlos más productivos, con lo que tendré más tiempo para las cosas que me apetecen y me apasionan.
  6. Recuperar rutinas saludables. Volver a incorporar a mi día a día aquellas cosas de las que disfruto y que me hacen bien, pero a las que había renunciado por la falta de tiempo: lectura y café de los domingos, leer antes de dormir, noches de cine, paseos largos, escapadas de fin de semana… Aquí cada uno puede tener sus propias alternativas, pero entre las mías no van a faltar mis cafés con las amigas de siempre  (Rebeca y Mari Carmen) ya que el destino ha querido volvernos a juntar en la misma ciudad y con las ‘fareras’ compañeras de trabajo que se convirtieron en mucho más que eso.
  7. Nuevos retos. Estar motivado es fundamental para sentirse bien por lo que yo me he puesto algunas metas: escuela de idiomas, doctorado y un proyecto que llevo a medias con mi hermana muy vinculado a este blog y que mejorará la calidad y el interés de estos blogs.
  8. Queremos ser uno más. Y esto no necesita mucha explicación. Iré informando de los avances.

Yo ya estoy manos a la obra con la mayoría de estas ideas y de momento me siento muy bien con los pasos que vamos dando, por lo que os animo a hacer estas pequeñas paradas de reflexión porque uno aprende mucho y además os podéis fijar que dan mucho de sí.

 

10 cosas que me encantan

Este verano, pese a que no he viajado mucho; algo que habitualmente me ayuda mucho a despejar la mente y fijar objetivos y prioridades para el curso; he podido dedicar bastante tiempo a la reflexión, a hacer esas paradas de ritmo y de pensamiento que, aunque a las que somos inquietas nos resultan complicadas de conseguir, una vez alcanzadas aportan un sentimiento de paz, de calma y de estar bien con uno mismo. En estos momentos de inspiración he podido hacer balance y evaluación de mis últimos años, considerando aquello que creo ha sido acertado y lo que no lo fue tanto, para mirar al futuro con decisión, para ponerme nuevas metas y retos, proyectos personales que me motiven y que hagan del tiempo que está por venir una aventura excitante. Algunos proyectos son muy personales, otros en pareja. Pero de esto hablaré en próximas ocasiones.

Lo que me gustaría hacer en este post, que promete tener más ediciones, es algo que también he ejercitado estas vacaciones, pequeñas paradas en mi día a día para disfrutar de aquellas cosas que me gustan, para identificarlas y para incluirlas de una forma u otra en mi rutina porque me hacen la vida más bonita, aunque suene un poco cursi. Disfrutar de aquellas cosas que, por pequeñas que sean, me hacen feliz y me encantan.

  1. Las charlas y confidencias de fin de semana con mi hermana. Podemos hablar de asuntos trascendentales que pretenden dar solución a los problemas del mundo, del libro que se está leyendo y que habla sobre el cerebro del niño o, simplemente, del último pintalabios que hemos probado, pero esos momentos son especiales. Desafortunadamente no vivimos en la misma ciudad y tenemos que esperar a que llegue el sábado o el domingo para disfrutarlos, aunque, sin duda, sabemos como aprovecharlos.
  2. Los imanes para el ‘frigo’ de ciudades de todo el mundo. Es como si por la mañanas mientras me tomo el café, de un solo vistazo, recorriese todos esos lugares que me traen tan buenos recuerdos. En cada uno de mis viajes y en cada una de las ciudades que visito suelo hacerme con alguno de estos, además de los muchos que me traéis los que conocéis mi debilidad.
  3. Hacer maletas. Al contrario de lo que les ocurre al resto de los mortales, esta es una tarea que disfruto mucho porque la ilusión y la expectación va creciendo con cada uno de los looks que escojo y meto en el equipaje. Detrás de cada elección está la visualización de ese momento.
  4. Los carteles e indicaciones en otros idiomas. En cada uno de mis viajes recojo fotografías de estos curiosos elementos.
  5. Una copa de vino blanco fresco. Una afición que descubrí en mi escapada a Viena donde, además de ser costumbre disfrutarlo a mediodía, tienen una interesante producción de esta variedad.
  6. Las tardes de domingo de café y lectura en casa. Una costumbre que había perdido en los últimos tiempos por mi constante sensación de prisa y de que no llego… pero que estoy tratando de recuperar casi por salud.
  7. Los viajes en tren. Disfrutar del paisaje, la lectura y la charla… es como si se parase el tiempo..
  8. Los libros de recetas. Aunque difícilmente consigo cocinar algo decente.
  9. Los desayunos especiales. Que normalmente haces los fines de semana cuando no tienes que salir corriendo.
  10. Cualquier cosa que me recuerde a la Navidad. De hecho, según decía este verano mi cuñado Raúl ni en agosto he terminado de quitar los adornos de adviento, ya que aún cuelga algún reno o estrella de mis muebles. Así que para lo que queda… los dejo y me ahorro volver a ponerlos.
He ilustrado este post con fotos pequeñas de mi Instagram.

