Ciudadano del mundo

Casi por casualidad evidenciábamos estos días que hemos tenido de puente, precisamente en tierras jienenses, que en el último año habíamos visitado, en familia, seis ciudades Patrimonio de la Humanidad sin siquiera planificarlo o pretenderlo. Así, siendo en total 15 los espacios reconocidos con esta distinción por la UNESCO en nuestro país, creo que apenas me resta uno por conocer: Ibiza. Sin embargo, he de reconocer que hasta este momento no había sido consciente de la trascendencia que tenían estos distintivos. Suponen un orgullo para la ciudad y un incentivo para el turismo; pero también obligan a sus regidores y habitantes a mantener unos estándares en la conservación y gestión del patrimonio.

Todo empezaba con nuestro ‘viaje de novios de tres’ a Tenerife, en el que recorrimos San Cristóbal de La Laguna que, con un colorido y cuidado casco histórico, fue declarada Patrimonio de la Humanidad en 1999 precisamente porque su trazado colonial, no amurallado, sirvió de modelo para numerosas ciudades en América Latina. Aún recuerdo como, allí mismo, mi pequeño se paseó en pañales por todo ese deslumbrante esquema de adoquinadas calles mientras buscábamos una tienda donde reponer sus pantalones sucios.

Tiempo después, a lo largo del verano, estuvimos en Madrid, con su Paisaje de la Luz (el entorno del Retiro y el Paseo del Prado) recién nombrado con tal distintivo por ser pioneros en la introducción de la naturaleza en la ciudad del siglo XVI. El Paseo del Prado fue el primer paseo arbolado diseñado en una capital europea. Este espacio forma parte, así, de los 49 ‘lugares’ (que no ciudades) declarados Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en nuestro país.

Cuando emprendíamos el camino de vuelta a casa, pernoctamos también en Alcalá de Henares, reconocida además como ciudad única por tal organismo de las Naciones Unidas por el modelo de universidad que diseñó el cardenal Cisneros y que fue imitado en el resto de España y al otro lado del océano. Pasamos también por Cuenca, nombrada como así por ser un “destacado ejemplo de ciudad fortificada que ha conservado su paisaje urbano original y que mantiene ejemplos excelentes de arquitectura secular y religiosa”.

Finalmente, estos días, redescubriendo Úbeda y Baeza y sus conjuntos monumentales renacentistas que sirvieron de patrón para la expansión de este estilo artístico en Latinoamérica, concluíamos y defendíamos lo maravilloso que es ver y sentir a nuestro hijo, de dos años, como un auténtico ciudadano del mundo.

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