¿Runner o ‘Perrunner’?

DSC_0598Dicen que el ejercicio es saludable. Imagino que todo el año. Aunque la mayoría sólo nos acordemos de practicarlo cuando se acerca el verano como parte importante de nuestra casi permanente ‘operación biquini’. También dicen que es adictivo, que engancha. Aunque sinceramente mis adicciones son de otro rollo y requieren muchísimo menos esfuerzo ( 😉 ya sabéis ): café, chocolate negro, coca cola… Todas ellas, curiosamente, ‘instrumentos’ para ponerme las pilas y aguantar el ritmo. Algo que seguramente también se consigue con el deporte, pero es que éste es infinitamente más sacrificado y para mí, por el momento, mucho menos placentero. Sin embargo, y pese a lo que nos cuesta calzarnos las zapatillas, con la llegada del buen tiempo una masa uniforme de ‘fofisanos’ nos apuntamos al gimnasio o salimos a la calle en tropel a practicar el ‘running’, hoy por hoy la forma más económica de realizar una actividad física. ¡O no!

Hace unos años salíamos a correr. Y lo hacíamos con zapatillas viejas; pantalón de algodón gris, probablemente con algún parche que otro; coleta alta y las típicas y socorridas camisetas blancas de publicidad. Yo recuerdo con especial cariño una ‘T Shirt’ de ‘La Bella Easo’ que me regalaron mis padres durante su experiencia como distribuidores de la marca de magdalenas –ambos hicieron un poco de todo por sacar su familia adelante. Algo de lo que siempre me sentiré muy orgullosa -.  Y estoy segura que así se adelgazaba y tonificaba lo mismo que ahora.

Hoy día, por el contrario, se sale a hacer ‘running’; ejercicio que aunque parezca lo mismo ya os adelanto que no lo es. Lo primero que necesitas es un plan de inversiones, ya que ahora ponerse en forma viene a costar una pasta. Y es que hacerse con un buen equipo no sale barato. Necesitas unas mallas cortas, largas y corsario, los tres modelos transpirables; varias camisetas de los colores más fosforitos y de temporada; sudadera y cortavientos combinables con las mismas; ropa interior deportiva y zapatillas específicas para correr en asfalto, si esa es tu modalidad. Además, requiere el kit de complementos en los colores del equipo. Si tu camiseta es rosa, las cordoneras van en rosa; si llevas algún dibujo o letra en naranja, la cinta del pelo será naranja… Y así con el resto.

Pero esto no es todo. Ya que ahora, a la moda, se suma también la tecnología. Sales a correr con una pulsera que además de marcar tus pulsaciones te conecta con tu cardiólogo en tiempo real; un auricular con el que tienes vía directa con tu psicólogo, coach o terapeuta, cada uno la especialidad que prefiera, que te va animando y dando seguridad en la carrera; miles de cables que además de monitorizar las calorías que quemas, los pasos que das y la velocidad que alcanzas no sé para qué sirven pero que todos llevan, y en la otra oreja, por supuesto, una música infernal para seguir el ritmo. Con lo que es imposible coordinarse o concentrarse.

Sí, ya se que esto puede ser un poco exagerado, pero la verdad es que con tanta exigencia da mucha pereza salir a correr. He visto mujeres más arregladas en el gimnasio que un sábado de fiesta. Yo casi prefiero el ‘running’ al estilo vintage, sin tanta complicación. Y si a esto le sumamos que, como dice una amiga, la ciudad no es para correr… Yo ya no sé si son excusas o es que no soy runner sino ‘perruner’.

DSC_0600

P.D. Pese a todo, yo me calzo las zapatillas y lo intento. 

La vida de mis sueños

Últimamente está súper de moda hablar de la vida de tus sueños, la profesión de tus sueños, la casa de tus sueños o el hombre de tus sueños. De todo un proyecto de vida diseñado a conciencia para “ser feliz”. Práctica en la que, por otro lado, nos iniciamos a una edad exageradamente temprana. Aún recuerdo cuando siendo una niña, de las que todavía juega con muñecas, compartía confidencias con mi hermana y amigas en las que aseguraba que con 20 años estaría casada y con uno o dos hijos. Años después descubriría lo diferentes que iban a ser mis veinte. A esa edad soñaba con ser una mamá joven, pero mi concepto de juventud no sería el mismo con el tiempo. Por aquel entonces, mi madre, que tenía la misma edad que yo ahora, me parecía mayor. ¿Qué hubiera hecho yo con un hijo a esa edad? ¡Pues anda que con un marido!

Después de acabar el instituto y estudiar la carrera de mis sueños en Madrid, que tras cinco años resulta que no era tal –debo confesar que esperaba más de lo que entonces era la licenciatura de periodismo –empecé a trabajar; por supuesto aceptando trabajos que distaban mucho de mis expectativas y de ser los de mis sueños, pero empecé a aprender lo que es y a saborear el periodismo. Mujer joven, recién licenciada y sin obligaciones familiares es sinónimo de muchas horas de redacción. Sin embargo, y aunque no lo tildaré de idílico, lo disfrutaba. Puse empeño y dedicación en mi trabajo, con lo que desde joven he ocupado puestos relativamente importantes, con más responsabilidad de la que hubiese imaginado, lo que siempre me hará sentir orgullosa. Ahora, a mis 32, puedo decir que trabajo en algo que me apasiona, y aunque siguen sin ser las condiciones de mis sueños, las que en una situación ideal te planteas; comparto dos trabajos para llegar a fin de mes, lo que me ocupa mucho tiempo y no me deja deleitarme con ellos todo lo que quisiera; pero me siento muy afortunada de dedicarme a mi profesión y de contar con unos ambientes laborales envidiables.

En cuanto a la casa de mis sueños, en diferentes épocas de mi vida he compartido pisos de alquiler con muchas personas, y un piso de estudiantes puede ser cualquier cosa que queramos, literalmente, pero nunca tu casa ideal. Por eso siempre piensas que cuando trabajes y tengas pareja tu hogar será como siempre has soñado. Pero claro, nadie te dice que no te lo vas a poder permitir, con lo que a los treinta sigues viviendo de alquiler, comprando muebles de Ikea y esperando el momento adecuado para colgar cuadros y cortinas; mientras ojeas la web de Idealista.com fustigándote con los fantásticos áticos de dos plantas con terraza. Aunque yo reconozco que, pese a que hacemos un uso excesivo de las persianas, en ausencia de cortinaje, en casa no vivimos nada mal y somos muy felices, que al fin y al cabo es lo que importa.

De la pareja, qué te voy a contar que tú no sepas. Que uno se enamora antes de pasar al otro el test de conveniencia o, mejor dicho, de convivencia, que lo complica todo. Pero así es el amor; si discutes, malo; pero si no, también. Y aquí siempre me consideraré muy afortunada por quien comparte mis días.  Y esto pasa con todo, con el físico, que aunque no te ves mal del todo, siempre te harías un retoquito; el coche, porque te gustaría otra cosa, pero sigues llevando el viejo auto heredado de tu madre y que antes pasó por tu hermana…

Decía Calderón de la Barca que “la vida es sueño”, pero yo prefiero vivir realidades porque “los sueños, sueños son”.